El director de Religión Digital apunta y dispara en esta dirección, citando los nombres del director de este medio y de uno de sus colaboradores estrella, a quienes asocia tácitamente a un supuesto grupo de ‘cismáticos’ in pectore. La lista: Santiago Martín, Francisco José Fernández de la Cigoña, Gabriel Ariza, Luis Fernando Pérez, Jorge González Guadalix y José Luis Aberasturi.
Dice de nosotros -permítanme que me incluya, por solidaridad editorial-, los ‘rigoristas’, que somos “inasequibles al desaliento y les corroe el odio y la rabia, que retroalimentan con sucesivos platos de la misma medicina. Se cuecen a fuego lento en su propia salsa”. Ya saben, la habitual misericordia y la negativa a juzgar y ese cuidadoso evitar “la cultura del insulto”.
Es curioso lo poco que conocemos de los demás. Vidal llama al ‘cisma’ del que habló el Papa en la rueda de prensa en vuelo “espantajo”, y por su artículo -si puede llamarse ‘artículo’ a un regodeo indisimulado, a una danza triunfal escrita- deduzco que nos imagina complotando un cisma.
Pero da la casualidad de que yo, al menos, pienso en esto como Vidal y contra Seneze, el autor del libro que le regalaron en el vuelo de ida; es decir, creo que ese ‘cisma de los rigoristas’ es, efectivamente, un espantajo que “está sólo en la cabeza de unos cuantos”.
Los católicos superamos los mil millones de personas, y entre ellas puede haber gente extravagante que meta ruido y dé el portazo, pero llamar ‘cisma’ a eso sería como llamárselo a los secuaces del americano Michael Bowden, que se hace llamar Miguel I desde hace décadas. Pero Vidal sabe que ninguno de los nombres que cita es de ese estilo. Vidal sabe -y los ‘renovadores’ saben- que los ‘rigoristas’, precisamente por serlo, tenemos muy clara la enorme gravedad del cisma y la importancia del primado de Pedro. Un espantajo, verdaderamente.
Pero en su encendido regodeo, Vidal ironiza sobre nuestro futuro inmediato, tras las palabras del Papa: “Seguro que recapacitarán, harán examen de conciencia, se arrepentirán, se confesarán y cumplirán la penitencia: No romperás la comunión eclesial ni denostarás al Papa, piedra angular de la citada comunión”. Y ahí hay también otra paradoja en todo este asunto. Sé de Vidal desde hace bastante tiempo, y del portal religioso online que dirige, Religión Digital. No dudo de su buena fe, ni siquiera de su fe, aunque él arremeta contra la nuestra. Pero cualquiera que haya seguido sus tribunas e informaciones en los pontificados anteriores no le calificaría exactamente como un entusiasta del Papado, así, en abstracto.
De hecho, he leído en sus páginas infinidad de opiniones sobre los papas anteriores a Francisco que cualquier persona imparcial consideraría ‘denuestos’; más aún, RD daba cabida (y aplauso) a teólogos que negaban o relativizaban abiertamente los dogmas relativos al Papado.
No es fácil encontrar ‘ipsa verba’, porque muchas de las páginas de Religión Digital parecen haber desaparecido en el olvido digital, cosas que pasan. Pero sí podemos citar al teólogo José María Castillo, pluma habitual del portal y recientemente rehabilitado por Francisco, cuando escribía que “[e]stá más que demostrado que en los evangelios no existe argumento alguno para probar que el obispo de Roma haya tenido o tenga esa potestad. Además, está igualmente demostrado que el poder supremo universal del papado no tiene origen apostólico, sino imperial, de forma que la bibliografía documentadísima, que existe sobre este punto concreto, es enorme. Según los minuciosos y detallados estudios, que se han hecho sobre esta cuestión, la “potestad universal” fue un invento de los emperadores de Roma. En el s. IV, de Roma, pasó a Constantinopla, al Imperio Bizantino. Y de allí, no sin fuerte resistencia de los papas, finalmente, el año 1049, León IX se lo apropió para la sede romana. Pero antes, el papa Gregorio Magno (ss. VI-VII) llegó a decir que utilizar el título de patriarca “universal” era una “blasfemia” (Mon.Germ.Hist., Epist. V, 37)”.
No sé ustedes, pero yo lo veo más cercano al cisma que nosotros. Así que me va a permitir Vidal que no me tome demasiado en serio su virtuoso rasgado de vestiduras ante las críticas que hemos vertido sobre Su Santidad. Porque ese es otro de los curiosos misterios de los renovadores: que los mismos que hoy invocan a todas horas la primacía petrina para cerrar la boca a todos los críticos -contra la opinión expresa del Papa, por cierto- son los que la han menospreciado, ignorado y relativizado cuando los Papas, simplemente, no eran de su gusto.
Creo, así, que no es del todo injusto que nos asalte a menudo la sospecha de que no sea tanto la filial obediencia a la Sede de Pedro lo que mueva a muchos a esta defensa numantina y, como puede apreciarse, no excesivamente caritativa, como el hecho puro y simple de que este sea “su” Papa, el pontífice que, al parecer, impone lo que ellos desean desde hace tanto y, sobre todo, que cesa, humilla y desbarata a quienes siempre han aborrecido.