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“La mentalidad de los buenos católicos lleva a considerar como totalmente infalible cada palabra del Concilio Vaticano II”

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(Correspondencia Romana)- S. E. Mons. Athanasius Schneider publicó hoy un documento titulado “Algunas reflexiones sobre el Concilio Vaticano II y la crisis actual de la Iglesia” a fin de esclarecer su posición sobre el Concilio y disipar toda confusión entre los fieles. En algunos temas, Mons. Schneider profundiza algunas de las reflexiones ya presentadas en su libro-entrevista Christus Vincit: Christ’s Triumph Over the Darkness of the Age.

Mons. Schneider dio la versión oficial del documento en exclusividad a Corrispondenza Romana en italiano, a Correspondencia Romana en español, a The Remnant en inglés y al Blog de Jeanne Smits en francés. Todos los derechos reservados.

En las últimas décadas no únicamente algunos modernistas declarados sino también teólogos y fieles que aman a la Iglesia han tenido una actitud que se parecía a una suerte de defensa ciega de todo aquello que había sido dicho en el Concilio Vaticano II. Tal actitud a veces parece requerir verdaderas acrobacias mentales y una “cuadratura del círculo”. También hoy la mentalidad de los buenos católicos lleva a considerar como totalmente infalible cada palabra del Concilio Vaticano II y cada palabra y gesto del Pontífice. Este género de malsano centralismo papal estaba ya presente en varias generaciones de católicos de los últimos dos siglos. Una crítica respetuosa y un debate teológico sereno, sin embargo, estuvieron siempre presentes y permitidos en el interior de la Iglesia, en conformidad con su gran tradición, ya que es la Verdad y la fidelidad a la revelación divina como también la tradición constante de la Iglesia lo que se debe buscar, lo que de suyo implica el uso de la razón y de la racionalidad evitando acrobacias mentales. Algunas explicaciones de ciertas expresiones obviamente ambiguas que inducen al error, contenidas en textos del Concilio, parecen artificiales y poco convincentes, especialmente cuando se reflexiona sobre los mismos, de un modo intelectualmente más honesto, a la luz de la doctrina ininterrumpida y constante de la Iglesia.

Instintivamente, se ha reprimido todo argumento razonable que pudiera, incluso mínimamente, colocar en discusión cualquier expresión o palabra en los textos del Concilio. Sin embargo, un comportamiento semejante no es sano y contradice la gran tradición de la Iglesia, como se observa en los Padres de la Iglesia y en los grandes teólogos de la Iglesia a lo largo de dos mil años. Una opinión diferente de la que ha enseñado el Concilio de Florencia sobre la materia del sacramento del Orden, es decir de la traidito instrumentorum, se permitió en los siglos posteriores a este Concilio y dio lugar al pronunciamiento del Papa Pío XII en el año 1947 en la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis, con la cual corrigió la enseñanza no infalible del Concilio de Florencia, estableciendo que la única materia estrictamente necesaria par la validez del sacramento del Orden es la imposición de las manos del Obispo. Con este acto, Pío XII hizo no un acto de hermenéutica de la continuidad sino, precisamente, una corrección, porque esta doctrina del Concilio de Florencia no reflejaba la doctrina constante y la praxis litúrgica de la Iglesia universal. Ya en el año 1914 el Cardenal G.M. van Rossum había escrito respecto a la afirmación del Concilio de Florencia sobre la materia del sacramento del Orden, que aquella doctrina del Concilio es reformable y que incluso hay que abandonarla (cfr. De essentia sacramenti ordinis, Freiburg 1914, p. 186). Entonces,, en este caso concreto no había margen para una hermenéutica de la continuidad en este caso concreto.

Cuando el Magisterio Pontificio o un Concilio Ecuménico han corregido alguna doctrina no infalible de Concilios Ecuménicos precedentes– aunque esto ha ocurrido raramente–, con ese acto no han minado los fundamentos de la fe católica ni tampoco opusieron el magisterio de mañana al de hoy, como lo demuestra la historia. Con una Bula del año 1425 Martín V aprobó los decretos del Concilio de Costanza e incluso el decreto “Frequens” de la 39a  sesión (del 1417), un decreto que afirma el error del conciliarismo, es decir, de la superioridad del Concilio sobre el Papa. Sin embargo, su sucesor, el Papa Eugenio IV, declaró en el año 1446 que aceptaba los decretos del Concilio Ecuménico de Costanza excepto aquellos (de las sesiones 3, 5 y 39) que perjudican los derechos y el primado de la Sede Apostólica” (absque tamen praeiudicio iuris, dignitatis et praeeminentiae Sedis Apostolicae). El dogma del Concilio Vaticano I sobre el primado del Papa rechazó definitivamente el error conciliarista del Concilio Ecuménico de Costanza. El Papa Pío XII, como ya fue mencionado, corrigió el error del Concilio de Florencia respecto a la materia del sacramento del Orden. Con estos no frecuentes actos de corrección de precedentes afirmaciones del Magisterio no infalible no fueron minados los fundamentos de la fe católica, no se han minado los fundamentos de la fe católica, precisamente porque dichas afirmaciones concretas (como por ejemplo las del Concilio de Costanza y de Florencia) no habían tenido carácter infalible.

Algunas expresiones del Concilio no pueden ser tan fácilmente reconciliables con la constante tradición doctrinal de la Iglesia, como por ejemplo las expresiones del Concilio sobre el tema de la libertad religiosa (en el sentido de un derecho natural y por lo tanto positivamente querido por Dios, de practicar y difundir una religión falsa, que puede abarcar también idolatrías o cosas peores), sobre una distinción entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica (el problema del “subsistit in” da la impresión de la existencia de dos realidades: por una parte la Iglesia de Cristo y por otra la Iglesia Católica), de la conducta ante la confrontación de las religiones no cristianas y de la conducta frente a las confrontaciones del mundo contemporáneo.

