La verdad sobre Bill Gates

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(Sam Kriss en First Things)¿Cómo es ser multimillonario? Me imagino lo que es ser millonario. Vivo en Londres, donde los millonarios no están muy lejos. Algunas de las personas con las que fui al colegio ya son millonarias, y dentro de una década más o menos, lo serán aún más. Los millonarios son personas que compran en los supermercados que yo no puedo pagar. Cuando se van de vacaciones, se alojan en hoteles y no en los Airbnbs más baratos posibles. Cuando van a restaurantes, no restan mentalmente cada elemento del menú de la cantidad que han ganado ese mes. Probablemente nunca me ocurra. Pero puedo imaginármelo.

Si me esfuerzo de verdad, puedo imaginar montones de dinero aún mayores. El límite para ser verdaderamente rico parece estar en algún lugar por encima de los cinco millones. Uno de los personajes de la serie Succession de HBO se encoge de hombros: «Cinco es una pesadilla. No se puede jubilar, no vale la pena trabajar. La persona rica más pobre de Estados Unidos. El enano más alto del mundo». Pero por encima de ese umbral, una vez que se alcanzan las decenas de millones, la vida es diferente. Los anuncios de televisión de la Lotería Nacional pretenden mostrarte cómo es. Una gran casa señorial, un establo de coches clásicos y un puro asomando constantemente por una esquina de la boca. Estas personas, dicen los anuncios, llevan una vida fundamentalmente vegetal. Se empapan de sol. Crecen y se expanden. Sobre todo, no hacen nada más que existir. Se pasan los días riendo a carcajadas, bebiendo champán y divorciándose de su mujer (un 70% de los ganadores de la lotería lo pierden todo en cinco años). Es un tipo de vida extraño, pero también puede imaginarse.

Pero ser multimillonario, eso es algo que requiere demasiada imaginación. De vez en cuando, alguien en Internet pregunta qué haría la gente si de repente se encontrara con esa cifra mágica en sus cuentas bancarias. Algunas respuestas:

Me encantaría viajar. Así que comprar casas en algunos países suena razonable. Y un avión que sirva para ese fin.

Ser multimillonario me permitiría contratar a gente que cocine, haga la compra y limpie mi casa.

Ir a esquiar y a hacer snowboard por todo el mundo, comprar un estúpido y ridículo equipo de videojuegos de 20 mil dólares, volar en primera clase, dar algo a la familia, conseguir una casa bonita pero conservadora en una buena ubicación y hacer un montón de fiestas.

Lo primero que haría es comprar a mis padres una casa frente al mar en Newport Beach.

Ya no comería comida rápida… Contrataría a un chef personal y haría que todas mis comidas fueran personalizadas. . . .

Conseguir criada, láser, varios tratamientos de la piel, ropa, zapatos, etc.

Esta gente no ha comprendido la magnitud del asunto. Es como preguntarle a una polilla qué haría si heredara una fábrica de bombillas.

Considere que un millón de segundos son unos once días y medio, y mil millones de segundos son treinta y un años y medio: toda mi vida. Mientras escribo, la propiedad más cara en el mercado londinense es una casa de seis pisos en el antiguo cuartel de Chelsea, que cuenta -además de las habituales piscinas privadas, balaustradas a medida y bodegas de vino- con paredes de piedra tachonadas con miles de diminutos organismos marinos fosilizados de cientos de millones de años de antigüedad. Puedes ser dueño de tus antepasados. Todo el lugar es tuyo por 59 millones de libras, y digamos que tienes una familia numerosa: tus padres, más ocho hermanos y hermanas. Con mil millones podrías comprar la casa más cara de Londres para cada uno de ellos y aún te sobraría lo suficiente para hacerte con el Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, el cuadro más caro jamás vendido, además de cien millones de calderilla para tus tratamientos de piel y los juegos de azar y los jets privados y las criadas. Es una cantidad de dinero que no guarda proporción con ningún deseo humano posible.

Una persona que reflexionó sobre este tema -el dinero, el deseo, su relación- fue Karl Marx. En sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx sugiere que el dinero no solo nos permite hacer las cosas que deseamos, sino que cambia el significado de nuestros deseos.

 

Si ansío un manjar o quiero tomar la posta porque no soy suficientemente fuerte para hacer el camino a pie, el dinero me procura el manjar y la posta […].

La diferencia entre la demanda efectiva basada en el dinero y la demanda sin efecto basada en mi necesidad, mi pasión, mi deseo, etc., es la diferencia entre el ser y el pensar, entre la pura representación que existe en mí y la representación tal como es para mí en tanto que objeto real fuera de mí. 

 

En cierto sentido, cuando pagas para que alguien realice algún servicio pequeño y humillante, es el dinero el que hace el deseo por ti. La mayoría de las veces, apenas nos damos cuenta de esto. Seguimos pensando que nuestros deseos son propios. Pero, ¿qué ocurre cuando tu dinero tiene el poder de crear muchas más ideas reales y externas de las que cualquier persona podría meter en su cabeza?

¿Cómo es ser multimillonario? En cierto sentido, creo que no se parece a nada en absoluto. Tal vez las personas en la cima sean en realidad menos que el resto de nosotros: más peones de su riqueza que personas con deseos a escala humana. Apenas conscientes: apéndices huecos, gastados y carnosos de enormes montones de dinero, que sueñan sus propios sueños de papel. El psicoanálisis tiene una palabra para esto, a saber: afanisis, es decir, el agotamiento del deseo y, con él, la extinción del yo. Ser extremadamente rico es un poco como estar muerto.

