Por Pedro Abelló
A los jóvenes: si os preocupa y os causa temor el mundo que os hemos dejado, que es vuestro futuro, sólo hay una cosa que podéis hacer para intentar ponerle remedio, o al menos imprimirle un cambio de rumbo que lo aparte de esa ruta directa hacia el caos total, y es intentar comprender las causas que lo han conducido hasta aquí, porque sólo comprendiendo las causas pueden encontrarse los remedios.
Comprender las causas exige un serio y profundo ejercicio de reflexión, de conocimiento de la historia y de la evolución del pensamiento, e incluso de observación de la naturaleza en todas sus manifestaciones; exige liberarse de manipulaciones y de ideas preconcebidas, abrir los ojos a la realidad tal como es y ser capaz de verla con los ojos de un niño para el que todo es nuevo y al que todo sorprende, porque su mente es virgen.
Esa mente de niño será capaz nuevamente de percibir la realidad de las cosas, y se dará pronto cuenta de que el mundo es orden, un cosmos ordenado, y de que el orden reina por todas partes, desde las constelaciones hasta la más ínfima manifestación de la vida o de la materia. Tal vez incluso, si ese niño ha aprendido algo de física, llegará a entender que la materia por sí sola tiende al caos, y que la presencia del orden requiere tal impresionante conjunción de condiciones casi imposibles, que no puede existir orden sin un Ordenador.
El mundo es orden y el orden requiere un Ordenador. Ese es el principio para toda reflexión posterior. El orden lo pone todo en su lugar, porque el orden implica jerarquía. Aunque esa palabra es hoy maldita, porque contradice esa nivelación que el hombre lleva varios siglos intentando imponer, lo cierto es que la jerarquía es condición necesaria para el orden, o consecuencia necesaria del orden, como prefiramos, porque unas cosas están arriba, otras en medio y otras abajo, y el único nivel en el que podrían igualarse es derrumbándose todas hasta lo más bajo.
Para quien no sea consciente de ello, diré que la Física y la Biología Molecular están poniendo patas arriba todo lo que la ciencia pensaba y daba por cierto hasta hace poco tiempo, y los que se resisten a admitirlo son aquellos para los cuales esa admisión supondría el duro reconocimiento de que estaban equivocados, o la pérdida de posiciones de prestigio o atractivas retribuciones. Y, sorprendentemente para muchos, lo que ahora esa ciencia nos dice es lo mismo que la sabiduría intemporal ha dicho siempre: que el mundo es un orden asombroso, que no puede explicarse sin una Inteligencia que lo haya establecido, y que ese orden es tan sorprendente y maravilloso que es imposible observarlo sin caer de rodillas con lágrimas en lo ojos y el corazón palpitando de emoción y asombro infinito.
Pues bien, el hombre había llegado a comprender esa verdad tan sencilla y admirable, y había intentado, a pesar de las dificultades y las imperfecciones, construir una sociedad fundamentada en el orden y en la existencia de esa Inteligencia ordenadora que llamamos Dios, e incluso había llegado a darse cuenta de que esa Inteligencia no es un Deus ex machina, sino un Padre Creador, y que el mundo tiene una finalidad, que consiste en regresar a esa Fuente una vez recorrido un difícil camino en el ejercicio de la libertad, un camino ciertamente escarpado y con bordes muy afilados.
Desde el siglo IV hasta el XIV, más o menos un milenio, tiene lugar ese espléndido intento de construir una sociedad ordenada y orientada hacia lo alto, y partiendo del derrumbe y descomposición de un imperio, el hombre que ha descubierto a Dios es capaz de civilizar a las tribus bárbaras y construir con ellas una civilización que hoy llamamos Occidental, pero que entonces se llamaba Cristiandad.
A lo largo de ese proceso, el hombre hizo cosas maravillosas, pero poco a poco comenzó a valorar más y más sus propias creaciones, su propia inteligencia, su propio dominio sobre la naturaleza, olvidando cada vez más el origen divino de esas capacidades y su subordinación al Creador del orden y de la belleza, y empezó a percibirse a sí mismo como fuente de esa perfección y esa belleza. Es lo que llamamos Renacimiento o Humanismo.
