La receta de Benedicto XVI para la Iglesia: distanciarse del mundo

|

Fue el 25 de septiembre de 2011 en el Konzerthaus de Friburgo, durante un Viaje Apostólico de 4 días que Benedicto XVI realizó a su país natal. Un discurso histórico, en el que Ratzinger se pregunta, ante el desplome de practica religiosa, si debe cambiar la Iglesia, si debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente.

Durante el discurso el Papa se pregunta cómo se debe configurar concretamente ese cambio en la Iglesia, «¿Se trata tal vez de una renovación como la que emprende, por ejemplo, un propietario mediante la reestructuración o pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino?» cuestionó el Papa alemán.

El motivo fundamental del cambio «consiste en la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma», dijo el pontífice, y la Iglesia, añadió, «debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión». Para cumplir su misión, dice Benedicto, «deberá continuamente también tomar distancias respecto a su entorno, deberá, por decirlo así, desligarse del mundo».

La Iglesia «no posee nada por sí misma ante Aquel que la ha fundado, de modo que se pudiera decir: ¡La hemos hecho muy bien!» Su sentido consiste en ser «instrumento de la redención, en dejarse impregnar por la Palabra de Dios y en introducir al mundo en la unión de amor con Dios», dice Ratzinger. Benedicto XVI continua diciendo que cuando es realmente «Ella misma», está siempre en movimiento, al servicio  de la misión que ha recibido del Señor. Por ello debe abrirse y dedicarse sin reservas a las preocupaciones del mundo.

«En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria» asegura el Papa, «la de una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda en este mundo, es autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo».  De este modo al Papa no le extraña que dé mayor importancia «a la organización y a la institucionalización», que no a su llamada de estar «abierta a Dios y a abrir el mundo hacia el prójimo».

Para corresponder a su verdadera tarea, según el Papa Emérito, la Iglesia «debe hacer una y otra vez el esfuerzo de desprenderse de esta secularización suya», en cierto sentido, añade, «la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior».

Las secularizaciones, ya consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares, continúa Benedicto XVI «han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por decirlo así, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza terrena». Separándose de sus lazos materiales «su obra misionera volvía a ser creíble».

El testimonio misionero de la Iglesia «desprendida del mundo» resulta más claro, prosigue Ratzinger, «liberada de fardos y privilegios materiales y políticos» la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera genuinamente cristiana al mundo entero.

La Iglesia se abre al mundo, «no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder», sino más bien para «hacerles entrar en sí mismos y conducirlos» hacia Dios. El Papa deja claro que no se trata de encontrar una nueva táctica para «relanzar la Iglesia» sino que se trata más bien de dejar «todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad», quitando lo que «sólo aparentemente es fe, pero que en realidad no es más que convención y costumbre».

Para el hombre, sigue Su Santidad, «la fe cristiana es siempre un escándalo», creer que el Dios eterno se preocupa de los seres humanos, nos conoce, es accesible, ha sufrido y muerto en la cruz, que se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna, «es sin duda una auténtica osadía». Este escándalo «ha sido desgraciadamente  ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe» dijo el Papa.

Por último dice que hay una razón más para buscar ese distanciamiento del mundo desprendiéndose de lo mundano que hay en la Iglesia. Dice que una Iglesia «aligerada de los elementos mundanos» es capaz de comunicar a los hombres «también en el ámbito social y caritativo», la particular fuerza vital de la fe cristiana. Incluso las obras caritativas de la Iglesia deben «prestar una atención constante» a la exigencia de un «adecuado distanciamiento del mundo» para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, «sus raíces se sequen», Dijo Benedicto.

«Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios», concluyó el Papa alemán, antes de bendecir y agradecer a su auditorio la atención mostrada.

Discurso completo del Santo Padre

Ilustre Señor Presidente Federal
Señor Presidente de Ministros
Señor Alcalde
Ilustres señoras y señores
Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio,

Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como “valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos” (Lumen gentium, 35), como el Concilio Vaticano II define a quienes, basándose en la fe, se preocupan como ustedes del presente y del futuro. En sus ambientes de trabajo defienden con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia, algo que verdaderamente –como sabemos– no es siempre fácil en el tiempo actual.

Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?

A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: Usted y yo.

Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay  motivos para un cambio, de que existe esa necesidad. Cada cristiano y la comunidad de los creyentes en su conjunto están llamados a una conversión continua.

¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que emprende, por ejemplo, un propietario mediante la reestructuración o pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia, y aquí no podemos afrontarlos todos. Pero por lo que se refiere al motivo fundamental del cambio, éste consiste en la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos destacan distintos aspectos del envío a la misión: la misión se basa ante todo en una experiencia personal: “Vosotros sois testigos” (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: “Haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: “Proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, este testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, “trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima” (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, deberá continuamente también tomar distancias respecto a su entorno, deberá, por decirlo así, desligarse del mundo.

En efecto, la misión de la Iglesia se deriva del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. Y el amor no está presente en Dios sólo de un modo cualquiera: Él mismo lo es, es por su naturaleza amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse aislado en sí mismo, sino que por su naturaleza quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, este amor ha alcanzado a la humanidad – esto es, a nosotros – de modo particular; y esto por el hecho de que Cristo, el Hijo de Dios, ha salido, por decirlo así, de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; no sólo para ratificar al mundo en su ser terrenal, y ser para él como un mero acompañante que lo deja tal como es, sino para transformarlo. Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye –como dicen los Padres de la Iglesia– un sacrum commercium, un intercambio entre Dios y los hombres. Los Padres lo explican del modo siguiente: nosotros no tenemos nada que podríamos dar a Dios; sólo podemos poner ante Él nuestro pecado. Y Él lo acoge, lo asume como propio y nos da a cambio a sí mismo y su gloria. Se trata de un intercambio verdaderamente desigual, que se lleva a cabo en la vida y la pasión de Cristo. Él se hace pecador, toma sobre sí el pecado, asume lo que es nuestro y nos da lo que es suyo. Pero después, en el desarrollo del pensamiento y de la vida a la luz de la fe, se ha ido aclarando que nosotros no le damos sólo el pecado, sino que Él nos ha dado la capacidad; desde lo íntimo nos da la fuerza de darle también algo positivo, nuestro amor, de entregarle la humanidad en sentido positivo. Naturalmente, está claro que únicamente gracias a la generosidad de Dios el hombre, el mendicante que recibe la riqueza divina, puede no obstante dar también algo a Dios; Dios hace que el don nos sea soportable haciéndonos capaces de convertirnos en quienes pueden darle algo.

La Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada por sí misma ante Aquel que la ha fundado, de modo que se pudiera decir: ¡La hemos hecho muy bien! Su sentido consiste en ser instrumento de la redención, en dejarse impregnar por la Palabra de Dios y en introducir al mundo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Cuando es realmente Ella misma, está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. Por eso debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo, del cual ella precisamente forma parte, dedicarse sin reservas a estas preocupaciones, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.

 En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, es decir, la de una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda en este mundo, es autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo. Así, no es raro que dé mayor importancia a la organización y a la institucionalización, que no a su llamada de estar abierta a Dios y a abrir el mundo hacia el prójimo.

Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe hacer una y otra vez el esfuerzo de desprenderse de esta secularización suya y volver a estar de nuevo abierta a Dios. Con esto sigue las palabras de Jesús: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17,16), y es precisamente así como Él se entrega al mundo. En cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

En efecto, las secularizaciones –sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares– han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por decirlo así, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza terrena. De este modo, comparte el destino de la tribu de Leví que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino que, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. La Iglesia compartía en aquellos momentos históricos con esta tribu la exigencia de una pobreza que se abría hacia el mundo, para separarse de sus lazos materiales, y de este modo también su obra misionera volvía a ser creíble.

Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia desprendida del mundo resulta más claro. Liberada de fardos y privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero; puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración de Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera que va unida a la adoración cristiana, y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible. La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así hacia Aquel del que toda persona puede decir con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.

No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para relanzar la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy, viviéndola íntegramente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero que en realidad no es más que convención y costumbre.

Digámoslo con otras palabras: para el hombre, la fe cristiana es siempre un escándalo, y no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupa de los seres humanos, que nos conoce; que el Inasequible se ha convertido en un determinado momento y lugar en accesible; que el Inmortal ha sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, creer todo esto es sin duda una auténtica osadía.

Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es, cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.

Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de buscar el verdadero distanciamiento del mundo, de desprenderse con audacia de lo que hay de mundano en la Iglesia. Naturalmente, esto no quiere decir retirarse del mundo, es más bien lo contrario. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a quienes los ayudan–, precisamente también en el ámbito social y caritativo, la particular fuerza vital de la fe cristiana. “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar una atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.

Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia desligada del mundo testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación  con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.

Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando

Comentarios
26 comentarios en “La receta de Benedicto XVI para la Iglesia: distanciarse del mundo
    1. Me parece muy esclarecedor e instructivo. DIOS QUIERA el Papa Francisco pueda continuar c el pensamiento de Benedicto y hacerlo efectivo. Que el ESPIRITU SANTO lo ayude.
      Gracias x la nota
      Maria Angelica

  1. Efectivamente tiene toda la razón, pongo el ejemplo en españa, tiene exceso de propiedades y privilegios, exceso de ONGs que dependen económicamente de las subvenciones del estado, colegios que dependen de subvenciones estatales, y muchas más posesiones y dependencias que los fieles no sabemos, a veces nos parece fantástico que las autoridades civiles reformen templos o restauren retablos porque son antiguos, ¿quién estaría en contra. El mundo es astuto, porque detrás de todas esas restauraciones y ayudas viene luego la contrapartida, que se se va creando una dependencia de los obispos hacia los poderes públicos. Muchas confesiones protestantes no tienen ni retablos ni imágenes antiguas ni iglesias artísticas, pero son muchos los hombres y mujeres que acuden a ellas semanalmente para encontrarse con Dios y porque encuentran un consuelo a sus quehaceres diarios. ¿Está Dios en los retablos o en las catedrales?.

    1. María: las confesiones protestantes no tienen retablos ni imágenes antiguas ni iglesias artísticas, no, en efecto: tienen obispas lesbianas, gays y algunos de sus líderes se desplazan en verdaderos Jets de lujo, amén de mansiones no privadas de nada.
      En cualquier caso, los protestantes no habéis entendido nada de nada con ese tema. Detrás de un retablo, detrás de una Iglesia bella está el talento de un artista ¿Y sabes tú quién es el que reparte talentos? ¿Acaso tu eres la que por miedo a perderlo esconde su talento? Cada uno hacemos uso de aquello que se nos ha dado. Y al artista se le ha dado su mano para el arte. Que por otra parte es Palabra expresada en imagen, la Cual estamos en misión de difundir.
      Esa belleza artística no es o no pretende ser muy diferente de la música como medio de hacer llegar la Palabra al hombre. ¿Cantáis los protestantes en vuestras confesiones? Pues eso, chica, es arte, incluso el Golspel, aunque esté años luz de la polifonía barroca.

      1. María no tiene razón. Ni una. Un retablo es Evangelio en imagenes. Las palabras escritas son imágenes, austeras imágenes pero imágenes ¿Acaso Dios no se merece que se le ofrende lo mejor del talento que se nos ha dado: el músico su música; el médico sus remedios; el físico su Física o el artista su arte?
        Menudas majaderías protestantes las vuestras.

    2. Que nos «beneficiamos» de que el estado restaure iglesias, en ello mucho que discutir, como que no lo haga con todos los edificios religiosos por igual. Pero vale… Y es cierto que hay contrapartidas y hay que pasar por el aro o si no, te quedas a dos velas. Que se lo pregunten, si no, a los benedictinos del Valle.
      De ahí a decir lo de que en las iglesias protestantes se encuentran con Dios…
      Se lo pasarán bien, yo no digo que no. Pero no tienen a Jesús en la Eucaristía. Así que sacarían lo mismo si se fueran al campo o al bar.
      Dios está en los retablos y en las catedrales y en toda iglesia o ermita donde haya un Sagrario.