Entiendo que esta no es la forma en que solemos pensar en los muy ricos. Desde luego, no es la forma en que ellos piensan de sí mismos. Pero en la cúspide de la pirámide de la riqueza mundial está -ya no es el hombre más rico del mundo, quizá, sino el multimillonario moderno canónico, el multimillonario de los multimillonarios, el gran ejemplo de su clase- Bill Gates.

Hay dos tipos de cosas que la gente cree sobre Bill Gates. La primera es que Bill Gates es un genio bondadoso que hizo mucho dinero con los ordenadores y luego decidió regalarlo todo para eliminar la malaria. Esta es la opinión que encuentro más a menudo en el mundo ordinario. Hace unos años trabajé en un proyecto que implicaba indagar en sus organizaciones benéficas y cuando se lo mencionaba a la gente en las fiestas -gente que normalmente tiene una visión bastante negativa del capitalismo, de los ultrarricos y de las grandes empresas- sonreían. Oh, decían, pero es bastante bueno, ¿no? Y entonces tenía que decir que no, en realidad no lo es. Algo que siempre me resultaba cruel, como decirle a un niño que no existe Papá Noel.

Me gustaría señalar que, según la legislación estadounidense, las fundaciones benéficas deben desembolsar el 5% de sus activos cada año para mantener su condición de exentas de impuestos. Pero los activos de la Gates Foundation Trust están en su mayoría en acciones, incluyendo inversiones en algunas de las empresas que contribuyen a los mismos problemas que la fundación se supone que está combatiendo, y los precios de las acciones no se limitan a un rendimiento anual del 5%. En un año, diría que, al margen de cualquier donación real, el valor de los activos de la Fundación aumentó en casi 10.500 millones de dólares. Eso es más de tres veces el patrimonio neto total de Donald Trump. La Fundación está ganando mucho más dinero del que regala, y todos esos ingresos están completamente libres de impuestos. Es una estafa, yo diría que la mayor estafa del mundo. Es un truco inteligente que utilizan las grandes cantidades de dinero para mantener su tamaño. Entonces el ambiente se volvía lúgubre y al final de la noche todos regresábamos, sintiéndonos vagamente huecos e insatisfechos, a nuestros pequeños y escuálidos hogares.

El segundo tipo de cosas que la gente piensa sobre Bill Gates se encuentra sobre todo en Internet. Después de recibir mi primera dosis de la vacuna COVID el año pasado, empecé a bromear con que estaba experimentando algunos efectos secundarios extraños. Un brazo dolorido, unas náuseas que duraron días y un deseo ardiente y urgente de comprar y consumir productos de Microsoft. En mi cama sudorosa tenía delirantes visiones de las hojas de cálculo de Excel, de mí mismo como una cúmulo de datos cayendo por las columnas de las celdas, mareado y creciendo. Me picaba cada centímetro de mi piel; necesitaba que me frotaran con un dispositivo Surface Duo de doble pantalla táctil con GPU Qualcomm Adreno 640. Estaba deseando, como un adicto, cargar algunos términos de búsqueda en Bing. El chiste era, por supuesto, que mucha gente cree que la vacuna COVID es parte de un malvado complot de Bill Gates para plantar chips de control mental en nuestros cerebros, o esterilizarnos, o simplemente matarnos directamente, como parte de su cruzada para acabar con la superpoblación. Para ciertos teóricos de la conspiración, Bill Gates se ha convertido en una especie de demiurgo, el enemigo invisible que pone en escena el vasto teatro de nuestro mundo. Él es quien ha creado todos los viriones de tus pulmones. Él pintó el cielo.

Este relato es un poco más convincente, pero al final también es una fantasía reconfortante. Al igual que los simpáticos liberales, los teóricos de la conspiración quieren creer que este hombre tiene un plan, que está utilizando su enorme riqueza para otros fines. Incluso un plan malvado.

En 1994, John Seabrook, del New Yorker, entrevistando a Bill Gates por correo electrónico, le preguntó qué le había llevado a convertirse en el hombre más rico del mundo. «Me pregunto qué se siente al ganar a su nivel. ¿Cuánto teme perder? ¿Qué le parece la inmortalidad, ser recordado durante mil años después de su muerte?». La respuesta de Gates fue extrañamente anodina. En realidad, no le importaba ganar en , solo le gustaba resolver problemas y trabajar con ordenadores. No le preocupaba especialmente cómo sería recordado después de su muerte. Seabrook también había sugerido que las personas de gran éxito a veces se veían empujadas por alguna carencia esencial, un trauma o una herida. Intentó inventar una psicología para el hombre, pero Gates le cerró el paso: «No recuerdo haber sido herido o haber perdido algo importante, así que no creo que eso me esté impulsando. Tengo unos padres maravillosos y unos hermanos estupendos. Vivo en el mismo barrio en el que crecí (aunque me mudaré al otro lado del lago cuando esté terminada mi nueva casa). No recuerdo ninguna decepción importante… Hubo algunas chicas que me rechazaron cuando las invité a salir».

Yo, por mi parte, le creo. Bill Gates nació en el seno de una bonita familia de aristócratas locales perfectamente normales: abogados y banqueros, gente del club de campo, grandes del Partido Republicano local, una familia a la que le gustaba tanto el nombre William Henry Gates que se lo habían puesto a tres generaciones de hombres. De niño, Bill era bajito, de voz chillona y arrogante; probablemente algunas chicas lo rechazaron. Cuando no le fue especialmente bien en los estudios, sus padres lo trasladaron a Lakeside, el colegio privado más selecto de Seattle, que no estaba cerca de un lago pero que sí tenía -a diferencia de casi cualquier otro colegio del país en 1968- un ordenador.

