Un organismo diocesano hace campaña contra Vox en las autonómicas

Un organismo diocesano hace campaña contra Vox en las autonómicas

Denunciar a los partidos que defienden la masacre de niños por nacer es, admitámoslo, cansino y atrae la enemiga de la opinión ilustrada. Mucho mejor cargar contra Vox, como hace La Mesa por la Hospitalidad, entidad diocesana constituida por don Carlos Osoro, arzobispo de Madrid.

La Mesa por la Hospitalidad de la Archidiócesis de Madrid demanda a los partidos políticos que concurren a las elecciones en la Comunidad de Madrid que los debates y la publicidad de sus formaciones eviten cualquier forma de discurso de odio, de estigmatización a la población vulnerable y de falsa contraposición de derechos entre las personas”, leemos en un comunicado de la entidad diocesana bajo el titular ‘Ante las elecciones del 4M en Madrid’.

Y terminan: “El alarmismo, el miedo y la xenofobia no pueden ser fomentados y explotados con fines políticos (cf. Fratelli tutti 39 y 86)”. Esto último es especialmente curioso, porque cualquiera diría que llevamos más de un año en el que nuestros políticos están fomentando y explotando con fines políticos el alarmismo y el miedo, y con excelentes resultados y el aplauso, en general, de la jerarquía eclesiástica.

Pero todos sabemos a qué se refieren. Está bien esa demanda a ‘los partidos políticos’, en un púdico plural, pero solo hay un partido en liza motejado de “discurso de odio” y la nota aparece justo el mismo día en que todos comentan la cartelería de Vox, en la que aparece eso a lo que se refiere el comunicado cuando habla de “falsa contraposición de derechos entre las personas”.

Una entidad diocesana está, en mi opinión, perfectamente legitimada para criticar a Vox, e incluso para aconsejar que no se vote a Vox. Pero si lo hace como tal organización católica, se espera que, al menos, no deje fuera de la crítica a los partidos todos los demás que abogan por mantener la destrucción industrial, en cadena y por negocio, de seres humanos en el vientre de sus madres, por mantener un mínimo de coherencia, en primer lugar.

Y, en segundo lugar, deben hacer la crítica con un mínimo de limpieza. Señalar que la presencia considerable y creciente de menores extranjeros no acompañados supone un problema para la convivencia en muchos barrios puede o no ser equivocado; desde luego, muchos de sus vecinos, casi invariablemente de clase obrera, así lo cree; desde luego, no tiene por qué ser un “discurso de odio”.

No creo que nadie que acoja como a un hermano, como debe hacer todo cristiano, a un menor extranjero alejado de su patria, de su entorno habitual y de su familia, puede pensar que la situación ideal para él pueda ser la que se ha convertido en norma. Es decir, que incentivar una situación que no favorece al individuo, que lo deja en perpetua situación de dependencia y lo empuja a menudo a la delincuencia, alimentando con ello el enfrentamiento de quienes conviven con él, no parece una política buena para nadie. Salvo, quizá, para los que viven de ella.

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