La casa mal construida

Papa Francisco depresión
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Encontré un amigo en la farmacia cuando iba a buscar mi receta de la Seguridad Social. Hacía tiempo que no lo veía y le pregunté cómo le iba. Me respondió: “Ya ves lo que vengo a buscar: paroxetina y alprazolam; si sabes para qué sirven, ya imaginarás cómo me va”. Sí, por desgracia también sé para qué sirven: antidepresivos y ansiolíticos, muy populares en estos tiempos.

Le invité a tomar un café en la esquina y nos sentamos a conversar, una de tantas conversaciones de jubilados. Me contó su historia, y es la historia de algunos, no de muchos, pero es interesante:

“Ya conoces mi problema, hemos hablado a veces de ello. Me tomo la vida demasiado en serio. No me interesa lo que generalmente se conoce como ‘pasarlo bien’, ‘divertirse’, ‘pasar el tiempo’… Lo que más me ha interesado siempre en la vida es entender. Entender qué hago aquí, en el mundo; entender por qué y para qué estoy aquí; entender qué es el mundo y qué es el hombre, qué es verdad y qué es mentira. Sabes que tengo en casa más de mil libros; los has visto. No son novelas; son obras de historia, de filosofía, de teología, de todo lo que alguien que busca entender tiene que conocer. Durante toda mi vida he buscado entender. Me he equivocado varias veces de camino. He tenido que retroceder y volver a empezar más de una vez, pero a mis casi 70 años creo que he conseguido comprender lo necesario.

En mi trabajo he aprendido a seleccionar mis fuentes de información. Me considero una persona con criterio suficiente para juzgar las situaciones que me van saliendo al paso. Por supuesto, no veo en la televisión más que alguna película policíaca bien construida que tengo grabada, y tampoco leo la prensa convencional. No me interesa lo que tengan que decirme las “voces de sus amos”, la desinformación sistemática.

A la mayor parte de la gente no le interesa entender, incluso se han olvidado de pensar por sí mismos. Se conforman con el pensamiento enlatado y precocinado que les sirve la televisión. Pensar, para ellos, es ‘un problema’. Y a su manera son felices. Claro que es una felicidad falsa, pues se basa en la renuncia a lo que caracteriza a la persona, que es la racionalidad, y no hay racionalidad donde se renuncia a usarla.

Entender no hace feliz, porque te enfrenta a la realidad, y la realidad es dura y desagradable. Es el precio por llegar a comprender. La realidad que veo hoy es cualquier cosa menos tranquilizadora. Veo hoy a nuestra sociedad como una gran casa construida sobre cimientos defectuosos, con materiales de baja calidad y sobre un terreno sumamente inestable. Una casa que se está desmoronando por momentos y que amenaza con derrumbarse. Nosotros vivimos en esa casa pretendiendo ignorar su estado ruinoso. Cuando un pedazo de cemento se desprende y cae decimos: ‘alguien lo arreglará’. Ante la grieta que aparece y se va ensanchando pensamos: ‘alguien lo arreglará’. No concebimos la posibilidad de que todo pueda derrumbarse. ‘¿Cómo va a derrumbarse esta casa? Es imposible’. Y seguimos cerrando los ojos y los oídos a los crujidos de las grietas, a los cascotes en el suelo…

Pero la casa terminará derrumbándose. Está en tan mal estado que no hay nada aprovechable en ella. No es susceptible de reforma. Es necesario derribarla, aplanar el terreno, cimentar correctamente y construir de nuevo desde el inicio. Y alguien lo hará algún día. El problema es que probablemente no seremos nosotros, porque la casa se nos habrá caído encima si persistimos en nuestra ignorancia voluntaria.

Y constatar esa cerrazón, esa negativa general a abrir los ojos e intentar comprender la realidad, ese peligro inminente de quedar enterrado bajo los cascotes sin haber hecho ni lo más mínimo para evitarlo, o para salir corriendo antes del derrumbe, es lo que me exaspera, me entristece tan profundamente que para eso necesito la paroxetina. No me va a curar, pero me ayuda a irlo llevando.”

