El origen de Excalibur, que era un báculo y no una espada

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(Rino Cammilleri/La Nuova Bussola) ¿Cómo llegó a convertirse en leyenda un oscuro relato británico del siglo VI? Abundan los libros, las películas y los cómics sobre él. La película Excalibur, de John Boorman, de 1984, destaca por encima del resto, a pesar de que los Caballeros de la Mesa Redonda llevan en ella armaduras de desfile del siglo XV y ni siquiera se las quitan en la cama (literalmente: véase la escena en la que Uther Pendragon viola a Igraine). Nada ha exaltado la imaginación como el rey Arturo, que no se sabe si yace en la mítica isla de Avalon o en un palacio en las profundidades del Etna.

Sí, el Etna en Catania. De hecho, en 1191, el rey Ricardo Corazón de León se reunió con Tancredo, rey de Sicilia, en Catania, y le llevó de regalo nada menos que la espada de Arturo, «que los británicos llamaban Caliburn». Tancredo estaba tan contento que ofreció al rey inglés todos los barcos que quisiera para ir a la cruzada a Tierra Santa. Tancredo, nacido en Lecce, sabía bien que Arturo estaba representado a caballo en el suelo de mosaico de la catedral de Otranto. Luego, en tiempos más recientes, los libros y las películas han tomado el giro de querer explicar la «verdadera historia» de ese Arturo, eclipsando la antigua leyenda según la cual nunca murió sino que espera el momento oportuno para volver a salvar su reino en el momento de mayor peligro. Sea como fuere, los soberanos ingleses siguen teniendo que prometer en su juramento de coronación que entregarán el trono a Arturo si éste regresa.

Un libro muy intrigante de Francesco Marzella, Excalibur, la spada nella roccia tra mito e storia (Salerno, pref. de Franco Cardini), cuenta precisamente el mito y la historia de una leyenda que ha interesado y conmovido a los escritores más importantes, entre ellos J.R.R. Tolkien. Para nosotros, los católicos, la verdadera espada en la roca es la de San Galgano Guidotti, antiguo caballero y luego ermitaño en el Montesiepi de Siena. Especialmente porque sigue allí, como bien saben los turistas. Pero los antiguos escritores bretones y anglosajones también lo sabían, hasta el punto de que uno de los más valientes caballeros de Arturo recibió el nombre de Galvano, Gawain, sustituyendo una letra de Galgano. Y en la lista de santos de la Iglesia Católica hay un galés, San Derfel Gadarn, cuya biografía dice, textualmente, que fue un Caballero de la Mesa Redonda. Una estatua ecuestre de madera suya fue venerada en Gales hasta que Cromwell, el fanático Lord Protector de los puritanos ingleses, la hizo destruir.

Sin embargo, el libro de Marzella nos informa de que, mucho antes de que se escribieran las gestas de Arturo y sus amigos, había ya algo clavado en la piedra e imposible de extraer salvo por una persona elegida, solo que se trataba de un báculo de obispo. Como relata el cronista contemporáneo Aerlred de Rievaulx, cuando Guillermo el Bastardo conquistó Inglaterra en 1066 y se convirtió en el Conquistador, su mano derecha fue el abad Lanfranco de Pavía, que se convirtió en primado de Canterbury. Lanfranco, entre cuyos discípulos se encontraban Ives de Chartres, Anselmo de Aosta y el futuro Papa Alejandro II, introdujo el derecho escrito en el reino y purgó a los obispos anglosajones de escasos estudios.

Uno de ellos era Wulfstan de Worchester, a quien se le pidió en el sínodo de Westminster que devolviera el báculo. Wulfstan, que era un hombre santo (todos los mencionados anteriormente han sido canonizados), contestó que el báculo se lo había dado el santo rey Eduardo el Confesor y que se lo devolvería sólo a él. Entonces, se dirigió a la tumba del santo y clavó «como si fuera en cera líquida» el bastón en la losa que la cubría. Nadie fue capaz de sacarlo. Finalmente llegaron el rey Guillermo y Lanfranco, pero ni siquiera ellos pudieron extraerlo. Sólo Wulfstan pudo hacerlo, y el rey y el primado, conmovidos, se rindieron a la voluntad de Dios. Toda la saga artúrica nace cristiana: «La roca, el yunque y la espada aparecen misteriosamente durante la misa de Navidad» y, para extraerla, «la prueba se repite numerosas veces y siempre en correspondencia con momentos fuertes del año litúrgico». El resto se puede leer en el libro de Marzella.

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Comentarios
2 comentarios en “El origen de Excalibur, que era un báculo y no una espada
  1. Nosotros haciéndonos eco de leyendas inglesas de la factoría Disney, en las que todo es ejemplar, edificante y estimulante, y los ingleses contaminando y falseando la historia de España hasta extremos insoportables.
    Un ejemplo, hace unos días, en la serie Aerial América, hablando de Arkansas, cuentan que el explorador español Hernando de Soto cuando llegó a la confluencia del rio Arkansas con no sé qué otro, se encontró con indígenas que venían en 100 canoas y no se le ocurrió otra cosa que dispararles, matando a 5. A continuación se desencadenó una razzia, con el resultado de la muerte del 90 % de la población autóctona, con la complicidad de las enfermedades que los españoles acarreábamos.
    Los sajones no tuvieron arte ni parte en el exterminio de los indios americanos. Sí señor, así se escribe la historia …

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