La filosofía política de la Navidad

Por Gabriel Calvo ZarrauteFilosofía política Navidad
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Les ofrecemos el último artículo que el sacerdote Gabriel Calvo Zarraute publicó -en dos entregas- en su blog de InfoVaticana ‘Criterio’. Aprovechamos para recomendar su último libro: ‘De la crisis de fe a la descomposición de España’.

Función pedagógica o envilecedora de la ley

Las investigaciones llevadas a cabo por los especialistas demuestran que existen razones históricas, de calendario, astronómicas y científicas, perfectamente válidas, para ubicar la fecha de la Navidad al final del invierno del año primero antes de Cristo. La razón fundamental por la que se escribieron los Evangelios no era la reconstrucción histórica de los hechos ocurridos en la vida de Nuestro Señor Jesucristo al modo de la crónica periodística. Ahora bien, contienen una información cronológica vinculante. En cuanto al año del nacimiento del Hijo de Dios, existe una larga tradición patrística que converge hacia la datación convencional del inicio de la era cristiana. Lamentablemente, los historiadores contemporáneos, a pesar de tener un mayor acceso que sus colegas del pasado a los descubrimientos de otras disciplinas científicas auxiliares, no suelen acudir a estos estudios. Por lo tanto, permanecen anclados en las conclusiones ya superadas, que se remontan más de un siglo y que, a día de hoy, pueden considerarse obsoletas.

El nacimiento del Hijo de Dios tiene repercusiones jurídicas y políticas. «He aquí mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, para que dicte el derecho a las naciones» (Is 42, 1). Una sana antropología reconoce la dimensión religiosa como la más profunda y definitoria de la persona humana, por lo que la celebración de la Navidad (festividad religiosa ya muy secularizada), alcanza así un significado que trasciende los planos litúrgico y cultural para entrar de lleno en el comunitario. Es decir, en el ámbito jurídico-político que pasamos a desarrollar.

Quienes propugnan que las leyes habrían de poseer un carácter aséptico y neutral, bajo pretexto de objetividad, en realidad propugnan una indiferencia o equidistancia respecto al bien y al mal. Actitud basada en el nihilismo para el que el bien y el mal no existen, lo único que tendría una existencia real sería el poder. Es la conducta seguida por la izquierda cuando los asesinatos, violaciones o delitos varios son cometidos por etarras, inmigrantes, mujeres u otros camaradas de ideología. Es decir, la subversión del Derecho.

Aristóteles comenta en Política cómo las leyes tienen un carácter pedagógico y precisamente por ello, la capacidad de originar costumbres que dan lugar a nuevos códigos morales. Si las leyes van dirigidas al bien de la comunidad pueden lograr que rectos principios morales arraiguen en la vida de los miembros de la comunidad, sin embargo, en el caso contrario sus efectos son gravemente funestos no sólo para la paz y el bienestar de la comunidad, sino también para la vida moral y religiosa de todos aquellos que están obligados a cumplirlas. Esta situación era calificada por los autores clásicos como característica de un gobierno tiránico. De ahí que Donoso Cortés afirmara en su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo una constante histórica: «todo error político entraña un error teológico». Retenga esta verdad amable lector.

El trasfondo de los problemas políticos, o de cualquier otro orden, tiene una raíz religiosa, puesto que los planos natural y sobrenatural no se pueden desligar como pretenden las ideologías modernas. Todo lo humano es inseparable de lo divino, de una manera especial desde que el Hijo de Dios se hizo hombre. Por eso tras la separación del orden político de la verdad religiosa resulta imposible rechazar las fuerzas que desintegran la sociedad permaneciendo al margen de la fe. El principio unificador de la sociedad no es el consenso político de una constitución, el contractualismo liberal, el consumismo o las demenciales políticas de género, sino un principio social que se encuentre por encima de la sociedad. Esto es, la religión revelada, que reconoce y manifiesta la integridad de la vida del hombre: alma y cuerpo. Sólo la verdadera religión aporta al hombre la integridad consigo mismo, con la comunidad de sus semejantes, con la creación y con Dios. La virtud moral de la religión, que es la justicia para con Dios (S. Th., II-II, q. 81, a. 1), describe las obligaciones hacia la verdad.

Desde la Revolución francesa (1789), el proceso secularizador que han sufrido los países de tradición cristiana, es decir, aquellos territorios que habían conformado la Cristiandad medieval, han tenido como uno de sus principales y eficaces instrumentos las leyes de los nuevos Estados. En su labor de gobierno, dichos Estados se inspiraban en las ideologías que desde el siglo XVIII se encuentran en los tratados de filosofía política de autores como Hobbes y Spinoza.