Era el teletipo modelo 33 ASR, una gran máquina de color crema que funcionaba con una cinta ligeramente engrasada. Sin pantalla, sin cursor, solo una máquina de escribir capaz de imprimir diez caracteres por segundo. Algunas personas simplemente gravitan hacia los ordenadores; tal vez en una época anterior las habrías encontrado farfullando en algún rincón oscuro, agitando las cuentas de un ábaco. Bill Gates gravitó hacia el ordenador. Sus compañeros de clase lo recuerdan inclinado sobre la máquina en todo momento, balanceándose hacia adelante y hacia atrás en el borde de una silla alta con los pies balanceándose en el aire. Cuando terminó el instituto, ya había fundado dos empresas. Decía a sus amigos que un día iba a ser millonario.

La mayoría de los primeros magnates de la tecnología surgieron de la contracultura californiana de los años 60. Gente como Steve Jobs creció leyendo el Whole Earth Catalog; pensaban que los ordenadores podían ayudar a crear una utopía cibernética descentralizada, un suplemento digital al LSD. Bill Gates tenía una visión más prosaica: debería haber un ordenador en cada hogar, y todos los ordenadores deberían funcionar con software vendido por él, Bill Gates. Cuando cofundó lo que se convertiría en Microsoft a partir del laboratorio de informática de Harvard, su objetivo inmediato era suministrar el sistema operativo para una nueva línea de ordenadores Altair. (El profesor Tom Cheatham, que dirigía el laboratorio, recordó más tarde al malhumorado estudiante que había consumido grandes cantidades de tiempo de programación informática en sus proyectos personales: «Rechazaba a la gente cuando no era necesario y, en general, no era un tipo agradable al que tener por ahí»). Los fabricantes habían asumido inicialmente que los aficionados a la informática podrían programar las máquinas Altair por sí mismos; Gates tenía una idea mejor. Él suministraría una arquitectura de software ya preparada, llamada BASIC, sin la cual la máquina sería inutilizable, y en lugar de recibir una tarifa fija por sus esfuerzos, todos los que compraran un ordenador tendrían que comprar una copia de su código, y su empresa obtendría una comisión de 30 dólares por cada una. Este ha sido el modelo de negocio de Microsoft desde entonces.

El problema era que la mayoría de la gente no quería pagar por el código de Gates. Se vendían miles de ordenadores al mes, pero solo unos cientos de copias del software que los hacía funcionar. Su programa se pirateaba, lo que en 1975 era un proceso mucho más laborioso que hoy: había que copiar el código manualmente en un carrete de cinta de papel, haciendo agujeros en los mismos puntos que en el original. La respuesta de Gates fue enfrentarse a los piratas directamente donde vivían, que en aquella época era en las páginas del Homebrew Computer Club Newsletter. En el número de enero de 1976, toda la segunda página estaba ocupada por una carta abierta en la que Gates denunciaba la injusticia de robar software y anunciaba: «Agradeceré las cartas de cualquiera que quiera pagar».

La mayor parte de aquellos primeros frikis de la informática querían vivir en un mundo radicalmente transformado por la tecnología informática, en el que el código fluyera como el agua por todas las grietas del suelo. (Ahora vivimos en él, y yo diría que es una pesadilla, pero eso es otro tema). Bill Gates quería hacerse rico. Y lo hizo, en poco tiempo. Para cada nueva generación de sistemas informáticos, Microsoft se encargaba de suministrar el código por defecto. Aprendió de su experiencia con los piratas. Ahora, la mayoría de las veces, los consumidores no tenían elección: Microsoft simplemente ya estaba allí. Los ingresos aumentaron.

El joven Bill Gates era un hombre todavía encantado con todo lo que su dinero podía hacer. Eran los años de la fantasía de Revenge of the Nerds: Gates sin afeitar, sin lavar -y, según la mayoría de los informes, claramente maloliente- recorriendo los clubes de striptease del área de Seattle para que las mujeres nadaran desnudas en su piscina en las fiestas de Microsoft. Como le comentó a uno de los asistentes, «te sientes como si realmente estuvieras en el declive de la civilización romana». Lo cual es, si se piensa en ello, algo extraño de decir. En su primera década, Microsoft había pasado de ser una pequeña banda de empollones prepotentes a una parte indispensable de nuestra infraestructura planetaria; su software funcionaba en casi todos los sistemas informáticos del mundo. Pero ya algo estaba llegando a su fin.

Los problemas para Microsoft comenzaron con Internet. Por primera vez se produjo un cambio significativo en la tecnología informática para el que Bill Gates no se había preparado. Para acceder a Internet se necesita un navegador, y a mediados de los 90 el navegador de moda era el Netscape Navigator de Marc Andreessen. Andreessen pensaba que podía destronar a Microsoft de un solo golpe: en el futuro, la gente que usara los ordenadores lo haría en sus navegadores, y todo el software de Microsoft que estuviera en su disco duro pasaría a un segundo plano.

