PUBLICIDAD

El veraneo de los Papas

|

(La Stampa/InfoVaticana)- Es difícil establecer con certeza cuándo nació entre los obispos de Roma la costumbre de las vacaciones veraniegas. Retrocediendo a lo largo de siglos y hojeando los tomos de la “Historia de los Papas” de Ludwig von Pastor, o el “Diccionario de erudición histórico-eclesiástica” de Gaetano Moroni, se encuentran los nombres de los que se alejaban de Roma para huir del calor, pero también del aire viciado, causa de enfermedades, que provocaban algunos cursos de agua empantanados.

Seguramente hay que remontarse a Inocencio III (1198-1216) para hablar de vacaciones estivas papales como una costumbre regular. Bajo su Pontificado los romanos llamaban a Letrán “palacio de invierno”. Las localidades elegidas para construir edificios rodeados de verde se encuentran principalmente en los alrededores de Roma.

Eugenio III (1145-1153) mandó construir un palacio en Segni, otros, como Clemente IV (1265-1268) y Nicolás III (1277-1280) preferían Anagni y Viterbo. Algunos se dejaban encandilar por los espectáculos de la naturaleza entre las ruinas de Sora, Tívoli y Montefiascone. Esas bellezas, rodeadas de frescos bosques que sedujeron a Pío II (1458-1464), Papa humanista que no desdeñaba los baños sulfúreos de Petriolo con algún cardenal, pero que, sobre todo, nos dejó -en los “Comentarios”- sus apuntes de viajes por la Apia antigua, incluida su visita a las colinas Albani. O esas bellezas naturales pobladas por una rica fauna que estimulaba la pasión venatoria de León X (1513-1521), cazador de jabalíes en la finca de la Magliana.

La costumbre de breves vacaciones se consolidó en el siglo XVII, con el palacio que mandó construir Urbano VIII (1623-1644), cerca del lago de Albano, en Castel Gandolfo, meta privilegiada hasta ahora por quince diferentes Papas.

Con el tiempo, el lugar cedido en 1596 con una venta forzada por la familia Savelli a la Cámara Apostólica, por la suma de 24.000 escudos, y que fue incorporado por Clemente VIII entre las propiedades de la Santa Sede, se convirtió en una especie de Vaticano de verano o ‘segundo Vaticano’. Piazza escribió, a propósito de la ‘villa de los Sumos Pontífices’ que “Pablo V [1605-1621] fue el primero que, impulsado por la amenidad admirable por sobre cualquier otra del Lacio, por el sitio y por la cercanía de Roma, y por las delicias del lago, y la salubridad del aire, comenzara a echar los cimientos para la habitación Pontificia”.

Sin embargo, fue Urbano VIII, que llegó al trono en 1623, quien puso en marcha las obras de la villa en donde surgía la antigua acrópolis de Alba Longa, donde los Gandulfos habían construido la propiedad que después habrían ocupado los Savelli.

En su libro ‘Los Papas en el campo’ (1953), Emilio Bonomelli, que fue durante mucho tiempo director de las Villas Pontificias, narró esa mañana del 10 de mayo de 1626 en la que los Papas comenzaron un nuevo viaje, el primero de una larga serie de “mudanzas” a Castel Gandolfo. Leemos que el Papa partió en esos días “en buena hora, en carroza de seis caballos” desde el Palacio del Quirinal, “antecedido por el crucífero a caballo, seguido por la corte en hábito corto de viaje, algunos a caballo, otros en litera”, y en compañía de “monseñor maestro de casa, el confesor, el secretario de los estados, de los memoriales, el secretario de las cifras, el médico secreto, el limosnero, el caudatario, el ayudante de cámara, el copero, el mayordomo, el maestro de cartas, los clérigos secretos, los capellanes, los ujieres, los porteadores, etc.”, sin olvidar los “esbirros de campo”, que habían sido ya informados por el gobernador de Roma para que garantizaran la seguridad del séquito papal a lo largo de su recorrido.

