Los caldeos expatriados, contentos con la visita pero sin ganas de volver

Los caldeos expatriados, contentos con la visita pero sin ganas de volver

Los protagonistas invisibles de la visita del Papa a Irak fueron, sin duda, los cientos de miles de cristianos iraquíes que han tenido que abandonar el país por la persecución, dejando la comunidad en un 20% de lo que fue hace pocas décadas. Y, naturalmente, siguieron con emoción el viaje papal y las palabras del Pontífice. Sin embargo, no piensan volver.

No se fían, explica en Crux Inés San Martin, que ha entrevistado a algunos miembros de la diáspora caldea. Por ejemplo, Inaam, de 43 años. Confiesa que estuvo al borde de las lágrimas viendo al Papa en su ciudad, Qaraqosh, donde ya ha vuelto un 45% de los que huyeron del avance del ISIS.

Ojalá hubiera podido estar allí celebrando y dándole la bienvenida junto a mi pueblo. Era un sueño para todos los cristianos y al fin se hizo realidad. Esperamos que su visita traiga paz y bendiciones a nuestro país”.

Pero, en cuanto a volver… No. “Ya no nos podemos fiar de los musulmanes”, confiesa Inaam a la periodista. Inaam estuvo ojeando los comentarios en redes sociales de iraquíes musulmanes y confiesa que la visión era abrumadoramente negativa. “No les gustamos, y creen que Irak no es nuestro país”.

Esa misma mezcla de entusiasmo y tristeza es la que confiesa Fada, que tuvo que dejar Qaraqosh con sus padres en la pubertad. También a ella le hubiera gustado estar allí, pero piensa igualmente que nunca volverán.

No podemos volver porque la ley iraquí es una ley islámica, y un musulmán no puede vivir con otras religiones”, coincide Bassam, que huyó del país en 2016.

Rivin, de 24 años, también estuvo mirando cuentas en redes sociales, sobre todo vídeos de youtube, de sus compatriotas musulmanes. En ellos vio la razón por la que no pueden volver. “Vi comentarios criticando a las chicas cristianas por no llevar hiyab, críticas a los cristianos, a Jesús, al Papa Francisco. Esa es la razón por la que no podemos volver: no nos quieren”.

Y ese es también el lado menos agradable de las intenciones papales, intachables en sí mismas, pero que a veces parecen pasar por alto la realidad, una realidad muy alejada del pacto de Abu Dabi y de la armoniosa fraternidad entre las religiones.

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