El Vaticano niega lo que todos pudimos ver en los jardines vaticanos

El Vaticano niega lo que todos pudimos ver en los jardines vaticanos

Llevamos ya tanto tiempo escuchando a los ‘buenos’ explicaciones cada vez más retorcidas e inverosímiles para convencernos de que lo que se quiere decir no tiene nada que ver con lo que cualquier persona normal entendería que esto de hoy tenía que llegar.

Nos referimos al momento en que, en plena rueda de prensa sinodal, Paolo Ruffini, Prefecto del Dicasterio para la Comunicación, arrebata la palabra al pastor para negar que en la extraña ceremonia presinodal en los jardines vaticanos alguien se hubiera postrado “frente a estos símbolos, estas imágenes”, y que hay que ser “rigurosos en relatar ciertas cosas, ciertos acontecimientos que se han dado frente a las telecámaras”. ¿A quién van a creer, a todo un prefecto vaticano o a sus ojos mentirosos?

Nosotros solo somos unos rígidos sospechosos de pelagianismo que ni siquiera cuentan con la marca de garantía que reparte el Vaticano entre sus sicofantes, así que no vamos a pedirles que nos crean. Mejor, véanlo. Si ponerse en círculo, arrodillarse en el césped e inclinar el cuerpo hasta tocar el suelo con la frente no es postrarse, bueno, entonces no se postraron. Y probablemente los jardines vaticanos estén en Houston, qué se yo.

No sé, esto es de película psicológica, de Luz de Gas, con el protagonista tratando de convencer a la protagonista de que lo que ha visto son alucinaciones o fantasías, tratando de volverla loca. Y se diría que el Vaticano está en lo mismo, y que después de seis años de tratamiento está ya lo bastante confiado para negar lo que puede ver cualquiera.

¿Cómo creerles a partir de ahora? ¿Cómo creer nada de lo que digan? Si son capaces no solo de mentirnos con esa desfachatez, e incluso de reñirnos por creer lo que ven nuestros ojos, ¿qué nos queda?

Por lo demás, es un magnífico colofón para un sínodo donde todo ha sido decorado y falsificación, empezando por el propio objetivo alegado, la lejana Amazonía, cuando se trataba de responder a demandas mucho más cercanas geográficamente. Y lo que no ha tenido de falso, lo ha tenido de ridículo.

El ‘affaire’ de las tallas indígenas, esas que eran una cosa u otra según quién hablara, como si fuese lo más normal del mundo colocar prominentemente objetos en ceremonias papales sin que nadie sepa de qué se trata, ha tenido, después de su sustracción e inmersión, el más patético de los finales. El Papa ha pedido perdón por la hazaña -quién lo hubiera creído de él- a los del REPAM y ha confirmado que figurarán en un lugar de honor en San Pedro durante la clausura del sínodo. Si la cosa se pone mal, siempre puede salir Ruffini a asegurarnos que no estaban allí.

Lo que el gesto papal parece dejar claro -lo de poner las tallas en San Pedro, que lo de pedir perdón por lo que otros han hecho y de lo que no se arrepienten ya es un truco cansino y plagiado- es lo que se viene diciendo desde el principio: que la ‘evangelización amazónica’ es en la dirección contraria a la habitual, es decir, que los amazónicos nos evangelicen.

Ya lo dice el lema/consigna/mantra: “una Iglesia con rostro amazónico”. En la Iglesia de los dos milenios anteriores, lo suyo hubiera sido procurar “una Amazonía con rostro católico”, pero eso era antes de la “atenta escucha” a una espiritualidad del Paleolítico.

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