Todos lo sabían

|

Todos lo sabían. Lo sabía el Papa Francisco, sí, pero también muchos otros altos personajes de la Curia: Sodano, Bertone, Parolin, Levada, Ouellet, Becciu… Si la sobrecogedora y exhaustiva confesión del arzobispo Carlo Maria Viganò es cierta, podría decirse que la Curia entera estaba al tanto de las andanzas homosexuales del ex cardenal Theodore McCarrick en particular y del penoso estado de la jerarquía americana en general.

De la fiabilidad del documento solo puede responder su autor y las personas que nombra, a las que informó con precisión de lo que hemos conocido solo hace unas semanas. De ser cierto lo que escribe el arzobispo, cabe preguntarse por qué no se hizo nada al respecto, y cómo es posible que ahora se exprese indignación y asombro por lo que se sabía desde hace tanto.

No es la primera vez que Viganò ha puesto en apuros a la alta jerarquía vaticana con sus revelaciones. A principios de 2012 se desató un considerable revuelo cuando una cadena privada italiana, La 7, aireó  diversas cartas, algunas dirigidas al propio Benedicto XVI, en las que Carlo Maria Viganò, número dos del Governatorado entre julio del 2009 y octubre del 2011, máximo órgano de gobierno del Estado Vaticano, denunciaba casos flagrantes de corrupción y una pésima gestión económica.

Al tomar posesión del puesto, Viganò descubrió inmediatamente que el sistema de concesión de obras y licencias funcionaba con criterios más que regulares, que siempre se beneficiaba a las mismas empresas y que los costes eran disparatados. El Vaticano estaba derrochando dinero a espuertas, así que Viganò de dispuso a poner orden. El belén de la Plaza de San Pedro, por ejemplo, costaba 550.000 euros, una cifra que logró rebajar a 200.000 euros.

Tuvo éxito, al menos con respecto a las finanzas, pasando de 8 millones de euros en pérdidas a 34,4 millones de beneficios. Pero en ese proceso, como es fácil imaginar, enfureció a personajes poderosos que se habían venido beneficiando de las corruptelas eliminadas. Se inició entonces una operación de ‘asesinato de imagen’ del arzobispo, incluyendo artículos anónimos aparecidos en Il Giornale, propiedad de Silvio Berlusconi.

Viéndose en el punto de mira, Viganò supo que sus días en la Curia estaban contados, como reconoció en una carta enviada a Benedicto. Se recurrió a la socorrida ‘patada hacia arriba’, nombrándosele nuncio en Washington, un puesto importante y delicadísimo pero que le alejaba de las turbias aguas curiales.

En Estados Unidos, como se puede apreciar en el documento, Viganò siguió resultando ‘altamente tóxico’ para la pandilla de obispos con excelentes contactos en Roma que seguían protegiendo a McCarrick y a otros clérigos culpables de abusos, pese a las instrucciones inequívocas de Benedicto XVI. Así que, en 2016, cuando al cumplir los 75 años Viganò envió la preceptiva renuncia a Su Santidad, a Francisco le faltó tiempo para aceptarla.

El dilema ahora es inescapable: el arzobispo miente -una extensa y elaboradísima mentira, salpicada con hechos y documentos comprobables- o tenemos un problema, uno muy grave, en la cúpula de la Iglesia Universal.

De ser verdad, significaría que la Curia está podrida hasta la raíz.

De ser verdad, significaría que todos los personajes de peso, empezando por el propio Papa, conocía el penoso estado de la Iglesia que ahora les causa ese «dolor» y esa «vergüenza» que hemos leído.

De ser verdad, significaría que no van a hacer nada por cambiar una situación que conocían y que en su momento no hicieron nada por cambiar.

De ser verdad, significaría que quienes hablan de una ‘mafia rosa’ que actúa dentro de la Iglesia, que quienes denuncian la homosexualización del clero, no son unos conspiranoicos de gorro de papel de plata, sino que, sencillamente, tienen razón.

De ser verdad, lo que hemos excusado como error es, en realidad, decisión deliberada.

De ser verdad, en fin, que Dios nos ayude.