El arzobispo novedoso

El arzobispo novedoso

Se pregunta el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, imaginamos que entre angustiado y perplejo, por qué no nos abrimos a la novedad, y desde aquí hemos de reconocer que en esto, como en tantas cosas, Su Eminencia habla desde el más profundo conocimiento. Porque si alguien en la jerarquía española ha sabido abrirse siempre a la novedad, ese es don Carlos Osoro.

Quienes hayan seguido con alguna atención la carrera eclesial de nuestro arzobispo sabrá que de él puede decirse cualquier cosa menos que sea rígido. Es, por el contrario, extraordinariamente flexible, y no hay novedad bien posicionada que no acoja con entusiasmo. No habiéndole seguido en sus primeros pasos en el escalafón, ignoro si es en él esta virtud innata o fruto del entrenamiento, de esa repetición de actos buenos que nos hace virtuosos. Pero ya puede bucear el lector en las inspiradas prédicas y alocuciones del prelado durante el pontificado de Benedicto XVI que no encontrará en ellas apenas rastro de una especial devoción ecológica, de una exagerada alarma ante lo que la ONU supone que va a pasar con el planeta. Tampoco destaca en sus palabras de ese tiempo el prurito acuciante de recomendar el desmantelamiento de las fronteras o siquiera un barrunto de que los inmigrantes fueran, por decirlo en paradoja, descartados de primera. Incluso sospecho que no llegó a emplear esa palabra, ‘descartados’, durante sus años previos al advenimiento de Francisco, y me atrevería a añadir que nunca entonces sospechó que la Iglesia estuviera “en salida”.

Pero nuestro buen prelado supo mantenerse abierto a la novedad, especialmente a la que llegaba de Roma. Y la última novedad se llama ‘Iglesia de Francisco’, que el arzobispo ha acogido con particular entusiasmo para sus años. No descartamos en absoluto que, a sus bien llevados 76, el cardenal siga abriéndose a cuantas novedades le conceda ver Nuestro Señor. Uno no llega a cardenal cerrándose a novedades, encastillado en viejas y apolilladas rigideces.

La frase de marras está sacada de una carta que el cardenal dirige a los jóvenes, con ese lenguaje zalamero que usan los políticos para hablar con sus potenciales votantes de tierna edad, y es tan fiel la identificación ‘perinde ac cadaver, que ha logrado don Carlos con el Vicario de Cristo que uno creería estar escuchando a Su Santidad en las palabras del arzobispo. Un ejemplo de manual: “Con esta carta quiero invitar a los adultos a escuchar a los jóvenes. Hacedlo a fondo; no os quedéis con caricaturas ni prejuicios. Dispongámonos todos los adultos a escucharlos y a hacerlo con la hondura que ellos tienen. Como en tantas ocasiones, no les demos respuestas preconcebidas o elaboradas desde nuestra realidad. ¿Por qué no nos abrimos a la novedad? ¿Por qué no confiamos también en sus respuestas a las preguntas que nosotros les hagamos?”. El pastor se convierte en humilde discípulo de sus ovejas, aún de las más inexpertas. ¿No es hermoso?

Naturalmente, ‘los jóvenes’ no existen. Es un periodo de la vida que afecta a todo el mundo que no se muere antes y, siendo cada cual de su padre y de su madre, no hay un colectivo que sean “los jóvenes” con iguales reacciones, visiones y experiencias. De hecho, si rasca un poco Su Eminencia, no es improbable que descubra, por un lado, que los jóvenes son la población que más se aleja de la Iglesia, de esta Iglesia de hoy, y, por otro, que muchos de los que permanecen o se acercan de nuevas lo hacen habiendo, sí, encontrado la Novedad que es Cristo, una novedad tan radical, belleza tan nueva y tan antigua, que no necesitan novedades de todo a cien para alimentar su fe.

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