Aunque la Respuesta la Congregación para la -Doctrina de la Fe a estos aspectos acerca de la doctrina sobre la Iglesia (29 de junio de 2007) dio una explicación del “subsistit in”, lamentablemente ha evitado decir con toda claridad que la Iglesia de Cristo es verdaderamente la Iglesia Católica, o sea, ha evitado de declarar explícitamente la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica. Permanece, de hecho, un tono de indeterminación.

También se observa una actitud que rechaza a priori todas las posibles objeciones a las discutibles afirmaciones de los textos conciliares. Se presenta, en cambio, como única solución el método llamado “hermenéutica de la continuidad”. Desafortunadamente no se toman en serio las dudas con respecto a los problemas teológicos inherentes a aquellas afirmaciones conciliares. Debemos tener siempre presente el hecho de que la principal finalidad del Conciliar era de carácter pastoral y que el Concilio no tenía la intención de proponer sus propias enseñanzas de un modo definitivo.

Las declaraciones de los Papas antes del Concilio, también aquellos del siglo XIX y del siglo XX, reflejan fielmente a sus predecesores y a la constante tradición de la Iglesia de un modo ininterrumpido. Los Papas de dos siglos, decimonoveno y veinte, es decir después de la Revolución Francesa, no representan un período “exótico” con relación a la tradición bimilenaria de la Iglesia. No se puede reivindicar ninguna ruptura en las enseñanzas de aquellos Papas respecto al Magisterio anterior. En lo que dice respecto a la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo y a la objetiva falsedad de las religiones no cristianas, por ejemplo, no se puede encontrar una significativa ruptura entre las enseñanzas de los Papas desde Gregorio XVI a Pío XII por un lado y a las enseñanzas del Papa Gregorio el Grande (siglo VI) y sus predecesores y sucesores por el otro.

Verdaderamente se puede ver una línea continua sin ninguna ruptura desde la época de los Padres de la Iglesia hasta Pío XII, especialmente en temas como la realeza también social de Cristo, la libertad religiosa y el ecumenismo en el sentido de que existe un derecho natural positivamente deseado por Dios de practicar exclusivamente la única verdadera religión que es la fe católica. Antes del Concilio Vaticano II no existía la necesidad de hacer un esfuerzo colosal para presentar voluminosos estudios a fin de demostrar la perfecta continuidad de la doctrina entre un Concilio y otro, entre un Papa y sus predecesores, pues la continuidad era evidente. El hecho en sí de la necesidad, por ejemplo, de la “Nota explicativa previa” al documento Lumen Gentium demuestra que el mismo texto de la Lumen Gentium en el nº 22 es ambiguo respecto al tema de las relaciones entre el primado y la colegialidad episcopal. Los Documentos esclarecedores del Magisterio en la época post-conciliar, como por ejemplo las encíclicas Mysterium FideiHumanae Vitae, il Credo del Popolo di Dio de Paulo VI fueron de gran valor y ayuda, pero los mismos no aclararon las afirmaciones ambiguas del Concilio Vaticano II antes mencionadas.

Frente a la crisis que surgió con Amoris Laetitia y con el documento de Abu Dhabi estamos obligados a profundizar estas consideraciones sobre el necesario esclarecimiento o rectificaciones de algunas de las afirmaciones conciliares anteriormente mencionadas. En la Suma Teológica Santo Tomás presentaba siempre objeciones (“videtur quod”) y contra-argumentaciones (“sed contra”). Santo Tomás era intelectualmente muy honesto; las objeciones deben ser permitidas y tomadas en serio. Deberíamos utilizar su método respecto a algunos puntos controvertidos de los textos del Concilio Vaticano II que fueron discutidos durante casi sesenta años. La mayor parte de los textos del Concilio está en continuidad orgánica con el Magisterio anterior. En última instancia, el Magisterio Pontificio debe esclarecer de modo convincente algunas expresiones específicas de los textos del Concilio, lo que hasta ahora no siempre fue hecho de una manera intelectualmente honesta y convincente. Si fuera necesario, un Papa o un futuro Concilio Ecuménico deberían agregar explicaciones (algo así como notas explicativas posteriores) o presentar incluso modificaciones de esas expresiones controvertidas dado que no fueron presentadas por el Concilio como una enseñanza infalible y definitiva, como lo declaró también Paulo VI diciendo que el Concilio: “evitó de dar definiciones dogmáticas solemnes, empeñando la infabilidad del magisterio eclesiástico” (Audiencia General, 12 de enero de 1966).

La historia nos lo dirá a distancia. Estamos a solo cincuenta años del Concilio. Seguramente lo veremos más claramente después de otros cincuenta años. Sin embargo, del punto de vista de los hechos, de las pruebas, desde un punto de vista global, el Vaticano II no ha traído un verdadero florecimiento espiritual en la vida de la Iglesia. Y aún cuando antes del Concilio ya existían problemas en el Clero, sin embargo, honestamente y por amor a la justicia, se debe reconocer que los problemas morales, espirituales y doctrinales del Clero antes del Concilio no estaban difundidos en una escala tan vasta y con una intensidad tan grave como lo fue en el período postconciliar hasta los días de hoy. Tomando en cuenta que ya antes del Concilio existían algunos problemas, la primera finalidad del Concilio Vaticano II debería haber sido, precisamente, establecer normas y doctrinas lo más claras posibles e incluso privadas de toda ambigüedad, como lo hicieron en el pasado todos los Concilios empeñados en reformas. El plan y las intenciones del Concilio eran principalmente pastorales, sin embargo, a pesar de su propósito pastoral, le siguieron consecuencias desastrosas que aún hoy estamos viendo. Ciertamente, el Concilio tiene varios textos hermosos. Pero las consecuencias negativas y los abusos cometidos en nombre del Concilio fueron tan significativos que obscurecieron los elementos positivos que se encuentran en él.