Continua Aristóteles afirmando en Política que: «El Derecho es la determinación de lo que es justo, no la protección de la casuística de las opiniones». Postura diametralmente opuesta al individualismo de origen protestante, propio de la Modernidad anticristiana y de su exasperación en la Posmodernidad nihilista. La aprobación de leyes que promueven la destrucción de la familia, la cultura de la muerte, y, por consiguiente, la disolución de Occidente, son impulsadas por minorías extremadamente sectarizadas pero muy influyentes entre la clase política, los medios de manipulación de masas y el sistema educativo. Una vez aprobadas y llevadas a la práctica durante un periodo de tiempo, producen paulatinamente, aunque cada vez con mayor rapidez, un hondo cambio de la mentalidad en la mayor parte de la población.

La racionalidad propia del ser humano le permite discernir entre el bien y el mal, es decir, la capacidad para calificar y enjuiciar sus acciones. Modificado el paradigma religioso y moral de la mayor parte de la población, muta también su concepción de la ley, del derecho, abominando de la definición clásica de Santo Tomás de Aquino: «El derecho es el objeto de la justicia» (S. Th. II-II, q. 57, a. 1),

El paradigmático caso español de la perversión del derecho

Las leyes inicuas existentes en España fueron promulgándose de una forma progresiva. Inicialmente con cierta lentitud, ante el silencio y la inoperancia eclesial, que supone la colaboración al mal por un grave pecado de omisión en su deber de pastores. Como escribe Plutarco en Moralia: «La omisión del bien no es menos reprensible que la comisión del mal». Salvo con honrosas excepciones, como son el caso del cardenal D. Marcelo en Toledo y de Mons. Guerra Campos en Cuenca. Sin embargo, cada vez con mayor intensidad y celeridad, dichas leyes, todas emanadas por el PSOE, y todas mantenidas y asentadas por el PP, se han desplegado e implantado en toda su profundidad descristianizadora.

Se empezó con la ley del divorcio en 1981, justificada previamente por el cardenal Tarancón (18-6-1978), y ésta sí promulgada por la derecha de la UCD de Adolfo Suárez, enterrado en la catedral de Ávila como premio episcopal a su carrera política. Continuó con una ley del aborto falsamente restrictiva del PSOE en 1985. De este modo se ha desembocado en las aberrantes leyes de género, aborto y eutanasia, en las que desaparece legalmente la misma antropología del matrimonio como raíz y fundamento natural de la familia, y la desprotección absoluta de la vida de los más débiles de la sociedad:

  • Legitimando el asesinato de los más inocentes, los niños no nacidos con el aborto, un «crimen abominable» (Gaudium et spes 51, 3).
  • Glorificando el suicidio para los enfermos y ancianos con la ley de eutanasia, que conlleva destruir, previamente, su integridad psíquica.

Se está culminando el proceso jurídico-político del borrado de las características originarias, es decir biológicas, del ser humano en su realidad de división sexual como hombre y mujer. El objetivo es claro: hacer desaparecer del horizonte del pensamiento y de la vida cotidiana la huella del Dios Creador, sustituyéndolo por la fuerza de la voluntad humana autodeterminada, a fin de vivir bajo la férula del actual Leviatán o Estado moderno, omnipresente y omnipotente. La idea falsa de la libertad como autodeterminación necesita transformar la naturaleza humana. Sin embargo, lo que anhela la naturaleza humana es la quietud, la estabilidad, es decir, el ser. Mientras que los ingenieros sociales intentan continuamente cambiar la naturaleza humana, a fin de que no se conciba como algo estable sino como un puro devenir.

Cuando la propaganda consigue que la sociedad sustituya el raciocinio por el sentimentalismo, las emociones y efusiones, se la puede manipular a capricho por quien concentre el poder. El individuo queda tiranizado por la parte volitiva de su personalidad frente a la parte intelectiva.

Funcionarios eclesiásticos colaboradores con el mal

Consecuencia de esta laminación antropológica, a la Iglesia como signo visible, sensible (sacramento) de la presencia de Cristo entre los hombres, se la hunde en la total irrelevancia. Máxime cuando buen número de sus jerarquías colaboran en esta dirección, publicitando una Iglesia nueva que profesa la religión de la izquierda:

  • Culto al líder supremo, sacralizando todo lo que tenga que ver con él.
  • Ecologismo panteísta y catastrofista, unido al indigenismo marxista.
  • Promoción del inmigracionismo, reeditado como nueva lucha de clases.
  • Feminismo destructor de la institución matrimonial y familiar.
  • Asamblearismo de los años setenta, denominado ahora sinodalidad.

La secularización interna de la Iglesia ha quebrado la correa de transmisión de la fe entre las generaciones, dando paso a una religión prostituida por su mundanización. Completamente distinta a la que había sido transmitida hasta hace pocas décadas y cuyos rasgos principales eran:

  • La fe de los Apóstoles, transmitida por la Tradición y el Magisterio. Pero ha de tenerse muy presente en este punto, que no cualquier declaración de los pastores es Magisterio de la Iglesia, por mucho membrete oficial y títulos que ostente. Su función es definir y confirmar no opinar. Conservar no inventar.
  • La sacralidad de la liturgia romana tradicional. No artificiales sucedáneos fabricados en un laboratorio por modernistas que buscaban desesperadamente la complacencia del protestantismo, debido a su complejo de inferioridad.
  • La doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, junto con la memoria de los santos, los mártires y misioneros. O sea, la Iglesia histórica tan políticamente incorrecta, y de la que hoy tanto se avergüenzan los funcionarios eclesiásticos.

