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El lavatorio de los pies, por Joseph Ratzinger

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Les ofrecemos una meditación de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, sobre el ‘lavatorio delos pies’, que se conmemora hoy en la liturgia del Jueves Santo. El texto fue publicado en el libro El camino pascual (BAC, 1990) y en internet por Mercaba.

En esta meditación quisiera interpretar un aspecto de la visión del misterio pascual que hallamos en el Evangelio de Juan. Muchos exegetas actuales se hallan de acuerdo en que el Evangelio de Juan se divide en dos partes:

  1. a) un libro de los signos: c.2-12;
  2. b) un libro de la gloria: c.13-21.

En esta distribución, sin duda, se acentúa con fuerza el misterio de los tres días, el misterio pascual. Los signos anuncian e interpretan anticipadamente la realidad de estos días, cuyo contenido principal se indica con la palabra «gloria».

1. En esta estructura, el capítulo 13 tiene una importancia particular. La primera parte del mismo expone, a través del gesto simbólico del lavatorio de los pies, el significado de la vida y de la muerte de Jesús. En esta visión desaparece la frontera entre la vida y la muerte del Señor, las cuales se presentan como un acto único, en el que Jesús, el Hijo, lava los pies sucios del hombre. El Señor acepta y realiza el servicio del esclavo, lleva a cabo el trabajo más humilde, el más bajo quehacer del mundo, a fin de hacernos dignos de sentarnos a la mesa, de abrirnos a la comunicación entre nosotros y con Dios, para habituarnos al culto, a la familiaridad con Dios.

El lavatorio de los pies representa para Juan aquello que constituye el sentido de la vida entera de Jesús: el levantarse de la mesa, el despojarse de las vestiduras de gloria, el inclinarse hacia nosotros en el misterio del perdón, el servicio de la vida y de la muerte humanas. La vida y la muerte de Jesús no están la una al lado de la otra; únicamente en la muerte de Jesús se manifiesta la sustancia y el verdadero contenido de su vida. Vida y muerte se hacen transparentes y revelan el acto de amor que llega hasta el extremo, un amor infinito, que es el único lavatorio verdadero del hombre, el único lavatorio capaz de prepararle para la comunión con Dios, es decir, capaz de hacerle libre. El contenido del relato del lavatorio de los pies puede, por tanto, resumirse del modo siguiente:  compenetrarse, incluso por el camino del sufrimiento, con el acto divino-humano del amor, que por su misma esencia es purificación, es decir, liberación del hombre. Esta visión que nos ofrece San Juan contiene, además, algunos aspectos complementarios:

a) Si las cosas son así, la única condición de la salvación es el «sí» al amor de Dios, que se hace posible en Jesús. Esta afirmación no expresa en modo alguno una idea de apokatástasis general, que caería en el error de hacer de Dios una especie de mago y que destruiría la responsabilidad y la dignidad del hombre. El hombre es capaz de rechazar el amor liberador; el Evangelio nos muestra dos tipos de un rechazo semejante. El primero es el de Judas. Judas representa al hombre que no quiere ser amado, al hombre que piensa sólo en poseer, que vive únicamente para las cosas materiales. Por esta razón, San Pablo dice que la avaricia es idolatría (Col 3,5), y Jesús nos enseña que no es posible servir a dos señores. El servicio de Dios y el de las riquezas se excluyen entre sí; el camello no pasa por el hondón de la aguja (Mc 10,25).

b) Pero hay otro tipo de rechazo de Dios; además del rechazo del materialista, se da también el del hombre religioso, representado aquí por Pedro. Existe el peligro que San Pablo llamó «judaísmo» y que es duramente criticado en las cartas paulinas; consiste este peligro en que el «devoto» no quiera aceptar la realidad, es decir, no quiera aceptar que también él tiene necesidad del perdón, que también sus pies están sucios. El peligro que corre el devoto consiste en pensar que no tiene necesidad alguna de la bondad de Dios, en no aceptar la gracia; es el riesgo a que se halla expuesto el hijo mayor en la parábola del hijo pródigo, el riesgo de los obreros de la primera hora (Mt 20,1-16), el peligro de aquellos que murmuran y sienten envidia porque Dios es bueno. Desde esta perspectiva, ser cristiano significa dejarse lavar los pies o, en otras palabras, creer.

2. Vemos así que, a través de la escena del lavatorio de los pies, el evangelista interpreta no sólo la cristología y la soteriología, sino también la antropología cristiana. Para ilustrar esta afirmación quisiera esbozar ahora tres puntos.

a) Además de la vida y de la muerte de Jesús, esta visión comprende también los sacramentos del bautismo y de la penitencia, que nos sumergen en las aguas del amor de Jesús: la vida y la muerte de Jesús, el bautismo y la penitencia, constituyen juntamente el lavatorio divino, que nos abre el camino de la libertad y nos permite acceder a la mesa de la vida.

b) En esta escena se interpreta también el contenido espiritual del bautismo: el «sí» constante al amor, la fe como acto central de la vida del espíritu.

c) De estos dos puntos se desprende una eclesiología y una ética cristianas. Aceptar el lavatorio de los pies significa tomar parte en la acción del Señor, compartirla nosotros mismos, dejarnos identificar con este acto. Aceptar esta tarea quiere decir: continuar el lavatorio, lavar con Cristo los pies sucios del mundo. Jesús dice: «Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros» (13,14). Estas palabras no son una simple aplicación moral del hecho dogmático, sino que pertenecen al centro cristológico mismo. El amor se recibe únicamente amando.

Según el Evangelio de Juan, el amor fraterno se halla entrañado en el amor trinitario. Este es el «mandato nuevo, no en el sentido de un mandamiento exterior, sino como estructura íntima de la esencia cristiana. En este contexto, no carece de interés poner de relieve que San Juan no habla nunca de un amor universal entre todos los hombres, sino únicamente del amor que ha de vivirse en el interior de la comunidad de los hermanos, es decir, de los bautizados. Jn/A-H: No faltan teólogos modernos que critican esta posición de San Juan y hablan de una limitación inaceptable del cristianismo, de una pérdida de universalidad. Es cierto que existe aquí un peligro y que se hace necesario acudir a textos complementarios, como la parábola del samaritano y la del juicio final. A-H/C: Pero, entendido en el contexto de todo el Nuevo Testamento, en su indivisible unidad, Juan expresa una verdad muy importante: el amor en abstracto nunca tendrá fuerza en el mundo si no hunde sus raíces en comunidades concretas, construidas sobre el amor fraterno. La civilización del amor sólo se construye partiendo de pequeñas comunidades fraternas. Hay que empezar por lo concreto y singular para llegar a lo universal. La construcción de espacios de fraternidad no es hoy menos importante que en tiempos de San Juan o de San Benito. Con la fundación de la fraternidad de los monjes, San Benito se nos revela como el verdadero arquitecto de la Europa cristiana; él fue quien construyó los modelos de la nueva ciudad, inspirados en la fraternidad de la fe.

Volviendo al Evangelio, podemos afirmar que el relato del lavatorio de los pies tiene un contenido muy concreto: la estructura sacramental implica la estructura eclesial, la estructura de la fraternidad. Esta estructura significa que los cristianos han de estar siempre dispuestos a hacerse esclavos los unos de los otros, y que únicamente de este modo podrán realizar la revolución cristiana y construir la nueva ciudad.

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3. Quisiera añadir a esta meditación dos exégesis de San Agustín a propósito del lavatorio de los pies; con estas interpretaciones, el Obispo de Hipona explica la tensión de su vida entre contemplación y servicio cotidiano.

a) En una primera consideración, san Agustín reflexiona sobre estas palabras del Señor: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio» (/Jn/13/10). El Santo se pregunta qué quiere decir: si uno se ha bañado, es decir, bautizado, todo él está limpio; ¿por qué y en qué sentido tiene necesidad de lavarse los pies? ¿Qué puede significar este lavatorio de los pies, siempre necesario después de haberse bañado, después del bautismo? Así responde el Santo Doctor: sin duda, el bautismo nos ha limpiado enteramente, incluso los pies. Estamos «limpios»; pero, mientras vivimos aquí abajo, nuestros pies pisan la tierra de este mundo. «Pues los mismos afectos humanos, sin los cuales no hay vida en esta nuestra condición mortal, son como los pies, con los cuales entramos en contacto con las realidades humanas; y estas realidades nos alcanzan de tal manera, que si dijéramos que estamos libres de pecado nos engañaríamos a nosotros mismos» (AUGUSTINUS, Tract. in Johan, LVI 4; C. Chr. XXXVI 468). Pero el Señor está en presencia de Dios y, en virtud de su intercesión, nos lava los pies día tras día en el momento en que nuestros labios pronuncian la oración: perdona nuestras deudas. Todos los días, cuando rezamos el Padrenuestro, el Señor se inclina hacia nosotros, toma una toalla y nos lava los pies.

b) San Agustín reflexiona inmediatamente después sobre otro texto de la Escritura, tomado del Cantar de los Cantares, en el que encuentra unos versículos -a primera vista enigmáticos, según él- sobre el tema del lavatorio de los pies. En el capítulo 5 del Cantar hallamos la siguiente escena: la esposa se encuentra en el lecho y duerme, pero su corazón vela. De pronto, un rumor la despierta; el amado llama: «¡Abreme, hermana mía!» La esposa se resiste: «Ya me he quitado la túnica. ¿Cómo volver a vestirme? Ya me he lavado los pies. ¿Cómo volver a ensuciarlos?»

Aquí comienza la reflexión del Santo Doctor. El amado que llama a la puerta de la esposa es Cristo, el Señor. La esposa es la Iglesia, son las almas que aman al Señor. Pero -dice San Agustín- ¿cómo pueden ensuciarse los pies si salen al encuentro del Señor, si van a abrirle la puerta? ¿Cómo podría ensuciarnos los pies el camino que conduce a Cristo, el camino que lava nuestros pies? Ante semejante paradoja, San Agustín descubre algo decisivo para su vida de pastor, para resolver el dilema entre su deseo de oración, de silencio, de intimidad con Dios y las exigencias del trabajo administrativo, de las reuniones, de la vida pastoral. El obispo dice: la esposa que se resiste a abrir son los contemplativos que buscan el retiro perfecto, se apartan por completo del mundo y quieren vivir exclusivamente para la belleza de la verdad y de la fe, dejando que el mundo siga su camino. Pero llega Cristo, resuenan sus pasos, despierta al alma, llama a la puerta y dice: «Tu vives entregada a la contemplación, pero me cierras la puerta. Tú buscas la felicidad para unos pocos, mientras fuera crece la iniquidad y el amor de la multitud se enfría…»  Llama, pues, el Señor para sacar de su reposo a los santos ociosos y grita: «Aperi mihi, aperi mihi et praedica me!» A decir verdad, cuando abrimos las puertas, cuando acudimos al trabajo apostólico, nos ensuciamos inevitablemente los pies. Pero los ensuciamos por la causa de Cristo, porque aguarda fuera la multitud y no hay otro modo de llegar a ella que metiéndonos en la inmundicia del mundo, en medio de la cual se encuentra (Ibid. LVII. 2-6 p.  470ss)

