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“Por el justo juicio de Dios, he sido condenado”

Raymond Diocres san Bruno
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San Bruno, el fundador de la Cartuja que celebramos hoy, fue testigo de uno de los prodigios que mayor revuelo causaron en su tiempo, no solo por lo extraordinario del suceso, sino por la gran cantidad de testigos cualificados que asistieron a él.

La Universidad de París lloraba la muerte de uno de sus más insignes profesores, Raymond Diocres, en el Año de Nuestro Señor de 1082. Si la Sorbona era ya una potencia en la Cristiandad, llamada a mediar en incontables disputas entre el Papado y los reyes y escuchada siempre con reverencia, Diocres era entonces su luminaria más admirada, consultado por estudiosos, príncipes y prelados, y dejando a su muerte fama no solo de sabiduría y erudición, sino de práctica de las virtudes en su máximo grado. Se decía entonces en París que, si un hombre había vivido una larga vida sin cometer un solo pecado mortal, ese era el maestro Raymond Diocres.

Naturalmente, si en vida había sido universalmente celebrado, su muerte conmocionó a la Cristiandad culta y sus exequias convocaron en la luego llamada ‘Capilla Negra’ junto a Notre Dame a lo más granado de la sociedad parisina junto a buena parte de sus alumnos. Y entre estos alumnos estaba el futuro San Bruno, con cuatro de sus hermanos de religión.

Como era costumbre, el cuerpo se depositó en el centro sobre una tarima, cubierto solo por una sábana blanca, alrededor de la cual se apiñaban los deudos. Empieza el Oficio de Difuntos y, conforme al ritual, el sacerdote oficiante se dirige al difunto con esta pregunta: “Respóndeme: ¿Cuán grandes y numerosas son tus iniquidades?”. La invocación es, por supuesto, retórica, y no se espera que el muerto responda. Pero eso es exactamente lo que sucedió. Clara y audible para todos los presentes salió de debajo del velo la voz de Diocres: “Iusto Dei iudicio accusatus sum”, “por el justo juicio de Dios he sido acusado”. Pasado el primer susto, corren los más cercanos a levantar el velo y examinar al muerto, pensando en una muerte aparente. Pero no: el cadáver seguía frío y sin latido.

La conmoción entre los presentes es fácilmente imaginable, y el revuelo obligó a suspender por aquel día la ceremonia, mientras los prelados estudiaban qué camino seguir. ¿Qué significaba aquel prodigio? ¿Podría seguirse adelante con unas exequias, visto que el propio difunto parecía sugerir que estaba en el infierno? Los más doctos, sin embargo, no veían problema en seguir adelante. Todos, argumentaban, seremos algún día acusados de nuestras faltas, de las que ningún mortal carece, en el Juicio Personal tras la muerte. Había que seguir.

Así que se reanudó el oficio con el muerto de cuerpo presente. Pero la noticia del prodigio había corrido como la pólvora por la ciudad, y ahora era una multitud la que se agolpaba en la capilla para asistir a las exequias interrumpidas.

Con voz temblorosa, el oficiante repite la pregunta fatídica: “¿Cuán grandes y numerosas son tus iniquidades?”. Esta vez, el muerto se yergue y pronuncia con voz clara y fuerte: “Iusto Dei iudicio iudicatus sum”, “por el justo juicio de Dios he sido juzgado”, y vuelve a su postura yacente.

Varios médicos, alertados, acuden rápidamente a examinar el cuerpo mientras el revuelo crece más aún que antes. Certifican que Diocres está definitivamente muerto, y los prelados vuelven a conferenciar. Pero la conclusión es la misma: Todos habremos de ser juzgados en el último día. Hay que continuar con el rito.

Esta vez la ciudad entera está pendiente del rito. Con apenas un hilo de voz, vuelve a preguntar el sacerdote: “¿Cuán grandes y numerosas son tus iniquidades?”. Por última vez, el gran doctor Diocres se incorpora y con voz estremecedora exclama: “Iusto Dei iudicio condamnatus sum!”, “por el justo juicio de Dios he sido condenado”, y cae ya definitivamente inmóvil.

