Mientras el Papa lamentaba la persecución a los judíos hace más de medio siglo, seguían ardiendo iglesias en Chile, cuyas revueltas contra el Gobierno parecen centrar su potencial destructivo en los templos católicos.
La última ha sido la catedral de Puerto Montt, donde los amotinados causaron destrozos después de intentar quemarla; antes, la iglesia de San Francisco en Valdivia, al sur de Chile, donde las masas de estudiantes sublevados han llegado a profarnar el Santísimo, además de arramplar con bancos, muebles e imágenes religiosas para formar con todo ello barricadas callejeras.
La reacción es de una debilidad tan patética que casi excusa la destrucción. La propia diócesis ha emitido un comunicado que duele leer. Mientras, naturalmente, lamenta la destrucción y, sobre todo, el sacrilegio contra el Cuerpo de Cristo, da su fraternal apoyo a las “hermosas manifestaciones”, pretendiendo ignorar que son lo mismo, que buscan lo mismo, que quieren lo mismo.
Pero esta es la paradoja del presente pontificado, que se ha situado firmemente del lado de quienes a lo largo de toda su historia han destacado por un irrefrenable odio a la religión. Y es esta alineación pública, más dictada por los gestos que por declaraciones tersas -la claridad no es exactamente la característica más destacada de la cúpula eclesial de hoy- la que hace difícil denunciar estos ataques con la fuerza necesaria, como lo es denostar de forma específica la persecución que sufren los cristianos en países islámicos o en la China comunista.
Mucho mejor hablar de los nazis de los años cuarenta, con los que uno consigue el aplauso unánime y nadie se ofende.