Puede comprar aquí el libro ‘De la crisis de fe a la descomposición de España’, de Gabriel Calvo Zarraute

La caída del Imperio romano y el suicidio de la Europa apóstata

El proceso deletéreo arriba descrito, supone la subversión de todos y cada uno de los logros civilizatorios obtenidos por la Iglesia Católica a lo largo de la historia. Traerlos a la memoria evidenciará, por analogía, el caos y gravedad única de la época actual, contraponiéndolos con la cosmovisión del cristianismo plasmada en la Navidad y que se ha materializado en una filosofía política que impregnó Occidente durante más de un milenio de Cristiandad.

De no haberse producido el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y la cristianización de Occidente, viviríamos en una verdadera jungla humana, con la que la situación actual tiene cada vez más similitudes. La cultura clásica grecolatina podía levantar monumentales construcciones como los acueductos, teatros y circos, compilar la sabiduría jurídica en el derecho romano y unir Europa con la lengua latina y un excepcional sistema viario de calzadas. No obstante, al mismo tiempo mantenía una institución tan inhumana como la esclavitud, desaparecida durante la Cristiandad medieval y resucitada durante la Ilustración. Disculpaba la mentalidad eugenésica con el abandono de los niños recién nacidos, y un antinatalismo u odio a la procreación en constante aumento, que acabaría conduciendo al hundimiento demográfico del Imperio. Dicho invierno demográfico facilitó sobremanera las invasiones bárbaras.

Ser hombre libre y sano en el Imperio romano podía implicar una vida más o menos cómoda y dichosa. Pero en Roma era rara la familia que tenía más de una hija y de las criaturas que lanzaban a las cloacas como hijos no deseados, la mayoría eran hembras. Por añadidura, cuando se declaraba una epidemia, como la peste antonina (165-180) en tiempos del emperador Marco Aurelio, los primeros en huir de las ciudades eran los médicos, mientras que los familiares de los contagiados se esforzaban en arrojarlos de sus propios hogares, abandonándolos en las cunetas para evitar que los contagiaran.

Fue la fuerza sobrenatural de la religión católica, única verdadera, la que cambió una sociedad en la que no había fútbol y subvenciones, pero sí pan y circo. Donde el estadista Quinto, hermano de Cicerón, llegó a escribir un manual electoral inigualable donde se explicaba cómo llegar a ser nominado candidato por el propio partido y cómo engañar a los votantes para ser elegido. Como puede comprobarse, los pecados son viejos, muy viejos, los sociatas y peperos, los comunistas y separatistas no han inventado la corrupción política institucionalizada, viene de lejos. En la actualidad solamente se ha perfeccionado, gracias al continuo lavado de cerebro efectuado en la población por los medios de manipulación de masas, financiados por el poder ideológico de los nacionalistas y la izquierda. Poder basado en la autoatribuida «superioridad moral» de dicha izquierda, asumida acríticamente por la mayor parte de la derecha y la misma Iglesia, que de esta forma ayudan a sustentar el relato dominante que se ha impuesto.

Gracias al nacimiento del Hijo de Dios en Belén y a la Iglesia que lo comunicó y expandió en el espacio y en el tiempo, la moral se convirtió en el sustento del Imperio y la mujer fue respetada y dignificada. Con el paso de los siglos, entre otros muchos elementos sobresalientes, la Iglesia Católica daría lugar a:

a- La salvación de la cultura clásica, y el nacimiento de la universidad, institución única que ha determinado la cosmovisión e historia posterior occidental.

b- La fundación de los hospitales y de la escuela, orientadas ambas al cuidado y la promoción de las clases populares.

c- El cultivo del arte en todas sus facetas, como el románico, gótico y barroco, propios del catolicismo, el gregoriano y la polifonía, todo al servicio de la venerable liturgia milenaria o rito tradicional. Así como el desarrollo científico y geográfico, y la doctrina del derecho de gentes, embrión del derecho natural.

Sin el nacimiento del Verbo encarnado y la Iglesia que Él fundó para perpetuar su misión redentora, Europa habría perecido a manos de los bárbaros paganos que procedían del norte y el este (hoy vienen del sur), o habría sido triturada por los secuaces de la secta de aquel camellero violento y pederasta llamado Mahoma. Y esto no es un simplismo impropio y descalificador, sino que está basado en la constatación de los documentos históricos de las propias fuentes mahometanas.

