… Y algo menos de inmigrantes, muros, puentes y medio ambiente? Son temas interesantes, sin duda, y con vertiente moral, como casi todos. Pero ya hay muchas organizaciones que los tratan a todas horas con mejores credenciales, y solo una que pueda hablarnos con autoridad de Cristo, de la Salvación y de nuestro destino eterno.
El Via Crucis papal se convirtió este año en un monográfico sobre la suerte de los inmigrantes (personas inmigrantes, si prefieren), tan insistente que en ocasiones parecía, no que los inmigrantes fueran un símbolo -un tanto distorsionado- de Jesús, sino que Jesús fuera una excusa para sermonear sobre la inmigración.
Entiéndanme: la fe cristiana no tiene sentido sin una actualización personal, sin una plasmación concreta, y en ese sentido es de todo punto prudente y oportuno hacer referencia a esa obsesión evangélica de la preferencia por el pobre, el que sufre, el ‘descartado’. Y el fenómeno de la inmigración masiva nos ofrece sin duda en la figura del inmigrante una perfecta encarnación de ese ‘último’ que será el primer en el Reino de los Cielos.
Pero no es ese el eje del día, Santidad, ni son lo pobres y marginados, como le he leído “los protagonistas del Evangelio”. El protagonista del Evangelio es Cristo, Dios hecho hombre, que muere voluntariamente una muerte infamante para liberarnos del pecado y abrirnos las puertas del Cielo. Y los fieles esperan de Su vicario, en el día en que se conmemora Su Pasión, que hable de eso, no de ninguna otra cosa, no de ninguna otra causa, por noble que sea. El fiel está sediento de ‘palabras de vida eterna’, de las realidades sobrenaturales que explican todo lo demás, que son la razón para ver en el sufrimiento del inmigrante una suerte de reflejo del sufrimiento de Cristo y en el propio inmigrante, un hermano.
Cristo no vino a abolir la pobreza, ni la enfermedad; ni siquiera a proponer un sistema político que acabara con el sufrimiento humano. Dios no necesita encarnarse ni sufrir para acabar en un instante con ambas, y el propio Cristo nos aleccionado de que “siempre tendréis a los pobres entre vosotros”.
Por lo demás, que el cristiano deba acoger al inmigrante concreto y que los poderes públicos deban abrir sus fronteras a todos los que quieran entrar son dos cosas completamente distintas. La primera es una necesidad nacida de la caridad, un deber de todo cristiano; lo otro es una medida de prudencia elemental que corresponde sopesar a los políticos, y que es engañoso y falsamente ingenuo suponer que tiene una respuesta simple, como ya debería ser evidente a estas alturas.
Eso, sin contar con que los inmigrantes no son los únicos ‘sufrientes’ a los que podría referirse Su Santidad. La suerte de los cristianos perseguidos en todo el mundo clama al cielo, literalmente, desde la oleada de ataques a iglesias en Francia hasta la masacre de Sri Lanka, o los millones de niños que se asesinan cada año en el vientre de sus propias madres con todas las bendiciones de las autoridades del Occidente postcristiano.
Es evidente la connotación política, la intención política, las medidas que el Papa defiende vehementemente sobre la inmigración y, siendo muy respetables, son perfectamente cuestionables. En Semana Santa, queremos que el Papa nos hable de Dios, del sentido de la Pasión, de realidades espirituales de las que el clero católico ha dejado abrumadoramente de hablar, o lo hace en términos tan vagos y difusos que transmiten la sensación de que las consideran ‘símbolos’. Hoy, en el Regina Coeli del lunes de Pascua, el Papa ha dicho que “Jesús resucitado camina junto a nosotros”, lo que solo es cierto en un sentido espiritual, no físico, y es importante, crucial, recordar que Su Resurrección es una realidad física y tangible.
No debemos ser los únicos, por otra parte, en deplorar esa ‘politización’ empecinada de las celebraciones más sagradas: no solo el Via Crucis fue seguido ‘in situ’ por mucha menos gente que otros años, como se aprecia a simple vista, sino que su retransmisión televisada perdió en Italia ochocientos mil televidentes con respecto al año pasado.