Así interpreta San Agustín su propia situación. Después de la conversión quiso fundar un monasterio, abandonar definitivamente el mundo y vivir con sus amigos dedicado por entero a la verdad, a la contemplación. Pero en el 391, cuando fue ordenado sacerdote en contra de sus deseos el Señor vino a desbaratar este reposo, llamó a su puerta y desde entonces no había día que no llamara; no le dejaba en paz: «¡Abreme y predica mi Nombre». Agustín llegaría a comprender que esta llamada que escuchaba a diario era realmente la voz de Jesús, que Jesús le impulsaba a ponerse en contacto con las miserias de la gente (por aquel tiempo, el Santo Obispo hacía también las funciones de Khadi, de juez civil) y que, por paradójico que esto pudiera resultar, era precisamente así como caminaba hacia Jesús, como se acercaba al Señor. «¡Abreme y predica mi Nombre!» Ante la generosa respuesta de San Agustín sobra todo comentario: «Y he aquí que me levanto y abro. ¡Oh, Cristo, lava nuestros pies: perdona nuestras deudas, porque nuestro amor no se ha extinguido, porque también nosotros perdonamos a nuestros deudores! Cuando te escuchamos, exultan contigo en el cielo los huesos humillados. Pero cuando te predicamos, pisamos la tierra para abrirte paso; y, por ello, nos conturbamos si somos reprendidos, y si alabados, nos hinchamos de orgullo. Lava nuestros pies, que ya han sido purificados, pero que se han ensuciado al pisar los caminos de la tierra para abrirte la puerta (Ibid. LVII, 6, p.472).

Joseph Ratzinger

EL CAMINO PASCUAL

BAC POPULAR MADRID-1990. Págs. 114-120

Publicado por Mercaba.org.

29 comentarios en “El lavatorio de los pies, por Joseph Ratzinger
      1. Perdone Senor Uno: donde y en qué ocasion dijo Benedicto XVI que los Evangelios no son historicos en algunas partes? Si hay un teologo ortodoxo en todo el universo catolico, éste es Benedicto XVI/ Joseph Ratzinger. Si no es asi por qué en la fraternidad san Pio X vendian su libro “Jesus de Nazaret”? A ver explicamelo un poco.

        1. Tú, a ver qué es lo que es verdad. Como presumes de tanto conocer las obras del teólogo Ratzinger, dínos dónde y cuando que los Evangelios no son históricos en algunas partes.

        2. Tú también eres exegeta? No nos venga con cuentos. Sólo una interpretación histórico – crítica ciega de los Evangelios llevó a algunos exegetas a una tal conclusión. Una metedología criticada por cierto por Ratzinger en sus múltiples escritos. Has leído tanto a Benedicto XVI y no te has percado de esto?

  1. Francisco, papa de los pobres le lava los pies a los descartados, a los olvidados, a los discriminados; nos muestra la cruda realidad de la vida, nos muestra el camino que conduce a Jesús. ¡Larga vida a nuestro dulce Cristo en la Tierra el Papa Francisco!

    1. Al menos durante el Triduo Pascual podrías dispensarnos de tu bochornosa y sacrílega papolatría Al menos en estos días respétale a Jesucristo el protagonismo que le es propio.
      Y no vayas a decir que el blogger ha sacado a Benedicto XVI: éste, al menos, tiene algo sensato que decir y lleva a Dios.

      1. Yo Luis Alberto me uno a lo que dice E.A. Poe, y si hablamos en cristiano ¿Dónde está la libertad de expresión? ¿Cuál es el pecado de E.A. Poe como para censurarlo? Francisco es el mismo Pedro como cuando lo fueron todos los papas en la Historia de la Iglesia hasta la actualidad. Si gustas lo podemos conversar desde Mateo 16,18 hasta la actualidad.
        Bien por el Papa Francisco, sucesor de Pedro, porque así lo dice el Maestro: “Tu eres Pedro”. Y esto no es papolatria, sino fe en las palabras de Jesucristo.
        Saludos

        1. Muchas gracias luis alberto. Es tan bueno ver que existe cristianos como tú llenos de comprensión y fe en nuestro Señor. Dios te bendiga.

