Su Santidad ha querido comprometer a la Iglesia y al Islam en una empresa común en busca de la fraternidad humana mediante un documento firmando con el Gran Imán de la Mezquita de Al Azhar. Desgraciadamente, no es probable que los musulmanes de todo el mundo se vean representados.
Antes de dar el paso trascendental de su ‘paso a Roma’, el cardenal John Henry Newman, entonces un clérigo anglicano con fuertes prejuicios ‘antipapistas’, teorizó sobre su denominación religiosa como una ‘via media’ entre el romanismo y el protestantismo, conservando lo mejor de ambos mundos. La iglesia que había diseñado en su cabeza tenía, así, todas las glorias de la Iglesia de Cristo, en plena sucesión apostólica, sin lo que consideraba irritantes adiciones que había incorporado Roma a lo largo de los siglos. Tenía un único problema: esa Iglesia no existía fuera de su mente meticulosa.
Era, acabó reconociendo, una ‘iglesia de papel’, sin realidad fuera del propio Newman, y darse cuenta de ese hecho fue lo que acabó por decidirle a ‘cruzar el Tíber’. En el catolicismo vio una iglesia tangible, real, de fe y piedad vividas y una estructura coherente.
Su Santidad, de visita en los Emiratos Árabes para un encuentro interreligioso, ha firmado con Ahmed el Tayeb, Gran Imán de Al Azhar, un documento sobre la Hermandad Humana por la Paz Mundial y la Convivencia Común que pretende comprometer a católicos y musulmanes en el entendimiento mutuo y la colaboración conjunta en pos de un mundo más fraterno y tolerante. Y nos tememos que lo esté firmando con un ‘Islam de papel’.
No me malinterpreten, no estoy diciendo que el Tayeb no ocupe un cargo del máximo honor y nivel en el islam suní. El título de Gran Imán de Al Azhar está considerado por algunos musulmanes como la máxima autoridad islámica, fuente de jurisprudencia. Pero la idea de que representa a todos los musulmanes, incluso a una mayoría, es una fantasía absoluta.
El Papa sí puede, en algún sentido, comprometer a las instituciones católicas en ese empeño, porque la Iglesia es una estructura jeráquica, por voluntad del propio Cristo, de la que el Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, es cabeza en la Tierra. Pero el Islam carece de una estructura ni remotamente análoga.
No es que no exista un Papa en el islam; es que ni siquiera tiene un clero sacramental. Asociar un imán con un sacerdote es, en el mejor de los casos, una analogía abusiva. No hay un ‘obispo’ que ordene al imán, ni siquiera otro imán. Con su firma, el Tayeb se compromete a sí mismo, quizá a la mezquita y a la universidad egipcias de Al Azhar y a los musulmanes que buenamente quieran seguirlo en esto. Aventuro que están lejos de ser una mayoría.
De un tiempo a esta parte Occidente se ha llenado de ‘ulemas’ ajenos a la fe musulmana pero empeñados en enseñar a los creyentes cuál es «el verdadero Islam», que suele parecerse sospechosamente en sus consecuencias éticas y sociales al cristianismo. Pero ningún fiel de una religión va a aprender en qué consiste de alguien que no la profesa, por alto que sea su cargo o grande que se presente su erudición.
Tampoco, ay, al Papa de Roma. Su Santidad aclara en el documento, por ejemplo, que «las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre. Estas desgracias son fruto de la desviación de las enseñanzas religiosas». Pero eso equivale a postular un Islam que se da de bofetadas con su historia, con su práctica efectiva, con la vida de su fundador y con una interpretación no forzada del propio libro que, coeterno con el propio Dios, reveló a los hombres, el Corán.
Decir que la fe más belicosa de la historia no es sino una «desviación» es postular un ‘Islam de papel’. De forma similar, el documento empieza con esta frase: «En el nombre de Dios que ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como hermanos entre ellos, para poblar la tierra y difundir en ella los valores del bien, la caridad y la paz».
No tengo, como católico, problema para firmarla. Pero no veo cómo puede compadecerse con un Islam que ordena que la mujer reciba la mitad de la herencia que su hermano varón, o que su testimonio valga la mitad del de un hombre. O cómo puede vivirse esa ‘fraternidad igualitaria’ entre los musulmanes y los ‘dhimmis’, los infieles seguidores de una Religión del Libro, considerados ciudadanos de segunda. No son, como el burqa o la ablación del clítoris, usos perniciosos que se han añadido, accesorios culturales que pueden eliminarse sin afectar al tronco de la fe, porque son meras adiciones deplorablemente asociadas a algunas sociedades islámicas. No, hablamos de lo que constituye la base, lo inmutable, lo que, de eliminarse, echaría por tierra el mismo concepto de un Corán dictado por Dios en árabe, en el que hasta los signos diacríticos son inalterables.