Santo Tomás Moro, un hombre para la eternidad

un hombre para la eternidad
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El martes pasado la Iglesia celebraba a santo Tomás Moro, un hombre que llevó hasta el extremo auqlla cita evangélica: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Este domingo nos gustaría recomendarles una gran película sobre este santo, ‘Un hombre para la eternidad’ (Fred Zinnemann, 1966). Nos acercaremos a esta película, cómo no, de la mano de nuestro páter cinéfilo.

Enrique VIII quiere separarse de su esposa. Aunque todo el mundo parece apoyarle, su canciller se opone. Él es Tomás Moro, cuya conciencia le impide asumir los deseos del rey.

La película

La década de los 60 se caracteriza por la lucha que mantuvo el cine contra la televisión. El motivo es que esta se había convertido en el medio idóneo de los norteamericanos. Aprovechando, pues, el éxito de películas como Ben-Hur y Rey de reyes, Hollywood ideó el género épico, donde convivían imágenes espectaculares, escenarios colosales, actores de renombre, etcétera, con nuevas técnicas de rodaje, contra las que la pequeña pantalla no tenía nada que hacer: cinemascope, tecnicolor… Esta es la época de El Cid, 55 días en Pekín, Doctor Zhivago y Lawrence de Arabia, entre otros muchos. Por tanto, la película que nos ocupa se enmarca dentro de este contexto, queriendo ser una cinta épica, pero a la vez religiosa.

Sin embargo, y en honor a la verdad, debemos señalar que Un hombre para la eternidad no fue el primer título en abordar este género épico-religioso. Antes que ella, ya lo habían hecho producciones de la talla de El tormento y el éxtasis o Becket, donde se entremezclaban todas las características del género épico con las del religioso. De hecho, podríamos decir que Becket es la “madre espiritual” de nuestra cinta, puesto que ya presentaba un problema de conciencia similar a este: la disyuntiva entre obedecer a Dios o a los poderes terrenales (la comparación es mayor si tenemos en cuenta que las dos narran la historia real de sendos cancilleres del reino de Inglaterra que se encaran a sus respectivos monarcas).

Y es que, en efecto, la película tiene como protagonista a santo Tomás Moro (1478-1535), que se opuso al rey Enrique VIII cuando este le manifestó su deseo de divorciarse de su esposa y contraer matrimonio con otra mujer. Como él era católico, no concebía este empeño del monarca en contradecir la doctrina de la Iglesia en ese ámbito, por lo que se opuso rotundamente a ello, y así se lo hizo ver. Por supuesto, fue amenazado con la muerte, pero él, lejos de amilanarse, se afianzó en su opinión, ya que había comprendido que la obediencia a Dios está sobre la obediencia a los hombres. No es extraño, pues, que actualmente sea invocado como patrono de las causas que generan problemas de conciencia.

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Tampoco es extraño que fuese el director Fred Zinnemann (1907-1997) quien se hiciera cargo del proyecto. La razón es que, antes de abordarlo, ya había rodado varias cintas en las que se hacía eco de estos debates internos: Hombres, Solo ante el peligro, Historia de una monja… Todos ellos son relatos en los que sus protagonistas deben afirmar sus convicciones y principios morales en un entorno contrario a ellos, del mismo modo que santo Tomás había tenido que optar por Dios en un contexto adverso. Por tanto, y de alguna manera, este biopic servía como colofón de una filmografía consagrada a esta temática.

Para ser fiel a los cánones del género épico, Zinnemann quiso que el film fuese protagonizado por las dos grandes estrellas del momento: Richard Burton y Peter O’Toole, pero, como ambos habían interpretado papeles similares (cuando no calcados) en Becket, rehusaron
(paradójicamente, O’Toole volvería a asumir el de Enrique II en El león en invierno). Por este motivo, decidió contar con Paul Scofield (1922-2008), un actor que tenía poca experiencia en el mundo del cine, pero que gozaba de mucho prestigio en el del teatro; más aún, que ya había interpretado el rol de santo Tomás Moro en los escenarios (recordemos que la cinta se basa en la obra homónima de Robert Bolt). Y, sin duda, la elección fue todo un acierto, porque el actor se hizo merecedor de un Óscar por su interpretación.

Otros galardones que podemos mencionar son: cinco Óscar más (entre ellos, mejor película y mejor director), cuatro Globos de Oro, cinco premios NBR y siete premios BAFTA. Por supuesto, la película fue muy bien acogida entre el público, que la convirtió en la quinta más taquillera del año (la primera fue otro drama religioso: Hawaii, de George Roy Hill). En 1995, fue incluida entre los cuarenta y cinco mejores títulos de la lista del Vaticano; en 1999, fue considerada una de las cien películas más importantes del cine inglés (concretamente, la número 43)[1], y en 2008 ocupó el puesto 106 de las quinientas películas predilectas de la revista Empire. En 1988, se rodó una adaptación televisiva del filme con Charlton Heston como protagonista, pero no alcanzó ni por asomo el nivel de esta.

¿Qué podemos aprender de ella?

Cuando san Pedro y los apóstoles son conminados por las autoridades judías a abandonar la predicación de la fe, responden: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch. 5, 29). Precisamente, en esta réplica, la Iglesia encuentra el fundamento de su posición ante las leyes que atentan contra los preceptos divinos: «El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estas son contrarias a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política» (CCE, 2242).

De este modo, desde el comienzo del cristianismo, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia misma significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal, sino solo a Dios. Es por ello que, taxativamente, en un momento del Evangelio, el Señor dice: «Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios» (Mt. 22, 21). O, en otro pasaje, cuando es acusado de obrar curaciones en sábado, día sagrado del pueblo judío y, por tanto, de descanso absoluto, responde: «Está permitido hacer bien en sábado» (Mt. 12, 12).

[1]        BBC News, 23 de septiembre de 1999.

Esta reseña, y 99 más, las pueden encontrar en el libro ‘100 películas cristianas’, publicado por Homo Legens.

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Comentarios
4 comentarios en “Santo Tomás Moro, un hombre para la eternidad
  1. ES UNA EXCELENTE PELICULA. EN REALIDAD LO EXTRAORDINARIO DE SANTO TOMAS MORO ES SU DECISION. LASTIMA QUE A TRAVES DE LOS AÑOS, NOSOTROS HEMOS DESECHADO ENFRENTAR A LAS AUTORIDADES CUANDO DISPONEN LEYES CONTRARIAS A LA FE. ASI EL ENEMIGO LOGRO ESTABLECER COMO NORMA OBLIGATORIA, CUESTIONES QUE NUESTRO SEÑOR CONDENO PERMANENTEMENTE. HOY EN DIA SALVO HONRADAS EXCEPCIONES NADIE QUIERE PERDER LA LIBERTAD O LA VIDA POR ENFRENTAR AL PODER POLITICO. EN DEFINITIVA EL SEÑOR CUANDO NOS JUZGUE, SEGURAMENTE DIRA QUE NO NOS CONOCE, POR NUESTRA COBARDIA. SI HUBIESEMOS ACTUADO DE OTRA FORMA, NI EL DIVORCIO, NI TODAS LAS INMORALIDADES SEXUALES, NI EL ABORTO, NI LA EUTANASIA, HOY SERIAN LEYES OBLIGATORIAS EN TODOS LOS ESTADOS DONDE DURANTE MILES DE AÑOS IMPERO LA CRISTIANDAD.

  2. Ciertamente, el juicio del Señor contra nosotros pinta muy mal. Todos, como mi tocayo, le hemos negado, para salvar la vida, para conservar nuestro status, etc… . Nosotros mismo, los comentaristas de Infovaticana, raras veces ponemos nuestro verdadero nombre y apellidos, comenzando por mi persona. Pero sí creo que se nos permitirá aducir en nuestra defensa en el juicio que nosotros nos opusimos a todas esas ideas mefistofélicas, que escribimos denunciándolas, que no las trasmitimos ni a nuestros hijos ni a las personas de nuestro entorno, que denunciamos a los pastores cuando nos entregaban a los lobos y que, como mínimo, algo luchamos. Tal vez estas humildes palabras que vertemos en Infovaticana nos ayuden el día del Juicio, así como la gran misericordia de Dios.

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