          1. ¿Pero el pa pa es tu Señor? Es que no me ha quedado claro, como dices que es el dulce Cristo en le tierra…¿ o es Cristo el dulce pa pa en el cielo?
            Habeis pasado del cuerpo mistico de Cristo al cuerpo místico del pa pa, una especie de cuarta persona de la trinidad. Normal que los protestantes se rian de todo este circo sesentero y no se conviertan. Este bodrio doctrinal no es la iglesia de Cristo como no eran la iglesia católica los arrianos y semiarrianos que llegaron a ser el 90 % de la iglesia católica oficial. Tenían todas las parroquias, pero no tenían la fe.

          2. Poe, ya quisiera ser como Benedicto XVI. Aunque tengo muchos libros de él sobre todo teológicos y liturgia. Asimismo poseo de él 15 files de palanca con sus escritos cuando era Ratzinger y Benedicto XVI. A mi juicio sabe muchos más que Hans Kung y de los teólogos actuales. Rezar por él que en cualquier momento el Padre lo llama.
            Saludos desde el Perú.

        2. ¿Pero en qué quedamos, en que el Pa pa es Cristo en la tierra o que el pa pa es san Pedro en la tierra? Cuanta tontería se dice y cuanta incongruencia.

          1. UNO en el año 1968 el Papa Pablo VI fue a Constantinopla a encontrarse con el patriarca Atenagoras. Dijo textualmente estas palabras: “Nuestro nombre es Pedro”.
            En ese sentido he dicho que Francisco es Pedro. No tengo ningún inconveniente en discutirlo.
            Saludos

      1. El nivel de tus argumentos delatan la calidad de “cristiano” que eres. No sólo eres una mala persona, llena de odio sino que eres enemigo de la Iglesia de Cristo.

        1. Veras Poe. No es en absoluto un problema de argumentacion. Lo que pasa es que ante personas como tu, me gusta usar frases lapidarias. Es la unica manera de hacer de te enteres de algo. Tu no te enteras de discursos bien articulados y argumentados.

    1. Y agradecer a Infovaticana por traer la verdad del lavatorio de pies. Una cosa buena de la suspensión de misas públicas durante la Semana Santa es el no haber de soportar los horrendos lavatorios de pies de Francisco y de muchas parroquias, contrarios a la Escritura y Tradición católicas. Ya falta poco para la purificación de la Iglesia, y es una gracia rescatar la verdad dicha por Benedicto: todo dentro de un acto donde se instituye el sacerdocio, la eucaristía, el bautismo y la confesión dentro de la comunión (aceptar la doctrina) y comunidad (parroquia) eclesial, y no este universalismo fraterno de Francisco donde no está ni Dios ni la Iglesia.

  2. Yo lo siento mucho, pero ni Francisco ni Benedicto XVI son la ortodoxia de la Iglesia, y Juan Pablo II tampoco. Sólo hay que leer lo que escriben y compararlo con Pio XII o san Pio X y todos los demás. Como no hacen la comparación ni leen nada, pues no se enteran.
    Pide en una librería católica las encíclicas anteriores a Juan XXIII que te voy a explicar por qué no las tienen ni las editan ni piensan hacerlo.

    1. UNO, cada Papa es un enigma vestido de blanco para SU tiempo.
      Cómo vas a comparar años 1914, 1928, 1963 con la actualidad. En la época de aquellos Papas estaba de moda el Modernismo, el Marxismo, el Comunismo y hoy prácticamente están borrados del mapa porque esta es una nueva generación. No tengo ningún inconveniente en tratar esas lecturas que tu recomiendas.
      Saludos

  3. luis Alberto, me imagino que no querras lucirte ahora delante del personal, eh. “cada Papa es un Enigma vestido de blanco para su tiempo”; “No tengo ningun inconveniente en tratar esas lecturas que tu recomiendas”. De qué vas colega? De Ortega y Gasset? Mira, no confunda a la gente con tus frasesitas espiritualoides. Si quieres debatir, que veo que tienes ganas, pues adelante pero con argumentos.

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