(Tempi)- El director de una fábrica del Punjab, originario de Sri Lanka, había arrancado un cartel con versos del Corán. Unos mil extremistas lo atrapan, lo golpean salvajemente y lo queman vivo.
«Restos mortales de Don Nandrasri Priyantha Kumara Diyawadanage. De Lahore a Colombo». Estas son las palabras grabadas en el ataúd de madera del directivo de Sri Lanka que fue linchado y quemado vivo en la provincia pakistaní de Punjab tras ser acusado de blasfemia con argumentos engañosos. El féretro del hombre de 49 años, que deja mujer y dos hijos, llegó hace unos días a la capital de Sri Lanka.
Acusaciones de blasfemia
El viernes 3 de diciembre, una horda de mil islamistas, muchos de ellos miembros del partido extremista Tehreek-e-Labbaik Pakistan (Tlp), asesinó a Kumara Diyawadana, director general durante siete años de una fábrica de Rajco Industries en Sialkot, Punjab.
En la mañana del 3 de diciembre, Diyawadana, que tenía que renovar la pared exterior de la fábrica, arrancó algunos carteles del TLP, en los que supuestamente estaban impresos algunos versos del Corán. Cientos de islamistas, sedientos de venganza, se agolparon inmediatamente ante las puertas de la fábrica acusando al director de blasfemia.
Torturado y quemado vivo por los islamistas
A primera hora de la tarde, consiguieron entrar en la fábrica y encontraron al hombre, que se había refugiado en el tejado. Lo sacaron a la calle, lo golpearon y lo torturaron salvajemente con piedras, patadas y palos, rompiéndole «casi todos los huesos», según la autopsia. Finalmente le prendieron fuego. Como demuestran los numerosos vídeos que circulan por Internet, tras matarlo, muchos extremistas islámicos se hicieron selfies de celebración con el cadáver. Solo un hombre, el jefe de producción, Malik Adnan, trató de defender al propietario protegiéndolo con su cuerpo, pero fue arrollado por el número de islamistas.
Aún no satisfechos, la turba registró entonces la casa del dueño de la fábrica para matarlo. Pero la intervención de la policía evitó un mayor derramamiento de sangre, así como el incendio de toda la fábrica. La policía detuvo a un total de 131 sospechosos, 26 de los cuales eran presuntamente responsables del incendio de Diyawadana.
«Día de la vergüenza para Pakistán»
Otro asesinato basado en falsas acusaciones de blasfemia ha sacudido a Pakistán. El primer ministro Imran Khan denunció el «horrible ataque» y calificó el 3 de diciembre de «día de la vergüenza para todo el país. Todos los responsables serán castigados severamente». La verdad es que el gobierno es débil y los islamistas tienen libertad para imponer su impuesto de sangre a los indefensos ciudadanos. De hecho, el Tlp había sido prohibido por el gobierno de Khan, pero tras una serie de violentas protestas de los islamistas, en las que también mataron a seis policías en octubre, se levantó la prohibición de afiliarse a la organización para calmar las manifestaciones.
Hasta que Pakistán no anule o reforme a fondo la ley «negra» sobre la blasfemia, iniciando así una transformación cultural radical en el país, los asesinatos como el de Diyawadana seguirán. De hechos los islamistas utilizan la ley sobre la blasfemia, que también se castiga con la muerte, para infundir terror y obtener ventajas económicas indebidas.
La ley «negra» sobre la blasfemia
Como la persona que mata a un blasfemo es considerada un «héroe del islam» en Pakistán, los que son acusados, incluso injustamente, no tienen salida. Los islamistas no esperan a los juicios para determinar si la víctima ha infringido o no la ley, y quién se encuentra bajo la espada de Damocles de una acusación de blasfemia corre siempre el riesgo de ser asesinado. Y ni siquiera una absolución es suficiente para apaciguar el deseo de venganza de los extremistas, por lo que incluso los que son absueltos de todos los cargos deben huir del país o vivir en la clandestinidad durante el resto de sus vidas.
Las enfermeras cristianas Tabita Nazir Gill, Mariam Lal y Navish Arooj, acusadas injustamente, viven escondidas en espera de juicio. Los cristianos Shagufta Kausar y Shafqat Emmanuel, absueltos tras pasar siete años en el corredor de la muerte, no volverán a llevar una vida normal. Saiful Malook, el abogado musulmán que consiguió su absolución, después de liberar también a Asia Bibi, está constantemente amenazado de muerte.
Una cadena interminable de asesinatos
También se pueden recordar los casos de Sawan Masih, cuya injusta acusación de blasfemia provocó los pogromos de Joseph Colony; de Tahir Shamim Ahmad, que fue asesinado dentro de la sala del tribunal mientras era juzgado; de Salman Taseer, el gobernador musulmán del Punjab que fue asesinado por defender a Asia Bibi; de Shahbaz Bhatti, el ministro católico para las minorías que fue asesinado por la misma razón; de Shama y Shehzad Bibi, una pareja cristiana quemada viva en un horno de ladrillos; de Khalid Hameed, profesor del Sadiq Egerton Government College, apuñalado hasta la muerte por organizar una fiesta de bienvenida para los nuevos alumnos de primer año sin separar a los chicos de las chicas; de Mashal Khan, un joven universitario linchado hasta la muerte en el campus por decenas de sus compañeros en 2017 por falsas acusaciones de blasfemia.
Se podría seguir y seguir: la lista de «días de vergüenza» para Pakistán es larga. El gobierno, rehén de los islamistas, no interviene y sus palabras caen en saco roto, mientras los responsables de los horrendos asesinatos quedan impunes. Si el gobierno realmente quiere vengar la muerte de Kumara Diyawadana, debería empezar por anular la ley de blasfemia para siempre.
Publicado por Leone Grotti en Tempi.
Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.