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‘Un Concilio también puede cometer errores’

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En el año 2011, el historiador Roberto de Mattei respondía a algunas críticas a su libro “Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita” en un artículo publicado en el portal Chiesa en el que asegura que su obra nace de un profundo amor a la Iglesia, a su magisterio y a sus instituciones, “in primis” al papado. Asimismo, defiende que no debemos temer decir la verdad sobre el Concilio Vaticano II, al tiempo que señala que “no es necesariamente ni santo, ni infalible un Concilio”. “Si es verdad que todo Concilio puede ejercitar, en unión con el Papa, un magisterio infalible, un Concilio puede también renunciar a ejercitar ese magisterio, para ponerse en un plano totalmente pastoral y, en este plano, cometer errores”, sostiene. 

A continuación, puede leer el artículo de Roberto de Mattei: 

El discurso de Benedicto XVI a la curia romana, el 22 de diciembre del 2005, ha abierto un debate sobre el Concilio Vaticano II del que son expresiones recientes los libros de mons. Brunero Gherardini y el importante congreso de los Franciscanos de la Inmaculada, desarrollado en Roma del 16 al 18 de diciembre del 2010, aparte de mi estudio, “El Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita”.

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La invitación del Papa a interpretar los documentos del Vaticano II según una “hermenéutica de la continuidad” de hecho ha dado un decisivo estímulo para el debate sobre el Concilio de manera diferente a como lo ha hecho la “escuela de Bolonia”, que lo ha presentado en términos de fractura y discontinuidad con dos milenios de tradición de la Iglesia.

Habría esperado que nuestros aportes, movidos únicamente por un sincero deseo de responder a la llamada del Santo Padre, fueran acogidos si no con entusiasmo, al menos con interés, que fueran científicamente discutidos y no rechazados a priori. En lo que respecta a mi libro, por ejemplo, me habría esperado una seria discusión histórica en las revistas especializadas.

En cambio, en los diarios ligados a las instituciones católicas me responden Massimo Introvigne, integrante del Estudio legal Jacobacci Asociados, sociólogo de las minorías religiosas, hoy representante del gobierno italiano ante la OCSE, y el arzobispo Agostino Marchetto, 30 años de carrera diplomática sobre los hombros, y además, en primera fila por casi diez años en la defensa de los migrantes, los gitanos, clandestinos, como secretario para la pastoral de los migrantes.

Ni mons. Marchetto, ni el dr. Intovigne, a pesar de sus méritos eclesiásticos o profesionales, han tenido tiempo de ir a bibliotecas o archivos históricos; ninguno de los dos es historiador de profesión. Y ambos, en sus artículos, publicados respectivamente en “Avvenire” del 1 de diciembre del 2010 y en “L’Osservatore Romano” del 14 de abril del 2011, rechazan mi libro desde un punto de vista histórico, sino ideológico.

Introvigne define mi libro “una auténtica suma de las tesis anticonciliaristas”, que “lamentablemente vuelve a proponer, una vez más, la hermenéutica de la ruptura que Benedicto XVI denuncia como dañosa”. Marchetto, lo define una historia “ideológica”, “de tendencia extremista”, “polarizada y de parte” como la orquestada por la escuela de Bolonia, si bien de signo contrario.

La crítica de Marchetto e Introvigne parece tener una sola finalidad: cerrar anticipadamente el debate que Benedicto XVI ha abierto e invitado a desarrollar. […]

Yo creo, al contrario, que se puede discutir del Concilio Vaticano II, en el plano histórico, de la misma manera como han discutido siempre los historiadores de la Iglesia.

Dirigiéndose a ellos, en el 1889, León XIII escribía que “aquellos que la estudian no deben nunca perder de vista que ella encierra un conjunto de hechos dogmáticos, que se imponen a la fe, y que ninguno puede poner en duda […]. No obstante, ya que es la Iglesia, que prosigue en medio de los hombres la vida del Verbo Encarnado, se compone de un elemento divino y de un elemento humano, este último debe ser expuesto por maestros y estudiado por los discípulos con gran probidad. Como dice en el libro de Job: “¿Acaso Dios tiene necesidad de nuestras mentiras?” (Job 13, 7).