Gracias a Maffeo Barberini, que como refirió el pintor Sandrart fue visto cerca del lago “arrojar las redes de pesca con deleite”, poco a poco la residencia papal se fue ampliando y en la construcción del Palacio Pontificio trabajaron el arquitecto Carlo Maderno, Bartolomeo Breccioli y Domenico Castelli.

El segundo Papa que habitó en el Palacio Pontificio fue Alejandro VII (1655-1667), que “en la residencia estiva -escribió Pastor- hizo que Bernini añadiera la fachada y la galería, de la que se goza la vista del mar”. El Papa Alejandro es recordado mientras observaba divertido desde las ventanas las fiestas populares, respirando a todo pulmón, como escribió Jacovacci en sus ‘Noticias sobre Castel Gandolfo’, el “aire más purgado”.

Pero Fabio Chigi también se sentía fascinado por el lago: más que los peces, lo que más lo atraía era el espejo de agua que atravesaba en faluca o bergantín. También se narra, en las crónicas en su honor sobre la primera estancia en Castel Gandolfo, que los Caballeros de Malta organizaron una espectacular batalla naval entre dos grupos de actores-marineros (caballeros y turcos, estos últimos, obviamente, perdedores). Pero sobre todo es el jardín -que incluso en la actualidad se encuentra perfectamente conservado- el que se convierte en el protagonista de los paseos papales. “Contiene, en sí, espaciosos paseos y bellos y altos setos, por lo que el reinante Pontífice a menudo baja allí a hacer ejercicio”, se lee en un documento de 1667.

Después de Alejandro VII, ningún Pontífice fue a Castel Gandolfo hasta Clemente XI (1700-1721). Y de él habla Lancisi en sus ‘Efemérides de las vacaciones de Clemente XI’, en las que lo describe paseando escoltado por guardias suizos, rezando en las iglesias de Castello o en las parroquias cercanas, mientras asiste a los catecismos e interroga a los jóvenes.

El cuarto sucesor de Clemente XI, Benedicto XIV (1740-1758), pasó largos periodos en Castel Gandolfo. Fue uno de los Pontífices más encariñados con este sitio, donde, como escribió Caraccioli, “podía relajar el alma”. El Papa Lambertini no amaba las escoltas -que, de hecho, redujo-, paseaba de buena gana por los bosques, conversaba con los campesinos y organizaba ‘justas’ de lectura con sus huéspedes: como el prior Bouget, eminente hebraísta. Este Pontífice, en Castello, recarga sus energías y templaba su temperamento. “No quiero rompecabezas. Esos llegarán cuando estemos en Roma”, se quejó al cardenal Alberoni que lo atormentaba con problemas.

Y después llegan las vacaciones de otros dos Clementes, XIII (1758-1769) y XIV (1769-1774). Este último extendió la residencia al añadir la Villa Cybo con su parque y prefería pasar un mes de otoño en Castello: le encantaba pasear y salir a caballo vestido de blanco, trotando sin estribos, ejercicio abandonado en 1771, después de dos caídas.

Hacia finales del siglo XVIII los eventos no permitieron que los Papas pasaran periodos fuera de Roma. Las tropas francesas llegaron incluso a ocupar el palacio. Pero, si Pío VI (1775-1799) no pudo viajar debido a las amenazas de los soldados de la revolución, Pío VII (1800-1823) retomó la tradición antes de su prisión y durante los años que siguieron a la Restauración, para alegría de los pobladores locales que lo festejaban con fuegos de artificio.

Con Pío VII llegó el billar al Palacio Pontificio. Lo colocaron en una sala que tomó su nombre. EL mismo Pontífice se concedía algunas partidas con sus familiares, colaboradores y huéspedes. Entre estos últimos, el privilegio de jugar con Su Santidad le tocó al joven Massimo D’Azeglio, quien con su hermano Próspero, jesuita, y con su padre, ministro del rey de Cerdeña ante la corte de Roma, visitó al Papa en 1814.