Impresionado por su relato, le pregunté a mi amigo: “¿Y no hay nada que te ayude a llevar algo de luz a esa visión tan pesimista?”

Me respondió: “No te equivoques. No es pesimismo; es puro realismo. Sí, efectivamente, hay algo que ayuda, lo único que puede ayudar: constatar que Dios sigue siendo y será siempre el dueño de la historia; que está realizando en este momento un acto de Suprema Justicia, como es el hacernos experimentar en nosotros mismos las consecuencias de nuestros errores, de nuestras maldades. Dios ha dicho: ‘vosotros habéis construido esa sociedad irracional, os habéis considerado autosuficientes y habéis pretendido rehacer a vuestro modo Mi creación. Pues bien, voy a dejar que esa sociedad exista, que funcione por sí misma, sin Mi protección, y que experimentéis las consecuencias de lo que habéis hecho hasta que Yo diga ¡basta! Os he mostrado el camino para salir de vuestros errores y no habéis querido seguirlo. Os he dado el remedio para protegeros de vosotros mismos y del Enemigo que en este momento os domina, y lo habéis rechazado. Habéis rechazado los últimos puentes que he tendido para rescataros: el Rosario y la devoción a la Inmaculada Virgen María. Por eso vais a vivir los horrores del mundo que habéis creado hasta que la copa de Mi ira se haya vaciado sobre vosotros. Los que recapaciten y vuelvan a Mí a través del arrepentimiento, la penitencia, la Eucaristía y la oración incesante, esos se salvarán’.

“Entonces, repliqué, si crees eso realmente, no tienes motivos para estar deprimido, puesto que conoces el camino que hay que seguir”.

“Es cierto, me dijo; lo creo realmente y sé que ese es el camino, pero mi fe es todavía demasiado pequeña como para dejar de temer. A pesar de lo que creo, sigo temiendo, por mí mismo, pero sobre todo por los míos, que todavía no entienden, y por tantos que siguen sin querer entender. La fe y el temor son autoexcluyentes: a más fe, menos temor, y a menos fe, más temor. La fe ahuyenta el temor, pero la fe es un don que hay que merecer, y yo todavía no lo he merecido lo suficiente. Por eso sigo rezando cada día, para que aumente mi fe y por todos los que no la tienen.”

Terminamos el café y regresé a casa pensando en todas las grietas que he visto abrirse y en todos los cascotes que he encontrado en el suelo. Miré hacia arriba, hacia el techo, con preocupación…

Por Pedro Abelló

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Comentarios
11 comentarios en “La casa mal construida
  1. Yo también lo veo así, aunque no lo sabría explicar tan bien. La clave: el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Hay que pedir al Señor fidelidad a la Fe y perseverancia. Y aceptar los sufrimientos presentes como expiación por nuestros pecados personales y sociales. Y al final, dice Nuestra Madre, «mi Corazón Inmaculado triunfará». Ánimo, Cristo es el Señor de la historia.

    1. «…por nuestros pecados personales y sociales»

      Una pequeña puntualización: en el ámbito religioso, y más en la doctrina católica, no existen pecados «sociales». El pecado es el acto con que la persona peca voluntariamente. Los pecados son siempre individuales. Aunque los individuos formen sociedades, las sociedades no pecan: lo hacen cada una de las personas que las forman. La responsabilidad y culpa por los pecados son de cada uno, no de la sociedad.

      1. Cierto, el pecado es algo personal. Lo que he querido decir es que hay una apostasía social, en el sentido de que se renunció social y políticamente al orden social cristiano en la constitución española de 1978. España dejó de ser una nación confesionalmente católica desde ese momento, después de cerca de 1500 años. Con la conformidad de la mayoría de españoles (que probablemente no se dieron cuenta del todo) y amparado por la mayoría de obispos, que deberían haber sido más conscientes del mal paso y avisar (salvo honrosas excepciones). Si quitamos a Cristo viene «el otro». No hay zona neutral. Y así vivimos en una sociedad dominada por el maligno. Dios lo permite, pero es seguramente un castigo medicinal, porque responde a un pecado epidémico, en el que el grado de culpa, de consentimiento y de complicidad es muy variable, pero cuyo resultado es social. En ese sentido he hablado de «pecado social», por similitud.

