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«… pero el que persevere hasta el fin, se salvará»

Por Pedro Abellópersevere hasta el finEl Apocalipsis
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“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”

Efesios 6:12

Creo que era Chesterton quien decía que la mayor evidencia de la realidad del pecado original es la simple observación del mal que anida en el corazón del hombre. Comentando la situación actual, la ‘plandemia’, el llamado gran reinicio, los planes del llamado nuevo orden mundial, la realidad del gigantesco engaño que poco a poco comienza a salir a la luz, algunos aspectos claves del cual son ya incluso admitidos por los grandes medios globalistas como el Washington Post ante la imposibilidad de seguir ocultándolos por las nuevas evidencias que cada día aparecen, comentando todo eso, una persona me respondía: «es que yo no puedo concebir que exista tanto mal en el mundo». Precisamente nuestra incapacidad de concebir el mal en estado puro es lo que le permite actuar con total libertad.

Estos días hemos podido leer, en medios que llevan más de un año negándolo, la evidencia de que departamentos de la administración norteamericana dirigidos por Anthony Fauci utilizaron recursos públicos para financiar actividades de investigación en el laboratorio chino de Wuhan, consistentes en la potenciación del carácter patogénico de algunos virus a efectos de su posible utilización como armas biológicas, y de esa investigación parece que ha surgido Covid 19, lo cual era sobradamente conocido y durante más de un año ocultado por Fauci, que ha contado para su engaño con la colaboración de todos los mass media y, muy especialmente, de las redes sociales, que se han atribuido el derecho a censurar cualquier opinión contraria a la versión oficial, hasta que ésta ha caído por su propio peso. Hemos sabido también que el ex director de los CDC norteamericanos (Centros para la Prevención y Control de Enfermedades) ha recibido amenazas de muerte por parte de colegas científicos implicados en el asunto cuando en una entrevista televisada comenzó a «levantar la cortina». Hemos escuchado a Tucker Carlson relatando el pánico de los funcionarios que han colaborado en el engaño ante la eventualidad de que su actuación salga a la luz. Y como resultado de tal engaño, hemos visto a los poderes públicos en el mundo adoptando medidas inéditas en la historia de la medicina, confinando a los sanos junto con los enfermos, falseando estadísticas, atribuyendo muertes por diversas causas a una sola causa, censurando los tratamientos baratos y efectivos para promover medicamentos caros y de efectividad dudosa, y todo ello en favor de una “vacuna” para un virus mutante y sin considerar la inmunidad natural, y por ello probablemente innecesaria, inútil y tal vez peligrosa, de interés solamente para sus fabricantes.

Pero hemos visto también a esos poderes públicos en gran parte del mundo promover el asesinato de inocentes e indefensos mediante el aborto y la eutanasia, la manipulación genética mezclando embriones humanos y animales, el transhumanismo que modifica la naturaleza humana, el cambio arbitrario de sexo en niños y adolescentes manipulados ideológicamente, el sexo entre la infancia, conductas sexualmente aberrantes, como el blanqueo de la pedofilia y otras, la invasión de occidente por inmigrantes de otras culturas para terminar de destruir lo poco de nuestra civilización que no hemos destruido nosotros mismos y borrar nuestra historia… Y, ante todo, hemos visto a los gobiernos protegiendo los intereses inconfesables de las élites en vez de proteger a los ciudadanos, que han quedado engañados y desamparados.

Aun así, seguimos resistiéndonos a admitir que existe en el mundo un mal organizado tratando de imponer su poder a los ciudadanos, y nos refugiamos en una desesperada negativa a reconocer la realidad y en una totalmente infundada esperanza de que «esto pasará y todo volverá a ser como antes».

Esa incapacidad nuestra de reconocer la dimensión real del mal tiene un componente teológico que es necesario considerar, y se deriva de nuestro olvido y menosprecio de la doctrina católica y de su fundamento en las Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, que nos enseñan que el origen del mal está en nuestro mal uso de la libertad, y que ese mal no sólo nos acompaña desde el inicio de la historia, sino que tiene ascendente sobre el hombre y lo domina cuando no se refugia en Dios. Lo llama “Príncipe de este mundo”, Satán, y nos muestra su carácter de «padre de la mentira y homicida desde el principio» (Jn 8, 44), así como su único fin, que es la destrucción de la humanidad. No podemos entender el mal si no entendemos su origen, si no entendemos que está aquí desde que comenzó la historia y que trata de dirigirla hacia su autodestrucción, viendo contenido su esfuerzo mientras el hombre actúa guiado por la revelación divina, pero liberado de todo límite cuando el hombre, como ahora sucede, se erige en su propio dios y le da así libertad al mal para manifestarse en su plenitud y prevalecer.

Pero también nos enseña la Escritura quién aplastará su cabeza: la Mujer Vestida de Sol del Apocalipsis, María, que dirigirá el ejército de los pequeños en la terrible batalla que, a tenor de los diversos signos, probablemente se avecina, batalla que de algún modo ya ha comenzado, en la que el mal realizará su último gran esfuerzo para alcanzar su objetivo destructor, y en la que quienes decidan rechazar el mal deberán ponerse bajo la protección de María para participar en su victoria, asumiendo su papel en esta batalla junto con sus riesgos, y de ese modo garantizar su salvación. No habrá neutralidad en esta lucha. Todos estaremos en un ejército o en otro, y los que pretendan permanecer como espectadores formarán parte de las filas del Príncipe de este mundo.

En todo ello hay una visión positiva y una negativa. La positiva es que sabemos que Satán ya ha sido derrotado, porque esa derrota ha sido sentenciada por Dios desde el inicio, cuando en el Génesis maldice a la serpiente -Satán- y pone enemistad entre ella y la mujer, que terminará aplastando la cabeza del reptil. Esa victoria de la mujer es lo que relata el Libro de la Revelación o Apocalipsis, que todos deberíamos leer y meditar, y nosotros tal vez vivimos – como los signos muestran – en el tiempo que verá tal victoria. La negativa es que, aunque esa victoria ya haya sucedido en la eternidad sin tiempo, en nuestro tiempo tiene todavía que producirse con nuestro protagonismo, puesto que el cielo y el infierno luchan siempre a través del hombre. La humanidad se dividirá en dos bandos, el de la Serpiente Antigua y el de la Mujer Vestida de Sol. El primero dominará el mundo hasta que su victoria parezca definitiva, persiguiendo implacablemente al ejército opuesto, que llegará a parecer totalmente derrotado. Pero en el momento de mayor oscuridad, Satán y su ejército se hundirán en el abismo: “Entonces se manifestará el adversario, a quien el Señor ha de barrer con el soplo de su boca…» (2 Tes, 2). La victoria no será del hombre, porque, como dice San Pablo, “… no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”, y el hombre solo no puede nada contra esas huestes; el hombre pone su esfuerzo, por el que redime su culpa, y Dios pone el resto. La victoria es de Dios.

La justicia divina permite que el hombre experimente en sus carnes las consecuencias de sus propios errores, de sus malos pensamientos y de sus malas acciones, y la humanidad va a experimentar en toda su intensidad esas consecuencias. De hecho, ya las está experimentando. Pero Dios tiene ya marcado un final para esa batalla, que sucederá cuando la humanidad haya apurado hasta el fondo la copa de Su ira. «Y el que persevere hasta el final se salvará».

Ante esta inevitable división de la humanidad, que ya está en acto, resulta imprescindible ejercer el discernimiento y decidirnos por el ejército vencedor, asumiendo el mensaje esencial de la revelación divina: «Convertíos y creed en Dios». Conversión significa cambio radical de vida, dejar atrás la vida lejos de Dios y optar por la vida unida a Dios, a Su Ley, a Sus Mandamientos, consagrándonos a la que dirigirá el ejército de los pequeños frente al inmenso ejército de los poderosos: María. Caminar bajo su protección es la única forma de salir indemne, tal vez no físicamente, pero sí espiritualmente, de todo lo que se avecina.

Por Pedro Abelló

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1 comentarios en “«… pero el que persevere hasta el fin, se salvará»
  1. Q artículo tan bueno, condensando la realidad de la pandemia en pocas palabras y enviando ese mensaje de esperanza en la victoria final de Dios como no puede ser de otro modo

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