Blonde, una película provida

Blonde
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Queridos amigos de Infovaticana: vaya por delante que no soy nada partidario de Netflix ni, por supuesto, de sus tendenciosas producciones. Sobre todo, abomino del adoctrinamiento al que someten a los pobres niños mediante series de animación infantiles como Jurassic World. Campamento Cretácico, She-Ra y la princesa del poder o Cristal oscuro. La era de la resistencia. Tampoco se quedan atrás películas para adultos, pero estos ya son mayorcitos y pueden ver lo que les plazca (siempre y cuando tengan espíritu crítico y una conciencia bien formada). Por eso me sorprende la cinta de la que les vengo a hablar hoy: Blonde (Andrew Dominik, 2022).

A estas alturas, todo el mundo sabe que se trata de un biopic de la famosa estrella cinematográfica Marilyn Monroe. No es una biografía al uso, pues, en vez de narrar los hechos de su vida de manera cronológica, presenta algunos fragmentos deslavazados que ayudan al espectador a formarse una idea de ella. Por supuesto, y como estamos en la época de la “mujer sufridora”, este parece ser el leitmotiv de la cinta, ya que pone el acento en todas las desgracias padecidas por la actriz y en la humillación que padeció por parte de los hombres que la rodearon (a decir verdad, no sé si todo esto es cierto, pero el aroma de “mujer que pugna —o que debería haber pugnado— por su empoderamiento” impregna todo el metraje). Advierto que tiene algunas escenas subidas de tono y varios desnudos, por lo que no es aconsejable para todos los públicos.

Pero, al margen de eso, hay algo que destaca notablemente: su palmaria actitud profamilia y provida. Así es, ¿quién nos lo iba a decir? Resulta que la plataforma más tendenciosa y woke de cuantas conviven en el espectro digital nos ofrece una película que echa por tierra dos de sus (dudosos) bastiones. Esto se ve con total claridad en el firme deseo de la actriz de concebir un hijo; es más, y sin ánimo de destripar el guion, aquella incluso se plantea abandonar su carrera en aras de este propósito. En este sentido, y si alguno de los lectores se anima a visualizar la cinta, se percatará de que el embarazo es presentado como una auténtica bendición —y uso bien esta palabra, porque es percibido por Marilyn como un regalo de Dios (la Marilyn original fue criada en un hospicio católico, y eso marca)—, mientras que el aborto, por el contrario, como una verdadera abominación. Las escenas del feto en el vientre materno son de lo más elocuente, porque somos partícipes de cómo oye las cariñosas palabras que le dirige su madre y el dulce empeño de amarlo eternamente.

En consecuencia, y como también anunciábamos arriba, es un largometraje profamilia, porque afirma a las claras que esa criatura nonata necesita de un padre y de una madre para alcanzar su propia plenitud. Y es que, según la película, la misma Marilyn comprendía perfectamente este dato, por lo que busca al esposo idóneo, un hombre que de verdad les otorgue a su hijo y a ella el amor que ambos requieren. Tal vez por este motivo durante toda la cinta somos conscientes de los estragos que ha causado en su vida la ausencia de su progenitor, que es toda una incógnita. No bien comienza el filme, una jovencísima Monroe exige a su madre la identidad de aquel y, desde ese momento, toda su obsesión consistirá en encontrarlo o en un sustituirlo por alguien digno de él, alguien que la ame y la proteja (así, sin tapujos wokes antipaternales); incluso hay un conato de reencuentro que impele a la actriz a dejar su condición de sex-symbol, porque no quiere que aquel se forje una opinión errónea de ella.

Ciertamente, ignoro si todos estos datos sobre la biografía de Marilyn son reales o si forman parte de la ficción cinematográfica —tampoco sé si se hallan en la novela en la que se inspira la cinta—, pero sus productores han tenido el arrojo de evidenciarlos en una plataforma completamente contraria a ellos y, además, de hacerlo de una manera magistral, ya que inciden en el sentimentalismo (por desgracia, el único baremo de la verdad que cuenta en nuestro tiempo). Como la película ha sido vista por millones de personas alrededor del globo, el mensaje ha sido transmitido debidamente; y que ha sido un mensaje debidamente transmitido, queda demostrado por las ampollas que ha levantado.

En efecto, resulta que, desde su estreno, cientos de lobbies proabortistas han puesto el grito en el cielo y han pedido la retirada del largometraje, pues creen que este les hace daño. Entre sus muchas proclamas, sorprende una que afirma que Blonde “humaniza al feto” (sic) y que eso es inadmisible. También he sabido que muchos haters se han consagrado a boicotear la cinta en los foros internáuticos dedicados al cine y a calificarla con notas muy bajas (algo que en lo que hoy se fijan mucho las productoras). Y tan señalada ha sido esta escalada de protestas que hasta la propia Netflix ha tenido que salir a disculparse, y, aunque aún no la ha suprimido de su parrilla, intuyo que lo hará dentro de poco. Pero todo esto, en el fondo, es una buena noticia, porque la verdad —como la sal— debe escocer cuando se vierte sobre la herida.

Por todo ello, amigos míos, les animo a ver la cinta, aunque con las reservas que les propongo arriba en torno a las escenas sexuales, que no son del todo explícitas, pero que sobrepasan el límite de lo meramente erótico. En mi opinión, se trata de un acercamiento honesto a la mítica figura de Marilyn Monroe y, como he argumentado desde el principio, nos ofrece un valiente discurso provida y profamilia que difícilmente se ve hoy en una obra de estas características. Entiendo que es un mal trago hacerle la ola a Netflix, pero es que esta ola se ha revuelto contra la propia Netflix. Por eso merece la pena deslizarse por ella.

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