He aquí los elementos positivos que aportó el Vaticano II: es la primera vez que un Concilio Ecuménico hizo un solemne llamamiento a los laicos a tomar en serio sus votos bautismales para aspirar a la santidad. El capítulo de Lumen Gentium sobre los laicos es bello y profundo. Los fieles son llamados a vivir su bautismo y su confirmación como valientes testigos de la fe en la sociedad secular. Este llamamiento fue profético. Sin embargo, después del Concilio, este llamamiento a los laicos fue utilizado de un modo abusivo por el establishment progresista en la Iglesia y también por muchos funcionarios y burócratas eclesiásticos. Frecuentemente los nuevos burócratas laicos (en determinados países europeos) no eran ellos mismos testigos sino que ayudaban a destruir la fe en los consejos parroquiales y diocesanos y en otros consejos oficiales. Desafortunadamente estos burócratas laicos eran a menudo engañados por el Clero y los Obispos.

El período después del Concilio nos dio la impresión de que uno de los principales frutos del mismo fuera la burocratización. Esta burocratización mundana en las décadas posteriores al Concilio a menudo paralizó el fervor espiritual y sobrenatural en una considerable medida y, en lugar de la primavera anunciada, llegó un momento de invierno espiritual. Bien conocidas e inolvidables permanecen las palabras con las cuales Paulo VI diagnosticó honestamente el estado de la salud espiritual de la Iglesia después del Concilio: “Se creía que, después del Concilio, el sol habría brillado sobre la historia de la Iglesia. Pero en lugar del sol, han aparecido las nubes, la tempestad, las tinieblas, la incertidumbre. Predicamos el ecumenismo y nos distanciamos cada vez más de los otros. Buscamos cavar abismos en vez de colmarlos.” (Homilía del 29 de junio de 1972).

En este contexto, el Arzobispo Marcel Lefebvre, en particular, fue quien a una escala más amplia y con una franqueza comenzó (si bien no fue el único que lo hizo) en un ámbito más vasto y con una franqueza similar a la de algunos de los grandes Padres de la Iglesia, a protestar contra el debilitamiento y la dilución de la Fe católica, particularmente en lo que dice respecto al carácter sacrificial y sublime del rito de la Santa Misa, que se estaba difundiendo en la Iglesia, sustentado, o al menos tolerado, también por las autoridades de alto rango de la Santa Sede. En una carta dirigida al Papa Juan Pablo II al comienzo de su Pontificado, el Arzobispo Lefebvre describe de manera realista y apropiada en una breve síntesis la verdadera magnitud de la crisis de la Iglesia. Impresiona la perspicacia y el carácter profético de la siguiente afirmación: “El diluvio de novedades en la Iglesia, aceptado y alentado por el Episcopado, un diluvio que devasta todo en su camino: la fe, la moral, la Iglesia institución: no podían tolerar la presencia de un obstáculo, de una resistencia. Tuvimos entonces la oportunidad de dejarnos llevar por la corriente devastadora y de unirnos al desastre, o de resistir al viento y a las olas para salvaguardar nuestra fe católica y el sacerdocio católico. No podemos dudar. No podíamos dudar. Las ruinas de la Iglesia están aumentando: el ateismo, el abandono de las iglesias, la desaparición de las vocaciones religiosas y sacerdotales son de tal magnitud que los Obispos están comenzando a despertarse” (Carta del 24 diciembre de 1978). Estamos ahora asistiendo a la culminación del desastre espiritual en la vida de la Iglesia que el Arzobispo Lefebvre ya señaló tan vigorosamente hace cuarenta años.

Al acercarnos a cuestiones relativas al Concilio Vaticano II y a sus documentos se deben evitar interpretaciones forzadas o el método de la “cuadratura del círculo”, manteniendo naturalmente todo el respeto y el sentir eclesiástico (sentire cum ecclesia). El principio de la hermenéutica de la continuidad no puede ser utilizado ciegamente a los efectos de eliminar a priori eventuales problemas evidentemente existentes o para crear una imagen de armonía, mientras persisten en la hermenéutica de la continuidad matices de incertidumbre. En efecto, tal enfoque transmitiría de manera artificial y no convincente el mensaje de que cada palabra del Concilio Vaticano II es inspirada por Dios, infalible y a priori en perfecta continuidad con el Magisterio precedente. Dicho método infringiría la razón, la evidencia y la honestidad y no rendiría honor a la Iglesia.

Tarde o temprano – tal vez después de cien años – la verdad será declarada tal como es. Existen libros con fuentes documentadas y demostrables que suministran profundizaciones históricamente más realísticas y reales sobre los hechos y las consecuencias respecto al evento del mismo Concilio Vaticano II, a la redacción de sus documentos y al proceso de interpretación y aplicación de sus reformas en las últimas cinco décadas. Son por ejemplo recomendables los siguientes libros que pueden ser leídos con provecho: Romano Amerio, Iota Unum: un estudio sobre los cambios en la iglesia católica en el siglo XX (1996); Roberto de Mattei, El Concilio Vaticano II: una historia nunca escrita (2010); Alfonso Gálvez, El invierno Eclesial (2011).

Los temas siguientes: el llamado universal a la santidad, el papel de los laicos en la defensa y el testimonio de la fe, la familia, como iglesia doméstica y la enseñanza sobre María Santísima– son los que se pueden considerar contribuciones verdaderamente positivas y duraderas del Concilio Vaticano II.

