El 17 de noviembre de 2019 se produce en Wuhan el primer caso de contagio del llamado Covid-19, a menos de un mes de los sucesos de Roma, y desde entonces el mundo que conocíamos ya no existe.
Hemos podido leer en los últimos días gran cantidad de noticias relativas al llamado Convoy de la Libertad de los camioneros canadienses, enfrentados a las graves limitaciones a la libertad impuestas por las políticas del gobierno de su país. Si bien la actuación de esos camioneros merece toda mi admiración y respeto, me temo que no va a servir por sí misma para resolver la situación que estamos viviendo, pues no hemos sabido entender la dimensión sobrenatural del problema.
Soy consciente de que acabo de pronunciar dos “herejías”: la primera contra aquellos que piensan que el activismo es la forma de resolver estas situaciones. La segunda contra la mentalidad modernista, que considera simplemente absurda cualquier referencia a la sobrenaturalidad, dado que sólo cree en lo que puede ver y tocar.
A los activistas responderé que no menosprecio en absoluto la acción heroica de esos hombres y la respeto profundamente. No olvidemos que ya la Escuela de Salamanca, en boca de Francisco Suárez, estableció la legitimidad de la resistencia a la tiranía en nombre del bien común. Simplemente pienso que hoy la solución no puede venir exclusivamente por esa vía, e intentaré explicar por qué.
A los modernistas no les responderé nada, porque estoy de acuerdo con quien acuñó aquel dicho (y no recuerdo quién fue): “quien cree no necesita explicaciones; a quien no cree, toda explicación resulta inútil”.
El pasado 17 de febrero, el digital Crisis Magazine publicó un artículo de Eric Sammons titulado Pachamama Did This, artículo magistral que recomiendo a quien quiera profundizar en este tema y que define la naturaleza profunda de la cuestión, si bien Sammons no es el primero en haber abordado el problema desde esa perspectiva, dado que se trata de una perspectiva fácilmente accesible a cualquier mente abierta al espíritu. Yo me limitaré, modestamente, a volver a exponer los puntos fundamentales de la cuestión.
Quien esté familiarizado con la Sagrada Escritura, especialmente con el Antiguo Testamento, reconocerá fácilmente una relación de causa-efecto entre ciertos pecados colectivos del pueblo de Israel y las grandes desgracias que caen sobre él: invasiones de pueblos extraños, destrucción del Templo, deportaciones, matanzas, hambrunas, diáspora…
El principal de los pecados que se relacionan con estas desgracias es la idolatría. Desde el episodio del becerro de oro en el desierto, cada vez que Israel traiciona a Yahvé adorando a otros dioses, caen sobre él los más terribles castigos.
La idolatría es el pecado más grave contra Dios. No en vano el primero de los Mandamientos es este:
«Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo. No tengas otros dioses además de mí. No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso. Cuando los padres son malvados y me odian, yo castigo a sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Por el contrario, cuando me aman y cumplen mis mandamientos, les muestro mi amor por mil generaciones.
Dios retira la protección a su pueblo cuando éste peca gravemente contra Él, permitiendo que experimente los mayores infortunios, pero vuelve a darle su protección cuando el pueblo arrepentido se vuelve hacia Él y repara las ofensas. Cuando los israelitas en Babilonia vuelven a Dios, cesan la cautividad y el exilio, regresan a Israel y reconstruyen el Templo.
Pues bien, no hay ningún motivo para pensar que las cosas deban ser hoy diferentes. De hecho, las apariciones marianas reconocidas por la Iglesia están llenas de advertencias sobre castigos que han venido o vendrán sobre nosotros si no cesamos de ofender a Dios. En 1917, en Fátima, la Virgen anuncia el próximo fin de la Primera Guerra Mundial, pero advierte que, si la humanidad no se arrepiente y no hace penitencia, durante el pontificado de Pío XI se desencadenará otra guerra peor, anunciando el signo que la precederá: el cielo iluminado por una luz extraña, y el mundo vio, efectivamente, el 25 de enero de 1938, la noche iluminada por lo que se llamó “una extraña aurora boreal”. En octubre Alemania ocupaba los Sudetes, iniciando el proceso que conducirá a la Segunda Guerra Mundial.
Toda transgresión comporta su castigo. Las transgresiones individuales pueden ser castigadas en la vida futura, pero los colectivos no sobreviven a este mundo, por lo que las transgresiones colectivas reciben aquí su castigo. Nuestra civilización ha dado la espalda a Dios, haciéndose colectivamente merecedora de un castigo, que probablemente estamos comenzando a sufrir, y el acontecimiento que señala el inicio del castigo, ¿no es acaso un acto de idolatría?
El 4 de octubre de 2019, en los jardines del Vaticano, tiene lugar un acto de veneración a un ídolo pagano, la Pachamama. En palabras de monseñor Nicola Bux: “Se han inclinado, con la frente en tierra, como para adorar una nueva divinidad: la Madre Tierra”. El 8 de octubre, en la Misa de apertura del Sínodo de la Amazonía en la Basílica de San Pedro, grupos de indígenas elevan cantos a la Madre Tierra: “Sínodo de la Amazonía, escucha el grito de la Madre Tierra y de los pueblos y conviértete en una Iglesia profética”, y la foto del ídolo es llevada en procesión a la Basílica. En los días siguientes, la iglesia de Santa María en Traspontina se convierte en un santuario dedicado a la Pachamama, con imágenes y otros objetos de culto en el centro de la nave. Kathy Clubb escribe ya el 8 de octubre en Fetzen Fliegen su artículo “Violando el Primer Mandamiento”.
El 17 de noviembre de 2019 se produce en Wuhan el primer caso de contagio del llamado Covid-19, a menos de un mes de los sucesos de Roma, y desde entonces el mundo que conocíamos ya no existe.
¿Es posible no ver entre ambas cosas una clara relación? Sólo quien rechaza lo sobrenatural puede permanecer ciego a la evidencia. Dios ha retirado su protección a esta civilización atea y ahora idólatra, y como indica la Sagrada Escritura, no volverá a dársela hasta que dejemos de ofenderlo y reparemos la ofensa mediante la oración, el sacrificio y la penitencia, en una medida proporcional a la gravedad de la ofensa cometida.
El activismo político por sí solo no va a reparar la ofensa al primer Mandamiento ni el alejamiento de Dios de toda una civilización si no va unido a la oración, el sacrificio y la penitencia de una parte suficientemente representativa del colectivo, empezando, evidentemente, por aquellas jerarquías que han permitido o participado en los hechos referidos. Mientras eso no suceda, esta civilización queda expuesta a la cólera de Dios y ha empezado ya a beber la copa de Su ira.
Por Pedro Abelló