Otro Papa que visitó frecuentemente Castel Gandolfo fue Gregorio XVI (1831-1846). Amante de la pesca, aparece citado en un soneto de Gioacchino Belli a orillas del lago tratando de “pescar tencas por el ayuno”.

También su sucesor, Pío IX (1846-1878), logró pasar algunos periodos en el ‘Vaticano estivo’, con dos excursiones hasta Anzio. Además, en 1859 llegó a Albano y a Castello en carroza después de haber llegado a Cecchina, utilizando por primera vez el “noble tren a vapor”. Sus últimas vacaciones en la residencia pontificia son las de mayo de 1869. A partir de entonces lo impedirán el aumento de los robos, la cólera y la situación política italiana.

La villa de los Papas permaneció cerrada desde 1870 hasta 1929, año de los Pactos Lateranenses. En virtud del artículo 14 del Concordato, Italia reconoció a la Santa Sede la propiedad del Palacio de Castel Gandolfo, con anexos como Villa Cybo y la antigua Villa Barberini, de mayores dimensiones y que surgió sobre los restos de la villa de Domiciano.

Con el Pontificado de Pío XI (1922-1939) retornó la tradición de las vacaciones que había comenzado, como se dijo, desde inicios del siglo XVII y que habían seguido la mayor parte de los Papas a partir de entonces. Se cuenta que Achille Ratti llegó a Castel Gandolfo por primera vez el 24 de agosto de 1933, viajando de incógnito en un automóvil al que se le pinchó una rueda. Fue él quien comenzó restauraciones importantes, que fueron muy apreciadas por sus sucesores. De los últimos dos años de su pontificado, uno lo pasó en Castel Gandolfo, donde estuvo durante dos periodos de seis meses cada uno.

Pío XII (1939-1958) disfruto del palacio pontificio como ninguno, pasando largos meses al año, salvo durante la Segunda Guerra Mundial, años en los que no acudió. En los restantes años de su pontificado, 14, acudía a Castel Gandolfo en julio y no se iba hasta finales de octubre, finales de noviembre e incluso un año se quedó hasta principios de diciembre. No es extraño que se muerte, el 9 de octubre de 1958, le pillara en la residencia veraniega.

Juan XXIII (1958-1963) también acudía, y en sus agendas anotaba sobre sí mismo: “incluso en la calma de la residencia estiva, el Santo Padre prosigue sus actividades”. También escribió que el sitio, “por encanto de la naturaleza, parece un jardín”, o que “todo allí se encuentra en orden perfecto, y con sentido práctico y de belleza”. El Papa Roncalli pasaba periodos más cortos, de julio a septiembre.

También lo disfruto Pablo VI (1963-1978), que acudía todos los años de julio a septiembre y que, al igual que Pío XII, allí falleció precisamente durante el último verano de su vida, el 6 de agosto de 1978.

Durante el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005) se introdujeron novedades en las vacaciones papales. Acudía con mayor rapidez ya que, como su predecesor -desde 1975-, podía llegar a Castel Gandolfo en diez minutos con el helicóptero. En la residencia de Castel Gandolfo -donde no sólo acudía en verano, sino que también descansaba allí al final de sus innumerables viajes- se construyó una pequeña piscina, regalo de los polacos de Estados Unidos. Una piscina que permitía una media hora de brazadas antes del almuerzo, ejercicio que aliviaba la nostalgia del Papa polaco por los ríos de los Cárpatos o de los lagos Masuri.

Sin embargo, no era el único lugar donde veraneaba, ya que, a veces, pasaba algunos días en el Valle d’Aosta, región del norte de Italia, entre los Alpes, donde le acondicionaron una casa propiedad de los salesianos. Benedicto XVI también acudió un par de veces a esa casa, aunque el prefirió Castel Gandolfo, lugar donde pasó sus primeros meses como Papa emérito, mientras arreglaban la que sería su residencia, el Mater Eclesiae, en el corazón de los jardines vaticanos.