En los últimos 150 años la vida de la Iglesia fue sobrecargada con una insana papolatría a tal punto que ha surgido una atmósfera en la cual se atribuye un papel de centralidad a los hombres de la Iglesia en lugar de a Cristo y a Su Cuerpo Místico, y esto representa a su vez un antropocentrismo escondido. De acuerdo con la visión de los Padres de la Iglesia, la Iglesia es únicamente la luna (mysterium lunae), y Cristo es el sol. El Concilio fue una demostración de un rarísimo “Magisterio-centrismo”, pues con el volumen de sus prolijos documentos superó de lejos a todos los otros Concilios. Sin embargo, el Concilio Vaticano II también suministró una bellísima descripción de lo que es el Magisterio, que nunca antes había sido dada en la historia de la Iglesia. Está en el documento Dei Verbum, n. 10, donde está escrito: “Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve

Por “Magisterio-centrismo” se entiende a los elementos humanos y administrativos, especialmente la producción excesiva y continua de documentos y frecuentes forums de discusión (con la consiga de la “sinodalidad”) que fueron colocados en el centro de la vida de la Iglesia. Si bien los Pastores de la Iglesia deben siempre ejercitar con celo el munus docendi, la inflación de los documentos y con frecuencia de los documentos prolijos, se reveló sofocante. Documentos menos numerosos, más breves y concisos habrían tenido un mejor efecto.

Un ejemplo clarísimo del malsano “Magisterio-centrismo”, donde representantes del Magisterio no se comportan como siervos sino como dueños de la tradición, es la reforma litúrgica de Paulo VI. En cierto sentido, Paulo VI se colocó por encima de la Tradición -no de la Tradición dogmática (lex credendi), sino de la gran Tradición litúrgica (lex orandi). Paulo VI se atrevió a iniciar una verdadera revolución en la lex orandi. Y en cierta medida, actuó en desacuerdo con la afirmación del Concilio Vaticano II el cual en Dei Verbum, n. 10 afirma que el Magisterio solo es el servidor de la Tradición. Debemos colocar a Cristo en el centro, Él es el sol: lo sobrenatural, la consistencia de la doctrina y de la liturgia y toda la verdad del Evangelio que Cristo nos ha enseñado.

A través del Concilio Vaticano II, y ya con el Papa Juan XXIII, la Iglesia comenzó a presentarse al mundo, a coquetear con el mundo y a manifestar un complejo de inferioridad con relación a él. Sin embargo, los clérigos, en particular los Obispos y la Santa Sede, tienen el deber de mostrar a Cristo al mundo, no a sí mismos. El Vaticano II dio la impresión de que la Iglesia Católica había comenzado a mendigar simpatía al mundo. Esto ha continuado en los pontificados postconciliares. La Iglesia pide la simpatía y el reconocimiento del mundo; eso no es digno de ella y no ganará el respeto postconciliar. La Iglesia pide la simpatía de quienes verdaderamente buscan a Dios. Debemos pedir simpatía a Cristo, a Dios y al cielo.

Algunos que critican al Concilio Vaticano II afirman que, si bien tiene aspectos buenos, es como una torta con un poco de veneno, y entonces todo el pastel tiene que ser desechado. Pienso que no podemos seguir ese método y ni siquiera el método de «tirar al bebé con el agua sucia». Con relación a un Concilio Ecuménico legítimo, aunque existían puntos negativos, debemos mantener una actitud global de respeto. Debemos valorar y estimar todo aquello que es verdadero y verdaderamente bueno en los textos del Concilio, sin cerrar irracionalmente y deshonestamente los ojos de la razón a aquello que es objetiva y evidentemente ambiguo en algunos de los textos y a aquello que puede inducir al error. Es necesario recordar siempre que los textos del Concilio Vaticano II no son la inspirada Palabra de Dios, ni son juicios dogmáticos definitivos o declaraciones infalibles del Magisterio, porque el mismo Concilio no tenía esa intención.

Otro ejemplo es Amoris Laetitia. Ciertamente existen muchos punto que deben criticarse doctrinalmente. Pero existen algunas secciones que son muy útiles, verdaderamente buenas para la vida familiar, como por ejemplo sobre los ancianos en la familia: de suyo son muy buenos. No se debe rechazar todo el documento sino recibir aquello que es bueno. Lo mismo vale para los textos del Concilio.

Aunque antes del Concilio todos tenían que hacer el juramento anti-modernista, promulgado por el Papa Pío X, algunos teólogos, sacerdotes, obispos e incluso cardenales lo hicieron con reservas mentales, tal como lo demostraron los hechos históricos posteriores. Con el pontificado de Benedicto XV, comenzó una lenta y cauta infiltración de eclesiásticos con un espíritu mundano y parcialmente modernista a altos cargos en la Iglesia. Esta infiltración creció sobretodo entre los teólogos a tal punto que después el Papa Pío XII debió intervenir condenando algunas ambigüedades y errores de importantes teólogos de la llamada “nouvelle théologie” (Chenu, Congar, De Lubac, etc.), publicando en 1950 la encíclica Humani generis. Sin embargo, del pontificado de Benedicto XV en adelante, el movimiento modernista estaba latente y en continuo crecimiento. Y así, en la vigilia del Concilio Vaticano II, una parte considerable del episcopado y de los profesores en la facultad teológica y de los seminarios estaba embebida de una mentalidad modernista, que es esencialmente relativismo doctrinal y moral, como así también mundanismo, amor por el mundo. En la vigilia del Concilio, estos cardenales, obispos y teólogos adoptaron la “forma” – el modelo de pensamiento– del mundo (cfr. Rm. 12, 2), queriendo complacer al mundo (cfr. GAL. 1, 10). Demostraron un claro complejo de inferioridad con relación al mundo.

También el Papa Juan XXIII demostró una suerte de complejo de inferioridad con relación al mundo. No tenía una mentalidad modernista, pero tenía un estilo político de ver al mundo y extrañamente mendigaba simpatía al mundo. Tenía seguramente buenas intenciones. Convocó el Concilio que después abrió un enorme portón hacia el interior de la Iglesia al movimiento modernista, protestantizante y mundano. Muy significativa es la aguda observación hecha por Charles de Gaulle, Presidente de Francia desde 1959 a 1969, respecto al Papa Juan XXIII y al proceso de reformas iniciado con el Concilio Vaticano II: “Juan XXIII abrió las puertas y aún no ha podido cerrarlas. Era como si un dique se hubiera derribado. Juan XXIII fue superado por aquello que desencadenó.” (ver Alain Peyrefitte, C’était de Gaulle, París, 1997, 2, 19).