En respuesta, Gates decretó que todos los ordenadores nuevos con sistemas operativos de Microsoft vendrían preempaquetados con Internet Explorer, su propio navegador. El software no era especialmente bueno, ya que estaba compuesto por trozos de código procedentes de versiones antiguas de Netscape. Pero era obligatorio. Aunque los fabricantes no lo quisieran en sus máquinas, no importaba: Gates amenazó con revocar sus licencias de Microsoft si no aceptaban su navegador. Y si los usuarios tampoco lo querían en sus máquinas, tampoco importaba. El código de Internet Explorer estaba entretejido en todo el sistema operativo; no podías deshacerte de él sin dejar tu ordenador inoperativo.

El capital tiende al monopolio. No hace falta que Karl Marx te lo diga; Bill Gates lo hará. Los ordenadores están cada vez más estandarizados e interoperables, dijo a un grupo de ejecutivos de Microsoft. «No debería decir esto, pero en cierto modo, en una categoría de producto individual, conduce a un monopolio natural». El Bill Gates programador había sido en cierto sentido creativo, pero el Bill Gates magnate estaba simplemente haciendo lo que hacen los magnates, que es expandirse para llenar cualquier nicho posible. Si él no hubiera estado allí, otro habría hecho exactamente lo mismo. Se había convertido en una máquina de maximizar su valor neto.

Pero había una razón por la que no debería haber dicho lo que dijo. Lo que Gates estaba haciendo con Internet Explorer podía ser el resultado inevitable de ciertas fuerzas del mercado, pero no era, como ocurrió, totalmente legal.

En 1998, el Departamento de Justicia de Estados Unidos, junto con veinte Estados individuales, demandó a Microsoft por incumplimiento de las leyes antimonopolio. Gates nunca había sido especialmente querido, pero el caso lo convirtió en una de las personas más despreciadas del planeta. El monstruo que lo quería todo, ese baboso con sus caquis y sus polos, su aburrido imperio de hojas de cálculo y funciones de mando. ¿En qué clase de mundo vivimos, si este es su hombre más rico? En los años 90, los ordenadores ya no eran una tecnología para visionarios: eran la caja beige que te esperaba en tu mesa cuando ibas a trabajar. Internet parecía ofrecer algo nuevo, pero Gates ya lo estaba agarrando con sus manitas pegajosas. Cuando le llamaron a declarar, se mostró hosco y poco receptivo, se negó a dar respuestas directas y, en un momento dado, trató de discutir la definición de la palabra «nosotros». El juicio se había convertido en un desastre y el gobierno hablaba de dividir Microsoft en dos empresas distintas. Todo se estaba desmoronando.

Poco después, Bill Gates anunció que donaría cien millones de dólares para financiar las vacunas infantiles.

De ordinario, tratamos el dinero como un equivalente universal entre las cosas. Se trata de una noción muy antigua; es a lo que se refería Heráclito cuando escribió que «todas las cosas son un intercambio para el fuego, y el fuego para todas las cosas, al igual que los bienes para el oro y el oro para los bienes». Sin embargo, esto plantea algunos problemas: ¿cómo es posible que objetos completamente diferentes -un huevo, un cuadro de un payaso triste, un barco contenedor- puedan medirse de la misma manera? No debería tener sentido decir que el buque portacontenedores equivale a tres millones de cuadros de un payaso triste, pero esto es exactamente lo que hace el dinero.

Y lo que es más preocupante, el poder reluciente de las monedas sigue engullendo cosas que tendemos a pensar que no deberían ser tasables en absoluto: la lealtad de una persona, o su consentimiento sexual, o, con una regularidad deprimente a lo largo de la historia, la propia persona. Se tiende a tratar como una aberración: el dinero que se filtra en áreas que no son, propiamente hablando, su dominio legítimo. Esto subestima el poder de Mammon. El dinero solo tiene que ver con los objetos; el núcleo de su poder es la capacidad de hacer que la gente haga cosas que de otro modo no querría hacer. Como entregar su fuerza de trabajo en las fábricas que producen sus mercancías, o nadar desnudos en su piscina. (Al fin y al cabo, cuando compras algo con dinero, en realidad solo estás comprando una parte de la monotonía diaria de algún desconocido lejano que nunca has conocido). El dinero exige ser utilizado: ser puesto en circulación, ser intercambiado, adoptar otras formas, encontrar nuevas maneras de manipular a los seres humanos. Tiene su propio poder y sus propios fines.

Tan pronto como Marx introduce el concepto de mercancía-dinero en el segundo capítulo de El Capital, se ve obligado a romper con su análisis económico y citar directamente el Libro del Apocalipsis: Illi unum consilium habent et virtutem et potestatem suam bestiae tradunt. «Tienen una sola mente y darán su fuerza y poder a la Bestia».

Otra cosa que suele decir la gente cuando se le pregunta qué haría con mil millones de dólares es que lo regalaría todo. La frase suele pronunciarse con un toque de suficiencia: he conseguido resistir las tentaciones de un gran montón de dinero. No daría mi fuerza y mi poder a la Bestia. ¿Está usted seguro? Una persona que da diez o veinte dólares a alguien necesitado está haciendo caridad. Una persona que regala cien millones está haciendo filantropía, que es muy diferente. Con la caridad, te centras en algunos pequeños fines humanos; con la filantropía, en una humanidad abstracta. En algún momento, las personas reales se convierten en peones.

