El intelectual, filósofo y activista por la paz y justicia social Mikel Azurmendi murió ayer a los 79 años. Fue uno de los fundadores y el primer portavoz del Foro de Ermua en 1998, además de uno de los fundadores de la plataforma contra el terrorismo Basta Ya, informa Religión en Libertad.
Nacido en San Sebastián en 1942, fue de las primeras personas en hacerse militante del grupo terrorista ETA, y también uno de los primeros en abandonar esta organización al crecer en él la conciencia de su oposición a sus prácticas criminales
Como portavoz del Foro Ermua sufrió un intento de atentado y una gran presión por parte de los violentos, por lo que, como muchos otros, tuvo que abandonar el País Vasco a finales de agosto del 2000.
Hasta su jubilación, Azurmendi, filósofo por la Sorbona de París, fue profesor de Antropología en la Universidad del País Vasco. A finales de 2020, Azurmendi recordaba cómo, durante casi toda su vida intelectual, pensó, como era común en sus entornos, que «creer en Dios no es en nada diferente a creer en centauros, hadas o sirenas».
Hace unos años conoció cristianos «con una vida buena y bella» que le admiraron. Eso le hizo reflexionar y querer explorar a Cristo y su propuesta.
En 2018, Azurmendi escribía que ya se sentía «tocado» por Dios y Cristo, como en el juego de hundir la flota: «me entra como miedo porque, cuando en ese juego de barcos uno queda tocado, enseguida te lo hunden. ¡J*d*r, qué miedo me dio verme hundido! Así es como me entró este hormigueo de miedo de Dios que centellea en mi alma con una luz rojiza y un pitido parpadeante».
Pero pocos años después, a finales de 2020, ya no hablaba de miedo, sino de confianza y gratitud hacia Dios, día a día.
Con Cristo, decía, «lo que cambia es la vida misma incluso a la edad de 78 años. Se trata de una experiencia de muerte del hombre viejo y recuperación del instante. Comienzas un nuevo aprendizaje. […] Cada instante es una gloria de vida, como un anticipo de lo eterno; sin duda un estallido de alegría. Uno se ve re-nacido, ama la vida y da gracias a cada momento».
¿Cómo tardó tanto en prestar atención al cristianismo? La razón estaba, dijo, en el entorno universitario moderno, «un espacio de hombres y mujeres aherrojados por el temor a salirse de lo correcto».
«Me pondré como ejemplo yo mismo, absolutamente prendado de la línea de pensamiento de [Alasdair] McIntyre en ética y de la de René Girard en antropología. En cuando me cercioré de que ambos acababan de convertirse al cristianismo, optando el filósofo exmarxista por el neo-tomismo y el antropólogo francés por Jesucristo como ejemplo de desvelamiento de lo sagrado de la violencia, corté con mi interés por sus doctrinas, que antes yo había juzgado muy argumentadas», recordó Azurmendi ya como cristiano.
Lo que transformó a Azurmendi fue conocer personalmente cristianos sinceros, entregados y generosos, que visitaban a los pobres o acogían niños enfermos en sus casas, incluso en adopción o acogida permanente. O ver ejemplos como el de la enfermera Rose Busingye en Uganda, y su productividad para el bien.
Recuerda que, por la misma razón, encontrar buenos cristianos en lugares insospechados, se convirtieron Dostoyevski y Solzhenitsyn en sus campos de trabajos forzados, o los filósofos ateos Maritain y Gabriel Marcel. «Se trata de una emoción que te conmociona hasta llevarte a la admiración impulsando un proceso racional de cambio absoluto de tus concepciones generales de la vida», detallaba.
Este asombro le llevó a reflexionar sobre varias enseñanzas de Jesucristo. Por ejemplo, “la vida es para darla. ‘Quien la quiera guardar la perderá’, y ‘¡lo que hagáis a vuestro próximo a mí me lo hacéis’, amadlo como a vosotros mismos. O sea, la vida es para ofrecerla unos a otros en un servicio gratuito de amor», señalaba.
Pero con Jesús todo era distinto, entendió. «Jesús hace de puente, nos hace comprensible Dios, no como idea sino como oferta/exigencia de amor. Desde Jesús se percibe Dios como una espectacular bomba atómica de amor pues loco parecería estar cuando se hizo carne humana por puro amor, por enseñarnos otro modo de vivir. Dios nos aparece desde entonces como ese espacio de amor entre tú y otro, entre tú y tu mujer, entre tú y aquel con quien te relacionas. Lo sabes que es así porque Jesús lo aseguró practicándolo Él mismo», añadía.
Una vez aceptada plenamente la fe y salvación en Cristo, Azurmendi explicaba como vivía sus días en diciembre de 2020, ocho meses antes de morir.
«Lo expresas en rezos, como al despertarte y expresar a Quien te hace vivir que te ayude a vivir lo mejor posible. O lo expresas en dejar lo que haces para atender al que te solicite, en ceder tu “precioso” tiempo a un pelma que te retiene al teléfono. Uno no pretende recuperar el tiempo perdido, el tiempo es solo el que tienes entre manos, es cada minuto, y lo ofreces a puñados. Uno está, sin más, receptivo y a disposición, estás en la vida, estás a flor de piel, abierto a la realidad, sin inyectarle doctrina ni ideología», concluía.
Publicado por Religión en Libertad. Con modificaciones de InfoVaticana.
Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace.