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Clérigos mayores deberían seguir el ejemplo del cardenal Merry del Val

El secretario de Estado del papa Pío X era un hombre de extraordinaria humildad
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He estado leyendo His Angels at our Side (Sus Ángeles a Nuestro Lado) de John Horgan (EWTN/Gracewing), sobre el que escribiré en breve en mi blog. Mientras tanto, una de sus muchas reflexiones ha llamado mi atención. Al escribir sobre la necesidad de la humildad espiritual -probablemente la más difícil de todas las virtudes que se deben alcanzar-, menciona al célebre secretario de Estado del Papa San Pío X: el cardenal Rafael Merry del Val.

De vez en cuando, su nombre aparece en la lectura, siempre junto a la expresión -muy acertada en este caso- “del lado de los ángeles”. La última referencia que leí, mencionaba que Merry del Val era uno de una pequeña minoría en la jerarquía que defendía la integridad de Padre Pío, el fraile capuchino con estigmas, cuando sus numerosos enemigos dentro de la Iglesia le querían silenciar, pues decían que era un fraude.

El padre Horgan escribe: “Mi maestro favorito de la humildad espiritual aún no está beatificado, aunque ciertamente podemos esperar que llegue ese día: el cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930), un hombre extraordinario con dones excepcionales”. Relata que Merry del Val, hijo del embajador de España en Inglaterra, ingresó en el cuerpo diplomático papal cuando aún era seminarista; “Guapo, multilingüe y talentoso jinete, parecía destinado a grandes cosas”. A la temprana edad de 38 años, fue secretario del cónclave de 1903 que eligió a San Pío X como Papa.

El padre Horgan continúa: “El nuevo Papa reconoció sus talentos y le nombró su secretario de estado y le hizo cardenal. Durante once años, trabajó al lado de un santo que se convirtió en un segundo y querido padre para él, por lo que se convirtió en el segundo hombre más poderoso de la Iglesia”.

A pesar de la relevancia de su cargo público, Merry del Val en privado “vertió todo su dinero en un orfanato y en un club de niños en el barrio más pobre de Roma, llevaba un cilicio y con frecuencia hacía penitencia corporal los viernes, en memoria de la Pasión. ¿Por qué hizo todo esto?”. Horgan reflexiona que el Cardenal “era muy consciente de las tentaciones de orgullo y egoísmo que estaban constantemente a su alrededor [en el Vaticano]. Conocía sus propios talentos, dones y responsabilidades, y sabía que si no vivía del todo para Cristo sería el más infeliz de los hombres”.

Merry del Val supuestamente compuso la letanía de la humildad, descubierta solo después de su repentina muerte a la edad de 65 años. Horgan comenta: “Solo hay que leerla para tener una idea de lo que significó para el hombre que la escribió y lo que le costó llegar a ese lugar en su propia vida espiritual. ¡Qué coraje tuvo para poner en un papel los pensamientos de su mente y de su corazón con estas palabras!”.

La Letanía incluye: “Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús”; “Del deseo de ser preferido a los demás, líbrame, Jesús”; “Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús”; “Que otros sean preferidos a mí en todo, Jesús, concédeme la gracia de desearlo”; “Que otros sean alabados y de mí no se haga caso, Jesús, concédeme la gracia de desearlo”. Estas peticiones sinceras nos recuerdan que los cargos públicos de gran relevancia en la Iglesia están plagados de numerosas tentaciones de egoísmo y vanidad. Ceder a ellas siempre conduce a la corrupción de alguna forma, como hemos visto en los últimos meses.

Volviendo a casa en coche esta tarde, he oído en la radio, en las noticias de las cinco, que el cardenal Donald Wuerl de Washington acababa de renunciar. Necesitamos más príncipes de la Iglesia como el cardenal Rafael Merry del Val; en otras palabras, necesitamos hombres que busquen la santidad en lugar de un alto cargo.

 

Publicado por Francis Phillips en The Catholic Herald; traducido por Pablo Rostán para InfoVaticana.

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