“El historiador de la Iglesia – prosigue León XIII – será más eficaz en hacer resaltar su origen divino, superior a todo concepto de orden puramente terrestre y natural, en la medida que más haya sido leal en no disimular nada de los sufrimientos que los errores de sus hijos, y a veces también de sus ministros, han causado en el curso de los siglos a esta Esposa de Cristo. Estudiada así, la historia de la Iglesia también por sí sola constituye una magnífica y convincente demostración de la verdad y de la discontinuidad del cristianismo”.

La Iglesia es indefectible y sin embargo, en su parte humana, puede cometer errores y estos errores, estos sufrimientos, pueden ser provocados, dice León XIII, por sus hijos y también por sus ministros. Pero ello no disminuye la grandeza e indefectibilidad de la Iglesia. La Iglesia, dijo León XIII, abriendo a los estudiosos los archivos vaticanos, no teme la verdad.

Una verdad que el historiador busca en el plano de los hechos, mientras el teólogo la busca en el de los principios: pero no existe una verdad histórica que se pueda oponer a una verdad teológica. Hay una única verdad, que es Cristo mismo, fundador y cabeza del Cuerpo Místico que es la Iglesia; y la verdad sobre la Iglesia es la verdad sobre Cristo y de Cristo, en el encuentro con Él, que es siempre el mismo, ayer, hoy y siempre.

Mi libro nace de un profundo amor a la Iglesia, a su magisterio y a sus instituciones, “in primis” al papado. Y mi amor por el papado quiere ser tan grande que no se detenga en el actual Papa, Benedicto XVI, a quien me siento profundamente ligado, sino que busca detrás del hombre la institución que él representa. Es un amor que quiere abrazar con este Papa a todos los Papas en su continuidad histórica e ideal, porque el Papa para un católico no es un hombre, es una institución de más de dos milenios; no es aquel Papa, sino el papado, es la serie ininterrumpida de los vicarios de Cristo, desde san Pedro a pontífice reinante.

Y bien, no hay mejor modo de expresar la propia adhesión al Papa y a la Iglesia que el de servir, en todos los campos, a la verdad, porque no existe ninguna verdad, histórica, científica, política, filosófica que pueda jamás ser impugnada contra la Iglesia.

No debemos, pues, temer decir la verdad sobre el Concilio Vaticano II, vigésimo primero de la historia de la Iglesia. Subrayo esto, “vigésimo primero”. El Concilio Vaticano II no fue ni el primero ni el último Concilio en la historia de la Iglesia: fue un punto, fue un momento de la historia de la Iglesia.

En la historia de la Iglesia ha habido veintiún Concilios, hoy considerados ecuménicos. Algunos de estos Concilios son inolvidables: el primero, el de Nicea, que definió nuestro “Credo”, luego el Concilio de Trento, el Concilio Vaticano I. Hoy se olvidan otros Concilios, lo que no significa que no hayan sido Concilios auténticos, supremas expresiones del magisterio de la Iglesia.

Pero un Concilio entra en la historia por los documentos que produce. En el siglo XVI hubo dos Concilios: el V Concilio Lateranense (1512-1517) y el Concilio de Trento. La única definición dogmática del quinto Concilio Lateranense fue aquella según la cual el alma humana individual es inmortal; el Lateranense fue bajo ciertos aspectos un Concilio fallido: porque no consiguió lanzar la gran reforma de la que tenía necesidad la Iglesia, y tampoco pudo prever y detener la pseudo-reforma que estalló, con las 95 tesis de Lutero, precisamente en el año en el que el Concilio se concluía. Todos recuerdan el gran Concilio de Trento; pocos recuerdan el V Concilio Lateranense; quizá se recuerde el IV Concilio, que definió que “fuera de la Iglesia católica no hay salvación”: una verdad que entró a ser parte de la infalible Tradición de la Iglesia.

Los Concilios pueden promulgar dogmas, verdades, decretos, cánones, que son emanados del Concilio, pero que no son el Concilio. Mientras el dogma formula una verdad, que una vez formulada trasciende – por decir así – la historia, los Concilios nacen y mueren en la historia. El Concilio es diferente a sus decisiones. Las decisiones del concilio si son infaliblemente promulgadas entran a ser parte de la Tradición.

Ningún Concilio, ni siquiera el de Trento o el Vaticano I, y menos aún el Vaticano II, es más que la Tradición. Benedicto afirma que los documentos del Concilio Vaticano II se deben leer en su continuidad con la Tradición de la Iglesia. La Tradición no es un evento, no es una parte, es el todo. La Tradición es como la Sagrada Escritura: una fuente de Revelación, divinamente asistida por el Espíritu Santo.

Es carente de sentido lógico, antes que teológico querer oponer, como hacen algunos, la Tradición y el magisterio llamado “viviente”, como si la Tradición fuese el pasado y el Magisterio viviente fuese el presente. La Tradición es el magisterio presente, pasado y, podríamos decir, futuro.

El magisterio de la Iglesia no es el fruto de la voluntad definitoria del Papa y de los obispos, sino que depende, y no puede ser separado de la Tradición. Antes del Magisterio de la Iglesia está la Tradición, antes de la Tradición está la Revelación y antes de la Revelación el Revelador, que es Cristo.

Se me ha echado en cara que descuido los documentos del Concilio o que los interpreto en clave de discontinuidad con la Tradición de la Iglesia. No es verdad ni la primera ni la segunda afirmación. La interpretación de los documentos del Concilio no me toca ni a mí ni a ningún aspirante a intérprete del Concilio, sino le toca al magisterio de la Iglesia, y al magisterio me atengo yo. Lo que yo narro son los hechos, lo que reconstruyo es el contexto histórico en el que aquellos documentos vieron la luz.

Y afirmo que los hechos, el evento, el contexto histórico, tuvieron un influjo en la historia de la Iglesia no menor del magisterio conciliar y postconciliar: se pusieron ellos mismos como magisterio paralelo, condicionando los hechos.

Afirmo que en el plano histórico el post-Concilio no se puede explicar sin el Concilio, así como el Concilio no se puede explicar sin el pre-Concilio, porque en la historia cada efecto tiene una causa y lo que ocurre se encuadra en un proceso, que frecuentemente es inclusive plurisecular y toca no sólo el campo de las ideas, sino el de la mentalidad y las costumbres.

No niego con ello la suprema autoridad del Concilio y la autenticidad y validez de sus actos. Pero ello no significa infalibilidad. La Iglesia es ciertamente infalible, pero no son infalibles todas las expresiones de sus representantes, incluso los supremos; y no es necesariamente ni santo, ni infalible un Concilio: porque si es verdad que el Espíritu Santo no deja nunca de asistirlo es también verdad que es necesario corresponder a la gracia del Espíritu Santo, que no produce automáticamente ni santidad, ni infalibilidad. Si es verdad que todo Concilio puede ejercitar, en unión con el Papa, un magisterio infalible, un Concilio puede también renunciar a ejercitar ese magisterio, para ponerse en un plano totalmente pastoral y, en este plano, cometer errores como sucede, según me parece, cuando el Concilio Vaticano II omite condenar el comunismo.

El Concilio Vaticano II, no lo olvidemos, no fue un Concilio dogmático, sino pastoral, lo que no significa que estuvo privado de magisterio, sino que su magisterio puede ser considerado definitivo e infalible sólo cuando repropone, y explicita, como frecuentemente lo hace, verdades ya definidas por el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia.

Pero el problema que a mí me interesa no es la discusión sobre los textos del Concilio; dejo esta exégesis a los teólogos, y ante todo al Papa. El problema que me interesa, como miembro de la Iglesia, es entender las raíces históricas de la crisis que atravesamos. Raíces remotas, porque la crisis que atravesamos es plurisecular, pero también cercana, porque la crisis, actual se remonta antes que al sesenta y ocho, a la época del Concilio Vaticano II, que no son necesariamente los 16 documentos que son sus conclusiones, sino las palabras, los gestos, las omisiones, durante y después del Concilio, de los padres conciliares y, por otra parte, el magisterio paralelo, sobre todo mediático, que se colocó junto al magisterio auténtico del Papa y de los obispos. Y como no se puede separar el post-Concilio del Concilio, igualmente no se puede separar el Concilio del pre-Concilio, porque la crisis no nace el 11 de octubre de 1962, cuando el Concilio se abrió, sino que fermenta en los pontificados anteriores, incluido el de Pío XII.

Se me acusa de estar contra Pío XII, hacia el quien tengo suma admiración, sobre todo por cuanto se refiere a su monumental “corpus” doctrinal. Pero no soy el postulador de su causa de beatificación, soy un historiador y como tal no puedo negar que Pío XII haya sufrido por parte de ciertos colaboradores suyos una influencia negativa en algunos campos, como el litúrgico o exegético. No se puede negar que su encíclica “Humani generis”, que considero un documento excelente, sea carente de la fuerza teorética y práctica de la “Pascendi” de san Pío X. Podemos decirlo y permanecer infatigables defensores del primado romano y grandes admiradores de Pío XII, porque la Iglesia no tiene miedo de la verdad y el amor a la verdad nace de la santa libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21). De otro modo no comprenderíamos la vida tempestuosa de la Iglesia en el curso de los siglos hasta nuestros días.

No hay tempestad, mediática o cruenta, que nos asuste, porque la Iglesia está siempre de pie en las tempestades: las herejías, los escándalos, las revoluciones no la han sacudido ni han detenido su marcha en la historia.

Y un gran historiador de la Iglesia que no tuvo temor de decir la verdad, Ludwig von Pastor, escribe como conclusión de su “Historia de los Papas”, estas las palabras que hago mías:

“La roca de Pedro supera las tempestades de todos los siglos. El hecho más grande, más inconcebible en la historia de la Iglesia de Cristo es que las edades de su más profunda humillación son al mismo tiempo las de su más grande energía y fuerza invencible, que muerte y tumba no son para ella signos del fin, sino símbolos de la resurrección, que las catacumbas de la edad primitiva como las persecuciones anticristianas de la edad contemporánea no pueden redundar para ella sino en gloria. […] Cristo, de hecho, camina aún hoy con Pedro sobre las olas oscilantes y por tanto vale también para los sucesores éste la siguiente palabra: ‘tu es Petrus et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversum eam’”.

13 comentarios en “‘Un Concilio también puede cometer errores’
  1. No soy ni un erudito ni un estudioso de la Historia de la Iglesia, pero sí he leído la Biblia y sé que un árbol es bueno o malo según lo sean sus frutos. ¿El Concilio Vaticano II tuvo profundos errores?. Responderé a la gallega. ¿Después del Cocilio, la gente abarrotó los templos o se alejó de ellos? ¿Las vocaciones religiosas aumentaron o disminuyeron? ¿Europa se hizo más cristiana o menos? ¿Hubo cristianos de otras confesiones que se hicieron católicos o fueron expulsados de la Iglesia todos los que quisieron mantenerse con las normas de la Iglesia preconciliar?. No tengo más que decir.

  2. Pero vamos a ver. Pio XI en Mortalium Animos condena el ecumenismo y el Vaticano II establece el ecumenismo¿ alguien me puede explicar donde esta la hermeneutica de la continuidad entre una cosa y su contrario?. Los errores no se pueden corregir con falacias. Pio IX condena la libertad religiosa y el vaticano II dice que es un derecho. Auctorem Fidei condena la colegialidad y el vaticano II la establece.¿ pero qué es exactamante lo que se continua hermeneuticamente? FALACIA que no soluciona el problema.

  3. Pequeños profundos ERRORES: lo que el magisterio ordinario de la Iglesia infaliblemente condenaba como elementos de la herejia modernista, el Vaticano II los descondena.
    El magisterio ordinario que se sucede a lo largo del tiempo y es igual para toda la Iglesia, es infalible: lo dice el Vaticano I. Por lo tanto no puede ser infalible al mismo tiempo el magisterio preconciliar cuando condena yl el magisterio postconciliar cuando descondena loa misma cosa. Una cosa y su contrario no pueden ser ambos, magisterio ordinario infalible. Uno de los dos es MAGISTERO FALSO. ¿qué es lo que se malinterpretó del concilio? Otra falacia. No se malinterpretó, pone lo contrario del magisterio verdadero.

  4. Lo único que se puede hacer , y urgente , es descanonizar los Papas conciliares y post conciliar . Podría ser una descanonización popular y espontanea . Es la única seguridad .

  5. Un historiador también puede cometer errores -el caso de Roberto Di Mattei es un buen ejemplo de ello- y sin lugar a dudas, esto es mucho más probable a que cometa errores un Concilio Ecuménico de la Santa Madre Iglesia.