Con la fe revelada por Nuestro Señor Jesucristo nacido en Belén, las naciones católicas de Europa pudieron persistir pujantes, religiosa y culturalmente durante siglos, resistiendo una y otra vez a todas las amenazas:

a- Del Estado moderno, por medio del despotismo ilustrado y el absolutismo monárquico durante los siglos XVII-XIX, consecuencia política del nacionalismo promovido por la revolución protestante de Lutero, Calvino, Zuinglio y Enrique VIII. Protestantismo triunfante con la Paz de Westfalia en 1648 y teorizado políticamente por Hobbes, Spinoza y Kant.

b- Del totalitarismo comunista y nacional-socialista en el siglo XX, consecuencia política de toda la filosofía del derecho de matriz protestante de autores como Hegel, Marx, Nietzsche y Heidegger.

En La masa enfurecida, obra de notable interés, escribe Douglas Murray: «Vivimos en tiempos de locura colectiva. Tanto en lo público como en lo privado, tanto en el mundo digital como en el analógico, las personas se comportan de un modo cada vez más irracional, frenético, borreguil, en definitiva, desagradable. Las consecuencias pueden constatarse a diario, pero, por más que veamos los síntomas, no alcanzamos a descubrir las causas». Murray no acierta a ver el sentido último de la crisis civilizatoria actual, que no es otro que el derrumbamiento del orden moral que había gobernado Occidente.

La civilización cristiana, que comenzó en el siglo IV con la legalización del cristianismo por emperador Constantino en el Edicto de Milán (313), puede considerarse terminada. Esto no significa la desaparición del cristianismo, pero su irrelevancia por sustitución es un hecho. El paganismo contemporáneo es esencialmente «cosmoteísta» y la sacralización del cosmos ha suplantado definitivamente a cualquier otro tipo de sacralización. La teología posconciliar del cristianismo implícito (Rahner), como proyección de los valores antropológicos (Feurbach), ha desembocado en la «cosmolatría» ecologista-catastrofista (Laudato si y la adoración de la Pachamama).

La democracia conduce al materialismo y éste al panteísmo ecologista

En estos tiempos de apoteosis del régimen democrático, la lectura de La democracia en América (segunda parte, cap. VII, 1840), de Alexis de Tocqueville, no deja de sorprender por su carácter profético. Sostiene que el panteísmo corresponde al futuro de la democracia, cuando ésta haya caído en su exceso pervertido. Los tiempos democráticos son portadores de tres derivas potenciales:

a- El materialismo puro y duro, el de la muerte de Dios y de lo sagrado.

b- El panteísmo vago, que sería una deriva de la filosofía de Spinoza.

c- Las prácticas de las sectas.

Si los pueblos democráticos carecen de una religión para indicarles los límites de la libertad, necesitarán un déspota. El panteísmo se convertirá en la religión de las sociedades democráticas degeneradas en despotismo. Dicho panteísmo coincidirá con la omnipotencia del Estado, entendida como el futuro desolador de la democracia, la eliminación de los cuerpos intermedios y, paralelamente, el aumento del poder del Estado centralista y de su administración, pasando los individuos a ser iguales en su debilidad. La democracia lleva al materialismo y la supresión de la trascendencia lleva al panteísmo. No a la desacralización, como se suele creer, sino a la sacralización de todo. La democracia está destinada a privilegiar la igualdad sobre la libertad, y por lo tanto a engendrar una forma de despotismo que corresponde al panteísmo.

Los ciudadanos son semejantes. En democracia son iguales y libres a la vez. La democracia se caracteriza por el vínculo entre ambos, y especialmente por el amor a la igualdad de condiciones. En todos los tiempos, los hombres prefieren la igualdad a la libertad, porque las perversiones de la libertad se ven inmediatamente, pero las de la igualdad, que se despliegan disimuladamente, no. Además, los planos de la igualdad se sienten más rápidamente y con mayor intensidad que los de la libertad. Así, los iguales pueden perder su libertad sin percatarse de ello. Los hombres de la democracia aman tanto la igualdad que están dispuestos a perder la libertad para mantenerla.

Entre iguales la envidia es natural y ardiente. Los ciudadanos de la democracia buscan destruir la singularidad. Son similares y también lo son sus acciones, creen que todas las inteligencias son iguales, sólo se interesan por ellos mismos y no se escuchan más que a sí mismos, o bien la opinión de la masa. Sin embargo, en el panteísmo no hay elegidos, ni personas virtuosas a la espera de una recompensa ultraterrena. No existe el yo ni la individualidad. El panteísmo deshace la verdadera grandeza del hombre, y esto es exactamente lo que busca la democracia.

