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Athanasius Schneider: «La situación actual es muy similar a la opresión comunista»

Athanasius Schneider
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(Valeurs Actuelles)- Contra la cultura de la nada, hay que desarrollar una cultura del sentido común, afirma el obispo auxiliar de la archidiócesis católica de Astana, en Kazajistán.

Nacido en 1961 en Kirguistán bajo el dominio soviético y nombrado obispo por Benedicto XVI en 2005, mons. Athanasius Schneider es secretario general de la Conferencia Episcopal de Kazajistán. En su libro Christus vincit, ofrece un análisis incisivo de las controversias que agitan actualmente a la Iglesia: laicismo, islam, límites del poder pontificio, crisis doctrinal. Un hermoso consuelo, lleno de claridad y esperanza, para los católicos que sufren. Esta entrevista se realizó antes de la publicación de Traditionis custodes del papa Francisco.

Excelencia, su libro lleva el subtítulo El triunfo de Cristo sobre la oscuridad de la época. ¿No es un sinsentido hablar de victoria de Cristo cuando el cristianismo parece que está desapareciendo? El mensaje de la Iglesia parece hoy más débil que nunca…

Su pregunta nos remite a la naturaleza misma del mensaje de Cristo. Si el cristianismo fuera una institución humana, usted tendría razón y sería un sinsentido. Pero como obispo católico, estoy llamado a testimoniar el origen divino de la Iglesia. Los bautizados de todo tipo saben, con la certeza de la fe, que Cristo encarna la victoria, incluso en la situación presente de confusión general. En medio de esta oscuridad, debemos renovar nuestra confianza en el Señor que ha «vencido al mundo» (Juan 16,33). En numerosas ocasiones, en la historia de la humanidad, Cristo ha utilizado medios sencillos para permitir estas victorias. En la Biblia, el triunfo de David contra Goliat representa uno de los pasajes más célebres de las Escrituras: nos dice que nada es imposible para Dios. En vuestro país, la figura de Juana de Arco representa precisamente esto: ante un poder corrupto, fue condenada y quemada viva. Desde el punto de vista humano entonces pareció que ella había perdido. Pero ahora es la gran gloria de Francia, más allá incluso de las filas de los bautizados. Es así como Dios confunde a menudo a los soberbios, a los que son prisioneros de sus enfoques terrestres. Para Carlos de Foucauld, «la Iglesia es una aparente derrota en una perpetua victoria». Dios utiliza a menudo instrumentos sencillos, en apariencia frágiles, para que su mensaje sea victorioso. Actualmente, no hay razón para que no recurra a los mismos métodos. Creo que la victoria de Cristo pasa precisamente, hoy en día, por los «pequeños» y los «humildes» de la Iglesia, los que no forman parte del establishment o de sus estructuras administrativas. Las familias valientes, los jóvenes con sed de verdad y claridad son, en mi opinión, signos que poco a poco llevan adelante la victoria de Cristo en medio de la oscuridad de nuestro tiempo.

Usted habla de «oscuridad de nuestro tiempo». ¿Cuál es esta oscuridad en su opinión?

Desde el Renacimiento asistimos a un proceso lento que se aceleró con los filósofos de la Ilustración. La modernidad quiso eliminar a Dios de la sociedad para sustituirlo con el hombre, al que ha querido situar en el centro de todo. Ante todo, se trataba de relegar a Dios a la esfera privada antes de arrancar del hombre, poco a poco, su deseo de Dios. La idea misma de transcendencia tiende a desaparecer. Ahora bien, si la humanidad elimina a Dios, que es la luz del mundo, entonces es inevitable que aparezca la oscuridad. La fe transmitida por Cristo y comunicada por la Tradición de la Iglesia es la luz del mundo. Es el único y verdadero camino divino que lleva a la verdad. Esta manera de comprender la realidad garantiza un ecosistema total de civilización. Por desgracia, la oscuridad aumenta visiblemente allí donde los hombres -incluidos algunos hombres de Iglesia- han dejado de lado a Cristo y a la coherencia del Decálogo que le acompaña. Cristo es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre», escribió el evangelista (Juan 1,9).

Este antropocentrismo radical representa, en mi opinión, la raíz más profunda de la oscuridad actual. Al dejar de lado «Tú adorarás a un solo Dios»; al sentir la naturaleza el terror del vacío, el hombre moderno ha acabado multiplicando los ídolos. El relativismo ha engendrado una mentalidad de supermercado en lo que atañe a la religión porque considera que todas las creencias son equivalentes. El materialismo ateo, consecuencia directa del comunismo, deifica el cuerpo, el bienestar, las aficiones o el amor por el confort. El antropocentrismo radical destroza otro mandamiento del Decálogo: «No matarás». Como afirmó con fuerza el papa Juan Pablo II, el aborto sigue siendo un tema dramático para nuestro mundo, convierte al hombre en enemigo del ser más débil e indefenso. Cuando vemos que ciertas especies de animales están más protegidas que el embrión humano, ¡cómo no considerarlo grotesco!

