En una carta fechada 20 de noviembre el Papa Francisco expresa su cercanía a las Madres de la Plaza de Mayo y a las personas que lloran la partida de Hebe de Bonafini. “La acompañamos con la oración pidiéndole al Señor que le regale el descanso eterno y no permita que se pierda todo el bien realizado” escribe el Pontífice, que recuerda también su encuentro con ella en el Vaticano.
“En este momento de dolor por la muerte de Hebe de Bonafini, madre de la plaza, quiero estar cerca de Ustedes y de todas las personas que lloran su partida”. Comienza así la carta que el Papa Francisco envía a las “queridas Madres” de Plaza de Mayo tras el fallecimiento de Hebe de Bonafini, histórica presidenta de la asociación Madres de Plaza de Mayo de Argentina, que falleció este 20 de noviembre a los 93 años de edad.
Hebe de Bonafini, escribe el Papa, “Supo transformar su vida, como Ustedes, marcada por el dolor de sus hijos e hijas desaparecidos, en una búsqueda incansable por la defensa de los derechos de los más marginados e invisibilizados”. “Recuerdo, en el encuentro que tuvimos en el Vaticano, la pasión que me transmitía por querer darle voz a quienes no la tenían”.
De mortuis, nihil nisi bonum, es cierto, pero no se trata de una figura relevante más cuya muerte lamente el Papa como la de cualquier otro. Hebe de Bonafini era líder de las Madres de Plaza de Mayo, una asociación que reúne a mujeres alguno de cuyos parientes hizo desaparecer la última dictadura argentina. Era, también, persona cercana al Papa, con quien se carteaba regularmente.
En 2018, durante un procedimiento legal de inventariado de la sede de Madres de Plaza de Mayo en el curso de una investigación por fraude, Bonafini esgrimió la última misiva de Su Santidad para tratar de impedir el procedimiento judicial. «No hay que tener miedo a las calumnias, Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio dibujado con calumnias», se lee en la carta. «La calumnia sólo ensucia la conciencia y la mano de quien la arroja». «Casi que no nos compara con nadie», declaró luego Bonafini, sonriendo.
Las loas del Papa a la finada contrastan, ciertamente, con las palabras que la misma dedicaba a uno de sus predecesores, San Juan Pablo II, de quien dijo: “Nosotras deseamos que se queme vivo en el infierno. Es un cerdo. Aunque un sacerdote me dijo que el cerdo se come, y este Papa es incomible».
Nosotros no deseamos que Hebe arda, más bien que se haya salvado y purgue sus pecados antes de entrar en el Cielo. Pero, como siempre, lo que llama la atención es el contraste entre unos muertos y otros en el aprecio papal.