La jurisdicción del obispo en relación con la del Papa

Por Carlos A. Casanova sínodo de la sinodalidad
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Vivimos en un tiempo en que se ha tornado verosímil que la sede de Roma abuse de su poder en relación con los Obispos de todo el mundo. Ahora es verosímil que llegue un momento en que Obispos ortodoxos sean removidos sin procedimiento alguno, y a todas luces por motivos espurios. Más aún, podría ocurrir que precisamente la ortodoxia del Obispo llegue a ser el motivo de su remoción. En esos casos, ¿deberán los Obispos removidos aceptar tales actos arbitrarios obedientemente? Me parece que en ese caso habría un error de eclesiología. La autoridad del Obispo no viene del Papa, sino de Dios. Y, si bien es verdad que el Papa tiene una jurisdicción universal, también lo es que esa jurisdicción tiene por finalidad el servicio a la Fe de la Iglesia y el bien de las almas, razón por la cual no puede ejercerse tiránicamente, como si fuera satanás, y no Cristo, Aquél de quien el Papa es Vicario.

Para dar argumentos a los Obispos fieles, con la esperanza de servir a la defensa de la Esposa de Cristo en estos tiempos turbulentos de los ataques del maligno, he escrito estas páginas, recogiendo testimonios eclesiológicos antiguos, y principios proclamados en el Magisterio de la Iglesia. Sé que quien defiende a su Iglesia es Cristo. Pero también sé que lo hace como Causa Primera. Nosotros, por su gracia, debemos intentar ser sus instrumentos.

Pasemos de inmediato a encadenar el pequeño elenco de testimonios antiguos y de textos magisteriales que he recogido con el fin indicado.

  1. Encadenamiento de textos antiguos

(1) Uno de los Cánones de los Apóstoles establece lo siguiente:

Los obispos de toda nación están obligados a reconocer al principal entre ellos y a tenerlo como su cabeza, y no hacer nada extraordinario sin su consejo, sino hacer individualmente sólo esas cosas que se refieren a la diócesis de cada uno respectivamente y a sus pueblos. El principal, por su parte, no debe actuar sin el consejo de todos.

Según John Henry Newman, hay tres testimonios importantes de la doctrina católica: la enseñanza unánime de los Padres, el acuerdo de los herejes y las costumbres recibidas. Pues bien, el Canon de Antioquía, arriano, recibe este canon apostólico y lo adapta a su época en el siglo IV:

Los obispos de cada provincia están obligados a reconocer al obispo que gobierna la sede metropolitana, y que él tiene a su cuidado la provincia entera, porque todos los que tienen asuntos que tratar o decidir recurren de todas partes a la metrópolis.  Por lo cual ha parecido conveniente que ese obispo sea también el primero en la honra y que los otros obispos no hagan nada extraordinario sin él (de acuerdo con el antiquísimo canon que ha estado vigente desde el tiempo de nuestros padres), o que hagan sólo aquellas cosas que tienen que ver con la diócesis de cada uno y los lugares que se encuentran bajo su jurisdicción. Porque cada obispo tiene poder sobre su propia diócesis para administrarla de acuerdo con su propia conciencia, y para proveer al entero territorio sujeto a su propia ciudad, así como para ordenar presbíteros y diáconos y para disponer de todas las cosas consideradamente, pero no para proceder más allá de esto sin el obispo metropolitano. Él, por su parte, no debe actuar sin el consejo de los otros.

De todo esto concluye Newman que “ningún [obispo] sufragáneo puede actuar en asuntos extra-diocesanos sin su metropolitano, ni el metropolitano sin sus sufragáneos”.

Me parece que este canon es el que da el contexto para entender correctamente las diversas afirmaciones de san Cipriano, que parecen colidir unas con otras. Porque, por una parte, el gran Obispo africano reconoce que la Iglesia de Roma es la “cátedra de Pedro e Iglesia principal de donde proviene la unidad del sacerdocio”. Los herejes “olvidan que son aquellos mismos romanos cuya fe alabó el Apóstol, inaccesibles a la perfidia” (Epist. 59,14). Pero, por otra parte, en la misma carta y para sorpresa de Quasten, cuya obra uso aquí, san Cipriano “espera que Roma no se entrometerá en los asuntos de su propia diócesis, ‘porque a cada pastor en particular le ha sido asignada una porción del rebaño, que debe dirigir y gobernar y de la cual tendrá que dar cuenta, así como de su administración, al Señor’ (Epist. 59,14)”. Como se ve, Cipriano reconoce la principalidad de Roma respecto de su diócesis africana, pero al mismo tiempo aclara que esa principalidad no implica que su jurisdicción sea omnímoda e ilimitada. 

San Cipriano, como sabemos, es bastante celoso de esa autoridad que él ha recibido de Dios directamente, no del Papa. Y lo dice con toda claridad: “Con tal de que no rompa el vínculo de la concordia y se mantenga la indisoluble fidelidad a la unidad de la Iglesia católica, cada obispo manda y gobierna a su manera, con obligación de dar cuentas de su conducta a Dios” (Epist. 55,21).

Y Quasten añade:

En su controversia con el papa Esteban sobre la validez del bautismo de los herejes, expone, como presidente del concilio africano de septiembre del 256, su opinión con estas palabras:

“Nadie entre nosotros se proclama a sí mismo obispo de obispos, ni obliga a sus colegas por tiranía o terror a una obediencia forzada, considerando que todo obispo por su libertad y poder tiene el derecho de pensar como quiera y no puede ser juzgado por otro, lo mismo que él no puede juzgar a otros. Debemos esperar todos el juicio de Nuestro Señor Jesucristo, quien solo y señaladamente tiene el poder de nombrarnos para el gobierno de su Iglesia y de juzgar nuestras acciones” (CSEL 3-1,436).

Obviamente esta última afirmación debe verse a la luz de lo que hemos dicho antes. El Obispo de Roma tiene un poder sobre los otros obispos, pero no en todo, ni tampoco un poder tiránico. La exclusión de la tiranía la apoya Cipriano en un claro precedente escriturístico: “Cuando Pedro, que había sido elegido el primero por el Señor y sobre quien edificó su Iglesia, tuvo aquella controversia con Pablo sobre la circuncisión, no reclamó arrogantemente ninguna prerrogativa ni se mostró insolente con los demás diciendo que tenía el primado y que debía ser obedecido” (Epist. 71,3).

Que el Canon Apostólico da la clave para armonizar todos estos textos aparece con claridad con la reacción de san Cipriano ante “la investigación del papa Cornelio a propósito de la consagración de Fortunato, que Cipriano había hecho sin consultar previamente a Roma. En su respuesta, el prelado africano reconoce su deber de llevar al Pontífice todos los asuntos de mayor importancia:

No te escribí inmediatamente, carísimo hermano [Cornelio], porque no se trataba de una cosa tan importante y tan grave que pidiera que se te comunicara en seguida. Confiaba que conocías todo esto y estaba seguro de que te acordabas de ello. Por eso juzgué que no era necesario comunicarte con tanta celeridad y urgencia las locuras de los herejes… Y no te escribí sobre todo aquello porque todos lo despreciamos, por otra parte, y poco ha te mandé los nombres de los obispos de aquí que están al frente de los hermanos y no han sido contaminados por la herejía. Fue opinión unánime de todos los de esta región que te mandara estos nombres (Epist. 59,9).”

Esta interpretación queda confirmada porque san Cipriano reconocía el primado de Pedro y del Obispo de Roma:

El primado se da a Pedro y así se muestra que hay una sola Iglesia y una sola Cátedra. Y que son muchos los pastores, pero la grey es una se muestra porque es pastoreada por todos los apóstoles con unánime sentir. Quien se aparta de la Cátedra de Pedro sobre quien fue fundada la Iglesia, ¿puede confiar en que se encuentra en la Iglesia? 

(2) La experiencia de San Basilio

Por otra parte, en el tiempo de san Basilio, la Fe de Asia peligraba a causa de las muchas herejías que se habían colado entre los fieles, incluso entre los obispos. En esa situación crítica, el gran Padre Capadocio pedía ayuda a Roma, pero no la recibía. No se arredró por eso, sino que continuó la defensa de la Fe. En ese contexto, se queja de la Santa Sede. Ante estos acontecimientos, comenta John Henry Newman:

Y de manera semejante, la insatisfacción de los santos, de san Basilio, o de nuevo, de santo Tomás [Becket], con la política contemporánea o la conducta de la Santa Sede […] no empaña ni a esos santos ni al Vicario de Cristo. Ni la infalibilidad de éste en lo que se refiere a las decisiones dogmáticas se ve comprometida por un error personal y temporal en el que pueda haber caído, en su estimación de un hereje, como Pelagio, o de un doctor de la Iglesia, como Basilio. Los accidentes de esta naturaleza son inevitables en el estado en que nos encontramos aquí abajo.

Aun de estas tensiones que se han dado en la historia de la Iglesia se sirve Dios para ilustrarnos y guiarnos. Claramente, pues la Iglesia existe para guardar el depósito de la Fe y de los medios por los que recibimos de manera ordinaria la gracia de Dios, Basilio como Obispo se debe a esos fines antes que al Papa san Dámaso. Éste es el punto que vamos a abordar ahora.

  1. La prioridad de la Fe

Entre los Padres encontramos otra doctrina que hunde, por supuesto, su raíz en la Sagrada Escritura y que de algún modo ha sido recogida en el Concilio Vaticano II. Se trata de una enseñanza crucial para el tiempo que vivimos, sobre todo si se concatena con los textos que hemos mostrado en la sección anterior. Comencemos con el texto de la Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación:

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer. (n. 10)

El Magisterio, incluido el Magisterio papal, sirve a la palabra de Dios, no está sobre ella. Es deber de los Obispos, por tanto, sobre cualquier otra cosa, salvaguardar la Fe recibida, y salvaguardar a su grey en esa Fe, y estos deberes están sobre la obediencia al Obispo de Roma, como es evidente.

Un Padre que subrayó de manera muy hermosa este punto que estoy señalando fue san Vicente de Leríns. Transcribiremos aquí algunas de sus enseñanzas.

Los ángeles se encuentran sobre toda autoridad meramente humana, aunque sea vicaria de Cristo, con excepción de la Virgen María. ¿Por qué? Porque si Dios envía un ángel para revelar algo, como hizo con Moisés, es como si Dios mismos estuviera hablando, y así lo tomó Moisés. Sin embargo, porque la revelación pública culminó con Jesucristo, san Vicente expone la doctrina de san Pablo:

“Pero, aunque (cita san Vicente) nosotros o un Ángel del cielo te entregara otro evangelio diferente de ése que habéis recibido, sea anatema”. ¿Qué significa esto que dice, “aunque nosotros”? ¿Por qué no dice más bien “aunque yo”? Esto es, aunque Pedro, aunque Andrés, aunque Juan, sí, finalmente, aunque la entera compañía de los Apóstoles os entregue un evangelio diferente del que os hemos entregado, que sea maldito. ¡Una terrible condena, que para mantener la posesión de la primera fe no es excluye a sí mismo ni a ninguno otro de los Apóstoles de la misma! Pero esto es algo pequeño, comparado con lo que sigue: “Aunque un Ángel del cielo (cita él) os entregue otro evangelio diferente del que yo os he entregado, sea anatema”.

Pedro no es una excepción, léase bien. Mucho menos lo será su Sucesor. Si un Papa ordena creer algo diferente de lo que fue revelado, de lo que siempre y en todas partes se ha creído (como veremos), es un maldito, y no debe ser obedecido. Pero esto, ¿no nos deja en la condición de los protestantes que han de acudir al juicio privado? ¡No, de ninguna manera! Porque un Obispo católico determinará lo que debe ser creído apoyado en la Sagrada Escritura, la Tradición, y el Magisterio Solemne de la Iglesia. Si un Papa enseña algo contra los dogmas definidos en el Concilio de Trento, por ejemplo, no hay que creer lo que dice y, por el bien de su alma, hay que desobedecerlo y advertirle que, de perseverar obstinadamente en esa herejía material, corre el peligro de incurrir en herejía formal y ser un maldito. No puede el Obispo declararlo maldito mientras no haya una autoridad que esté por encima de ese Papa y que lo declare tal, como ocurrió con el Papa Honorio, que después de su muerte fue declarado hereje por un Concilio ecuménico.

Veamos ahora el Canon Apostólico que habla de lo que debe ser recibido como revelado:

Éste es el gran canon que enseña “Lo que siempre, lo que en todas partes, lo que por todos” [ha sido creído, debe ser creído], que nos salva de la miseria de tener que encontrar la verdad por nosotros mismos en la Escritura, con nuestro juicio privado e independiente.

Este Canon fue así comentado por san Vicente de Leríns:

De nuevo, dentro de la misma Iglesia Católica, tenemos que considerar mucho que sostenemos eso que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos los hombres. Porque es propiamente “católico” (como lo declara la misma fuerza y naturaleza de la palabra) eso que abarca todas las cosas de un modo universal, y eso es a lo que adheriremos si seguimos la universalidad, la antigüedad y el consentimiento. La universalidad la seguiremos si profesamos que es verdad aquella única Fe que toda la Iglesia en todo el mundo reconoce y confiesa. La antigüedad la seguiremos si no nos apartamos ni un poquito de los sentidos que es obvio que sostuvieron generalmente nuestros santos ancianos y padres. El consentimiento lo seguiremos si en esa misma antigüedad nosotros defendemos las definiciones y opiniones de todos, o en cualquier caso de casi todos los sacerdotes y doctores juntos.

Ésta es la enseñanza que recoge el Concilio Vaticano I en la Constitución Dogmática Dei Filius:

[…] debe tenerse como verdadero el sentido de la Escritura que la Santa Madre Iglesia ha sostenido y sostiene, ya que es su derecho juzgar acerca del verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras; y por eso, a nadie le es lícito interpretar la Sagrada Escritura en un sentido contrario a éste ni contra el consentimiento unánime de los Padres.

El Magisterio responsable del Romano pontífice, por ello, no puede prescindir de una investigación seria de la Escritura, del Magisterio pasado y de las opiniones de los Padres. Si, a pesar de todas las advertencias de la Escritura y de a Tradición, una autoridad eclesiástica se apartara del depósito revelado, eso sería un medio por el que Dios acrisolaría los elegidos. Así nos lo dice san Vicente Leríns:

“Si surgiera un profeta en medio de vosotros”, e inmediatamente después: “no deberás oír las palabras de ese profeta”. ¿Por qué? “Porque (cita Vicente) tu Señor Dios te tienta, para ver si lo amas o no. […] De acuerdo con las leyes del Deuteronomio, deberíamos entender por esto con toda claridad que si en cualquier tiempo un maestro eclesiástico se aparta de la Fe, que la Providencia de Dios permite eso para probarnos, a ver si lo amamos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma. Capítulos 23, 24. […] Y si es así, ése es un verdadero católico, que ama la verdad de Dios, la Iglesia y el Cuerpo de Cristo, el que nada prefiere a la religión de Dios, […] pero cualquier doctrina nueva y antes no oída […] introducida por un hombre, él sabrá que no pertenece a la religión, sino que es más bien una tentación, especialmente porque está instruido por los dichos del Apóstol san Pablo. […] Ésta es la causa por la que Dios no desarraiga inmediatamente a los autores de herejías, para que se manifiesten los elegidos […] [Capítulos 25-26].

Hoy en día algunos desprecian esta sujeción a la revelación divina que culminó en Jesucristo. Ésos no son cristianos y normalmente no tienen idea de lo que es la Eternidad ni de lo que es la Infinitud. Viven en el mero pasar y son incapaces de distinguir los seres necesarios de los contingentes. Se nutren más de cábalas y doctrinas gnósticas que de la verdadera filosofía. Desprecian lo que no entienden o, más probablemente, pretenden despreciar aquello que han desesperado de alcanzar. Pero la Iglesia de Cristo actúa de otro modo. Veamos la doctrina de san León Magno:

No sólo en el ejercicio de la virtud y la observancia de los mandamientos, sino también en el camino de la Fe, la vía que conduce a la vida es estrecha y difícil, y exige grandes sacrificios, y entraña grandes riesgos, tanto caminar sin tropiezo por el estrecho sendero de la buena doctrina en medio de las opiniones inciertas y de las falsedades plausibles de los imperitos, como escapar a todo peligro de errar cuando se está rodeado de afanosos errores.

¿Por qué se cuida tanto la Iglesia de la ortodoxia? San John Henry Newman da una respuesta admirable:

La Iglesia existe, de una manera especial, a causa de la Fe que se ha encomendado a su guarda. Pero nuestros hombres prácticos olvidan que puede haber remedios peores que la enfermedad, que la herejía latente puede ser peor que una competencia de “partido”. Y, en el modo como tratan a la Iglesia, cumplen el verso bien conocido de la sátira: “propter vitam vivendi perdere causas”.

Lo cual, por supuesto, no significa que no pueda profundizarse en el depósito revelado. Claro que se puede, siempre que no se altere. San Vicente de Leríns, una vez más, nos da una enseñanza preciosa:

Que se alegre la posteridad por llegar a entender a tu través eso que la antigüedad veneraba sin haberlo entendido. Sin embargo, de tal manera entrega las mismas cosas que has aprendido que, aunque las enseñes de una manera nueva, nunca enseñes cosas nuevas.

III. El deber de los pastores.

Y aquí vamos llegado a nuestra conclusión. Si por los designios inescrutables de la Providencia, Dios permitiera que el hombre de la anomía se sentara en la Cátedra de san Pedro, en el Templo Santo de Dios, los Obispos católicos deberían saber que su autoridad viene de Cristo, no del Papa, y que es su deber ante Dios ejercer su ministerio para el bien de la grey que se les ha encomendado. El Sucesor de Pedro tiene una jurisdicción universal, pero esa jurisdicción debe sujetarse a los Cánones Apostólicos. Si la custodia de la Fe o de las costumbres exige que el Papa tenga una autoridad disciplinaria sobre los otros Obispos, sin embargo, los Obispos tienen una competencia propia sobre su particular grey y no pueden ser removidos de su sede si no se da una razón jurídica como la apuntada. La Iglesia es una monarquía, no una tiranía. Y salus animarum, suprema lex. Un Obispo no puede entregar su grey a una secta herética, a una autoridad que enseñe proposiciones contrarias a lo que ha sido definido por el Magisterio solemne o enseñado unánimemente por los Padres como contenido en la Escritura. El Obispo no puede juzgar al Papa y no puede declarar que comete una herejía formal, porque no tiene autoridad sobre él. Pero sí puede juzgar que comete una herejía material e impedir que su grey sea devorada por los demonios al apartarse de la Fe en Cristo.

Podría haber situaciones en que el cumplimiento de este deber sea duro. Quizá algún Obispo pueda verse obligado en el tiempo de la anomía desatada a vivir en casas privadas y abandonar su palacio episcopal, como vivieron los Apóstoles y los Obispos muchas veces en los tiempos primitivos, como han vivido muchas veces en China, como vivieron los sacerdotes en Francia durante la abominación de 1790, o en México o en tantos lugares en los que arrecia la persecución. Recuerden entonces la enseñanza de san Agustín, con la que acabaré estas páginas:

[…] Los ministros de Cristo, cuando son empujados por la persecución, tenemos libertad para dejar nuestros puestos, siempre que no quede atrás ningún miembro del rebaño que debamos servir. […] Pero cuando algunos fieles quedan atrás, y los ministros huyen, y se suspende el ministerio, ¿qué es esto sino la fuga culpable de los asalariados, que no se cuidan de las ovejas? Porque cuando venga el lobo (no un hombre, sino el diablo, que está acostumbrado a persuadir para que apostaten a esos creyentes que se hallan privados de la diaria administración del Cuerpo del Señor), el  hermano débil por quien Cristo murió perecerá, no por tu conocimiento, sino por tu ignorancia del deber.

¿No ocurre esto, también, si se deja la diócesis en manos de un hereje? Aunque el Obispo no pueda juzgar al Papa, sí que puede juzgar al hombre que pretende venir a usurpar su lugar. Y puede determinar que es, efectivamente, un hereje que rechaza la doctrina de Humanae vitae, o que rechaza las palabras de Cristo sobre la indisolubilidad del matrimonio, o que no acepta la doctrina del Concilio de Trento sobre la Eucaristía o sobre la penitencia o sobre la justificación, o que no acepta que Cristo es el único mediador, o que no acepta la unión hipostática, etc., etc. No puede un verdadero Pastor abandonar sus ovejas a salteadores y aventureros. Tiene que estar preparado para sufrir confiscación y vivir de la limosna.

Carlos A. Casanova.

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Comentarios
4 comentarios en “La jurisdicción del obispo en relación con la del Papa
  1. El Papa Francisco actúa de forma tiránica y le convendría leer estos textos, para ver si por fin se convierte.
    Entre los católicos sobra «p a
    p o l a t r í a» y falta formación.

  2. Falta un detalle para entender por qué el cvii patina en todo este asunto.
    Los obispos reciben la autoridad de Dios pero reciben su jurisdicción del Papa. La autoridad consiste en transmitir la Tradición, de manera que si no se transmite no hay autoridad y por tanto tampoco obediencia. El Sacramento de la consagración episcopal no otorga la jurisdición sino que el Papa concede la jurisdiccion a los obispos o no se la concede y quedan como obispos auxiliares.
    El acto cismático consiste en conceder jurisdición episcopal al margen del Papa, como hace la iglesia patriótica china o la secta ortodoxa oriental.
    El cvii establece el error de que la máxima autoridad de la iglesia es bicéfala: por un lado el papa en solitario, por otro, el colegio de los obispos con el Papa. Esta es la herejía conciliarista.

    1. Esto significa que si el papa y sus obispos no transmiten la Tradición contenida en los concilios dogmáticos que son todos definitivos y no se pueden alterar porque para eso tienen cánones de excomunión, entonces no es posible la obediencia, porque la autoridad que reciben de Dios consiste en transmitir la Tradición sin añadir ni suprimir nada. Eso es lo que juran los Papas en su Coronación. No existe la obediencia a un concilio solo pastoral que cambia la Tradición por doctrina inventada nueva y que no impone anatemas al que no cumpla. El Vaticano II no condena a nadie, pero los concilios dogmáticos siguen condenando lo que ellos hacen: no cumplir con los propios concilios dogmáticos e inventar doctrina nueva imponiéndola por la fuerza.

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