Por último, el sexto mandamiento, que protege el amor, el matrimonio, la familia, sufre especialmente de esta horizontalidad moderna. La banalización del divorcio y del amor libre, la ideología de género y de los lobbies LGBT buscan eliminar totalmente la noción misma de familia tradicional tal como Dios la creó: un hombre, una mujer y los hijos. Atacar la célula fundamental de la sociedad demuestra un nuevo paganismo en el que el hombre se rebela contra Dios y contra él mismo. Los cristianos deben aportar más que nunca la luz verdadera y negarse a permanecer callados.

Aportar la luz verdadera, ¿no es una misión imposible dado que el cuestionamiento exigido es total o severo? Lo que usted considera que es oscuridad, para nuestros contemporáneos es luz o progreso. ¿No es tarde para conseguir tocar sus inteligencias?

Creo que debemos empezar a aportar la luz del sentido común. Las estructuras de las élites administrativas o internacionales, a menudo desconectadas de la realidad, tienden a hacer perder este «sentido común». Durante mi infancia en la dictadura soviética fui testigo de este vivir contra el sentido común; en ella se te obligaba a convertirte en una marioneta, es decir, un esclavo. Se necesita una alianza entre los hombres de buena voluntad, católicos o no, para restablecer una cultura del sentido común. Un axioma célebre de la teología católica enseña que «la gracia presupone la naturaleza». Es urgente reiterar el funcionamiento de la naturaleza, del pensamiento, de la lógica, enseñar la belleza y la coherencia de los mandamientos de Dios. Solo ellos pueden dar sentido a la humanidad, siempre que esta los acepte y los abrace. Durante un viaje muy largo en tren a lo largo de mi país, tuve ocasión de hablar en profundidad con un kazajo autóctono, un musulmán muy piadoso. Cuando le hice descubrir los diez mandamientos, él supo ver en ellos la sabiduría natural que emanan de ellos. Los mandamientos de Dios no representan una obligación, sino una verdadera liberación. El médico que prohíbe el azúcar a un diabético no lo hace por crueldad, sino por su bien. Esta disciplina de vida, como la que reclama el éxito deportivo para ganar la copa, obliga a esforzarse. La paz del alma y de los hombres tiene este precio.

Esforzarse implica valentía. Ahora bien, actualmente el miedo parece dominar el comportamiento de los hombres. El miedo a no gustar, el miedo a la muerte… ¿En qué registro hay que vivir hoy la valentía?

La valentía de la justicia me parece la más importante. La justicia es la virtud que consiste en dar a cada uno lo que le es debido. Es justo el hecho de proteger y defender lo que es bueno. Practicar la valentía en el mundo en el que vivimos nos obliga, concretamente, a no ocultar nuestra fe, nuestros desacuerdos de sentido común en el ambiente de trabajo, la universidad. Esto es vivir «en justicia». Es importante, por ejemplo, negarse a comprometerse con eventos LGBT en el marco de la propia actividad profesional. ¿Las consecuencias podrían ser el despido? Los católicos no deben ser esclavos, sino personas libres e independientes, hasta arriesgarse, si es necesario, a nadar contracorriente. La práctica de la valentía es inherente a la vida del cristiano.

Cuando usted era niño vivió la opresión comunista. ¿Diría usted que ser cristiano hoy en día en un Occidente apóstata exige más valentía que vivir la fe bajo la opresión soviética?

La situación actual es muy similar a la opresión comunista, si bien, hay que dejarlo claro, las modalidades represivas son diferentes. En la época del comunismo, practicar la fe podía significar acabar en la cárcel. El mundo occidental no encierra a los disidentes. Pero el aislamiento o la exclusión social tiene el valor de una cárcel. El espíritu sigue siendo el mismo. Si no te arrodillas delante de los ídolos de la corrección política, estás declarando tu muerte social. Ayer como hoy, la solución sigue siendo la misma: solo la verdad hace libres.

La juventud se desinteresa de la cosa pública (abstenciones récords), le faltan referentes de civilización (se vuelven más salvajes), no le interesa la salvaguarda de su cultura o la cuestión del más allá, muchos jóvenes creen con la convicción de que tener hijos daña al planeta… Ante tal desencanto, ¿qué es lo que más le falta a la juventud actual?