En la teología política de Tocqueville se teje un vínculo entre el gobierno centralizado sobre los iguales y el panteísmo. El uniformismo de los hombres en democracia produce entre ellos una empatía secreta. No aman a los gobernantes, pero sí al poder central, pues les gusta la parte anónima del poder. En el panteísmo no hay un poder con nombre propio, pero todos son iguales y están en empatía universal inmersos en un todo innominado. Este capítulo de Tocqueville sobre el panteísmo es a la vez breve y abrumador, inquietante por el enorme parecido que guarda con la actualidad. A principios del siglo XXI, la ecología se ha convertido en la nueva religión, y esta religión es panteísta.

Navidad y Tradición, socialismo y contrarrevolución

Son propias de esta lógica perversa las ideologías mesiánicas y cargadas de rencor que aborrecen la Navidad, es decir, la solemnidad que celebra la religión del Dios que se hace hombre. Así es comprensible que, con actitud revanchista, quieran convertirla en un insípido convencionalismo laico. Se trata de romper con todo lo que huela a tradición, renegar del pasado y, pocas cosas hay más tradicionales y rebosantes de historia que las celebraciones navideñas, fruto de:

a- Profundas consideraciones teológicas desde la Antigüedad.

b- El rico patrimonio de la antigua liturgia romana de tradición apostólica.

c- La piedad del pueblo sencillo como muestra de su asimilación de la fe.

d- Una serie de circunstancias político-sociales favorables al cristianismo.

No cabría esperar otra respuesta de aquellos que han aparecido hace dos o tres siglos en la historia de la humanidad, presentándose como sus salvadores, pero que sólo han desencadenado revoluciones, guerras, crímenes, hambrunas y males sin cuento. No soportan la mera mención de la Navidad, porque les recuerda el momento en el que Dios intervino directamente en la historia. Al abajárse para hacerse hombre, permitió en todos los aspectos, que, participando «de la naturaleza divina» (2 Pe, 1, 4), los hombres pudieran ser elevados como hijos de Dios (cf. Gal, 4, 5). Pero no como los soberbios «dioses» (Gn 3, 5), que ellos pretenden ser.

Uno de los elementos principales que ayudan a explicar cómo la España católica de antaño, con una más que notable salud social (bajísimos índices de delincuencia, fracaso familiar, suicidios, alcoholismo, prostitución, drogas, etc.), y rebosante de vocaciones y vida cristiana; en buena medida se convirtió al socialismo, con gran número de obispos, sacerdotes y religiosos al frente, es la misma naturaleza del socialismo. Lo que realmente busca el socialismo es suplantar, reemplazar al catolicismo. Y, a pesar de todas sus deficiencias e incoherencias, en una sociedad con una cosmovisión católica como lo era la española, el resultado lógico de la pérdida la fe como virtud teologal, sobrenatural, no podía por menos de manifestarse en un cambio de rumbo político.

España cambió de religión porque la Iglesia cambió de religión, pasándose al cristianismo progre, es decir, de izquierdas. Así la sociedad católica mutó en la actual sociedad socialista, y por lo tanto descreída y contraria a la Iglesia, que ha sido sustituida en su misión de referente moral por el PSOE. Ramón Echarren, obispo auxiliar del cardenal Tarancón en Madrid, explica nítidamente y con satisfacción cómo la conversión al socialismo de la mayor parte del episcopado español nombrado por Pablo VI desde su llegada al trono pontificio, produjo el viraje de la sociedad: «la Iglesia en la época franquista tuvo en sus manos la educación de la juventud masculina y femenina, y en la Acción Católica se formó la gente que hoy son líderes de la izquierda y ministros del Gobierno socialista» (ABC, 6-1-1991).

A este respecto, las palabras del filósofo Miguel Ángel Quintana son muy oportunas: «Hay un trauma que atraviesa a nuestra jerarquía católica en las últimas cinco décadas. No es, contra lo que pudiera parecer, el trauma de haber sido masacrados por la izquierda durante nuestra guerra civil, hará más de 80 años. Es el trauma de haberse lanzado en brazos del otro bando para protegerse. Desde el pontificado de Pablo VI y su hombre en España, el cardenal Tarancón, la Iglesia parece penar de continuo por haber apoyado al católico Francisco Franco. Con alguna excepción (el enfrentamiento a Rodríguez Zapatero, más visible en los arzobispados que en las parroquias), esa clave explica nuestro catolicismo reciente».

«Pero algo se está moviendo hoy nuevo. No en el escalafón del cardenalato, donde el arzobispo de Barcelona sigue tuiteando para que no tiremos bolsas al mar y sigue celebrando cada jornada mundial que marque la ONU. O donde su homólogo madrileño apoya el 8-M. No nos referimos tampoco al jefe de todos ellos, un papa que se entrevista con Jordi Évole (sin citar a Dios ni una sola vez) y Yolanda Díaz (para hablar de “la reforma laboral”), pero cuesta pensar que hiciera lo mismo con Jiménez Losantos o Santiago Abascal. No. Más allá de todos estos venerables señores mayores, educados en los traumas citados de los años 70, señores que convivieron con la teología de la liberación y el esfuerzo por hacer la fe “implícita” (esto es, no hablar mucho de Dios), hay una nueva ola de pensadores que no se resigna a que el catolicismo se refugie en los colegios concertados y los salones parroquiales» (The Objetive, 23-12-2021).

