Empieza el ‘camino sinodal’ alemán con los peores auspicios. O, si se prefiere, con la confirmación de que lo que pretenden sus organizadores es un vuelvo unilateral sin precedentes en doctrinas y prácticas que solo corresponde a la Iglesia Universal, con vistas a un ‘acercamiento’ a las modas ideológicas del siglo.
La agencia de prensa del episcopado alemán, KNA, informa que en la asamblea sinodal que se inicia el Francfort asisten “70 mujeres, 159 hombres y una persona no binaria”. Para los que no estén tan puestos en lenguaje postmoderno como los obispos alemanes, una “persona no binaria” es alguien que, con independencia de su sexo biológico, tiene la fantasía de no ser hombre ni mujer, o las dos cosas. Algo, en fin, que se da de bofetadas tanto con la ciencia como con la antropología cristiana.
Llevamos tiempo informando de este ‘camino sinodal’ propuesto sin consultar con Roma por la Conferencia Episcopal Alemana para revisar una serie de cuestiones doctrinales y de disciplina eclesiástica, muchas de las cuales afectan directamente a la moral sexual: celibato sacerdotal, ordenación de mujeres, licitud de las relaciones sexuales fuera del matrimonio y homosexuales, anticoncepción artificial, etcétera. Y todo, con la pretensión de que lo que salga de ahí sea ‘vinculante’, algo que uno de los pocos disidentes, el cardenal arzobispo de Colonia, Rainer Maria Woelki, asegura que es imposible.
Y la palabra que aparece constantemente en las declaraciones de unos y otros es ‘cisma’, porque ese sería el resultado si la asamblea aprobara normas prohibidas por la Iglesia Católica. Quien tiene menos que perder en todo esto desde su refugio ignoto, el arzobispo Carlo Maria Viganò, lo ha dicho más claro que ningún otro: lo que pretende esta asamblea es “constituir una Iglesia separada de Roma”.
Que es exactamente lo que el cardenal Gerhard Müller, ex prefecto para la Doctrina de la Fe, advierte que no puede pasar, y que sucedería si la asamblea trata de adaptar la doctrina al espíritu de los tiempos.
Pero las declaraciones que han precedido la asamblea son de abierto desafío, en el caso de los más audaces, casi de amenaza de separación si Roma no se pliega a los cambios que decidan. Y pueden ser inasumibles.
Por ejemplo, el padre Hans Langendörfer, secretario de la Coferencia Episcopal Alemana, acaba de confesar en una entrevista concedida al Bonner General Anzeiger que en la asamblea no se ha descartado “debatir el sacerdocio femenino”, alegando que “siempre hay que partir espiritual y teológicamente de la situación pastoral dada”. Dada por el mundo, podríamos añadir.
Esto, pese a que Juan Pablo II proclamó solemnemente la imposibilidad de que la Iglesia pueda algún día ordenar mujeres, como volvió a recordar de manera muy clara el Papa reinante: “Juan Pablo II fue claro y cerró la puerta al sacerdocio, yo no vuelvo sobre este tema”, dijo en julio de 2018 en respuesta a la pregunta de una periodista.
No es que eso parezca quitarle el sueño a Langendörfer, que no oculta su deseo de influir con este sínodo en la revisión de estas cuestiones en toda la Iglesia, apelando a esa ‘sinodalidad’ tan cara al Santo Padre: “Creemos que es inaceptable que todas las cuestiones decididas en Roma, ahora y en el futuro, se tomen sin la participación de las iglesias locales”. Y como no todas las iglesias locales tienen el mismo peso, ya podemos imaginar cuál se impondrá a, digamos, la opinión de las iglesias africanas.
Un grupo de laicos alemanes ha organizado un rosario callejero en frente de la sede en la que se está celebrando la asamblea en Francfort. Nos parece muy conveniente, especialmente cuando intervenga la persona no binaria.