    Sobre el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II confío en participantes directos del mismo: el Cardenal Alfredo Ottaviani, San Juan XXIII, Beato Pablo VI, San Juan Pablo II, y también me baso en uno de los mejores filósofos católicos de todos los tiempos como lo es Julián Marías.

    De los no participantes directos del Sagrado Concilio, prefiero lo escrito por el P José María Iraburu.

  6. Una pena que el mejor portal católico del tiempo presente, Infovaticana, cometa el error de difundir al anticonciliarista Roberto di Mattei, que también comete errores y graves, como lo es para un católico combatir un concilio universal, haciéndolo punto de aplicación propagandística y chivo expiatorio de todos errores y horrores, reales o supuestos que puedan existir en la Santa Madre Iglesia.

  7. Solo doctrina, sus filias y sus fobias lo ciegan.
    No fue de Mattei quien lo dijo primero. Pablo VI mismo vio el desastre (lo del humo de Satanas) y murió amargado por la criáis que no pudo, no supo o no quiso contener. “Cavaron abismos” y ahí están los resultados.

    “Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios (…) También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.“
    http://statveritasblog.blogspot.com.ar/2013/02/pablo-vi-traves-de-alguna-grieta-ha.html

  8. Roberto di Mattei es un claro enemigo de nuestra Santa Iglesia Católica. Todo lo que opine sobre la misma carece de valor.-

  9. Otro error muy común entre católicos muy ignorantes que suelen estudiar teología de la nueva es pensar que el termino “ecuménico” significa infalible. Esta forma de pensar modernista procede del principio revolucionario de la libertad igualdad y fraternidad: como ecuménico significa que están presentes todos los obispos, todos iguales colegialmente, y como la verdad es lo que dice la mayoría, la mayoría no puede errar. Es la ley democrática del número por encima de la ley de Dios. Infalible es el Papa cuando condena la masonería, el comunismo, el liberalismo, la libertad religiosa, el ecumenismo y la colegialidad. El Papa sólo condenando, es más infalible que una asamblea democrática ecuménica de obispos modernistas y liberales.
    Estos ignorantes se creen antes lo que diga la asamblea de purpurados que los anatemas que lanze un sólo Papa. No creen en el magisterio ordinario infalible que se sucede en el tiempo establecido por el Vaticano I, porque ese magisterio los condena.

  10. Si serán ignorantes los neocatólicos, que sólo creen en el magisterio extraordinario del Papa porque establece dogmas de fe. Pues si para ser católico sólo hay que creer en dogmas de fe que proceden del magisterio extraordinario, el Vaticano II al no establecer ningun nuevo dogma de fe ni ser magisterio extraordinario, no hay que creer lo que establece. Ni el ecumenismo ni la colegialidad ni la libertad religiosa son dogmas de fe, ergo no hay que creerlos para ser católico. A continuacion el neocatólico argumenta: es que el magisterio ordinario del Vaticano II tambien hay que creerlo porque es ecumenico.¿a sí? pues como el magisterio ordinario preconciliar condena infaliblemente lo que el Vaticano II descondena, y como no es dogma de fe, no me da la gana de creerme lo que estaba antes condenado, por muy ecumenica que haya sido la asamblea. El magisterio que sale de Trento condenando lo que el CVII dice, va antes que tu Vaticano II.

  11. ¿Jesucristo, los padres de la Iglesia y la tradicion de la Iglesia Católica ha enseñado alguna vez el ecumenismo la colegialidad y la libertad religiosa o por el contrario lo ha condenado por ser herejia modernista en Auctoren Fidei, el Syllabus y Mortalium Animos? Pues entonces qué película sesentera de extraterrestres me estais contando? ¿En qué parte de la Biblia viene el Ecumenismo?¿de qué sitio os lo habeis sacado, de la mayoria conciliar ecumenica?
    Cuando me demuestres que los apóstoles enseñaron la teologia del cuerpo de juan pablo segundo, entonces me creeré la teologia del cuerpo.¿pero en qué se basa juan pablo II para decir lo que dice?

  12. Nombran a Ottaviani para lo que les conviene.
    Léete el breve examen critico del Novus Ordo Misae, verás lo que opina Ottaviani, que te vas a caer para atrás del susto.

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