La ideología socialista consiste en una reedición secularizada del antiguo mesianismo hebreo, de aquellos judíos que esperaban un mesías político y una felicidad meramente terrestre porque no creían en la inmortalidad del alma. Estos eran los saduceos, de modo que en la búsqueda de un gobernante que no fuera más que un solucionador de los problemas temporales, siempre se esforzaron por constituirse en los mayores colaboracionistas del poder romano. Para Marx, que era judío, el pueblo elegido era el proletariado, sufrido y doliente, que se autorredimiría instaurando el paraíso en la tierra. El socialismo, insistimos, que es una consecuencia del liberalismo, de hecho, es revolucionario en todas sus vertientes, y posee un trasfondo teológico: es una religión sustitutoria que no muere, se transforma. Ahora se denomina ideología de género o teología del pueblo.

Dicho en otros términos, sigue siendo la misma ideología, puesta en unos nuevos envases a fin de descriminalizarla, pero que continúa siendo la ideología más criminal y liberticida que ha conocido la historia. Aunque la indigencia mental de los mismos dirigentes y votantes socialistas, de modo particular los actuales, no les permita ser conscientes más que de la ideología superficial que se condensa en su teatralización y eslóganes.

Por el contrario, el pensamiento tradicional es antitético al pensamiento ideológico, por eso es contrarrevolucionario. Tiene una visión radicalmente distinta de la naturaleza humana, que es una noción clave para comprender las ideologías de la Modernidad, entendida no como un tiempo histórico, sino como un conjunto de valores, una visión del mundo.

Frente al ser humano en constante evolución que propone Hegel y sus más diversos seguidores, la Tradición recuerda que el hombre es estable, puesto que reconoce en su naturaleza un «datum», algo dado, inamovible, recibido y no decidido por él. Ligado a esta visión de la naturaleza humana, la Tradición posee un concepto radicalmente distinto de libertad al patrocinado por el liberalismo político desde el siglo XIX. La libertad que proclaman las ideologías modernas es la libertad prometeica, la capacidad de autodeterminación, de desvinculación, de autoconstrucción personal independiente de cualquier regla o norma, ya no moral, sino hasta meramente biológica. Mientras que la libertad que proclama el pensamiento tradicional, que es el pensamiento católico, es una libertad ligada al orden del ser, a la verdad humana, al orden natural establecido por Dios en la creación.

El ordenamiento jurídico actual, conculca los mandatos y prohibiciones del derecho natural, violentando las tendencias de la naturaleza humana. Por consiguiente, es profundamente injusto e inhumano. Además de falsificador y corruptor del concepto mismo de ley como: «Mandato de la razón para el bien común, constituido por quien tiene el cuidado de la comunidad y promulgado» (S. Th., I-II, q. 90, a. 4). Positivismo jurídico que también se ha trasplantado al ámbito eclesial con los documentos Traditiones custodes y Responsa ad dubia y que, al igual que Summorum Pontificum (2007) de Benedicto XVI, pueden ser arrojados al basurero de la historia por otro papa futuro. Demuestran una profunda deficiencia en su concepción de los sacramentos, que ya no son entendidos como canales de la gracia, absolutamente necesarios e imprescindibles para la salvación de las almas, sino más bien como un lugar privilegiado de ejercicio del poder, esto es, clericalismo.

De una manera particular y desde el punto de vista formal, la Responsa ad dubia es un documento legítimo porque ha sido promulgado por una autoridad legítima de la Santa Sede, la Congregación para el Culto Divino, con la aprobación del Romano Pontífice. No obstante, este documento pasará a la historia como un caso trágico en que la Santa Sede recurrió a la violencia institucional con el objetivo de desmantelar el puente para reconciliarse con la Tradición que había construido Benedicto XVI. El tribunal de Nuestro Señor Jesucristo, Señor de  la historia les juzgará.

Sin embargo, esta no es la concepción católica de la ley, que supone su sanción en vistas a la salvación de las almas y encuentra su legitimidad en el uso constante, de siglos, que deviene en costumbre (derecho consuetudinario). La autoridad eclesiástica, entonces, no crea la liturgia, no la inventa ex novo en el laboratorio de una élite de liturgistas promocionados, ni se sirve de ella con fines políticos para negociar acuerdos con la Fraternidad de San Pío X. Si la costumbre y el bien de las almas, la suprema ley (CIC, c. 1752), dejan de ser tenidas en cuenta por la Iglesia, apelándose sólo al peso de la ley, todos los medios serán apropiados para hacer valer la implementación más dura de dicha ley por medio del autoritarismo. Ya lo escribió Cicerón en De oficiis: «Summun ius, summa iniuria», una ley formalmente correcta puede convertirse en una enorme injusticia.