En la actualidad, Bill Gates es el rostro ligeramente inhumano de la filantropía mundial. Desde que renunció a su cargo de director general de Microsoft en medio del escándalo antimonopolio, ha desembolsado unos 50.000 millones de dólares a través de su fundación. El «compromiso de donación» que fundó con Warren Buffett ha sido firmado por algunas de las personas más ricas del mundo, que se han comprometido a donar al menos la mitad de su patrimonio. Esto da lugar a algunos titulares increíbles como «Alerta de ser humano asombroso: el príncipe saudí Al Waleed bin Talal se une al compromiso de donación». S.A.R. Al Waleed bin Talal Al Saud ha destacado también por sus otras iniciativas benéficas, como la vez que se ofreció generosamente a comprar cien Bentleys para los pilotos que lanzaban bombas sobre hospitales y campos de refugiados en Yemen.

Es una historia muy antigua. Desde los plutócratas de la Edad Dorada en adelante, las personas que ganan enormes cantidades de dinero tienden a pasar algunos años comprando cosas -palacios, yates, ejércitos- antes de dedicarse repentinamente a la filantropía. Tal vez empiece como una forma de lavar su imagen pública; casi seguro que así fue en el caso de Bill Gates. Antes del escándalo antimonopolio, apenas había mostrado interés por la filantropía. Una versión de la Fundación Gates existía desde 1994, pero en su primera encarnación todo el personal consistía en Bill Gates, padre, sentado en un escritorio en su casa, abriendo los cientos de cartas de organizaciones benéficas que pedían limosna y reenviando las que le gustaban a su hijo, que generalmente las firmaba sin pensarlo mucho. Pero, en última instancia, creo que los súper ricos recurren a la filantropía porque la riqueza, inevitablemente, se desprende de todas las baratijas intermedias y vuelve a su propósito primordial, que es controlar las mentes y los actos humanos.

Hay una historia de una época anterior de la filantropía: en los años 50, un equipo financiado por la Fundación Rockefeller viajó a una región rural del Punjab para realizar un estudio entre las mujeres locales. Distribuyeron miles de píldoras en siete aldeas y volvieron una y otra vez para hacer preguntas sobre los hábitos sexuales y los ciclos menstruales de las mujeres. Cuando las mujeres acabaron entendiendo que las píldoras que les habían dado eran anticonceptivos orales, se pusieron furiosas. No querían tener menos hijos; la Fundación Rockefeller simplemente lo había decidido por ellas.

Historias similares parecen rodear todo lo que hace la Fundación Gates. A mediados de la década de 2000, por ejemplo, decidieron que iban a mejorar la agricultura y la seguridad alimentaria en África. Varios organismos internacionales se adhirieron debidamente al programa, y Kofi Annan fue su presidente, pero pronto quedó claro que lo que la Fundación Gates buscaba era una mejor capitalización de la agricultura africana. Los agricultores tendrían más acceso al crédito, para poder comprar fertilizantes y maquinaria, y a los mercados, para poder vender sus cosechas con beneficios. Se formaría una nueva clase de «agrocomerciantes», intermediarios entre los pequeños agricultores y las corrientes financieras mundiales. Los agricultores de subsistencia se convertirían en empresarios. Un continente hambriento se transformaría en un granero.

Sin embargo, lo que este programa acabó haciendo a menudo fue atrapar a los agricultores pobres en cantidades cada vez mayores de deuda, al tiempo que les cargaba con tecnologías que funcionan mejor en explotaciones de tamaño industrial que en pequeñas parcelas familiares. Pero tal vez ese era el objetivo. Muchos pequeños propietarios acabaron vendiendo sus tierras y trasladándose a los barrios de chabolas de las ciudades; los datos de Land Matrix muestran que desde el año 2000 casi el 10% de las tierras cultivables del continente han sido compradas por agricultores comerciales a gran escala.

Mientras tanto, esta mercantilización estaba convirtiendo los cultivos de subsistencia en productos especulativos. Poco después de la puesta en marcha del proyecto, los precios mundiales de los alimentos empezaron a dispararse. El coste del trigo aumentó un 136% y el del arroz un 217%. ¿Por qué? Después, las Naciones Unidas encargaron un informe sobre la crisis. Su Relator Especial sobre la Alimentación, Olivier De Schutter, concluyó que los productos agrícolas habían empezado a atraer la atención de los grandes inversores a medida que otros sectores de la economía empezaban a fallar. «Otros mercados se fueron apagando uno a uno: las puntocom se desvanecieron a finales de 2001, la bolsa poco después y el mercado inmobiliario estadounidense en agosto de 2007». Así que los fondos de cobertura y los grandes bancos empezaron a invertir miles de millones en los futuros de las cosechas en la Bolsa Mercantil de Chicago, y cuando los precios empezaron a subir, entró más capital. Los países ricos apenas notaron la subida de los precios, pero en toda África estallaron disturbios por los alimentos. El problema nunca fue que no hubiera suficientes alimentos para todos. El problema era el exceso de dinero.

Tal vez el ejemplo más claro del irracional y estúpido poder de la Fundación Gates sea su fiasco de las «escuelas pequeñas». En el año 2000, la Fundación anunció una nueva y brillante solución política que podría reparar instantáneamente el sistema educativo estadounidense: las escuelas estadounidenses eran demasiado grandes y la solución era dividirlas. Melinda Gates comenzó a señalar con entusiasmo las investigaciones que mostraban que de las escuelas con mejor rendimiento del país, con menos violencia y vandalismo, en número desproporcionado, tenían cuatrocientos alumnos o menos. A lo largo de la siguiente década, la Fundación destinó dos mil millones de dólares a la reducción de las escuelas públicas. Se prometió a los directores y a los consejos escolares enormes sumas de dinero a cambio de dividir sus escuelas en múltiples establecimientos más pequeños. ¿Cómo iban a negarse?

La Manual High School de Denver había sido en su día una institución central de la clase media negra de la ciudad; cuando llegó la Fundación Gates estaba en franca decadencia. En lugar de leer a Shakespeare, a los alumnos se les proyectaba una adaptación cinematográfica para que se hicieran una vaga idea de los temas; en un año, veinte alumnos fueron suspendidos por llevar un arma mortal a la escuela. Según algunas mediciones, Manual era la escuela con peores resultados del estado. Bajo la dirección de la Fundación se dividió en tres instituciones separadas con nombres como «Leadership High» y «Millennium Quest», todas ellas compartiendo el mismo edificio. Casi de inmediato, la infraestructura empezó a romperse. Los tres nuevos directores tuvieron que pelearse por el acceso a las instalaciones compartidas por las escuelas: la cafetería y la biblioteca. Empezaron a llamar a la policía para denunciar a los alumnos del otro; cuando llegó un cargamento de libros de texto nuevos a la puerta de entrada de los colegios, se produjeron peleas para ver quién se los llevaba.

Debería haber sido obvio que intentar meter tres escuelas en un solo edificio escolar era una idea estúpida, un truco de circo inventado para conseguir una gran subvención, pero el experimento se prolongó, año tras año. Después de que Manual cerrara definitivamente en 2006, un equipo de investigación de la Universidad de Colorado hizo un seguimiento de algunos de sus alumnos. Antes de que llegara la Fundación, la escuela tenía una tasa de abandono del 6%; cuando cerró, la tasa entre los antiguos alumnos se había casi triplicado.

Posteriormente, un estadístico de la Wharton School volvió a analizar las cifras, que parecían mostrar que las escuelas más pequeñas superaban académicamente a las grandes. Eso era cierto. Pero las escuelas más pequeñas también estaban desproporcionadamente representadas entre las de peor rendimiento. La razón obvia es que, cuando hay menos alumnos, un par de niños especialmente brillantes o especialmente lentos contribuyen más a elevar o reducir la media de los resultados de los exámenes. Miles de jóvenes salían al mundo con perspectivas dramáticamente disminuidas, y todo porque Bill Gates -el hombre de los números, el mayor empollón del mundo- no se preocupaba de leer un gráfico.

En la actualidad, la Fundación Bill y Melinda Gates es el segundo mayor donante global de la Organización Mundial de la Salud, aportando el 10% de su presupuesto anual, solo por detrás del gobierno de Estados Unidos. Y a diferencia del gobierno estadounidense, la Fundación tiene una sola voz. Si mañana decide que el problema más urgente al que nos enfrentamos es el síndrome del intestino irritable, todo el engorroso mecanismo de la gobernanza mundial girará, lenta y pesadamente, pero con gran peso, hacia la ayuda para pasar un rato más agradable en el retrete. Algo así está ocurriendo ahora. En Pakistán, los aldeanos preguntan a las personas que distribuyen las vacunas: «¿Qué es la polio? Nunca la hemos visto, ¿por qué nos preocupa? Nuestros niños mueren de sarampión». Pero la Fundación Gates quiere eliminar los últimos vestigios de la poliomielitis, así que ahí va la financiación, y las ONG con ella.

Pero en cierto sentido, las cosas son incluso peores que eso. En su mayor parte, la Fundación no expresa las creencias idiosincrásicas de su fundador. Simplemente expresa la estupidez de la forma en que nuestro mundo ya está estructurado. Tierras en África engullidas por intereses comerciales, escuelas en Estados Unidos sometidas a una letanía de trucos extraños. Una política sanitaria que gira en torno a las enfermedades contagiosas -en contraposición a las cardiopatías o el cáncer-, enfermedades vinculadas a empresas en las que la Fundación tiene grandes inversiones, como Kraft Heinz o Coca-Cola. Como han señalado escritores como Linsey McGoey, una cantidad inquietante del dinero que Gates destina a los países más pobres parece acabar en manos de empresas y universidades de los más ricos. En 2021, señaló en el New York Times que la Fundación Gates había negociado un acuerdo entre el equipo de investigación de vacunas de la Universidad de Oxford y el gigante farmacéutico anglosueco AstraZeneca. La vacuna COVID-19 de Oxford se había desarrollado con dinero público del Estado británico; la universidad había prometido ceder los derechos de su vacuna a cualquiera que tuviera los medios para producirla. El proceso de fabricación de la vacuna se había mantenido lo más sencillo posible, utilizando «virus semilla» que permitirían a los laboratorios más pequeños de los países más pobres producir millones de dosis a bajo coste. Pero con la intervención de la Fundación Gates, se convirtió en propiedad intelectual exclusiva de una sola empresa.

Este, y no ninguna fantasía de despoblación mundial, es el verdadero y sucio secreto de la participación de Bill Gates en la vacuna COVID. Pero no sería correcto llamar a todo esto un plan, un intento de utilizar la emergencia sanitaria para fines concretos. Es simplemente una enorme concentración de riqueza haciendo lo que una enorme concentración de riqueza siempre hace: privatizar los bienes públicos; convertir todo, como un virus, en una máquina para hacer más de sí mismo. Al igual que con la debacle de Internet Explorer, cualquier otro multimillonario en la posición de Gates probablemente estaría haciendo lo mismo. No se puede reformar la filantropía; todo esto está incorporado en el modelo. Es newtoniano e inevitable; se pueden predecir los movimientos, como los de las rocas sin sentido que chocan en el espacio.

En su Postcriptum Søren Kierkegaard describe dos tipos de locura, la interior y la exterior. Su modelo de locura interior es el de Don Quijote: alguien que se ve atrapado por una idea extraña, que estalla en una intensa experiencia subjetiva que nadie más puede entender. Y en cuanto a la segunda, la externa: «Esta clase de locura es más inhumana que la otra. Uno se resiste a mirar al primero a los ojos, no vaya a ser que descubra la profundidad de su estado frenético, pero no se atreve a mirar al otro en absoluto por miedo a descubrir que no tiene ojos de verdad, sino ojos de cristal y pelo hecho con una alfombra, en definitiva, que es un producto artificial. Si uno se encuentra con un trastornado mental de ese tipo, cuya enfermedad es simplemente que no tiene mente, lo escucha con frío horror. Uno no sabe si se atreve a creer que es un ser humano con el que está hablando, o quizás un bastón».

Hoy, Bill Gates parece menos el fundador de Microsoft y más uno de sus productos. Beige, soso e ineludible; un hombre que parece creer sinceramente que Bono es un salvaje del rock and roll, que el software de procesamiento de textos es en realidad bastante guay, y que todos los problemas del mundo pueden y deben ser resueltos por un multimillonario y su dinero. Si no es capaz de pensar fuera de los parámetros de la sociedad actual, es porque él es esos parámetros.

Los nuevos multimillonarios de la tecnología son diferentes. Más llamativos, más saturados, más Web 2.0. Jeff Bezos se lanza al espacio exterior simplemente porque puede hacerlo; se le fotografía con su brazo alrededor de los gruesos muslos de una presentadora de televisión. Peter Thiel lee a René Girard y lanza dinero a cualquier adolescente con una mirada enfurruñada y una postura reaccionaria. Elon Musk parece haberse vuelto realmente loco, en el sentido kierkegaardiano del término: durante cinco años no ha hecho más que actuar de diversas maneras, buscando peleas estúpidas, anunciando inventos estúpidos, dando a sus hijos nombres estúpidos. Pero todo lo que puedo ver cuando miro a esta gente es la gran oscuridad que se levanta a su alrededor desde todos los lados. Y es que el pelo de Elon Musk ya es artificial. Los ojos de Jeff Bezos ya se están volviendo vidriosos. Se están desintegrando en meras cosas, en una existencia mineral ciega, y cada acrobacia, cada cruzada política o muestra de riqueza obscena, es solo un esfuerzo frenético por recuperar algo de individualidad humana, alguna esperanza de que su riqueza pueda servir a sus deseos en lugar de lo contrario. Todavía están en la era de las strippers de Gates, la época de los imperios que se desvanecen. ¡Yo existo! ¡Quiero cosas!

Al final, la resistencia es inútil. El dinero presenta sus exigencias. Y si la horda se hace lo suficientemente grande, consume a su dueño. Warren Buffett, al menos, sabe lo que es: descargó miles de millones a su amigo, Bill Gates, liberándolo de la necesidad de hacer algo con él. No tiene que pretender ser otra cosa que un artilugio carnoso para ganar aún más dinero. Mientras tanto, Gates va de una idea para salvar el mundo a otra, jadeando en busca de oportunidades para hacer «buen uso» de su vasta riqueza, esclavo de los miles de millones y de su insistente voz: «No dejes que este gran poder quede sin usar».

A veces me preguntan qué creo que deberían hacer los multimillonarios, si no me gusta que ganen grandes sumas de dinero y tampoco me gusta que lo regalen. Hay una respuesta estándar a esta pregunta entre mis compañeros de la izquierda: nadie debería tener tanta riqueza y poder; habría que quitárselos. No es filantropía, sino redistribución. Entonces, el ser humano que está debajo puede vivir una vida mejor, más humilde. Como siempre, mis compañeros son demasiado optimistas. Los multimillonarios ya no existen. Otra cosa, algo inmortal y abstracto, se ha metido como un cangrejo ermitaño en el caparazón de lo que fue un ser humano. La verdadera cuestión, la difícil, es cómo deshacerse de eso.

Publicado por Sam Kriss en First Things

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana

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Comentarios
24 comentarios en “La verdad sobre Bill Gates
  1. Me pregunto si es preciso relatar un tostonazo sobre «San Bill Gates»en un intento de lavar su imagen que tan injustamente ha sido tratada ya por millones de «conspiranoicos» y creciendo. Ahí están sus declaraciones y manifestaciones, sus geniales propuestas y sus amistades para llevar la contraria al panegirista, por cierto, le habrá pagado?

    1. Lo mejor que he leido en este sitio. Es inteligente y, por tanto, no conspiranoico. Demasido para la media de comentaristas.
      P.D.: ¿le parece que lava la imagen de Gates?

      1. Es un buen articulo, sí, pero una traducción de google muy pobre. Es mejor ir al original en inglés. No es ni malo ni bueno, pero muy pretencioso. Quiere ser imparcial, pero no lo consigue. En cualquier caso es demasiado largo para estar hurgando en la misma llaga. Billy Gates es súper rico, bien, demasiado rico para servirle de nada. Al final es un pequeño ser humano, mortal y frágil. No le envidio.

        1. Hay que ver AERO PAJERO que de todo sabes y de todo entiendes….. que haremos sin tí y sin todo ese saber con qué nos deleitas a diario????

