Francisco censura a san Pablo en la Misa del Encuentro Mundial de las Familias

Francisco censura a san Pablo en la Misa del Encuentro Mundial de las Familias

Durante la Santa Misa celebrada por Francisco esta tarde en Dublín, la segunda lectura fue recortada para censurar la frase en la que San Pablo, en la carta a los Efesios, pide a las mujeres que se sometan a sus maridos.

La lectura correspondiente al día de hoy en la Iglesia Católica es esta:

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,21-32):

Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres corno Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Sin embargo, durante la Misa conclusiva del Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Irlanda y organizado por el Vaticano, presidida por el Papa, se ha omitido intencionalmente la parte en la que San Pablo ordena a las mujeres que se sometan a sus maridos, y el texto leído ha sido este:

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,21-32):

Hermandos. Vivid en el amor como Cristo os amó. Maridos, amad a vuestras mujeres corno Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

A continuación, el vídeo del momento.

 

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