En pleno corazón de Roma, protegido por una gran muralla flanqueada por la Guardia Suiza Pontificia, se encuentra el estado de la ciudad del Vaticano, el país más pequeño y quizá el más influyente del mundo.
Son menos de mil las personas que habitan a lo largo y ancho de sus 44 hectáreas. El Santo Padre -el jefe de Estado- junto a miembros de la curia, religiosos, algunas familias y miembros de la Guardia Suiza son los únicos que residen en este enclave, centro neurálgico del catolicismo.
A la ciudad se puede acceder a través de tres entradas: El ingreso del Peruggino, la entrada al Sant’ Ufficio y la puerta de Santa Ana, siempre custodiadas por los militares encargados de la seguridad del Papa, a quienes debes dirigirte antes de «cruzar la frontera». Es aquí donde comienza la odisea.
Número 271
Llego a la entrada principal, la puerta de Santa Ana, donde el guardia suizo me pregunta la razón por la que deseo entrar. Le explico que tengo una cita en el periódico L’ Osservatore Romano y me pide que me dirija primero a otro grupo de guardias que se encuentra más adelante. Les vuelvo a contar mi historia y me dicen que pase al «Ufficio permessi» (la oficina de permisos).
Una vez dentro, me sitúo en la zona derecha de la sala, donde se entregan los permisos para poder entrar a la ciudad. Cuando llega mi turno, un italiano al otro lado de una vitrina me pregunta -otra vez- el objetivo de mi visita y me pide que le entregue mi documento de identidad.
A continuación, guarda mi DNI en una estantería y me entrega un pase donde se puede leer «Generici» y el número que me corresponde, el 271.
Ya con el permiso -y sin mi documento de identidad-, un guardia me indica cómo llegar hasta el periódico de la Ciudad del Vaticano, situado a pocos metros de la puerta de entrada, en el edificio colindante al Centro Televisivo Vaticano. Al terminar, vigilada por otro miembro de la Guardia Suiza vuelvo a la oficina de permisos, donde dejo de ser el número 271 y vuelvo a ser Almudena.
Según me explica a la salida un miembro de la Guardia Suiza, si no eres residente ni trabajas dentro de la ciudad, se puede entrar solamente con un permiso: «Por un motivo válido, como una cita, necesidad de ir a la farmacia (siempre con receta médica) o si tienes que ir, por ejemplo, a L’Osservatore Romano». El permiso lo concede la Secretaría de Estado o el «Governatorato» y solamente se entrega si la persona «va acompañada de un ciudadano del estado del Vaticano».