Por orden del Obispo y del Capítulo, previa sesión, se despojó al cadáver de las insignias de sus dignidades, y fue arrojado al muladar de Montfaucon. La experiencia convenció a Bruno, que frisaba entonces los 45 años, para abandonar el mundo definitivamente y marchar con sus compañeros a buscar en la soledad de la Gran Cartuja, cerca de Grenoble.

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14 comentarios en ““Por el justo juicio de Dios, he sido condenado”
  1. ¡Qué susto¡ Bien dice el dicho;
    Caras vemos, corazones, no sabemos. Qué Dios nos libre de
    sólo parecer. Cuántos grandes terminarán igual,, muy honrados en la tierra y condenados por el Justo juicio de Dios. El Justo Juez.
    Está de moda tener misericordia y se hace como que no existe la justicia,, el Dios bonachón que voltea a otro lado para no ver nuestros pecados, pequeños y grandes pecados.
    Pero Dios no sería Dios si no ejerciera justicia.
    Si vamos de la mano de la Santísima Virgen María,,, jamás pasaremos por ése horror de muerte

  2. Cuando se repite como mantra «Dios es infinitamente misericordioso» se está faltando a la verdad, puesto que entonces Dios no sería justo y habría misericordiado al desgraciado Diocres.

  3. Gracias por la historia.
    Tenemos mucho que aprender de los que nos precedieron.
    Dios es justicia, por eso vino Jesús, para cargarla sobre sus hombros.

  4. Es digno de atención que el Alma hable durante tres días a través de un muerto, hecho avisador admirable y sobre todo escuchado por centenares de personas y que el rector acabase no sólo en el infierno sino entre la caca del muladar. Ya no existen esos avisos salvo los de algún bloguero que te manda al infierno sin pasar por Misa de difuntos o de alguna vidente que nos avisa a todos con las penas del infierno. Sería interesante que escribiera sobre las premoniciones de S. J. Bosco que también visitaba a gente por el Infierno. Lo veo didáctico y para reflexionar, pero de momento da terror.

  5. Lo único que se ocurre es que toda su ciencia se basara no en la gloria de Dios sino en su exclusivo y excluyente orgullo, soberbia y vanidad, de manera constante y permanente durante toda su vida hasta el momento de su muerte.

    Esto sería suficiente como para haber violado el primer mandamiento del amor a Dios.

    También revela la rebelión contra toda gracia de arrepentimiento que debió de recibir constantemente durante su vida hasta el momento de su muerte, y por ello, de que se trataba de un grave pecado contra el Espíritu Santo, por ser un presuntuoso que se creía que debía de estar salvado por su propio y exclusivo mérito, y que toda su ciencia se basaba exclusivamente en su propio esfuerzo, siempre SIN tener en consideración alguna a Dios.

  6. Impresionante relato… que ni siquiera los propios cartujo.s reconocen como histórico. Es una fábula medieval que transmite una invitación a reflexionar sobre la seriedad de la vida y la responsabilidad por nuestros actos. Nada más y nada menos

    1. Si por «no histórico» se refiere a que en aquella época no había grabadoras, pues no, no las había. Conclusión: toda la historia es falsa hasta el uso de las grabadoras.

  7. En dos palabras: im-presionante.
    Me sugiere las siguientes reflexiones (aparte de lo que se ha dicho, de que sí hay castigo, y que ninguno podemos evaluar nuestros méritos):
    Primero, que si no había algún aspecto muy oscuro en la vida de R. Diocres, no conocido por sus congéneres, el listón está muy alto; sin duda las palabras evangélicas («esforzaos, el camino de la salvación es muy estrecho») es el mejor consejo
    Y, segundo, que siempre he pensado que hay un tipo de malvados, quizá pueriles, y quizá a todos nos alcanza algo así más o menos, que piensan que Dios no conoce sus pensamientos y sentimientos más recónditos o, al menos, que llegado el Juicio podrán replicar a Dios como hacen aquí. Y también pienso que, en cambio, el juicio irá acompañado de una total lucidez nuestra, que impedirá esas réplicas y demagogias. Esta historia me lo confirma, R. Diocres mismo es quien da a conocer su acusación, juicio y condena

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