Celebrar hoy la Navidad con el espíritu de fe y de familia transmitido por la Tradición, implica una plena conciencia de la crisis actual y una posición de resistencia religiosa y política a la forma de suicidio colectivo que asume la contracultura disolutoria contemporánea. Por lo tanto, la resistencia a las leyes injustas que se perciben como actos de violencia, y que destruyen la ley eterna de Dios Creador: «participada en la criatura racional por la ley natural» (S. Th., I-II, q. 91, a. 2). Ley natural dispuesta para el bien de los hombres y que el derecho natural y cristiano desarrolla.

De ahí que los acontecimientos salvíficos de la Encarnación, la Natividad y el sacrificio redentor en la cruz del Hijo de Dios encarnado, sean la pieza fundamental para la comprensión del Derecho, y por extensión de la filosofía del derecho y la filosofía política. Principios inmutables, tanto en el orden religioso-moral como político-jurídico, que dimanan del derecho natural, y que, como afirmación resuelta de la Tradición, urge recuperar en Occidente para evitar el colapso civilizatorio definitivo, al que ha conducido:

a- La doctrina liberal sobre la libertad irrestricta, de origen nominalista, que gozó de gran prestigio al venir acompañada por un auge económico en potencias importantes del escenario europeo y Estados Unidos.

b- Que propició el socialismo liberticida y arrasador del derecho natural, la familia natural, el concepto de patria y la propiedad privada.

c- Junto con la ineptocracia de la Iglesia, influida e infiltrada por el protestantismo debido al peso propagandístico que fabricó y acumuló durante cuatro siglos la Leyenda negra.

El clericalismo como perversión de la ley

El positivismo jurídico también se ha trasplantado al ámbito eclesial con los documentos Traditiones custodes y Responsa ad dubia y que, al igual que Summorum Pontificum (2007) de Benedicto XVI, pueden ser arrojados al basurero de la historia por otro papa futuro. Ambos demuestran una profunda deficiencia en su concepción de los sacramentos, que ya no son entendidos como canales de la gracia santificante, absolutamente necesarios e imprescindibles para la salvación de las almas, sino más bien como un lugar privilegiado de ejercicio del poder.

Desde el Vaticano II se está sufriendo una gravísima crisis a causa de la dejación del ejercicio de la autoridad en la Iglesia. Mientras el cuerpo eclesial lleva más de cinco décadas sumido en la anarquía, la autoridad eclesiástica nunca se había mostrado tan rápida, decidida y severa. Eso sí, sólo en contra de los que son tachados de «rígidos». Los teólogos heréticos infestan las universidades y seminarios, a pesar de que se carezca del valor necesario para admitirlo a casi 60 años del final del Vaticano II. Se coleccionan clérigos y prelados homosexuales-pederastas (en el 87% de los casos ambas aberraciones van unidas), se evita castigar ejemplarmente los escándalos de sacerdotes, religiosos, obispos y cardenales que profanan la Santa Misa y predican en contra de la fe católica. Los ejemplos son innumerables, habiendo casos en todas las diócesis, el elenco llenaría miles de páginas. Donde no hay teología se suple con ideología, el problema radica en que la ideología, como deformación de la realidad, no puede dejar de caer en contradicciones. De ahí que gritando las consignas: Fratelli tutti, «diálogo sinodal», «hospital de campaña», «caminar juntos», «revolución de la ternura», «Iglesia de la misericordia abierta a todos», se ataque violentamente a los fieles, sacerdotes y religiosos que solo piden poder seguir celebrando el mismo Santo Sacrificio de la Misa que la Iglesia celebró durante hace más de 1.500 años.

Por cierto, las mismas contradicciones que sufren los socialistas y comunistas, pues en nombre de los trabajadores y cobrando sueldos millonarios, jamás han trabajado. Otro tanto podría decirse del PP, que, amenazando siempre con la llegada de la izquierda al poder, cuando, por el contrario, ellos lo ostentan, mantienen toda la batería de leyes ideológicas de la izquierda. Es decir, mantienen las mismas políticas que la izquierda. Véase el caso del alcalde de Madrid, Almeida. Ha retirado las ayudas económicas a la Fundación Madrina, que ayuda a las mujeres embarazadas, para entregárselas a los chiringuitos LGTBIQ, y nombrando hija adoptiva de Madrid a la socialista, millonaria y pornógrafa, Almudena Grandes; que insultó soezmente a Santa Maravillas de Jesús el año 2008, en esa sima de detritus llamada El País, y que fue rescatado de la quiebra por el Gobierno del PP. Los «maricomplejines», terminan siendo «maricómplices».

Benedicto XVI intentó curar las heridas reconociendo, que, no concediendo, plenos derechos a la liturgia tradicional. Summorum Pontificum confirmó la opinión largamente extendida por un gran número de canonistas, entre ellos los cardenales Stickler y Burke, de que el rito antiguo nunca había sido abrogado canónicamente. No podía serlo, porque como San Pío V recuerda en la bula Quo primum tempore (14-7-1570): «pertenece a la Tradición Apostólica».

La sustitución voluntarista y fideísta de la verdad por la autoridad es el clericalismo. Además, Responsa ad dubia, anula las disposiciones del Código de Derecho Canónico:

  1. 87 §1: «El obispo diocesano, siempre que, a su juicio, ello redunde en bien espiritual de sus fieles, puede dispensar a estos de leyes disciplinares tanto universales como particulares, promulgadas para su territorio o para sus súbditos por la autoridad suprema de la Iglesia».
  2. 214: «Los fieles tienen derecho a tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia».

De una manera particular y desde el punto de vista formal, Responsa ad dubia es un documento legítimo porque ha sido promulgado por una autoridad legítima de la Santa Sede, la Congregación para el Culto Divino, con la aprobación del Romano Pontífice. En el derecho procesal romano se juzgaban las causas después de haber oído a las partes y haberse podido defender el acusado (Hech 25, 16). No obstante, este no ha sido el caso. Las acusaciones vertidas, tanto en este documento como en Traditiones custodes, no han sido probadas ni se ha permitido la defensa de aquellos que han sido señalados como culpables. Por lo que este documento nominalista pasará a la historia como un caso trágico en que la Santa Sede recurrió a la violencia institucional con el objetivo de destruir el puente que había construido Benedicto XVI para reconciliarse con la Tradición. El tribunal de Dios y el de la historia les juzgará por el daño infligido a tantas almas abriendo una guerra cruel y despiadada contra la parte más dócil, sufrida y en mayor crecimiento pastoral de la Iglesia. Mientras toda la inútil y grotesca parodia, que los funcionarios eclesiásticos han montado en las últimas cinco décadas, se va derrumbando inexorablemente, sólo la Tradición quedará en pie.

Esta no es la concepción católica de la ley, que supone su sanción en vistas a la salvación de las almas y encuentra su legitimidad en el uso constante, de siglos, que deviene en costumbre (derecho consuetudinario). La autoridad eclesiástica, entonces, no crea la liturgia, no la inventa ex novo en el laboratorio de una élite ideologizada de liturgistas promocionados. Tampoco se sirve de ella, manipulándola con fines políticos, para negociar acuerdos con la Fraternidad de San Pío X. Si la costumbre y el bien de las almas, la suprema ley (CIC, c. 1752), dejan de ser tenidas en cuenta por la Iglesia, apelándose sólo al peso de la ley, todos los medios serán apropiados para hacer valer la implementación más dura de dicha ley por medio del autoritarismo. Ya lo escribió Cicerón en De oficiis: «Summun ius, summa iniuria», una ley formalmente correcta puede convertirse en una enorme injusticia.

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3 comentarios en “La filosofía política de la Navidad
  1. Quienes propugnan que las leyes habrían de poseer un carácter aséptico y neutral, bajo pretexto de objetividad, en realidad propugnan una indiferencia o equidistancia respecto al bien y al mal. Actitud basada en el nihilismo para el que el bien y el mal no existen, lo único que tendría una existencia real sería el poder.

    Se empezó con la ley del divorcio en 1981, justificada previamente por el cardenal Tarancón (18-6-1978), y ésta sí promulgada por la derecha de la UCD de Adolfo Suárez, enterrado en la catedral de Ávila como premio episcopal a su carrera política. Continuó con una ley del aborto falsamente restrictiva del PSOE en 1985. De este modo se ha desembocado en las aberrantes leyes de género, aborto y eutanasia, en las que desaparece legalmente la misma antropología del matrimonio como raíz y fundamento natural de la familia, y la desprotección absoluta de la vida de los más débiles de la sociedad.

  2. EL EJE DIAMANTINO Señores, esto es el huevo de Colón. Este diagnóstico es mas antiguo que la Tarasca, y no por sabido ha sabido defenderse, salvo por parte de los tradicionalistas mas íntegros, es decir, los carlistas del siglo XIX. Ya antes de la guerra civil, Ramiro de Maeztu habia perfilado el eje diamantino de los clásicos, como fondo de armario de la personalidad española, radicalmente opuesta a las ideas triunfantes de la Revolución Francesa. Y en relación a esto, ya advirtió Ramiro que el liberalismo es el causante de nuestra decadencia, e inventó el símil de la hiedra liberal que asfixia a la encina robusta llamada España, a la que va asfixiando poco a poco. ¿ La iglesia ?, es simplemente la historia de una traición a los valores cristianos, la que continua hasta su destrucción final si alguien no lo impide.

  3. El concepto de eje diamantino, fue recuperado por Ramiro de Maeztu en su obra Defensa de la Hispanidad. A su vez, el concepto lo sacó del escritor y filósofo granadino Angel Ganivet, y este a su vez lo recogió de Séneca.

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