Noticias y no noticias sobre la cumbre de los abusos

Noticias y no noticias sobre la cumbre de los abusos

¿Cómo informar de una cumbre que es evidentemente una mera operación de imagen en la que se dan de lado todas las cuestiones esenciales?

Quizá por encima del forofismo ideológico y la venalidad, el mayor vicio, el más común al menos, de esta amada profesión mía del periodismo sea la pereza. La pereza del periodista no es la de no trabajar, sino la de ir al trantrán de los gabinetes de prensa y de las declaraciones oficiales, conformarse con la agenda que marcan los protagonistas de la noticia y quedarse con el relato que le dictan o, al menos, seguir vagamente su guión.

El inconveniente de esta actitud es que se hurta al lector o televidente de lo que realmente ocurre, de lo que de verdad importa y cala, que muy a menudo no solo no coincide con el relato oficial sino que lo contradice.

En esta supuesta cumbre contra los abusos es fácil perderse entre las declaraciones de los responsables y las intenciones anunciadas, y perder de vista el ‘bosque’, el hilo argumental de lo que de verdad está pasando.

Así, podría empezar este texto citando la presentación del organizador de la cumbre, el cardenal Blaise Cupich, titulada ‘Sinodalidad: conjuntamente responsables’, o la del Cardenal Oswald Gracias, ‘Responsabilidad en una Iglesia Sinodal y Colegial’, o cualquier fragmento del torrente de palabras que va a anegar esta cumbre.

Pero usted y yo sabemos que nada de eso es noticia. Lo que sabemos de verdad son cosas que no pueden admitirse, que no forman parte del discurso oficial, que nunca saldrían en Vatican News pero que cualquiera que esté atento conocerá de sobra.

Sabemos, para empezar, que esta es, como recuerda machaconamente Specola en estas mismas páginas, la Cumbre Viganò, que jamás se hubiera dado por más denuncias que llegaran a los tribunales o por más casos de pederastia que conociera el Vaticano. Que ha sido una reacción y una respuesta, no al hecho en sí, sino al escándalo de la opinión pública.

Sabemos que muchos de los responsables de esta situación se sientan en esa misma cumbre, que es un modo de poner al reo a juzgar el caso. Sabemos que sabían y callaron. Sabemos que en la Curia sabían y callaron. Sabemos que el Santo Padre conocía las andanzas homosexuales de McCarrick y las ignoró; sabemos que, lejos de castigar o apartar a muchos sospechosos, los ha favorecido y aupado.

Sabemos que el Papa usa un doble lenguaje, que maneja en esto dos mensajes aparentemente incompatibles, y que se vale del uno o el otro según la ocasión; que por una parte habla de ‘transparencia’ y ‘tolerancia cero’ y anima a las víctimas a no tener miedo de denunciar, y por otra habla, como hoy, de los «acusadores de la Iglesia» que son «parientes y amigos del diablo». Más que eso, tuvimos que oírle en sus homilías obsesivas en Santa Marta a vuelta del Encuentro Mundial de las Familias de Dublín y de la publicación del Testimonio Viganò, fulminando contra ‘el Gran Acusador’ que ataca con la verdad, igual que le vimos acusar de ‘calumniadores’ a las víctimas del padre Karadima en Chile cuando denunciaban la complicidad del obispo Juan Barros.

Sabemos de sobra todo esto y sabemos, vemos, que la cumbre se ha negado tajante a verlo, a considerarlo, a explicarlo o a darle importancia alguna, lo que viene a confirmar, precisamente, el poder del mentado lobby. No hay modo humano de creer que, con un 70%-80% de relaciones homosexuales en los casos de abusos denunciados la homosexualidad no desempeñe papel alguno en la crisis. Si no en la crisis, alguien debería aclarar, al menos, que representa ese porcentaje dentro del clero católico.

Sabemos, en fin, que señales clamorosas como encargar la organización del evento a un pupilo de McCarrick y nombrar camarlengo a su antiguo obispo auxiliar y rendido admirador, Kevin Farrell, ya indicaban a las claras que la finalidad de este encuentro era un lavado de cara, una operación de imagen, y nada más.

Y yo, personalmente, sé que si me limitara a repetir las notas de prensa o destacar como significativo verborrea que carece de base estaría estafando a los lectores.

 

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