        2. No puedo evitar cuando leo una biografía de alguien pasarlo por el filtro del bien o del mal. Es Bill Gates un hombre que trabaja para el Reino de Dios o trabaja para el Maligno? Yo sin duda por lo mucho que he leído de este personaje lo tengo muuuuuy claro, lo segundo. Y cada vez salen informaciones más terroríficas de este hombrecito con cara de no haber roto un plato. En resumen, un satánico.

      2. Así es Guille, así es eso de que no llega a la media, pero no de los comentaristas de este sitio y a los que suelo leer sin necesidad de añadir nada por mi parte. Por supuesto, no hablo de todos, especialmente sobre aquellos que tienen por hábito el «ab homine» al sobrenatural libre albedrío otorgado por Dios, o a la libertad constitucional de expresión en cualquier medio.
        Pero todo el tedioso artículo se explica perfectamente a través de la llamada «teoría del rendimiento decreciente» formulada por un economista polaco, Leontief, y que se aplica a cualquier proceso económico. Se estudia en estructura económica y para que se entienda enseguida, se suele explicar con un ejemplo de.bocadillos y refrescos.
        En el artículo es lo que se dice, ni mas, ni menos, salvo que el tratamiento de dicha teoría no utiliza alabanzas, ni descalificaciones. Así ya tiene sobre qué ilustrarse.

    2. Totalmente de acuerdo con usted. Hay videos de sobra de este «humano cuya riqueza no le servirá al otro lado frente a Dios» que muestran indudablemente que el tipo dice que a la sobrepoblación se la controla con vacunas. Si el autor del artículo no los ha visto…allá él…

      1. Sobradamente sabido es lo que Nuestro Señor nos dejó sobre ricachones sin límite, y camellos y agujeros de aguja, de opulones o de ganar el mundo y perder el alma.
        Lo cierto es que podría quedarse el diez por ciento de su incalculable riqueza, y yo diría que absurda e inmoral, y repartir el noventa por ciento restante entre tantos millones de necesitados. Eso sí, sin pedir nada a cambio y, todavía más importante, de forma totalmente anónima.

    3. ¿Injustamente? Veo que lo dice con ironía. ¿Ya sabe la gente la gran cantidad de niños del tercer mundo que fallecieron o quedaron paralíticos con sus vacunas de la polio y del papiloma humano en las niñas? Y ahora la estafa del covid… Una joya es este hombre, que ya heredó muchos millones de su familia y el afán de la eugenesia de su padre, a la que ahora dedica todos sus desvelos.

    4. Gracias, Amadeus, por su interesante respuesta. No necesito aclarar a qué me refería con la media conspiranoica de los comentarios. Estàn por aquí.

  2. No me ha gustado, la verdad. Pretencioso (el principio es especialmente afectado, como dándoselas de «pobre»- tampoco hay que ser millonario para, ya que vas al restaurante, pedir lo que quieras- o darse el gusto de un buen hotel, que con las ofertas a veces cuesta igual que un hostal. Es como querer caer simpático a fuerza de «humilde»).
    Largo, engorroso y no sé qué dice en concreto. El final- que «nadie debe tener tanta riqueza- lo veo especialmente desafortunado. Ni que hablara Pedro Sánchez.
    Y les habla la persona más modesta posible. Pero vamos..jamás he sufrido porque existan multimillonarioa

  3. Pero que coñazo insulso es esto? Hacía falta esta inyección de merengue?

    Que C O Ñ A Z O. Y encima cita a Marx y a Freud.

    Ha tenido que pagar muy bien. A este paso y con ese dinero, lo canoniza Bergoglio junto con el presidente Chino. Lo veo venir.

    Yo por mi, que lo canonicen, A condición de que no publiquen otro PEÑAZO como este.

  4. Bil Gates pretende ser el amo del mundo. Nos encontramos en el período bíblico denominado «Fin de los Tiempos», y durante dicho período han de reinar Dos bestias, Apocalipsis 13 y 14. A propósito, Francisco ya ha recomendado en varias ocasiones la lectura del libro «el amo del mundo». ¿Porque será?
    Catecismo 675.
    2ª Tesalonicenses 2.
    Apocalipsis 19,20.
    Non Nobis..

    1. Es verdad que es eso lo que pretende, aunque hay unos cuantos en su miamo caso… pero yo no le veo a este tipo prendas suficientes para ser el Anticristo.

    1. La verdad de Bill Gates: «Con mis vacunas se reducirá entre un 30 y un 35% la población de la tierra». Oído con mis oídos en dos o tres vídeos que pululan o pululaban por Youtube de conferencias de este elemento. Supongo que a estas alturas ya los habrán quitado de la circulación.

  5. No estoy de acuerdo con el artículo. No conozco a ninguna de las personas a las que se insulta en él y realmente no tengo motivos para pensar mal de ellos, tal vez sólo intenta ayudar y el dinero y el poder les corrompe. Pero no creo en las recetas de la izquierda: quitarles los bienes a ellos, pero antes a todos lso demás para concentrara un poder cada vez más absoluto en una minoría cadavez más peqeña y corrompida por ese mimso poder.
    Todo aquello de loq ue se acusa a Gates lo hemso visto y los seguimos viendo, corregido y aumentado en dictadores como Lenin, Stalin, Hitler, Los Kim Jong…
    Y eso va también contra el critianismo. Nuestar religión va de libertad individual, no de una dictadura inflexible. Cada uno tiene qu etener la libertad y el derecho de buscar su camino en la vida, aunque sea el malo. De equivocarse. Y de arrepentirse. O no.
    Ningún problema se soluciona con una dictadura. No hay más que ver la sucesión de fracasos del socialismo y el coste que han tenido para la H

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