Todos estos elementos son la consecuencia de un gran vacío espiritual y de una cultura líquida. La modernidad está marcada por un egoísmo exacerbado. A falta de una transmisión rigurosa del sentido del deber, la noción de «bien común» es a menudo desconocida para la juventud. Sin embargo, la juventud no es culpable de todo esto, sino víctima. El materialismo vil, la cultura de la nada la han dañado profundamente. El papa Pío XII recordaba que la juventud está hecha para la exigencia y el heroísmo, la aventura, la audacia. Para darle a la juventud la posibilidad de expresar lo mejor de ella misma, es aconsejable darle el gusto por el esfuerzo, recurriendo a los métodos tradicionales para que se curta, como el deporte en equipo o el scoutismo, abriéndola a las virtudes de la admiración a través de los valores de la belleza y la armonía.

Entre los detractores de la modernidad y sus afectos deletéreos encontramos a personalidades como Éric Zemmour, Michel Onfray o Alain Finkielkraut. Aunque no son católicos, sin embargo parece que defienden los ideales del cristianismo con mucha más pertinencia que los propios creyentes. ¿Por qué los cristianos ya no saben dar razón de su fe?

No podemos engañarnos: la enfermedad de la Iglesia en estos últimos años se manifiesta en una suerte de complejo de inferioridad ante las ideas dominantes del mundo. Para no ser perseguida por los medios de comunicación, sobre todo desde el Vaticano II, la mayoría del clero, incluso del episcopado, se niega a levantarse para decir «no» y prefiere abrazar las teorías progresistas del momento.

Dejarse llevar por la corriente siempre ha sido una tentación para los hombres. En mi opinión, es necesario que la Santa Sede lleve a cabo una acción más expresiva que una todas las fuerzas de los hombres de buena voluntad que desean restablecer los valores fundamentales de la humanidad y que están arraigados en la ley natural. Son los que se encuentran en el Decálogo. Es el paso necesario en el trabajo de evangelización de los hombres de hoy. Los hombres que buscan sinceramente la verdad esperan de nosotros, los católicos, este testimonio.

Publicado por el padre Danziec en Valeurs Actuelles.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

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16 comentarios en “Athanasius Schneider: «La situación actual es muy similar a la opresión comunista»
  1. Gracias, Infovaticana, por publicar este magnífico artículo sobre el obispo Athanasius Schneider. Sus intervenciones siempre son acertadísimas. Es un faro en la oscuridad que asola la Iglesia en nuestros días.

    1. Muy acertado su mensaje de que la Ilustración llevó al mundo a las tinieblas, queriendo eliminar a Dios, e implementando un antropocentrismo radical que constituye la raíz más profunda de la oscuridad actual, tiniebla que afecta también a la Iglesia como señala el obispo auxiliar de Kazajistán: “La oscuridad aumenta… donde los hombres -incluidos algunos hombres de Iglesia- han dejado de lado a Cristo y a la coherencia del Decálogo que le acompaña.”

      1. También es certera su visión de que “la victoria de Cristo pasa precisamente…por los «pequeños» y los «humildes» de la Iglesia, los que no forman parte del «establishment» o de sus estructuras administrativas.”

  2. Dedicado al Lector, para continuar una conversación de otra parte que fue abruptamente cortada cuando empezaba a ponerse interesante:

    «Aunque coincido con su conclusión, padre, que creo que nadie ha puesto en duda (que sea bueno estudiar latín -amarlo es otra cosa, es un don-, y que el Evangelio desborda moldes culturales y lingüísticos, creo que llega a esa conclusión a través de un par de afirmaciones que quisiera matizar:
    1. Las tres posibilidades de trato con el latín en la liturgia, si le he entendido bien, son históricamente absurdas: durante siglos la liturgia fue en latín y se predicó en lengua vulgar (incluso en auditorios de mucho ringorrango, donde también se hacía en latín) y se sigue haciendo en la misa según el vetus Ordo hoy.

  3. 2. Digamos que las palabras modernas para las que usted requiere una evolución de la lengua latina para que sea útil a) no tienen ningún sentido en un sermón, o muy poco. b) hay una comunidad de latinistas en el mundo que se dedica a actualizar la lengua (y así dicen gurges ater o telephonum gestabile), como usted mismo se ha inventado, a través del castellano una palabra para responder a Tulkas (no se la ha inventado, de hecho: le ha dado un sentido que no tiene en latín clásico dándole el castellano).

