En el estado norteamericano de Montana, en las elecciones del martes, se presentaba una propuesta de ley para que se diera a los niños nacidos vivos tras un aborto fallido la misma atención que es obligada para cualquier ser humano. La propuesta fue rechazada por una mayoría de votos.
Ya no vale siquiera esa falacia de “mi cuerpo, mi decisión” (nunca se trató de una decisión sobre el cuerpo de la madre, sino del hijo). Aquí hablamos de un niño fuera del vientre de su madre, es decir, de alguien como cualquiera de nosotros después de nacer.
Esto tan terrible, en infanticidio sin más excusas, es, en un sentido siniestro, una buena noticia: ya no hay argumentos ni excusas ni coartadas falaces. Quieren tener libertad para deshacerse de un hijo, incluso si ya está en el mundo, separado de la madre.
Es común, en columnas y análisis, presentar la malhadada situación de nuestras sociedades como imposiciones de ciertas élites indefinidas, y no digo que no haya nada de esto, pero el drama de nuestro tiempo no es el de un pueblo sano oprimido por oligarquías malvadas, ni asegurar la forma más perfecta de representación política puede remediar por sí sola esta decadencia.
Muchos pretenden que la teoría de la ‘pendiente resbaladiza’ es una falacia, pero todos tenemos experiencia inmediata de cuál es la ruta, de cómo se aprueban leyes inicuas contra la vida o la familia recurriendo a casos dramáticos, para acabar abriendo la mano y convirtiendo a los médicos en matarifes y los hospitales en mataderos. Lo vemos con la eutanasia en los países que la aplican desde hace más tiempo, como Bélgica y Holanda, y sucede igual con el aborto que, como vemos en Montana (y, próximamente, en más estados), ya está desembocando en el infanticidio. Y, todo, con el sagrado marchamo de la ‘voluntad popular’.