El arzobispo emérito de Tánger pide que no se restaure una iglesia ceutí

El arzobispo emérito de Tánger pide que no se restaure una iglesia ceutí

Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger, ha pedido que no se restaure la iglesia del Carmen de Ceuta con fondos públicos. ¿Por qué? Porque Vox ha exigido que se retire la partida destinada a los MENA, con lo que de una retorcida manera puede interpretarse que los fondos destinados a la restauración serían ‘dinero robado a los pobres’.

Por supuesto, la alegación de Agrelo es absurda. Cualquier gasto que haga el ayuntamiento ceutí puede interpretarse del mismo modo, y así veríamos a monseñor negándose a que realice cualquier gasto porque, de un modo u otro, procedería de ese dinero ‘robado a los pobres’.

Agrelo, en realidad, dispara contra Vox. Lo hace en su página de Facebook, y con artillería gruesa. Lean:

Parece que digo cosas que no debo decir y que me meto donde no debo entrar.

Pues volveré a escribir lo que alguno parece que no ha leído:

«No sé de quién es responsabilidad esa iglesia del Carmen que los políticos ceutíes pretenden restaurar con el dinero quitado a los pobres.

Tengo la certeza de que, si lo es del obispado de Cádiz y Ceuta, no permitirá que un solo euro de los robados a los pobres sirva para poner un solo ladrillo en esa iglesia,»

Como ven, no he sido yo quien ha mezclado emigrantes, menores, entiéndase niños, y restauración de iglesias: Han sido ellos, los políticos.

Ustedes dicen que le quitan el pan a los hijos de Dios y que van a emplear el dinero en arreglarle el garage, y piensan que Dios se lo va a agradecer. ¡Qué poco lo conocen!

Supongo que la laicidad del Estado no cuenta si lo que se pide es contra Vox; en ese caso está bien que sea un prelado emérito quien dicte la distribución del gasto de un ayuntamiento. Este aborrecimiento expreso es repetición. En noviembre escribía:

No soy entendido en leyes, no lo soy en casi nada: pero este candidato a presidir el Gobierno de España va sembrando odio a los niños emigrantes no acompañados -los va señalando como violadores, lo cual me parece materia para fiscales de justicia-.

Pero más allá de las precauciones que con este candidato pueda tomar la justicia, lo que realmente seca el alma y la seca de horror es pensar que puede haber millones de españoles que respiren el mismo odio, evidencien la misma incultura, padezcan el mismo déficit intelectual, exhiban la misma falta de humanidad y el mismo desprecio por los derechos de los demás.

Al candidato y a quienes lo aplauden se lo recordaré por si lo hubiesen olvidado: Esos niños son mis hijos -lo son también vuestros, aunque ustedes no estén en condiciones de reconocerlos-, y son mi Cristo, del que he de cuidar, y por el que un día nos han de preguntar a ustedes y a mí.

Yo no sé muy bien si esta gente que acusa a todo un partido de sembrar odio se da o no cuenta de que siembran odio, a su vez, y que condenan de un modo bastante más amplio y peligroso que los propios condenados. Un gobernante tiene a menudo que tomar decisiones difíciles con un dinero que, al final, no es suyo, y no hay partida que no sea discutible. También se nos ocurre que un político puede decidir discrecionalmente contra la financiación de un centro sin que lo que le mueva sea odio en absoluto, un móvil interno que ni Agrelo ni el propio Papa pueden presuponer.

Pero más de una vez hemos hablado en estas páginas de la nueva hipocresía, con lo que es fácil entender el desgarrador grito de Agrelo, que se ajusta de modo tan maravilloso a las nuevas consignas eclesiales.

Cuando el Papa nos pidió, casi al inicio de su pontificado, que “nos obsesionásemos” con el aborto, pensaba que sería para huir de las obsesiones en sí y evitar centrar todos los esfuerzos de la acción católica sobre la sociedad en luchas monotemáticas, no para cambiar una obsesión por otra, como así ha sido. El Papa ha aprovechado la Navidad para hablarnos de la inmigración, como aprovechó la Semana Santa para hablarnos de inmigración, como nos habla de inmigración, por decirlo en palabras de San Pablo, a tiempo y a destiempo. Lo último ha sido llamar al Mediterráneo ‘cementerio’.

Pero en todas las grandes ciudades de Occidente hay edificios perfectamente legales que, con todas las bendiciones del poder y de la cultura, acaban siendo mataderos de niños por nacer y, por tanto, también cementerios. Niños que son aniquilados por médicos titulados y respetables, en cantidades industriales, siguiendo instrucciones de sus madres. No sufren discriminación: mueren. No unos pocos, como los inmigrantes náufragos, sino todos. No por un malhadado golpe de mar, sino por alguien que busca exactamente su muerte, cuyo trabajo es precisamente hacerlos desaparecer.

No sé, Rick.

Por supuesto, Agrelo está en contra del aborto, al que ha calificado de “ser una propuesta machista y repugnante”. Lo de ‘machista’ nos parece juzgar a las mujeres como menores de edad que no pueden decidir por su cuenta, pero nos quedaremos con el certero “repugnante”. Está contra el aborto. Faltaría más.

Pero, y ahí está lo curioso, no sabemos de que haya rechazado con la misma furia que emplea contra Vox a todos los demás partidos del espectro, decididos defensores del aborto. Y esa es una de las razones evidentes por las que nos parece que la indignación de Agrelo es curiosamente selectiva, aunque hemos de decir que sabiendo muy bien qué lado favorecer y qué lado condenar.

Que lo que se quede sin restaurar sea una iglesia por la pataleta del emérito preferimos no comentarlo, porque no queremos hacer como Agrelo y achacarle motivos que desconocemos.

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