… O quizá no

… O quizá no

Los recursos humanos son política; a quién se nombra, a quién se cesa, a quién se da de lado o se promociona son decisiones que hablan más alto que las palabras, sobre todo cuando las palabras se eligen en buena medida para transmitir mensajes ambiguos.

He escrito esta mañana sobre los recientes nombramientos cardenalicios del Papa, efectivos el próximo 5 de octubre, bajo el titular “todo atado y bien atado”, en referencia al deseo expresado en varias ocasiones por el Papa, a decir de sus interlocutores, de hacer ‘irreversibles’ sus cambios en la Iglesia. Y los diez nuevos cardenales transmiten un mensaje diáfano en este sentido: se ha saltado cualquier tradición -dejando, por ejemplo, al arzobispo de la mayor diócesis de la Cristiandad, Milán, sin capelo- para asegurarse de que todos los nombrados son de su línea hasta el menor detalle. No es extraño que el jesuita padre James Martin se mostrara exultante.

Los comentarios de los católicos críticos con la ‘renovación’ son pesimistas, cuando no abiertamente depresivos, contemplando cincuenta, cien años de deriva de la Iglesia hacia su absoluta irrelevancia, fundida con los anhelos del pensamiento mundano. Porque este colegio cardenalicio elegirá, en buena lógica, un Francisco II, que nombrará cardenales aún más progresistas, que elegirán a un Francisco III, que… Ya ven por dónde voy.

Y, sin embargo, los cardenales que eligieron a Jorge Bergoglio fueron elegidos por Juan Pablo II y Benedicto XVI, los Papas frente a los que el pontífice reinante quiere marcar tácita pero claramente la mayor distancia posible en casi todo. Más: los cardenales que eligieron a Bergoglio son prácticamente los mismos que eligieron a Ratzinger, con la única diferencia del puñado de cardenales nombrados… por el propio Ratzinger.

Esto debería hacernos reflexionar y ver que ese intento de hacer ‘irreversible’ nada que sea meramente decisión humana en la Iglesia es una empresa fútil. Si los elegidos por Juan Pablo II y los que eligieron a Benedicto XVI acabaron entronizando a Francisco, eso significa que quien elige a los futuros electores no tiene control sobre ellos. Si eso no fuera así, seguiríamos con el mismo estilo de gestión al frente de la Iglesia que el apóstol San Pedro.

Los estudiosos de la democracia, de su funcionamiento concreto, saben desde hace tiempo que basta una minoría organizada y tenaz para cambiar un clima adverso y darle la vuelta. El Colegio Cardenalicio es un cuerpo electoral muy peculiar, en el sentido de que en su mayor parte no se conocen entre sí, y la mayoría va al cónclave habiendo tratado apenas a un puñado de colegas, si acaso. Lo normal es arrimarse a algún nombre “que suena”, en torno a los personajes de los que más se hable, sin un conocimiento profundo del candidato elegido.

Con Francisco, los cardenales han tenido aún menos ocasiones de conocerse, y el hecho de que, en esta última lista, no haya más que un italiano y ningún curial hace aún más difícil el conocimiento mutuo necesario para una elección meditada.

Pero no es eso lo único que hace en última instancia inútil todo intento de asegurar un sucesor de la misma línea. Una vez muerto, el Papa reinante deja de tener todo poder sobre los cardenales que ha elegido; no puede castigarles ni premiarles. Pueden cambiar de línea ‘ideológica’, pueden atenerse a intereses estratégicos diferentes. Puede haber más de alguno, incluso, que afecte tal o cual línea sencillamente porque es la que le va a permitir medrar en el escalafón, y que revelaría un estilo pastoral muy distinto con otro Papa. Incluso ahora mismo nos vienen a la cabeza nombres que no daremos de prelados que desplegaron un estilo adaptado al de Benedicto XVI y que hoy se han convertido en entusiastas del más puro ‘francisquismo’. Esas cosas pasan, también en la jerarquía de la Iglesia.

Aún más, se han dado casos en la Historia de la Iglesia de pontífices que fueron elegidos por una inclinación percibida y acabaron siendo famosos por la contraria. Porque si los electores quedan libres para elegir, el elegido queda libre para cambiar.

Naturalmente, por encima de todo está la Providencia, que debería bastar para prohibirnos cualquier desánimo o catastrofismo. Pero incluso pensar en el mero misterio del alma humana y recordar los precedentes inmediatos es suficiente para no dar por segura la continuidad de un estilo.

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