La misericordia y el padre Altman

La misericordia y el padre Altman

Uno puede recelar legítimamente de una ‘misericordia’ que se atempera con la justicia y que, en su afán de inclusión infinita, se traduce en confusión para los más y en males peores que el que se trataba originalmente de esquivar. Del mismo modo, cualquier fiel puede desconfiar de un diálogo y una escucha atenta que no exige reciprocidad y no parece tener contenido, o que negocia con lo que no es negociable.

Pero a estas alturas ya podemos concluir que la misericordia que preside este momento de la Iglesia no es peligrosa por excesiva, sino por unidireccional; no porque acoja a los que están muy lejos o empecinados en sus errores, sino porque en realidad acoge a los que previamente ha aceptado. Y, mientras pronuncia estas hermosas palabras, se muestra implacable con el verdadero disidente, que no lo es tanto de la Iglesia como de la actitud de los que mandan.

La suspensión del padre Altman por parte de su obispo en la diócesis de La Crosse, en Estados Unidos, es perfectamente razonable. El mensaje del sacerdote no atenta en ningún momento contra la doctrina o la moral, pero sí contra la obediencia. La Iglesia es una estructura jerárquica, y aún teniendo más razón que un santo un sacerdote no puede cargar continuamente contra su obispo e ignorar sus instrucciones con un desdén muy poco edificante.

Pero, siendo esto totalmente cierto, no lo es menos que sacerdotes más culpables que el padre Altman, sacerdotes que a menudo relativizan, cuestionan o niegan directamente puntos de doctrina, con gran escándalo, son objeto de esa misericordia y esa escucha atenta que tanto se predica y que le ha faltado por completo al párroco de Winsconsin. Esa doble vara, y no la suspensión en sí, es lo que provoca la indignación de muchos, que ven cómo tantos teólogos y sacerdotes pueden escandalizar a los fieles con prédicas contrarias a la fe o conductas incompatibles con su condición sin que a su superior se le pase por la cabeza disciplinarles, mientras que la disidencia y rebeldía sin conducta escandalosa ni opiniones contra la fe son implacablemente castigadas si caen del lado de la tradición. ¿Qué sentido tiene la tolerancia con lo que se acepta y el diálogo con quien, en el fondo, estamos de acuerdo?

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