Durante un encuentro con inmigrantes traídos de Lesbos.
El Papa Francisco ha tenido esta mañana un encuentro con los refugiados llegados recientemente de Lesbos gracias a corredores humanitarios. Durante la reunión colocaron una cruz en la entrada del Palacio Apostólico desde el Patio del Belvedere, en memoria de los migrantes y refugiados.
El propio Francisco ha escrito en Twitter que ha decidido «exponer este chaleco salvavidas,“crucificado”,para recordar a todos el compromiso inderogable de salvar todas las vidas humanas», porque la vida de cada persona «es preciosa a los ojos de Dios». «El Señor nos pedirá cuentas en el momento del juicio», ha sentenciado.
He decidido exponer este chaleco salvavidas,“crucificado”,para recordar a todos el compromiso inderogable de salvar todas las vidas humanas,porque la vida de cada persona es preciosa a los ojos de Dios. El Señor nos pedirá cuentas en el momento del juicio. https://t.co/aZmPaHXe4k pic.twitter.com/DEGyrohL2D
— Papa Francisco (@Pontifex_es) December 19, 2019
El chaleco, según ha comentado en el discurso el Santo Padre, es el segundo que le regalaban. El primero pertenecía una niña que se ahogó en el Mediterráneo. Francisco ha dicho que se lo dio a los dos Subsecretarios de la Sección de Migrantes y Refugiados del dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral y les dijo: «¡Esta es vuestra misión!». «Con esto quería subrayar el compromiso ineludible de la Iglesia de salvar la vida de los migrantes, para que después puedan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados», ha asegurado el pontífice.
Con el segundo chaleco es con el que se ha revestido a la cruz hoy expuesta. Según ha afirmado el Papa, fue entregado por otro grupo de socorristas hace unos días y pertenecía a un inmigrante que desapareció en el mar el pasado mes de julio. «Nadie sabe quién era ni de dónde venía», ha dicho Bergoglio, sólo se sabe que su chaleco «se encontró a la deriva en el Mediterráneo central el 3 de julio de 2019, en determinadas coordenadas geográficas».
«Nos enfrentamos a otra muerte causada por la injusticia. Sí, porque es la injusticia la que obliga a muchos migrantes a abandonar sus tierras. Es la injusticia la que les obliga a cruzar los desiertos y a sufrir abusos y torturas en los campos de detención. Es la injusticia la los rechaza y los hace morir en el mar» ha comentado el Papa Francisco.
Tras comentar las características de la cruz, Francisco dijo que los socorristas le contaron cómo están aprendiendo humanidad de las personas que logran salvar. «Me revelaron cómo en cada misión redescubren la belleza de ser una gran familia humana, unida en la fraternidad universal», afirmó.
El Santo Padre ha decidido mostrar esta cruz «para recordarnos que debemos tener los ojos abiertos, tener el corazón abierto, para recordar a todos el compromiso imperativo de salvar toda vida humana, un deber moral que une a los creyentes y a los no creyentes».
«¿Cómo podemos dejar de escuchar el grito desesperado de tantos hermanos y hermanas que prefieren enfrentarse a un mar tormentoso antes que morir lentamente en los campos de detención libios, lugares de tortura y esclavitud innoble?» se ha preguntado el Papa, quien también se ha cuestionado cómo podemos permanecer indiferentes ante los abusos y la violencia de los que son víctimas inocentes, «dejándoles a merced de traficantes sin escrúpulos?»
«¿Cómo podemos «dar un rodeo», como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,31-32), haciéndonos responsables de sus muertes? ¡Nuestra desidia es pecado!», ha sentenciado Su Santidad.
Francisco ha manifestado que no se resuelve el problema «bloqueando los barcos» sino que debemos comprometernos «seriamente» a vaciar los campos de detención en Libia. Debemos «denunciar y perseguir» a los traficantes que «explotan y maltratan» a los inmigrantes, «sin temor a revelar connivencias y complicidades con las instituciones».
«Debemos socorrer y salvar, porque todos somos responsables de la vida de nuestro prójimo, y el Señor nos pedirá que demos cuenta de ello en el día del juicio», ha concluido el Santo Padre.
Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro, ofrecido en español por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:
Este es el segundo chaleco salvavidas que recibo como regalo. El primero me lo dio hace unos años un grupo de socorristas. Pertenecía una niña que se ahogó en el Mediterráneo. Se lo di a los dos Subsecretarios de la Sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral. Les dije: «¡Esta es vuestra misión!». Con esto quería subrayar el compromiso ineludible de la Iglesia de salvar la vida de los migrantes, para que después puedan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados.
Este segundo chaleco, entregado por otro grupo de socorristas hace apenas unos días, pertenecía a un migrante que desapareció en el mar el pasado mes de julio. Nadie sabe quién era ni de dónde venía. Sólo se sabe que su chaleco se encontró a la deriva en el Mediterráneo central el 3 de julio de 2019, en determinadas coordenadas geográficas. Nos enfrentamos a otra muerte causada por la injusticia. Sí, porque es la injusticia la que obliga a muchos migrantes a abandonar sus tierras. Es la injusticia la que les obliga a cruzar los desiertos y a sufrir abusos y torturas en los campos de detención. Es la injusticia la los rechaza y los hace morir en el mar.
El chaleco «viste» una cruz de resina de colores, que quiere expresar la experiencia espiritual que capté en las palabras de los socorristas. En Jesucristo la cruz es fuente de la salvación, «necedad para los que se pierden -dice san Pablo- más para los que se salvan, -para nosotros- es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18). En la tradición cristiana la cruz es un símbolo de sufrimiento y sacrificio y, al mismo tiempo, de redención y salvación.
Esta cruz es transparente: representa un desafío para mirar con más atención y buscar siempre la verdad. La cruz es luminiscente: quiere alentar nuestra fe en la resurrección, el triunfo de Cristo sobre la muerte. También el emigrante desconocido, que murió con la esperanza de una nueva vida, comparte esta victoria. Los socorristas me contaron cómo están aprendiendo humanidad de las personas que logran salvar. Me revelaron cómo en cada misión redescubren la belleza de ser una gran familia humana, unida en la fraternidad universal.
He decidido mostrar aquí este chaleco salvavidas, «crucificado» en esta cruz, para recordarnos que debemos tener los ojos abiertos, tener el corazón abierto, para recordar a todos el compromiso imperativo de salvar toda vida humana, un deber moral que une a los creyentes y a los no creyentes.
¿Cómo podemos dejar de escuchar el grito desesperado de tantos hermanos y hermanas que prefieren enfrentarse a un mar tormentoso antes que morir lentamente en los campos de detención libios, lugares de tortura y esclavitud innoble? ¿Cómo podemos permanecer indiferentes ante los abusos y la violencia de los que son víctimas inocentes, dejándoles a merced de traficantes sin escrúpulos? ¿Cómo podemos «dar un rodeo», como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,31-32), haciéndonos responsables de sus muertes? ¡Nuestra desidia es pecado!
Doy gracias al Señor por todos aquellos que han decidido no permanecer indiferentes y se prodigan para socorrer al desventurado, sin hacerse demasiadas preguntas sobre cómo o por qué se toparon con ese pobre medio muerto en su camino. No se resuelve el problema bloqueando los barcos. Debemos comprometernos seriamente a vaciar los campos de detención en Libia, evaluando y aplicando todas las soluciones posibles. Debemos denunciar y perseguir a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencias y complicidades con las instituciones. Los intereses económicos deben dejarse de lado para que la persona, cada persona, cuya vida y dignidad son preciosas a los ojos de Dios, esté en el centro. Debemos socorrer y salvar, porque todos somos responsables de la vida de nuestro prójimo, y el Señor nos pedirá que demos cuenta de ello en el día del juicio. Gracias.
Ahora, mirando este chaleco y mirando la cruz, que cada uno rece en silencio.
El Señor os bendiga a todos.