Las 99 lecciones de Fabrice Hadjadj para ser un payaso

La editorial Homo Legens publica en España un nuevo título del filósofo francés
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“Cuando avances en la lectura de este tratado, irás dejando de hacer el payaso. Pero acabarás siendo un payaso: una mano invisible y segura, que no contribuye para nada la prosperidad de los mercados, se encargará de efectuar ese desajuste.”

Esta es la advertencia que hace Fabrice Hadjadj en las primeras páginas de su libro 99 lecciones para ser un payaso, el nuevo título del filósofo francés que publica en España la editorial Homo Legens.

Como señala el escritor Enrique García-Máiquez, si a Hadjadj se le ha afeado su histriónico sentido del humor y que sea capaz de salirse de un exquisito argumento para contar un chiste o para hacer la acrobacia de otro juego de palabras, en 99 lecciones para ser un payaso insiste.

De hecho, explica García-Máiquez, todo el tomo es una broma, si se entiende bien: «Es el negativo de la fotografía de Hadjadj (quizá por eso a veces el humor es tan negro). Si se entiende mejor, estamos ante un título en que Hadjadj se ha dado la vuelta (Jdajdah) como un calcetín: él, que siempre ha hecho teología con excelente literatura, ahora hace literatura con excelente teología. 99 lecciones para ser un payaso se revela como una propuesta de vida.”

En su obra, Hadjadj propone una opción radical por el cristianismo, que exige perder todos los respetos humanos y buscarse un sentido del humor ignífugo. «Porque las cosas se están poniendo tan serias que no nos van a dejar más salida que la carcajada», advierte García-Máiquez.

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Fabrice Hadjadj nació en Nanterre en 1971. Francés de origen judío, apellido y familia tunecina y padres maoístas, con pasado nihilista y revolucionario y converso desde 1998, Hadjadj es filósofo, escritor teatral, conferenciante de prestigio y hasta cantautor.

De su prolífica obra se ha publicado recientemente en España Últimas noticias del hombre (y de la mujer), uno de los libros más combativos de este intelectual católico que se enfrenta, con las armas de la inteligencia y el humor, a los males de nuestro tiempo.

A continuación, puedes leer algunas de las 99 lecciones para ser un payaso que enseña Fabrice Hadjadj, recogidas en el libro que publica en España Homo Legens:

7. Primer éxito

De entrada, esto es un fracaso. Te propones dedicarte a conocer gente y resulta que te roba tu tiempo un libro. Quisieras contemplar la maravilla de una hoja de árbol y resulta que estás siguiendo las explicaciones que te da una hoja de papel. En fin, te preparas para vivir y eso es lo que te hace aplazar el momento de empezar a hacerlo.

¿Crees que tomarás impulso batiendo con mucha fuerza y rapidez, como si fueran alas, las tapas de este libro? ¿El autor se dirige a ti, a los demás o a sí mismo? El “tú” que emplea es el propio de un monólogo oblicuo, de una interpelación altiva, de una ficción pura o de una vergonzosa plegaria? Sin duda, todas esas cosas a la vez, de manera que esa segunda persona del singular — porque tú eres, siempre, el segundo, no el primero — permitirá todas las metamorfosis: hará referencia a tu persona, en tanto que persona o en tanto que simple personaje. ¿Quién sabe? Puede que ni siquiera te sientas claramente aludido, porque ese “tú” puede dirigirse a alguien que tú no tienes ningún deseo de ser — alguien al que silencias, o al que matas, alguien que te edifica y que, sin embargo, te socava…

Lo realmente cierto es que, el autor no entiende las cosas esenciales mejor que tú. Pero tú podrías aprender a comprender menos aún de lo que comprendes. Lector, ya eres un payaso.

(…)

9. El patetismo del one man show (II) —Ser la broma misma

Una vez que seas payaso, te prestarás a reír — pero será siempre a tus expensas. Dejarás que aparezca a la vista de todos lo risible de tu sustancia: ese mestizaje entre animal racional e irreflexivo, político y patán, que se distingue por su inteligencia y por no comprender nada, que desea la rectitud y lo hace todo oblicuamente, que aspira a la alegría y está abocado a la muerte…

Al contrario que el cómico, que trabaja para obtener un triunfo rotundo, tú perfeccionarás el fiasco. Un fiasco total, estrepitoso, apenas imaginable — casi una hazaña dentro de lo que supone el fracaso. A decir verdad, lograrás fracasar tan bien en todos tus intentos de hacer una broma o cualquier otro sketch previamente elaborado que dejarás de ser el bromista para pasar a ser la broma en sí misma. Llegarás a ser, más que un actor, un actuado, profundamente actuado, grotescamente actuado, en fin, actuado de tal modo que aparecerás como el tonto simplón de una divertida historia contada por el Eterno. Porque, si hay un Dios, una Providencia o un Destino, ellos son, con toda seguridad, los mayores bromistas. Y su broma más sublime se va elevando a medida que tus propias gracietas se van viniendo abajo.