  2. Hace ya 8 años de este memorable discurso, que marca las distancias de la Iglesia verdadera respecto al mundo, especialmente al mundo globalizado en el materialismo, la impureza y la impiedad. Este discurso (junto con el de Ratisbona y la alusión al anticristo en un ángelus) fueron causas de la maniobra para sacarle de la cátedra romana. La descripción de la situación de la Iglesia que hace Benedicto y sus soluciones son lo contrario. lo absolutamente opuesto, a lo que pregona y ejecuta quien ocupa ahora esa cátedra para desgracia de los fieles a Jesucristo. Por desgracia, Benedicto no ha visto todavía completamente el peligro que encarna su sucesor. Pero Dios va a hacer que lo vea muy pronto: la espada de la verdad -el aviso- se levantará no solo contra «el pastor» , sino también contra «el hombre en compañía del Señor» (el contemplativo) Za 13, 7.

  3. Que hermoso habla el Papa Benedicto,. Como me ha gustado, ?????, es la Iglesia su preocupación, es quitarle fardos, no ponerle, ¿Lo habrán oído o leído muchos de quienes están en la reunión? como son Cardenales, tal vez si, y nosotros los laicos, deberíamos interesarnos también, para enseñarnos a tratar con dignidad y respeto a nuestra hermosa Iglesia Católica

  4. Que contraste entre este hombre y los patanes que peroran oquedades !
    Escribio Antonio Machado,

    Desdeño las romanzas de los tenores huecos
    y el coro de los grillos que cantan a la luna.
    A distinguir me paro las voces de los ecos,
    y escucho solamente, entre las voces, una.

    Benedicto alinea su voz con la Voz
    Con la excepción de los «los cuatro Cardenales Rebeldes, que ya son más de cuatro», el resto es Eco de la nada.
    Veremos pronto como los perros mudos son arrojados al depeñadero!!

  5. El Papa humilde, santo, sabio y prudente, como siempre, dando en el centro de la diana. Dios bendiga a nuestro Santo Padre Benedicto XVI y nos lo conserve mucho tiempo.
    Wir alle lieben dich, Papst.

  6. Yo lo que quiero constatar que estamos cargados de edificios bellísimos esculpidos por grandes escultures y pintores geniales, el mismo Vaticano yo no lo he vistado pero según dicen es una gran obra de arte, Las catedrales españolas las que yo conozco son esplenderosas. Pero el mantenimiento de esas catedrales nos obliga a cobrar por visitarlas, y a que dentro los turistas se comporten como si estuvieran en el parque. La iglesia en años y años ha ido acumulando patrimonio artístico de todo tipo. Pero hoy en día quizás sea un lastre, y Benedicto XVI se ha dado cuenta de que una iglesia pobre y liberada de fardos puede predicar el evangelio de verdad sin miedo a los poderes mundanos.

    1. Vamos a ver, el sacerdote de la Iglesia a la que asisto, dice: necesitamos pagar luz, agua, mantenimiento, empleados, velas , flores, su propia manutención, a la que tienen total derecho, y damos los feligreses, ( si es que damos), una pequeña moneda, los generosos, que pueden, dan billete, y las esplendorosas catedrales, son un mínimo esfuerzo por demostrarle a Dios, lo mucho que nos importa, como cuando esperamos invitados muy queridos a comer, les queremos agasajar con lo mejor, el mismo Dios, dió instrucciones de cómo tenía que ser y como hacer el Templo de Salomón, y el Arca de la Alianza,. Yo creo que el Papa Benedicto, se refiere a ésa pobreza espiritual, aquella, de las bienaventuranzas, un hombre rico puede ser pobre de espíritu, como su amigo Lázaro,. Ése es el enemigo a vencer, apegarnos a lo material,. A mí modo de ver.

    2. María, no se confunda. Mucho más patrimonio artístico tendría la Iglesia Católica si los estados no se lo hubieran expoliado a lo largo de la historia . Mientras las «iglesias protestantes» viven de los impuestos que se exigen a los contribuyentes quieran o no éstos, la Santa Iglesia Católica se financia de las aportaciones libres, personales y voluntarias de sus fieles.

  7. Mu bien Joseph Ratzinger toda mi admiración!, pero podría haber continuado y llevar a cabo lo que se proponía, sin excusas. por algo lo dejó, y aquí lo reponen como una fantasmada, lamentablemente no tuvo el valor de seguir con la misión. Si se hubiese quedado, el Espíritu Santo lo habría acompañado y asistido. No tienen dudas de eso supongo. Lamentablemente fue un Papa de poca Fe. Si tanta hubiese sido su Fe nada lo habría desviado en hacer que el curso de la historia cambiara, sin embrago cluaudicó, irremediablemente traicionó es una lástima, pero es una verdad más grande que el Vaticano. Benedicto se fue y abandonó a su Iglesia y a sus fieles. Todo el pueblo católico lo habría apoyado. O no??

    1. Lustro, deje de soltar exabruptos. S.S.Benedicto XVI sigue siendo Papa y no ha «abandonado» ni a la Iglesia ni a sus fieles. Y no sea ridículo, no creo que haya habido en los últimos siglos un Papa tan odiado y perseguido por el «pueblo» como S.S.Benedicto XVI

      1. Estoy de acuerdo en parte; el pueblo inducido por los sacerdotes y buenos miembros del sanedrín dijo en muchas ocasiones: «crucifícalo» pero en cambio el Pueblo de Dios lo queríamos y admirábamos y la prueba es que en su época las audiencias papales alcanzaron un nivel de asistencia desconocido hasta entonces

  8. Chimo vice, si os habeis leido bien lo que dice Benedicto, añade que a veces unas secularizaciones y expropiaciones históricas ha venido bien a la iglesia, para empezar por sus raíces, no sentirse satisfecha de sí misma, no querer tener sus cuotas de poder al estilo mundano y ocupar un lugar en la sociedad como un poder. Yo creo que hay que leer despacio lo que dice Benedicto, y quizás yo no me expreso bien, pero entiendo el sentido. La iglesia sigo diciendo debiera de tener muchas menos propiedades así no tendrían miedo a que nadie se las quitase, ni tendría que organizar instituciones paralelas que las gestionases, estarían dedicadas a la evangelización. Hace 700 o 500 años los marqueses y condes edificaron preciosos monasterios pero luego exigían que sus hijos segundones fueran abades o abadesas, el mismo César Borja fue nombrado obispo con 16 años, es sólo un ejemplo. Yo misma me admiro de las obras de arte que todavía han quedado en las iglesias, pero quizás no sean necesarias.

  9. A la Iglesia no le va a quedar más remedio que despojarse de lo material. La realidad es la siguiente; la mayoría de las personas que asisten a la santa misa son personas mayores, es una realidad que se percibe. ¿Qué sucede? cuando estas personas se van muriendo cae el número de feligreses pero también el de ingresos. Yo conozco muchas parroquias que se encuentran en déficit económico. Y las que tienen superávit. Ya se esta comenzando a dar esta situación que comentado anteriormente dicho por el propio párroco. La iglesia tampoco puede depender de ingresos que proceden de partidos políticos contrarios a la enseñanza del evangelio que defienden el matrimonio homosexual, la ley del aborto, la eutanasia etcétera porque al final y al cabo sería vender a Jesús como hizo Judas por 30 monedas de plata.

  10. Si, por retirarse la Iglesia del mundo que entiende que todos los sacerdotes pederastas o abusadores del tipo que fuere sustituyen sus malas prácticas por la humildad, la obediencia y la oración, sería la solución perfecta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles