Lo que Steve Skojec ha bautizado como ‘benevacantismo’ -la teoría de que la renuncia de Benedicto XVI no fue válida o completa, y sigue siendo el ‘verdadero’ Papa-, y al que dedica hoy en OnePeterFive su enésima refutación, sigue coleando, indestructible. Y la papelería de la propia Santa Sede no ayuda, alimentando la confusión.
La Secretaría de Estado del Vaticano, el órgano supremo de gobierno de la Santa Sede al servicio del Papa, se dirige a Benedicto XVI en una carta fechada el pasado 18 de febrero en unos términos que no cambiarían en una sola letra si fuera el actual Papa reinante. Nada en ella indicaría a un futuro historiador que no se trate del pontífice que gobierna hoy la Iglesia. Ni rastro del famoso ‘emérito’.
Ya lo de ‘emérito’ resulta especialmente confuso. Primero, porque la analogía más próxima que tenemos del uso del término se refiere a los obispos, que al retirarse del ejercicio activo retienen, sin embargo, los plenos derechos de su dignidad episcopal.
En segundo lugar, porque ese extraño título, desconocido en veinte siglos de historia de la Iglesia, fue una disposición suya, que especificó en los momentos posteriores a su renuncia y al detalle la fórmula de tratamiento -Su Santidad, como aparece en la carta mencionada-, la conservación del nombre pontificio -Benedicto, no Joseph-, el hábito blanco, la permanencia residencial en el Vaticano y otros detalles que no ayudan precisamente a deshacer el equívoco.
Un equívoco que alimentó muy a su pesar su secretario y amigo, el arzobispo Georg Gänswein, con una tortuosa y ambigua explicación de su renuncia que se vio obligado a clarificar en numerosas ocasiones.
En la carta en cuestión, la Sección Primera-Asuntos generales respondía a la consulta de un sacerdote norteamericano. El contenido no hace al caso, pero lo notorio es que el departamento vaticano en cuestión se refiere a él con los títulos y de la forma exacta con la que podría referirse al propio Francisco. Ni siquiera aparece la palabra ‘emérito’ por ninguna parte.
Ya su paisano, el cardenal emérito Walter Brandmüller criticó en carta dirigida a Benedicto que se prestase a esta confusión, y en los tiempos de tormenta y ambigüedad que padece la Iglesia, lo último que necesita es cualquier cosa que pueda dar pábulo a peligrosas teorías de la conspiración, con riesgo real de cisma o, al menos, de apostasía práctica por parte de muchos.