¿Ha llegado el momento de bajar el tono?

¿Ha llegado el momento de bajar el tono?

Días después de la publicación del testimonio del arzobispo mons. Carlo Maria Viganò, el escenario en el Vaticano parece haber ido de mal en peor. Pero esto no significa que no hay un modo razonable de avanzar, eliminar de raíz la corrupción en la Iglesia y de restablecer una cierta armonía.

Fue un error por parte de mons. Viganò pedir la dimisión del Papa Francisco. Si el Papa dimitiera estando en entredicho sería una catástrofe para la credibilidad y unidad del catolicismo. El error que hizo Benedicto XVI de renunciar al pontificado en 2013 se agravaría porque habría gente -sobre todo prelados de alto rango- que tratarían el oficio papal como algo mundano, un cargo al que se puede renunciar cuando hay circunstancias adversas.

También quienes defienden al Papa Francisco cometen un error al poner en duda el carácter y la veracidad de mons. Viganò. Las acusaciones fueron un error táctico, ya que se ha demostrado que, respecto a las cuestiones no relacionadas -el arzobispo John Nienstedt y Kim Davis-, el relato del arzobispo Viganò era correcto en la mayoría de los puntos. Si bien la difamación ha enturbiado las aguas durante unos días, es la claridad en las cuestiones fundamentales -lo que se sabía sobre la conducta inapropiada del arzobispo Theodore McCarrick y cómo el tema fue abordado por Benedicto XVI y por Francisco-, lo que es importante.

No hace falta decir que el espectáculo del arzobispo Viganò afirmando que el cardenal Donald Wuerl «miente descaradamente», mientras sus detractores dicen de él que es el verdadero «mentiroso», no ayuda nada a la misión de la Iglesia.

Este ambiente desasosegado ha llevado a quienes tienen una memoria (sumamente) corta a considerar que este momento sin precedentes tiene sólo dos posibles resultados: o mons. Viganò tiene razón y el Papa debe dimitir, o mons. Viganò está equivocado y esto es una prueba clara de un cisma de facto por parte de quienes se oponen al Papa Francisco.

Ha llegado el momento de bajar el tono. Es obvio que si las acusaciones de Viganò son ciertas, esto sería muy perjudicial para el Santo Padre personalmente y para la Iglesia en general. Frustraría las posibilidades de justicia y reconciliación para las víctimas del arzobispo McCarrick, y crisparía aún más los nervios de los fieles católicos. Pero hemos tenidos situaciones como esta antes. De hecho, durante casi todo el año 2018.

El caso del obispo Juan Barros en Chile es mucho más condenatorio: el Santo Padre hizo el desafortunado nombramiento desoyendo las objeciones de los líderes del episcopado chileno y luego, durante tres años, difamó públicamente a quienes habían protestado por este nombramiento. En abril, el Papa Francisco invirtió el rumbo totalmente y, admitiendo de manera dramática y sentida su error, expresó su arrepentimiento.

Ningún observador objetivo puede comparar los supuestos errores de la Iglesia en relación al arzobispo McCarrick, que hay que admitir que son poco claros y confusos, a los desacertados y malignos giros y cambios que ha tenido el caso del obispo Barrios -y temas relacionados- en Chile y en Roma, tal como han reconocido ahora el Santo Padre y los obispos de Chile.

El camino de la confesión y la contrición está abierto para el Santo Padre y todos los implicados, y es un camino mucho mejor que la recriminación y la resignación. Mientras la atención de los medios de comunicación, durante el vuelo de vuelta desde Dublín, estuvo centrada en la afirmación del Santo Padre de que «no diría una palabra» sobre el testimonio de mons. Viganò, en esa misma rueda de prensa, más adelante, el Papa Francisco habló detenidamente de otro caso, uno en el que él había cometido un error significativo.

Se refería a la acusación que había presentado un hombre joven en Granada de haber sido víctima de despreciables abusos sexuales. En 2014 escribió personalmente una carta al Santo Padre, en la que afirmaba que había un círculo diabólico de sacerdotes que cometían acciones monstruosas. Francisco llamó personalmente a este hombre para pedirle disculpas y ordenó una investigación que llevó a la suspensión de diez sacerdotes, uno de los cuales fue arrestado y acusado de cargos criminales. El año pasado, los tribunales españoles declararon falsas las acusaciones y obligaron al denunciante a pagar los costes de la defensa. El mes de julio pasado, el Papa Francisco invitó al sacerdote falsamente acusado a ir a Roma y, en persona, le pidió perdón por su acción, que había precipitado el juicio que ha arruinado su vida.

El Papa Francisco es, por consiguiente, perfectamente capaz de admitir que ha cometido un gran error. También Benedicto XVI dio una respuesta similar en 2009, cuando levantó la excomunión a cuatro obispos de la Sociedad de San Pío X; entre ellos, al obispo Richard Williamson, un negacionista del Holocausto. El hecho desencadenó un infierno que puso en peligro el avance de las relaciones católico-judías.

El 10 de marzo de 2009, Benedicto escribió una detallada carta dirigida a todos los obispos del mundo, observando que se había desencadenado una «avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento», palabras que se pueden aplicar a la situación actual. El Papa expresó que lamentaba «profundamente» que su decisión no hubiera sido «ilustrada de modo suficientemente claro». Por lo tanto, es posible tratar con serios errores papales reconociendo que son sólo esto, errores serios que requieren confesión, contrición y propósito de enmienda.

Como se podría esperar de un maestro teólogo, Benedicto situó la disputa en el contexto de la Sagrada Escritura y escribió: «Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5, 13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente»”.

Siempre siento la tentación de ver en estas palabras uno de los excesos retóricos que, en ocasiones, encontramos en san Pablo. En cierta medida, ese podía ser el caso entonces. Pero, es triste decirlo, este «morder y devorar» también existe en la Iglesia hoy como expresión de una libertad mal entendida. ¿Deberíamos sorprendernos de ver que no somos mejores que los gálatas? ¿Que, como poco, nos acechan las mismas tentaciones? ¿Que siempre debemos aprender de nuevo el uso adecuado de la libertad? ¿Y que siempre debemos aprender de nuevo la prioridad suprema, es decir, el amor?

El lunes, volviendo a su misa matinal en la Domus Sanctae Marthae, el Papa Francisco hizo la homilía sobre Lucas 4, la expulsión de Jesús de la sinagoga de Nazaret. Como es habitual durante la homilía de la mañana, el Santo Padre hizo una condena firme, llamando en esta ocasión a la gente de Nazaret una «jauría de perros salvajes». Abordando indirectamente el testimonio del arzobispo Viganò, el Santo Padre explicó su enfoque: «Con gente que no tiene buena voluntad, con gente que sólo busca el escándalo, la división, la destrucción, incluso en la familia: silencio, oración».

Hay, por lo tanto, otro enfoque. Desde luego, el Papa Francisco ya lo utilizó antes, como hizo Benedicto antes de él.

El padre Raymond J. de Souza es editor en jefe de la revista Convivium.

Publicado por el padre Raymond J. de Souza en The National Catholic Register. Traducción de Elena Faccia para InfoVaticana

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