“Es asombroso constatar cómo esta escucha de los más frágiles, de los pobres, los enfermos, nos pone en contacto con otra parte del mundo frágil: pienso en «los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes”, ha dicho el Papa en el curso de una visita al Centro para enfermos de SIDA de San Egidio en Zimpeto, en Mozambique, citando su propia encíclica sobre el medio ambiente, Laudato Sì. “Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que “gime y sufre dolores de parto”.
“Como en esas esculturas del arte makonde —las llamadas ujamaa con varias figuras enlazadas entre sí donde prevalece la unión y la solidaridad sobre el individuo—, tenemos que darnos cuenta que somos todos parte de un mismo tronco”, ha proseguido. “Vosotros habéis sabido percibirlo, y esa escucha os ha llevado a buscar modos sustentables en la procura de energía, también de acopio y reserva de agua; sus opciones de bajo impacto ambiental son un modelo virtuoso, un ejemplo a seguir ante la urgencia del deterioro del planeta”.
El mensaje está en línea con la reciente petición del Santo Padre a los líderes mundiales urgiéndoles al abandono de los combustibles fósiles, así como con la última intención de oración mensual, en la que pedía a los católicos que se unieran a él para rezar por la salud de los océanos.
Contrasta, en cambio, un tanto con su alocución en la Catedral de Maputo, donde dijo: “Los tiempos cambian y tenemos que darnos cuenta de que a menudo no sabemos cómo encontrar nuestro lugar en nuevos escenarios: seguimos soñando con “las verduras de Egipto”, olvidando que la tierra prometida está delante de nosotros, no detrás, y en nuestra lamentación por los tiempos pasados nos convertimos en piedra. En lugar de proclamar la Buena Noticia, anunciamos un mensaje desolador que no atrae a nadie y que no incendia el corazón de nadie”.
Es difícil no calificar de “mensaje desolador” esa referencia primera a “nuestra oprimida y devastada tierra”. En realidad, todo el discurso de los agoreros climáticos que aplaude Su Santidad -incluyendo la niña Greta, uno de los pocos personajes que citó apreciativamente en su última entrevista en tierra- no merece otro calificativo que el de “desolador”, y la insistencia obsesiva del Papa sobre él podría clasificarse como una “lamentación por los tiempos pasados”, cuando la industrialización aún no había hecho “gemir” a la tierra. Otra cosa es que este ‘mensaje desolador’ sí incendie el corazón de muchos.
Antes de que se me encuadre en la conspiración que han desenmascarado desde el superior de los jesuitas, Artura Sosa, hasta periodistas como Seneze o Iverigh me apresuro a decir que aquí las dificultades que encuentro en las palabras de Su Santidad no son en absoluto doctrinales, sino de hechos, un terreno en el que los Papas no están protegidos por la infalibilidad. Nada, pues, diré de esa referencia al “tronco común” que suena más propio de las creencias de los nativos de la película Avatar que de la teología católica.
No. Me quedaré con ese “Vosotros habéis sabido percibirlo, y esa escucha os ha llevado a buscar modos sustentables en la procura de energía, también de acopio y reserva de agua”, que quizá a algún subsahariano poco piadoso le habrá sonado a sarcasmo.
Porque apuesto doble contra sencillo que los nativos a los que se dirigía Su Santidad cambiarían sin pensar sus “modos sustentables” por modernas instalaciones de energía y conducción de aguas. Uno solo tiene que revisar la esperanza de vida y morbilidad de esos países y compararlos con las que tenemos en países con modelos menos “sustentables”.
Da la sensación de que en ese “habéis sabido percibir” que procedería de alguna “escucha” está el reflejo de la misma idealización de las ‘formas nativas’ que permea todo el documento de trabajo del Sínodo de la Amazonía y que, si nadie lo remedia con cierta dosis de realismo, oiremos hasta el hartazgo el próximo mes, cuando se lleve a cabo en Roma.
En cuanto a la alocución en la catedral, si es, como han interpretado algunos periodistas entusiastas de la renovación, una referencia más contra los tradicionalistas, también se impondría cierta dosis de realismo. Porque basta echar un rápido vistazo a los números -no hace falta espigar: saltan en seguida- para advertir que, lejos de convertirse en piedra, son sus congregaciones, parroquias y seminarios los que más y más deprisa están creciendo, mientras que fue el intento de ‘aggiornarse’ del postconcilio a los tiempos lo que no solo “no atrajo a nadie”, sino que vació templos, seminarios y congregaciones.
Se me ocurre -y aquí ya es un argumento muy personal y perfectamente ignorable- que quizá no resulte muy creíble la Buena Nueva cuando, en su lugar, quienes la traen hablan mucho más que del Reino de los Cielos, de este perecedero reino en la tierra, nuestro albergue o posada común, más que casa, que habrá de pasar con sus océanos cuando aún siga siendo relevante hasta la última iota del mensaje salvífico de Cristo.