El Papa Francisco parece haber cortado, de momento, con las vacaciones papales. En sus ocho veranos como Pontífice no ha veraneado y la única vez que acudió a Castel Gandolfo fue tras ser elegido Papa, para visitar a Benedicto XVI. Francisco ha abierto el palacio al turismo.

Publicado originalmente en La Stampa. Modificado y ampliado por InfoVaticana.

11 comentarios en “El veraneo de los Papas
  1. Gracias Fernando Beltrán, da gusto leer la historia de la Iglesia y un poco de pena, solo pensar en esos papas con séquitos imperiales, otro con su piscina, etc. Qué bueno que todo eso ya es pasado. Dios bendiga al Papa Francisco que nos da ese bello ejemplo de humildad y laboriosidad, dedicado siempre a remar hacia adelante con la barca de Pedro.

  2. Fernando: estos comentarios -habituales- de este sujeto, ¿cómo concuerdan con tus declaraciones sobre “elevar el nivel” de infov o vuestras últimas (asustadas y poco creíbles) protestas de defensa del Santo Padre y de la Iglesia?
    ¿Por qué cada vez que escribo me pone a mi comentario pendiente de valoración y luego se me censura?

    1. Ahora que lo dice hace tiempo hubo una noticia acerca de la contratación de un bufete de abogados para eliminar la palabra vaticana del dominio, será que ese trámite ha seguido su curso y se ha admitido a juicio y hay razones para temblar?

  3. Creo que Soros no da vacaciones a sus peones. O prefiere visitar mezquitas, sinagogas y reunirse con luteranos y adlateres. Pero eso es cosa de todo marxista aparentar sencillez, cuándo muchos saben que los marxistas de salón se dedican a la hoz y el martini.

  4. En el capítulo 2 de la carta a los Gálatas, cuenta San Pablo lo que se ha dado en llamar el incidente de Antioquía. Es bien conocido. San Pedro se dedicaba a disimular ante los judíos para que éstos no se enfadaran por las exigencias del cristianismo naciente. Vamos, que ya en aquella época el Vicario de Cristo tendía puentes y planteaba el discernimiento. Ahora hubiera dicho: Si un judío quiere ser judío y a la vez ser cristiano, pero su conciencia está tranquila, puede acercarse a la comunión. Seguramente algunos querrían haber redactado alguna nota 305 en el Concilio de Jerusalén. Pero san Pablo lo impidió. Le cantó las cuarenta en bastos al Papa Pedro y puso las cosas en su sitio.

    1. Nadie se escandalizó. No hubo ningún problema, porque San Pedro era humilde (de verdad, no de boquilla) y supo aceptar la reprimenda. No era un dictadorzuelo y sabía perfectamente que la Iglesia no era su finca particular, ni su rancho, ni su cortijo. Como San Pedro era realmente bueno (y no de boquilla), ni había sido elegido hombre del año por las revistas gays de Antioquía, ni era celebrado por la web corintodigital.com como pobre y humilde, supo aceptar lo que San Pablo exigía. Y menos mal, porque eso salvó a la Iglesia. Es que entonces había las dos cosas: un verdadero Vicario de Cristo preocupado por la fidelidad al mandato del Señor, y un verdadero Obispo que dijo lo que tenía que decir.

  5. Si San Pablo no se hubiese enfrentado a San Pedro es muy posible que junto al santo bautismo se hubiese exigido también la circuncisión, el no comer carne de puerco y el cumplimiento de otras muchas tradiciones judías para ser buen cristiano. Tendríamos una judaizacion del cristianismo, una subordinación de la Fe a los ritos judíos. Menos mal que San Pablo se plantó y San Pedro que era humilde se corrigió.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles