(La Verità)- No hay que molestar a quien dirige las maniobras. No podría ser otro que el Papa Francisco, con la autoridad moral de la túnica blanca, quien pudiera silenciar a los obispos italianos, en ebullición contra la negligencia del primer ministro Giuseppe Conte, que está a favor de la pizza para recoger y llevar a casa y no de la Eucaristía en el altar. El desgarro era evidente, la frase «no podemos aceptar ver comprometido el ejercicio de la libertad de culto» escrita en el comunicado de prensa de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) ha recorrido el mundo católico como una descarga eléctrica. Y al descontento de quienes desean ver reabiertos los portales de la iglesia, se ha añadido el de quienes, en las salas del poder del Vaticano, es más sensible a las razones de la política que a las de la doctrina.
Ayer, en el oficio en Santa Marta, el pontífice trató de poner nuevamente las cosas en su sitio y enviar un mensaje, básicamente de paz, a Palazzo Chigi. «En este momento, cuando se comienza a tener disposiciones para salir de la cuarentena, rogamos al Señor que le dé a su pueblo, a todos nosotros, la gracia de la prudencia y de la obediencia a las disposiciones, para que la pandemia no regrese». Una cascada de espuma contra incendios relanzada de inmediato en Twitter, con gran alegría por parte del padre Antonio Spadaro, el asesor del Papa más preocupado por un posible deterioro de las relaciones con el Partido Demócrata y el Movimiento 5 estrellas.
Después de las palabras de Francisco, los obispos guiados por el cardenal Gualtiero Bassetti permanecen con la cerilla encendida, protagonistas de lo que parece ser una huida hacia adelante, incluso si se ha logrado un resultado concreto: obligar a Conte a buscar soluciones alternativas, entre otras la propuesta de realizar servicios religiosos al aire libre ya desde la próxima semana, para evitar reuniones en ambientes cerrados. Los emisarios de la CEI habían hablado durante mucho tiempo con el gobierno, y habían redactado un protocolo muy rígido para permitir que los fieles regresaran a la casa del Señor. Todo esto para ver rechazados sus esfuerzos por parte de los científicos que dominan la escena, por el Comité técnico-científico, con la fórmula burocrática: «Criticidad que no puede eliminarse».
Parecía un tira y afloja de otros tiempos, aunque sin los destellos de las hogueras de la Ilustración. Sin embargo, los obispos simplemente se habían atenido a las órdenes del Papa. Ha sido precisamente el pontífice, hace dos semanas, quien enfatizó fuertemente que «la familiaridad de los cristianos con el Señor es siempre comunitaria, personal, pero en comunidad. Una familiaridad sin comunidad, sin la Iglesia, sin el pueblo, sin los sacramentos, es peligrosa y puede volverse gnóstica. En esta pandemia se comunica a través de los medios, pero no se está juntos. Tenemos que salir del túnel para volver a estar juntos, porque esta no es la Iglesia». El concepto es aún más profundo y frontal que el enunciado por la Conferencia Episcopal, pero Francisco puede permitirse amnesias no concedidas al común de los mortales, especialmente cuando son útiles para la diplomacia.
En esta fase, las relaciones con el primer ministro Conte, con el verdadero receptor de cualquier alta interlocución, que es el jefe de estado Sergio Mattarella, con el círculo interno intelectual “cattodem”, son demasiado importantes para ser cuestionadas por el tema de la reapertura de las iglesias. Esta es la filosofía política de los colaboradores más cercanos de Bergoglio, dispuestos a sacrificar los sacramentos en el altar de la ideología. Y que están comprometidos en dos frentes estratégicos: construir el pedestal de un partido del Papa, propiamente con el actual Presidente del Consejo como referencia parlamentaria, y contar con alianzas italianas para unir los hilos con China con el objetivo de concretar el histórico viaje de Francisco a Beijing, a través de Wuhan.
Para comprender el alcance de la fibrilación causada por el levantamiento legítimo de los obispos, es suficiente extender la mirada hacia los fanáticos de la corriente progresista, que domina en el Vaticano y que está bien representada en los medios. Quien dio el pistoletazo de salida a través del comunicado de prensa de la CEI, aún caliente, fue Chiara Geloni, ex líder de la Acción Católica, anteriormente portavoz de Pierluigi Bersani y directora de Youdem, la TV del Partido Demócrata. Una pregunta retórica a los obispos sobre su blog, alojado por el Huffington Post, lo dice todo: «¿Vale la pena prestarse a la instrumentalización de algún pequeño partido o gran partido, acostumbrado a volar muy bajo, a la de los ateos devotos, a la de los enemigos del Papa Francisco?». No mostrar debilidad, a los pequeños partidos, a los enemigos. Por lo tanto, la política.
Don Dino Pirri, estrella de Twitter e invitado habitual en televisión, símbolo de los párrocos del espectáculo: «Es una reacción emotiva, me hubiera esperado más prudencia. Les explicamos a los fieles que esta privación debía ser vivida con serenidad, ahora se convierte en un abuso». La belleza de la privación en ayuda del gobierno, por lo tanto, política. Un ejemplo evidente del contraste proviene de Milán. Don Mario Longo, conocido párroco de la Santísima Trinidad (área de Sarpi, barrio chino): «El estado no puede decirle a la Iglesia que no ejerza su misión pastoral». En el Corriere della Sera, Don Luigi Caldera, guía de la comunidad Virgen del Rosario de Cesano Boscone y compañero de estudios del arzobispo Mario Delpini, responde. La motivación es estremecedora: «En Corea, la Iglesia ha desaparecido durante 200 años y la fe se ha mantenido. No nos dejemos instrumentalizar por la política». Siempre la misma obsesión.
En la confrontación entre poderes, se olvida la libertad de los católicos (y de los laicos).
El golpeteo de las espadas cruzadas entre el gobierno y la Conferencia Episcopal acalla un murmullo más sumiso: el de los fieles católicos a quienes les gustaría poder regresar a sus parroquias para participar en la Eucaristía. En la agitación producida por el intercambio de cortesías en la prensa y en los medios, se corre el riesgo de perder de vista el tema principal: reabrir las misas al pueblo no es simplemente una forma de reafirmar, por parte de la Iglesia, un peso político. Es una exigencia verdadera y profunda, que va más allá de las tensiones con los soberanos y los pactos establecidos en voz baja con Giuseppe Conte.
Nos convertimos en Iglesia, recordaba Joseph Ratzinger, «no a través de pertenencias sociológicas, sino a través de la inserción en el mismísimo cuerpo del Señor, a través del bautismo y la Eucaristía». Nos convertimos en Iglesia participando en la misa. Porque esa comida compartida por los fieles es el momento exacto en el que -como escribía Carl Gustav Jung-, «por un instante la vida de Cristo, eternamente presente más allá del tiempo, se hace visible y fluye en la sucesión temporal». Cristo está allí, en presencia de los fieles: ¿realmente tiene sentido evitar un encuentro así de inmenso?
Para algunos, obviamente, todo esto no tiene importancia. Para los laicistas de Micromega, por ejemplo, la comunidad de los fieles «es parte integrante de una comunidad más extensa, la civil, de la cual todo sujeto institucional, incluyendo a la Iglesia Católica, es responsable». Es por eso que las indicaciones del gobierno sobre el cierre «no son posibles de derogar en nombre de ninguna autonomía o garantismo». En el debate sobre las misas, sin embargo, no solo se debate la autonomía de la Iglesia Católica y el poder del ejecutivo. Aquí hay mucho más en juego que la antipatía de ciertos círculos eclesiásticos por Salvini y Meloni, o que las ambiciones de la Comunidad de San Egidio. Hablamos de la plenitud de los seres humanos, que afecta tanto a los católicos como a los no creyentes. En los hechos, estamos permitiendo que un «comité técnico-científico» y algunos grupos de interés político tomen decisiones muy importantes que ciertamente tienen que ver con la salud del cuerpo, pero también con el cuidado del alma.
Aceptando la separación de los afectos más queridos (a los que ahora se nos permite volver a acercarnos, no antes de que hayan pasado el grotesco tamiz de la «estabilidad») y al renunciar a los ritos más sagrados, hemos permitido que el gobierno nos divida en dos. Como ha escrito Giorgio Agamben, «hemos escindido la unidad de nuestra experiencia vital, que siempre es inseparablemente corporal y espiritual al mismo tiempo, en una entidad puramente biológica, por un lado, y en una vida afectiva y cultural, por el otro».
Esta escisión nos impide vivir una vida «auténticamente humana». Nos condena –Ivan Illich ya lo intuía- a una «supervivencia anestesiada, impotente y solitaria en un mundo transformado en un pasillo de hospital». Se aplica a todos, no solo a un puñado de católicos y a algunos sacerdotes. Al permitir que sean los técnicos o los administradores inspirados por ellos quienes determinen nuestra relación con la fe y lo sagrado, nos privamos de una parte fundamental de humanidad. Nos comportamos como si la existencia se redujera a la mera supervivencia del cuerpo.
Hace ya mucho tiempo que esta concesión distorsionada de la vida domina el horizonte, especialmente desde que imperan la ansiedad por la salud y la obsesión por obtener «mejores prestaciones». De esta manera, el hombre queda reducido a una máquina, y la técnica puede continuar su marcha triunfal. El problema es que, si hemos llegado a este punto -es decir, una pandemia global-, también ha sido por vía de la arrogancia de un progreso que se basa solo en la eficiencia y los beneficios. En nombre de la eficiencia y de los beneficios, los pequeños agricultores chinos han sido confinados a los mercados mojados, desde donde se originó la enfermedad. En nombre de la eficiencia y los beneficios, hemos recortado la cantidad de camas disponibles en la sanidad pública, hemos cesado la producción en el país de mascarillas, incluso hemos cimentado todo el edificio europeo sobre la ley de «las pérdidas y las ganancias».
Si pensamos en construir un futuro radiante sobre estos mismos cimientos -es decir, descuidando la vida «auténticamente humana», dejando de lado lo sagrado y limitando la verdadera libertad-, no hacemos otra cosa que engañarnos a nosotros mismos. Al confiar la gestión del alma a los «comités» y los autócratas improvisados, seguramente podremos volver a «la vida de antes». Pero es la «la vida de antes» la que nos ha conducido a la situación en la que estamos ahora.
Publicado por Giorgio Gandola y Francesco Borgonovo en La Verità.
Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.