Corre por las redes el vídeo de una misa en la que el sacerdote, aparentemente de algún lugar de Latinoamérica, invita a los fieles a rezar un insólito Credo que tiene por centro, no las verdades de la fe concentradas en el Símbolo de Nicea, sino el Papa y, más concretamente, el Papa actual, Francisco.
El texto, que pueden escuchar en el citado vídeo, dice así:
“Creo en el Papa Francisco como sucesor legítimo del Apóstol Pedro.
Creo que el Espíritu Santo habla a la Iglesia por medio de él.
Creo que guía a la Iglesia Católica como verdadero Pastor.
Creo que, diligentemente, se preocupa por toda la humanidad porque todos somos hermanos, hijos de Dios.
Creo en su magisterio, que está en perfecta sintonía con la Fe y Moral de la Iglesia.
Creo que sus opiniones personales reflejan la actitud evangélica de los creyentes en Cristo.
Rechazo toda ofensa a su persona, descrédito o insulto, así como quien rechaza su autoridad afirmo que está en un error tanto eclesiástico, como de comunión”.
Con independencia de que la Santa Misa no es el lugar para que el sacerdote “se luzca” introduciendo rúbricas por su cuenta y riesgo, la ‘oración’, por bienintencionada que sea, no es católica ni de lejos.
Para un católico, en el ámbito de su fe, “creo” es una palabra de enorme hondura. Es una adhesión intelectual a la verdad de lo que no podemos comprobar aquí y ahora de ninguna manera, y a la vez lo que necesitamos profesar para poder llamarnos cristianos. Es un salto en el vacío, es una rendición confiada en manos de Cristo y su Palabra transmitida por su Iglesia, lo bastante transcendental como para que se haya reducido a ‘los huesos’, la estructura esencial, dejando en libertad al fiel para creer o no, ver más o menos probable o razonable muchos otros aspectos de la práctica habitual de los católicos.
Yo no ‘creo’, en el sentido mencionado, en el Papa Francisco. Ni en ningún otro Papa. La Iglesia no es una secta de la que cada Papa sea su gurú, libre para decidir en qué creemos. Lo que creemos es el Depósito de la Fe que mana perenne e inmutable de la Escritura y la Tradición y del que cada Papa es custodio y defensor, no creador.
Yo no sé si el Espíritu Santo habla a la Iglesia por medio de Francisco. No puedo saberlo. No hay nada en mi fe que me obligue a creer semejante cosa. No sé qué significa creer en que guía a la Iglesia “como verdadero pastor”.
Tampoco sé, por supuesto, si se preocupa diligentemente por toda la humanidad. Pretender que lo hace de forma constante e invariable no me parece muy distinto de creer que es impecable, algo que de ninguna manera creo. No está en ninguna parte que el Papa vaya a preocuparse por toda la humanidad, ni siquiera que deba hacerlo. No está en su misión, que es algo más modesta. ¿Tendría que creer el fiel bajo el pontificado de Alejandro VI que el Papa Borgia se preocupaba diligentemente por toda la humanidad? ¿O hay unos Papas más Papas que otros? ¿Desde cuándo, exactamente?
Sí se me pide que crea que su magisterio está en sintonía con la fe de la Iglesia, pero basta comparar algunas de sus declaraciones con las que han vertido sobre los mismos asuntos muchos de sus predecesores como para que tenga serias dudas sobre qué constituye “magisterio”.
Naturalmente que no creo que sus opiniones personales reflejen otra cosa que sus opiniones personales, tan respetables como las de cualquiera, tan falibles como las de cualquiera. Precisamente por eso se llaman ‘opiniones’.
Esto es grave, tanto como significativo. El Papa no es el centro para un católico; el centro es Cristo. Si hubo en su día una herejía condenada llamada conciliarismo, esto es otra, más común en nuestros días, que podríamos llamar ‘papolatría’.
Lo curioso es que estos mismos que expresan esta extraña veneración por la persona del Papa -con nombre propio, no vayamos a creer lo mismo de Julio II- desobedecen al Papa y le contradicen. En efecto, en sus primeros días de pontificado Francisco advirtió que “no es ningún pecado criticar al Papa”, e incluso animó a que lo hiciéramos con la famosa ‘parresia’, la libertad de los hijos de Dios.
Por lo demás, si este fuera nuestro Credo, ¿qué hacemos cuando Francisco dice algo que contradice la opinión de otro Papa, algo que ha hecho a menudo? ¿Pensamos que la verdad ha cambiado, incluso que ha cambiado por obra de su declaración, que es capaz de hacer que lo que no sea, sea, y lo que sea, no sea? ¿Ha empezado la Iglesia con Francisco, y estos dos mil años anteriores fueron apenas un ensayo o una premonición?