  2. Si la fe es un don (un regalo en sentido puro, un bien sobrenatural), no se puede merecer. Su amigo tiene un concepto moderno de fe (don en el sentido de aquello por lo que se paga, que reclama unos méritos, unas cualidades) y así es muy difícil que salga del círculo vicioso en que anda metido. ¿Está bautizado y catequizado?
    Por otro lado, es el don sobrenatural de la esperanza el que se mide con el miedo. Cuanto más ansiamos el cielo, menos nos importan, menos vemos, como dice usted, las grietas. A usted le recomendaría el estudio de santo Tomás o de sus mejores discípulos.

  3. ¡Dios mío! Me he identificado muchísim c on el relato, no lo esperaba. Yo también estoy con algo de depre, y es POR LO MISMO aunque no supiera explicarlo. Po

  4. Quisiera puntualizar que la confesionalidad católica de España fue interrumpida de diferentes formas y alcances por las constituciones liberales del XIX empezando por la Pepa de 1812, pero cuando se rompió con la Unidad Católica de manera irreversible hasta el triunfo del movimiento nacional en 1939, fue en la Constitución de la Revolución de 1876 llamada la gloriosa, Al cual se opusieron la mayoría de los prelados de España. Cuando llegó la restauración monárquica en la persona de Alfonso XII, la iglesia y el pueblo creyente se llevó un chasco, pues se mantuvo la separación de iglesia y el estado como en el mas vivo proceso revolucionario anterior. La República agravó la situación dejando fuera de la Ley a todas las congregaciones religiosas. La iglesia se entregó al enemigo e hizo causa común con el, en el Concilio inicuo, esta felonía conllevó que la iglesia renunció a la unidad católica y se entregó a la libertad para el mal.

  5. Hace más o menos un año, en confesión, le compartí a el sacerdote, que me encontraba desanimado, compartí mis miserias, entre ellas confesé que No encajaba en mi trabajo, en general, no me adaptaba entre la gente, que no tenía amistades por lo mismo, el cuestionó, el por qué de ello, le dije que rechazaba lo mundano y que Dios y mi esposa era, todo lo que yo necesitaba, él se apresuro a cuestionar, que si yo era feliz así?

    Si ser analítico y crítico, con las cuestiones morales actuales sociales y personales, me hacían feliz?

    Que logras?

    Eres feliz?

    Y fue más allá, si tú esposa te deja o muriera, que harías?

    WoW, no hubo un consuelo diciendo ánimo, tener fe y confiar en Dios, tener FE, que los tiempos actuales son prueba para nuestra Fe, No se, algo que nos llene de paz, como individuo, como matrimonio.

    No hable sobre mi decepción con la jerarquía el papado nefasto de Francisco, creí que si lo hago me corre, salí confirmando, por qué no toco esos temas con ese sacerdote

  6. Una tentación propia de la gente de bien es la desesperanza. Es de Satanás, y hay que rechazarla.

    La avalan muchas razones, pero es una sinrazón, porque sabemos que Cristo ha vencido al mundo y que las tinieblas no prevalecerán.

    Hacerte mayor y dejar de querer cambiar el mundo puede ocurrir por dos motivos. El primero es que ves que es imposible. El segundo es porque reconoces que sólo Dios puede hacerlo.

    Reconozcamos que sólo es válido el segundo. No se nos pide entender; sino creer, esperar y amar. Y asimilemos que no se nos ofrecerá – salvo que llegue el fin de los tiempos- la posibilidad de ver el triunfo del Reino en vida.

    No podemos entristecer al Señor estando tristes.

    No podemos cerrar los ojos a la realidad, pero tampoco podemos afrontarla sin estar convencidos del Triunfo final.

    Demos gracias a Dios, por tantas veces que las cosas no han salido como queríamos. Él sabe más.

    Medios, planes, esfuerzos, etc. Sí. Pero todavía más Fe y Santo Abandono.

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