Desde el siglo XV hasta el XVIII tiene lugar un proceso a través del cual el hombre va arrinconando a Dios, con el argumento de que supone un freno para su libertad, de modo que él mismo va ocupando cada vez más el lugar que corresponde a Dios en un orden natural. El hombre se considera autosuficiente; prescinde progresivamente de Dios y de su Ley. El pensamiento evoluciona desde el realismo inicial hasta el idealismo que niega la propia realidad. El hombre se desvincula intelectualmente de la realidad y pretende reconstruirla.
Sería imposible en un breve escrito reflejar las etapas de ese proceso, pero muchos autores han reflexionado provechosamente sobre el mismo y pueden servir de guía. Me atrevo a recomendar La unidad de la experiencia filosófica, de Étienne Gilson, y la Historia de las ideas contemporáneas de Mariano Fazio como ejemplos.
Al finalizar el siglo XVIII ese proceso estalla, entrando en un tiempo que podemos caracterizar como revolucionario, como una revolución permanente. Se inicia con la Revolución Francesa y siguen otras: la revolución soviética, la revolución sexual de los 60 y 70 y sus consecuencias.
El hombre, que se ha desubicado completamente del orden cósmico, reclama libertad, igualdad y fraternidad, pero lo que entiende por esos conceptos es muy distinto de lo que ellos realmente significan. Reclama libertad para dar rienda a suelta a sus deseos sin ataduras morales, igualdad para tener lo mismo que los demás (que los que más tienen) y fraternidad para asociarse con sus “hermanos” (los que piensan como él) y acabar con todo resto de orden que le impida su “libertad” y su “igualdad”.
El hombre que olvida el orden se hace esclavo del desorden, del desorden de sus deseos, de unos deseos sin limitaciones morales o de otro tipo, y así el mundo se convierte en una selva de individualidades enfrentadas, porque los deseos de cada uno chocan con los de todos los demás, la libertad concebida como carente de ataduras es incompatible con la “libertad” de los demás, y la igualdad no puede sino convertirse en uniformidad, eliminando todo lo que sobresalga de la vulgaridad.
Hasta tal punto el hombre llega a auto-divinizarse que decide rehacer la creación, reconstruir la naturaleza a su gusto, pasando por encima de todo orden establecido, y así, por ejemplo, el sexo no vendrá ya determinado por la genética natural, sino que se convertirá en una opción artificial, un sexo “a la carta”; no será la naturaleza la que determinará las características de los individuos, sino las técnicas de selección genética y eugenésica; no será la naturaleza la que determinará el nacimiento y la muerte, sino las técnicas de procreación artificial y la eutanasia…
Un mundo sin orden no puede subsistir; es como un barco desarbolado a merced del temporal y lleno de vías de agua. Es un mundo agonizante, y lo único que puede revitalizarlo es la recuperación del orden. Ahora bien, hay dos órdenes posibles: el orden de arriba y el de abajo, el orden de Dios y el del hombre. El hombre también es capaz de imponer su propio orden, pero es un orden invertido. Es el orden que han intentado imponer todas las tiranías que en el mundo han existido, con el comunismo soviético y el nazismo como sus último ejemplos, y es el orden que puede hoy imponer un relativamente pequeño grupo de hombres con el poder que les proporciona el control de las finanzas mundiales, asociado con las posibilidades de la última tecnología, de las técnicas de manipulación psicológica y el control de los medios de comunicación, de la publicidad, de las productoras cinematográficas y de la industria básica.
Es un orden que convierte al hombre de sujeto en objeto, un objeto sobre el que experimentar, un objeto manipulable al que se puede dictar cómo pensar, en qué creer, qué consumir. Un objeto a quien se puede imponer lo que es bueno y lo que es malo en función de los intereses del poder. Un objeto que ya casi no es un hombre, porque carece de lo que define al ser humano: la libertad.
Un mundo sin orden necesita imperiosamente un orden que controle su deriva hacia el caos, y ese orden termina imponiéndose. A vosotros, jóvenes, os toca decidir entre el orden de Dios o el del hombre.