  4. 3. Creo que en la discusión ha quedado claro que, como mínimo, la expresión griega del Jn 20,17 es ambigua. Su lectura, como la de la Neovulgata, es una interpretación posible. Como lo es la otra. Que no yerra de mucho, como muy bien ha señalado Pedro1 o Lector (de hecho, se podría avalar la vieja versión con Orígenes en la mano -no se puede soltar a “todo el hombre”- y quizá con algún otro padre antiguo, no siendo muy concluyente lo del Crisóstomo). Usted ha querido hacer pasar como error de bulto de la Vulgata de san Jerónimo lo que es un detalle interpretativo menor.

  5. Es más, de acuerdo con su propia tesis, padre, que yo suscribiría, habría dejado el texto de la Vulgata como estaba en la recensión sixto-clementina como monumento que es de nuestra fe para uso litúrgico, con su valor paralelo al de las versiones aprobadas por las conferencias episcopales en lenguas vernaculares, que tampoco es que siempre acierten. La Vulgata tiene al menos la aureola de su origen jeronimiano. Y que las nuevas versiones, atendiendo a los originales hebreos, por ejemplo, como en el Sirácida, se incorporen sólo a las versiones vernaculares, pues el uso en textos históricos nunca puede tener el texto hebreo original como referencia. Es la Neovulgata la que me parece un anacronismo, con todos los respetos a los padres que la han redactado.»

  6. Es una lástima, y ahora enlazo los comentarios anteriores con el tema del post, que también en la Iglesia se tengan esos modos. Cuando las cosas no me dan la razón, corto por lo sano o miro para otra parte, y de victoria en victoria hasta la derrota final. Humildad de escucha y humildad de enmienda cuando nos muestran que hemos metido la pata nos falta. Verla en acto, que se nos predique, y practicarla.

  7. Scintilla, tus comentarios creo que son para otra pagina web en respuesta a cierto dominico m3rcenario que responde con insolencia a quien refuta sus opiniones.
    Debo decir que son muy validas tus aseveraciones.

    1. Y allí los mandé, Tertium. Pero el padre Nelson, al que le gusta apostillar cada entrada, en vez de dilatar la discusión a la medida de sus posibilidades de tiempo, decidió cortar por lo sano. Y me parece que la discusión era interesante. A mí también me da pena su tonillo, pero en fin, a quién no le molesta que no coincidan con uno, y más si se tiene por el más listo de la clase. Puede que sea humilde en otras cosas, pero en el intelecto no parece, y por ahí nos entra fácil la soberbia, como nos enseñaron todos los maestros del espíritu. Desde Cristo a san Bernardo o san Juan de Ávila.

  8. Según Rod Dreher la mayoría de las personas que vivieron bajo el comunismo ven similitud en ambas situaciones. Es lógico que quién ha vivido una situación de opresión reconozca los síntomas antes que el que no las ha vivido.

  9. El marxismo y toda ideología socialistoide es por esencia dictatorial, aunque se vistan de demócratas y se llenen la boca de » inclusión, tolerancia» y demás palabras huecas… El aparato de propaganda marxista, hay que reconocerlo, es muy eficaz. El padre de toda mentira les ha enseñado muy bien.
    Pero, gracias a Dios, no se entienden ni entre ellos, y del caos jamás ha surgido nada bueno.

  10. Al final estos disfrazados se deben a sus jefes. Y son más verticalistas que nazis y comunistas juntos, así que antes de hablar del mundo, arreglen sus propios problemas. Y si no puede porque el jefe lo elimina, como se cree que va a poder hacer algo mucho más grande? Tienen que buscar subterfugios porque no pueden hablar llanamente de su jefe, qué se hacen los profetas!!

  11. La pregunta es: si antes hubo un sistema, ¿qué sistema hay ahora?
    ¿Es la ideología de lo políticamente correcto la de lo masónicamente correcto? ¿Por qué no se dice?
    Esa colección de ridículos axiomas y preceptos ¿cómo Pueden imponerse, y triunfar a la vez en todo el mundo, ayudados además por legislación de ingeniería social, que no responde a ninguna demanda? Sí los políticos por su naturaleza van detrás de lo popular ¿por qué ahora se adelantan?
    ¿Tienen atractivo como para ser moda o tendencia por si solos?¿Son divergentes, incoherentes, y los partidarios de alguna de esas ideas luchas contra los de otras?
    ¿Por qué tiene tanto miedo la Iglesia, que antes sí hablaba de masonería?

  12. En España misma, la revolución modernista, empezó también en el 1968 con la ley de libertad religiosa… Precisamente en 1968. Tras 8 años de concilio. Y el Regimen de Franco no oculto de la promulgación de tal ley: España era un país confesionalmente católica y este fue el último acto de obediencia a la Iglesia… Y la auto demolición empezó no solo en España sino también en la Iglesia misma.

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