(…)

29. Agravar más el problema

En el próximo capítulo, te pondrás tu nariz roja y ¿quién sabe?, quizá ya no te puedas echar atrás. En el próximo capítulo, hablaré de ti como de un payaso consumado, que ya no comprende lo que afirman de él. Es la última advertencia. Puede que hasta ahora creyeras en la posibilidad de una payasoterapia. Veías a mucha gente ir corriendo a hacer cursos, sesiones y seminarios con payasos, como el que va a hacer una cura de aguas termales aparte de los masajes psicológicos, a veces incluso como el que se va de ejercicios espirituales.

Sobre la espalda del payaso, hay quienes pretenden levantar su autoestima y quienes quieren refugiarse en la insignificancia. Pero, tanto unos como otros, los que quieren sacar pecho y los que quieren vegetar con tranquilidad, cometen un error. El payaso no es terapéutico: es apocalíptico. No resuelve el problema: lo agrava.

Si te cura de algo, será de esa estúpida pretensión de las soluciones definitivas. Y no digas: “Corta en dos un pelo en el aire”. No corta en dos los pelos. Va por ahí a pelo, que es diferente. Te llevará a aquel sentimiento primigenio tras la caída: a la vergüenza de estar completamente desnudo… Ya no sabrás dónde meterte, pero precisamente eso demostrará que escapas a todas las circunstancias. Y quizás ese será tu único prodigio: dejarás de avergonzarte de estar avergonzado, dejarás de temer tener miedo… Todo en una suspensión luminosa, porque te hará que veas tu miseria y la nuestra, levantarás tu cara de desconcierto y se convertirá en ofrenda.

(…)

32. En mitad de la cara

(…) Dicen que la nariz roja es la máscara más pequeña del mundo. Pero es algo más — o menos. Pongámosela al jefe del Estado, a la militante feminista o al gran muftí, y los pondremos al descubierto. Es una máscara que desenmascara. Echa abajo las convenciones mundanas. ¡Cuántos años para confeccionar con nuestros rasgos esa apariencia aceptable, esa mueca imponente, esa pantalla protectora: en un abrir y cerrar de ojos, la nariz roja hace caer todos esos postizos! Lo mismo que, en otros tiempos, el lunar falso servía para hacer que destacara la blancura de la tez, la nariz roja realza la desnudez de nuestras caras.

Hay que entreabrir incluso esa última máscara que se denomina “rostro”. ¡Qué importantes son el rostro, la epifanía del rostro o los cuidados del rostro para el discurso ético y para el salón de estética! Pero, perdona que te lo diga, en tu caso, el rostro es mucho más parecido a la jeta y, en él, se contempla más la antipatía del misterio que su epifanía. Por el momento, no hay nada como ese edema — tu nariz roja — para levantar una esquina de la cortina del abismo. Y para comprobar tu vocación de saco de boxeo, de centro de la diana.

Dotados de una referencia como esa, ni siquiera los más torpes fallarán los golpes. Pero nunca habrán golpeado lo suficiente. Siempre los aventajarás en vulnerabilidad.

(…)

42. El síntoma de nuestro hastío

No, tú no harás elogio alguno del asombro. No porque desprecies los libros de desarrollo personal. Es que quien vive un amor no hace de él un tratado de psicología; quien acaba de caerse de un caballo no inicia un discurso sobre el desasimiento. El que está asombrado por algo canta a aquello que lo asombra, no a su asombro y, sobre todo, no al asombro en general. Emocionado por cada amanecer, no se pone a posar. Subyugado por un cardo azul, no se mira el ombligo. Y si se lo mira, es únicamente para quedar aún más admirado por lo que hay más allá de él: descubre la cicatriz apenas creíble de una primera vida acuática en el vientre de una mujer — ¡él, por quien las mujeres apenas se interesan y que no sabe nadar!

No eres tú, Augusto, sino nosotros, que somos unos desgraciados, los que hablamos del “retorno al asombro”. Nosotros recetamos: “Hay que asombrarse”, y de esa forma damos curso al síntoma de nuestro hastío. Ese imperativo no sólo demuestra que, en este momento, en nuestro estrado, entre nuestros papeles, dando esta conferencia titulada “Atrévase a asombrase”, no nos estamos asombrando del entrecejo de una de las oyentes ni de la salamanquesa que sube por la pared del auditorio… Demuestra además que intentamos fabricar con voluntarismo los que debería pasarnos inopinadamente.

(…)

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