El discurso de “abrir las ventanas” antes y durante el Concilio era una suerte de ilusión y una causa de confusión. Estas palabras causaron en mucha gente la impresión de que el espíritu de un mundo no creyente y materialista, ya evidente en aquel tiempo, podía transmitir algunos valores positivos para la vida de la Iglesia. Por el contrario, la autoridad de la Iglesia en aquellos tiempos habría debido declarar expresamente el verdadero significado de la expresión “abrir las ventanas”, que consiste en abrir la vida de la Iglesia al aire fresco de la belleza y de la claridad inequívoca de la verdad divina, a los tesoros de la santidad siempre joven, a la luz sobrenatural del Espíritu Santo y de los Santos, a una liturgia celebrada y vivida con un sentido siempre más sobrenatural, sacro y reverente. A lo largo del tiempo, durante la era post-conciliar, los portones parcialmente abiertos dejaron espacio para un desastre que provocó daños enormes a la doctrina, a la moral y a la liturgia. Hoy, el agua de la inundación que entró está alcanzando niveles peligrosos. Estamos viviendo el auge del desastre.

Hoy el velo fue levantado y el modernismo reveló su verdadero rostro, que consiste en la traición a Cristo y en el volverse amigo del mundo, adoptando al mismo tiempo su modo de pensar. Una vez terminada la crisis en la Iglesia, el Magisterio tendrá el deber de rechazar formalmente todos los fenómenos negativos de las últimas décadas en la vida de la Iglesia. La Iglesia lo hará porque es divina. Lo hará con precisión y corregirá los errores que se han acumulado, comenzando con algunas expresiones ambiguas en los textos del mismo Concilio Vaticano II.

El modernismo es como un virus escondido, escondido en parte también en algunas afirmaciones del Concilio, pero que ahora se ha manifestado plenamente. Después de la crisis, después de esta grave infección espiritual, la claridad y la precisión de la doctrina, la sacralidad de la liturgia y la santidad de la vida del Clero resplandecerán más intensamente. La Iglesia lo hará de un modo inequívoco, como lo ha hecho en épocas de grave crisis doctrinal y moral en los últimos dos mil años. Enseñar claramente la verdad del depósito divino de la fe, defender a los fieles del veneno del error y conducirlos de un modo seguro a la vida eterna pertenece a la misma esencia de la misión divinamente confiada al Papa y a los Obispos.

El documento Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II nos ha recordado la genuina naturaleza de la verdadera Iglesia, “de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos. ” (n. 2).

S. E. Mons. Athanasius Schneider

Obispo Auxiliar de Astana

Publicado en Correspondencia Romana.

55 comentarios en ““La mentalidad de los buenos católicos lleva a considerar como totalmente infalible cada palabra del Concilio Vaticano II”
  1. No es solamente “la mentalidad de los buenos católicos”, sino que a los curas los han formado en los Seminarios sólo en base al CVII.
    Todos los curas que conozco siempre citan el CVII y nunca citan cualquier otro Concilio, como si la Iglesia hubiera empezado con el CVII.

  2. Dice Schneider “….se puede ver una línea continua sin ninguna ruptura desde la época de los Padres de la Iglesia hasta Pío XII….”, allí lo dejo.

  3. Análisis bueno a mejorar, hay que reconocer que la Iglesia no supo cómo tratar los partidos políticos si bien Leon XIII señaló las tres formas de gobierno válidas, por temor a que la Iglesia quedara dividida en partidos católicos prohibió el uso de la palabra “católico” en los mismos con lo que quedó dividida en partidos no católicos desde el s. XIX dando como resultado gobiernos no católicos que debilitaron a la Iglesia y significaron un abandono práctico de la inculturación de Cristo en lo público.
    Otro tema es destacar que CVII y Magisterio no son sinónimos y que la Iglesia ha reemplazado las Sagradas Escrituras y Magisterio por Sagradas Escrituras y CVII.
    Otra cuestión es señalar que puede haber continuidad y decadencia en la comprensión de verdades y en su expresión y no necesaria ruptura cosa que no entienden algunos.
    Otro tema es que se necesita citar a más obispos por artículo para formar la milicia católica y enfrentar la crisis.
    Saludos en Santa Virgen María y en Cristo Rey

  4. De joven identifiqué al Vaticano II por los hechos que a nivel eclesial se percibía claramente. Y como por sus hechos los conoceréis, recuerdo la impresión que tantos cristianos se llevaron, cuando en pocos años de la noche a la mañana, los sacerdotes se despojaron de sus sotanas , y nadie sabia explicar muy bien el por qué. Eso unido al cambio litúrgico de las misas, y a tantos otros aspectos de la vida de la iglesia, hacia una modernización decían, adaptada a dicho concilio, cuando al parecer nada tenia que ver una de otro. Hubo pues a mi entender dos aspectos que confluyeron negativamente en el transcurrir de la iglesia. La manipulación de los textos del concilio por manos de los modernistas, y la reforma litúrgica de Pablo VI. Si a eso unimos la masiva secularización de esa época por parte de los sacerdotes, estamos ante la tormenta perfecta que todavía no ha terminado, antes al contrario está en su apogeo.

  5. Manipulación modernista de los documentos del concilio, reforma litúrgica de Pablo VI y secularización masiva del clero, constituyen la tormenta perfecta de la profunda crisis que padecemos, tormenta cada vez es mas virulenta hacia un pozo al que no se le ve el fondo.

  6. Manipulación modernista de los documentos del concilio, reforma litúrgica de Pablo sexto y crisis del celibato del clero, constituyen la tormenta perfecta de la profunda crisis que padecemos, tormenta cada vez es mas virulenta hacia un pozo al que no se le ve el fondo.

  7. Recuerdo de joven la impresión que nos causó el ver despojarse de sus vestiduras, el traje talar, de la sotanas a la mayoría de los sacerdotes que conocíamos, solo los mayores se resistieron con éxito, los jóvenes obedecieron. De la noche a la mañana, solo nos dijeron que era para modernizar la iglesia. Junto a eso desaparecieron los otros signos externos, como la tonsura, el besarles la mano, total besarle la mano a un hombre desvestido de Cristo ya no tenia sentido. ¿ Quienes fueron los responsables de esa canallada ?, pues no lo sé a ciencia cierta. Si hay alguien que lo pepa agradeceré que me ilustre.

  8. Hoy el velo fue levantado y el modernismo reveló su verdadero rostro, que consiste en la traición a Cristo y en el volverse amigo del mundo, adoptando al mismo tiempo su modo de pensar. Una vez terminada la crisis en la Iglesia, el Magisterio tendrá el deber de rechazar formalmente todos los fenómenos negativos de las últimas décadas en la vida de la Iglesia. La Iglesia lo hará porque es divina. Lo hará con precisión y corregirá los errores que se han acumulado, comenzando con algunas expresiones ambiguas en los textos del mismo Concilio Vaticano II.

  9. Que Dios te oiga, pero llevamos así más de 50 años y las cosas en la iglesia van de mal en peor. Ahora el lema del modernismo eclesiástico es, no te arrepientas de nada, quiérete mucho, sé tu mismo, no seas rígido, haz lo que te salga de los …que estás justificado. Con esas mimbres no vamos a ningún sitio, creo que nos quedan siglos de decadencia, pero mucho antes la iglesia debe tocar fondo.

  10. Dice San Juan Pablo II:

    “El Catecismo de la Iglesia católica que aprobé el 25 de junio pasado, y cuya publicación ordeno hoy en virtud de la autoridad apostólica, es la exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas e iluminadas por la sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia. Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial.”

    Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, N° 4

    El que quiera conocer el verdadero rostro del C.V. II lea el Catecismo de la Iglesia Católica, “regla segura para la enseñanza de la fe”.

    San Juan Pablo II, ORA PRO NOBIS

  11. El CVII no pudo sustraerse al temor, lógico en lo humano, pero dramático para quienes debían confiar en el triunfo final de Cristo, a un mundo controlado por el comunismo, que en los 50 y 60 del siglo pasado parecía ser un leviatán invencible. Fruto de ése apaciguamiento, de intentar sobrevivir en un mundo que se creía sujeto a los dictados del materialismo marxista, se consolidó una Iglesia funcionarial, burocrática, mundana lejana de su esencia cristológica, y centrada en agradar a los poderes terrenales antes que en la evangelización y conversión de las almas. Una Iglesia que en el pasado estaba perfectamente concienciada para entregarse al martirio máximo en cualquier momento en que la fe lo demandara, ha dado paso a otra Iglesia timorata, contemporizadora en vez de prudente dentro de la firmeza. ¿Hoy vemos obispos hechos de ésa pasta, capaces de bajar al barro del peligro mortal provistos de la fortaleza y sabiduría de que hicieron gala sus antecesores en el pasado?

  12. “La mentalidad de los buenos católicos lleva a considerar como totalmente infalible cada palabra del Concilio Vaticano II”
    No estoy de acuerdo.
    En todo caso será “la mentalidad de los católicos tibios, simplones, con poco criterio y con pocas ganas de complicarse la existencia lleva a considerar como totalmente infalible cada palabra del Concilio Vaticano II”

  13. Hay falsos pastores hacia un lado y hay falsos pastores hacia el otro.necesariamente.El espiritu es en ambos extremos el mismo,determinar ellos que es para tomar y que es para desechar.Como dice el padre Saenz,apostasia inmanente,no me gusta lo que hay,igual me quedo y trato de cambiar lo que es de fe creer.Funden una Iglesia los que descartan el cv2 y cuando tengan santos con milagros aprobados y corazones tiernos como Juan Pablo 2 y Juan 23,me llaman y me voy con ustedes.Como le dijo una buena persona a una hija mia: criticar a Juan Pablo 2 porque hizo algo que no nos gusto,es como decir que una catedral es fea porque se le cayo una gargola.vamos chicos,me quedo con los de sonrisa fresca y personalidad suelta y obediente!!!!

    1. Una catedral, por muy hermosa que sea, es una cosa, no un hombre con responsabilidad moral por sus actos. Si se le cae una gárgola, es un hecho, no un acto susceptible de juicio moral. Las palabras y actos escandalosos de Juan Pablo II de Asís no son “cosas que no nos gustan”, para gustos los colores. El beso al corán fue un acto objetivamente escandaloso, máxime porque lo realizó un papa y se difundió por todo el mundo. Lo mismo hay que decir de los actos de Asís, objetivamente escandalosos, que tanto han favorecido en todo el mundo el indiferentismo religioso práctico e incluso teórico. Y lo mismo hay que decir de palabras como las pronunciadas en 2000 junto al río Jordán: “Qué San Juan Bautista proteja al islam”.

      1. Respecto de las canonizaciones en masa de todos los papas desde Juan XXIII inclusive, no sé pueden tomar en serio. Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II de Asís, Juan Pablo I en proceso ¡y Benedicto y Francisco en lista de espera! Son canonizaciones devaluadas con la intención espuria de canonizar al Vaticano II y todas las reformas salidas del mismo. Se reformó para ello el proceso canónico, reduciendo el número de milagros y aligerando los escrutinio. Algunas se han perpetrado prescindiendo completamente de milagros, y otras con algún único pretendido milagro sin consistencia, puestos en duda por muchos autores.

    2. Le recomiendo que siga a Cristo. Es lo que le pido a Dios. Que no me desvíe de Cristo, y que si lo hago, lo vea y lo corrija enseguida. Bendiciones.

  14. Frente a la crisis que surgió con Amoris Laetitia y con el documento de Abu Dhabi estamos obligados a profundizar estas consideraciones sobre el necesario esclarecimiento o rectificaciones de algunas de las afirmaciones conciliares anteriormente mencionadas.

    1. Los concilios generales o ecuménicos son de fiar, como usted dice, cuando definen verdades o condenan errores de modo irreformable, esto es, con la autoridad infalible del magisterio solemne. Todos los concilios generales o ecuménicos hasta el Vaticano II hicieron uso de esa autoridad. En cambio el Vaticano II se presentó desde el comienzo por Juan XXIII, en su discurso de apertura Gaudet Mater Ecclesia de 11 de octubre de 1962, como un nuevo género de magisterio pastoral, lo cual fue varias veces confirmado por Pablo VI. Se trataba supuestamente de exponer la doctrina católica con arreglo a los métodos modernos, para el mundo actual (el mundo de entonces, han pasado ya 50 años). Su autoridad es comparable a la de una serie de sermones de los años sesenta del pasado siglo.

  15. Considero un testimonio excelente éste que nos presenta Monseñor Schneider.

    Comenta él que hay puntos, algunos más o algunos menos, en los documentos del CVII que son buenos y deben ser aprovechados. Es correcta su apreciación, pero:

    – hay que acotar claramente lo aprovechable, para evitar más ambigüedades, y hay que reescribir los documentos por completo. Para contentarnos, y engañarnos, se nos puso un bombón en medio del veneno que en realidad ha sido -el veneno- el fruto buscado y obtenido.

    – hay que reactivar y reaplicar muchos documentos preconciliares. Esos puntos positivos en el CVII ya estaban formulados antes más veces.

    1. …..sólo añadir:

      – para expresar cosas hermosas sobre la Santísima Virgen, y para llamar a los laicos a la santidad en la vida diaria…. no hacía falta un concilio.

      – la pastoralidad del CVII (jopé…. la abreviatura CVII se va pareciendo a COVID2) era sólo una excusa, y la palabra “policía” para acallar las quejas.

  16. Monseñor Vigano está de acuerdo en la mayoría del análisis de Schneider sobre el CVII, pero discreapa con él en que para solucionar el problema, en vez de corregir algunas frases ambiguas o erróneas de los documentos, habría que desecharlo por completo, porque se utiliza como un arma arrojadiza. La mayoría de los católicos y de los sacerdotes no se han leído los documentos del Concilio (lo que es basante aburrido para el que no tiene una formación teológica), pero lo invocan para justificar cualquier novedad o cambio de la doctrina católica: “Es que si no admites estos cambios (reforma litúrgca, comunión en la mano, abandono del latín y de la sotana, vaciamiento de las imágenes de las iglesias, ecumenismo, aconfesionalidad del Estado, etc.) estás en contra del CVII , eres un tradicionalista, un carca, un tridentino, un integrista…”. Con el CVII se puede justificar cualquier cosa.

  17. El V2 es un concilio “pastoral” por tanto no es dogmático de manera que todo contenido del mismo que coincida con la Fe y la Santa Tradición hay que acatarlo, el resto es discutible y puede ser o no ser aceptado y discutible. Coincido con los hermanos que dicen que parece que la Iglesia comenzó con el V2 y que los muchos concilios anteriores” ni están ni se les espera”. Jamas la Iglesia ha perdido tantos sacerdotes y vocaciones, jamas ha perdido tantos adeptos, jamas se han dicho tantas declaraciones equivocas. Digan lo que digan nunca ha habido tanta confusión entre los fieles, ni tanto Obispo defensor de errores….., ni tantos sacrilegios …..

  18. San Juan Pablo II tiene certificadas dos curaciones milagrosas igual que San Pablo VI. Llamarlas canonizaciones políticas parece terriblemente temerario… Con respecto a la cualidad pastoral del C.V. II, ésta no quita que tenga contenido dogmático (Lumen gentium, Dei Verbum).

    Dice Pío XII:
    “Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema majestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a mí me oye[3]; y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece ya —por otras razones— al patrimonio de la doctrina católica.
    (Pío XII, Encíclica Humani Generis, punto N° 14)

    Los documentos del C. V. II son magisterio ordinario al que se le aplican las palabras de Pío XII.

  19. Las dos constituciones dogmáticas del Vaticano II se llaman “dogmáticas” porque tratan de materia dogmática, sea la Iglesia (Lumen gentium) o la Revelación (Dei Verbum), a diferencia de las otras dos constituciones, la que trata sobre la liturgia (Sacrosanctum concilium) y la “pastoral” (Gaudium et spes) sobre la Iglesia en el mundo actual (el mundo de entonces, han pasado 50 años). Pero no porque en esas constituciones “dogmáticas”, por razón de la materia, se declarasen verdades ni se condenaran o anatemizasen errores con la autoridad infalible e irreformable del magisterio solemne, lo cual no ocurrió. También un tratado o manual de teología “dogmática” se llama así, y no por ello tiene autoridad infalible e irreformable.

  20. Cierto que, sin la autoridad infalible e irreformable del magisterio solemne, que fue siempre la propia de los concilios ecuménicos o generales hasta el Vaticano II exclusive, los documentos del Vaticano II podrían estar dotados de la autoridad inferior del magisterio meramente auténtico, no infalible ni irreformable, como de las encíclicas papales predicaba Pío XII. Pero fueron los propios papas del Vaticano II, Juan XXIII y Pablo VI, quienes expresa y reiteradamente rebajaron ese magisterio ordinario conciliar (de suyo una innovación en la historia de los concilios ecuménicos) a un novedoso carácter “pastoral”.

  21. Ahora bien, las curaciones de esa enfermedad de Parkinson están excluidas por la oficina médica de Lourdes de su estudio como potencialmente milagrosas, precisamente por la dificultad de considerarlas definitivas o excluir causas naturales.

  22. Falta un primer comentario mío sobre la cuestión de los milagros, pendiente de revisión por el moderador. Confío en que llegue a publicarse.

  23. De todos modos, en los procedimientos tradicionales la cuestión de los milagros ni siquiera llegaba a plantearse, como sello último de la santidad, si había la menor sombra de duda sobre la rectitud de la doctrina (todos los escritos eran exhaustivamente revisados) y la heroicidad de las virtudes. Cualquier duda al respecto paralizaba el proceso, por muchos supuestos milagros que se invocasen. Cuando más el exiguo número de pretendidos milagros a que hoy se ha reducido esa fase.

  24. La mentalida d de Mons. Schneider es de lo ” buenos católicos ” o de los otros .

    Me parece que este monseñor metio la pata , se traicionó .

    1. Creo que simplemente se refiere a católicos sin mala intención, aunque equivocados, como nos puede pasar a todos en algún momento, en algún tema.

  25. ¿Cuáles fueron los milagros de Pablo VI? ¿Realmente fueron milagros? Para que sea milagro se tiene que producir una curación que sea inviable por vía natural o científica. En el caso de Pablo VI no se cumplió con ese requisito. Una bebe que nació a pesar de desprendimiento de la placenta. Algo que suele ocurrir de forma natural y que no acarrea la muerte del feto. Algunos mueren y otros sobreviven y nacen muy sanos. El que un bebe haya nacido en esas condiciones no pude atribuirse a un milagro por cuanto otros bebes nacen sin intervención divina. En todo caso podría llamarse una curación, y no un Milagro. Como curación no califica para Canonización.

  26. Monseñor goza de mi respeto y admiración. Los concilios están inspirados por el Espíritu Santo, pero los padres conciliares sólo buscaron la inspiración en los teólogos de la así llamada “Nueva Teología”, los jóvenes que querían entrar en la Iglesia como un elefante en una cacharrería. Decir que tras el Vaticano II y sus ocurrencias se mantuvo la continuidad de la Iglesia de Cristo es una evidente y obvia mentira. Surgió una religión nueva que afirmaba que la Iglesia fundada por Cristo “subsistía” en la Iglesia Católica. ¡Ojo! negaba esta afirmación la identidad de la Iglesia Católica con la Iglesia fundada por Nuestro Señor.¡Ni más ni menos!. Hasta el día de hoy, no se ha podido conseguir que la Iglesia Católica postconciliar diga que ES la Iglesia fundada por Jesús de Nazaret. ¿Por qué?. Pues porque no lo es, al menos según la jerarquía. Ellos mismos respaldan que una religión nueva y una Iglesia nueva nació a partir de ese concilio.

  27. ¿La Iglesia de Lutero subsiste en la iglesia luterana?. ¿La Iglesia de Calvino subsiste en la iglesia calvinista?. Ridículo y absurdo cuando se cambian los términos, ¿verdad?. A veces es la mejor medicina para ver lo contradictorio de afirmaciones que se hacen sin la necesaria reflexión. Pero vamos a lo grave, que es la negación de la identidad entre Iglesia Católica e Iglesia fundada por Cristo. El CVII afirma pues, que la Iglesia no es, al menos, no exactamente, la Iglesia que fundó Cristo, sino que ésta “subsiste” en aquella, como si hablásemos de un organismo inferior que, aunque disminuido o malherido, permanece dentro de otro superior, la Iglesia Católica. ¡Qué afirmación!. Es como decir que los padres conciliares han creado un organismo que engloba a la Iglesia de Cristo, que subsiste( ahora, sí) en su interior. Bueno, pues monseñor Schneider pertenece a la Iglesia de Cristo que subsiste en la Iglesia Católica, la que se deja inspirar por el Espíritu Santo y no por otro espíritu

  28. Me parece que este texto hace historia. No recuerdo haber oído o leído a un miembro de la Jerarquía hablando tan claro y yendo tan a lo central del problema eclesial de nuestro tiempo. Gracias Mons. Schneider por decir esas cosas sin dejar de reconocer que el Vaticano II es un Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica.

  29. En cuanto al “subsistit in”, no es necesariamente herético, sólo si se lo separa del “est”, es decir, si se afirma el primero negando el segundo, cosa que el Concilio no hace, pero en la práctica sí lo hicieron muchos de los destructores post-conciliares.

  30. Si San Juan Pablo II, en la Constitución apostólica “Fidei depositum”, dice que el Catecismo de la Iglesia Católica esta escrito “en orden a la aplicación del Concilio Vaticano II” (véase debajo del título) y después dice, refiriéndose al valor doctrinal del texto, que lo reconoce “como norma segura para la enseñanza de la fe” (N° 4), ¿dónde está el rebajamiento del magisterio del Concilio?.

  31. El rebajamiento pastoral del magisterio del Vaticano II, in tempore non suspecto, está en el discurso Gaudet Mater Ecclesia de apertura del concilio el 11 de octubre de 1962, para empezar.

  32. Si esta Iglesia a la que uds hacen referencia se equivoca al canonizar santos,tiene papas truchos,es difusora de errores,ignorenla¡¡Cristo eligio a Pedro,debe haber metido la pata varias veces,seguramente habia gente mas capaz que el.creo que Jesus quiso dejar alevosa constancia de que la ROCA,es solo El ,para abajo somos “ciegos conduciendo a ciegos”.Somos muy libres de ir para donde querramos,en esta Iglesia nadie toma lista.

  33. ¿Constancia “alevosa”? Debe de ser un error, o que en la Argentina “alevosa” significa otra cosa. A este lado del Atlántico significa dolosa, hecha o dicha con mala intención. Y entre católicos nunca se ha escrito Él, con mayúscula, para referirse a Pedro y sus sucesores. Ese El con mayúscula se reserva para Dios, y el papa no es Dios. Los papas son sucesores de Pedro, no de Jesucristo. Son también vicarios de Cristo, aunque Francisco haya rechazado el uso de ese antiguo título. Los católicos no somos libres de apostatar y abandonar la Iglesia, porque fuera de ella no hay salvación. Nos toca sufrir, resistir, guardar la fe y la razón, y esperar que Dios ponga fin a esta espantosa crisis de la Iglesia y restablezca su rostro sereno y luminoso.

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