Los naufragios en el Mediterráneo y el fracaso de las buenas intenciones

Los naufragios en el Mediterráneo y el fracaso de las buenas intenciones

Su Santidad ha denominado de “momento de la vergüenza” a la muerte de 130 inmigrantes ahogados en el Mediterráneo cuando trataban de arribar a las costas de Europa. No es la primera vez que deplora estas muertes, que alcanzan cifras pavorosas desde que se iniciara el gran éxodo de refugiados.

Pero a lo que deberían movernos estas tragedias no es tanto a una vergüenza estéril y, en la abrumadora mayoría de los casos, injusta (¿en qué sentido es usted personalmente culpable de este naufragio?) como a la búsqueda de soluciones eficaces. Y lo primero para buscar la solución de cualquier problema es preguntarse por qué se da, cuál es su causa.

Después de todo, el fenómeno es relativamente reciente. Hace solo unas décadas no se daba un solo caso, luego habrá tenido que pasar algo para que se dé esta macabra explosión de naufragios mortales.

La respuesta convencional es que toda esta masa de inmigrantes que arriesgan la vida lanzándose al mar en pateras son personas desesperadas que huyen de la guerra y la pobreza extrema.

Pero eso no tiene sentido. ¿Qué guerras? La que se puso como modelo para la primera riada de refugiados fue la que azota Siria. Pero esa guerra va a menos, y basta echar un vistazo a un mapa para entender que los sirios no se van a embarcar en Libia huyendo de su país para llegar a Europa. Por otra parte, sabemos que el origen de los nuevos inmigrantes no es Siria; no es, en realidad, ningún país en guerra.

La pobreza, entonces; el hambre. Pero tampoco eso casa. La pobreza en el África Subsahariana, en los países de origen, ha descendido dramáticamente en las últimas décadas. Quienes tenemos ya cierta edad recordamos las horribles hambrunas que azotaron el continente en otras épocas en las que, sin embargo, no se dio esa fuga masiva.

De hecho, sabemos que las mafias de traficantes de personas que organizan estos arriesgados periplos cobran pequeñas fortunas a los que quieren llegar a Europa, un dinero que no tendrían si huyeran de la miseria más absoluta.

En resumen: antes había mucha más pobreza y muchos más conflictos bélicos en el África negra y no cruzaban el Mediterráneo en patera; hoy hay menos pobreza y menos guerras y se embarcan a millares. ¿Qué ha cambiado?

El clima político. Los naufragios empezaron a multiplicarse después de que la canciller alemana Angela Merkel lanzara un mensaje invitando a los refugiados a instalarse en Alemania, algo que hicieron hasta casi los dos millones de personas. La propia Merkel ha tenido ocasión de desdecirse y advertir que los buenos deseos pueden causar muchos males.

Joe Biden, presidente de Estados Unidos, está en las mismas. Prometió desde el primer día desmantelar por completo toda la política de control de fronteras aplicada por su odiado predecesor. El resultado inmediato, naturalmente, ha sido la invasión, una entrada masiva de ilegales por la frontera de México sin precedentes que ha provocado una crisis humanitaria, y que ha llevado al propio Biden a implorar a los inmigrantes que no sigan entrando.

En ese caso el riesgo de ahogarse es mucho menor, el Río Grande no es el Mediterráneo, pero hay muchos otros: morir de hambre y sed en el desierto. Por no hablar de los abusos que sufren las mujeres a manos de los ‘coyotes’.

Estamos, en fin, ante la enésima confirmación (totalmente innecesaria) de que los incentivos funcionan. Siempre. Y mucho más deprisa en esta época de comunicaciones ubicuas en tiempo real. Merkel nos ha invitado, decían los inmigrantes que llegaban a Alemania. Biden nos ha invitado, dicen los que llegan a Estados Unidos.

Divorciadas del sentido común, las buenas intenciones pueden sembrar el horror, causar estragos. Y, tristemente, las políticas migratorias que parece alentar el Papa con entusiasmo están detrás de estas tragedias que deplora.

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