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De la santidad al perdón de los pecados

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Acaba una semana que se inició con una interpelación a la santidad por parte del Papa y acaba con una petición de perdón de Su Santidad. En medio, como macabro telón de fondo, la suerte de una de las comunidades cristianas más antiguas del planeta, la de Siria, amenazada por una guerra que, pareciendo ya en trance de concluir, vuelve a avivarse con las amenazas de Estados Unidos.
Gaudete et Exultate (GE) ha dado bastante de sí, al menos en lo que se refiere a glosas varias.

Para unos ha sido un texto en el que el Papa recuerda la llamada universal a la santidad en medio del mundo y da claves para vivirla en el mundo de hoy, advertiendo de cuáles son en nuestros tiempos sus mayores enemigos.

Para los Guardianes de la Nueva Ortodoxia, los que no ven en Francisco un Papa más en una larguísima cadena de pontífices, sino el fundador de una Nueva Iglesia, la auténtica, y esperan de él que abandere una revolución que llevan décadas esperando. Son los Faggioli, los Ivereigh, los Martin et al. que han visto la luz de una nueva primacía petrina no fácil de distinguir de la papolatría.

Para estos, digo, GE no aporta nuevos enfoques para vivir la santidad de siempre, sino que, más bien, propone una Nueva Santidad. Todo tiene que ser ‘nuevo’ para esta gente, como si la verdad imperecedera y atemporal de Cristo no les bastase.

Por otra parte, quienes recelan de los nuevos aires y de la anunciada ‘renovación’ han hecho una crítica implacable del texto, viendo en él no tanto lo que expresamente anuncia como una especie de retorcido ‘ajuste de cuentas’ contra los pretendidos enemigos de este pontificado, que se englobarían en la exhortación bajo las rúbricas de ‘gnósticos’ y ‘pelagianos’.

En cuanto a nosotros, ya hemos hecho nuestro comentario. Es el Santo Padre, y su mensaje rebosa de consejos útiles, citas provechosas y un animante impulso a vivir la santidad con alegría. Por otra parte, nos suena un poco antigua, lo que no deja de ser una paradoja en un papado que ha hecho de la ‘novedad’ bandera; parece, decimos, que critique una espiritualidad que ya no existe sino en reducidísimos núcleos dispersos, como si el mensaje se hubiera escrito hace medio siglo y apareciera hoy en algún cajón.

Advierte, nos parece, de peligros que distan mucho de ser comunes en nuestras sociedades; habla, en fin, a una Iglesia que dejó de existir.

Esto quedó confirmado esta misma semana cuando, hablando de la confesión, advirtió a los sacerdotes que los penitentes esperan no encontrar en ellos a un inquisidor. No sé ustedes, pero en todos mis años de práctica sacramental -y no son pocos- jamás me he encontrado a un inquisidor en el confesionario; por el contrario, he encontrado sacerdotes que minimizaban mis pecados o, directamente, no los consideraban tales. No creo que mi caso sea una rareza estadísticas, pero corríjanme si su experiencia es otra.

En cuanto a la guerra inminente, es una maldita desgracia comprobar, por enésima vez, la extraña indiferencia que sentimos los cristianos occidentales hacia el calvario que viven con una encomiable fidelidad a Cristo nuestros hermanos en tierras del Islam.

Las comunidades cristianas más antiguas de la tierra desaparecen de su tierra natal donde han resistido dos mil años bajo el empuje de un integrismo que a menudo obedece a intereses occidentales. Hoy es una dictadura laica, en manos de un musulmán, la que protege la última comunidad cristiana que puede adorar en libertad, la siria; y una potencia hija de la cristiandad, bajo la égida de un presidente que se dice cristiano, la que está a punto de borrarla del planeta.

Y acaba la semana con la abierta confesión del Papa a los obispos chilenos de que ha errado y pide humildemente perdón por ello. Hace referencia al caso de las víctimas de abusos sexuales por parte de clérigos allá, a las que llegó a acusar de calumnia, y promete enmendar el yerro en una próxima reunión con el episcopadp de aquel país.

La base de su error, añade, fue una información incompleta. Sin embargo, no es muy específico sobre esas fuentes que le indujeron a error, no solo al error de calumniar a las víctimas, sino al de confirmar por tres veces al obispo acusado de connivencia, Juan Barros, titular de la diócesis de Osorno.

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Es de suponer que quienes llevaron al Papa a cometer tamaña injusticia paguen, al menos, con su fulminante destitución, y que se acepte al fin la renuncia del obispo presuntamente cómplice del pedófilo Karadima.

Parece un tópico eso de hablar del buen monarca que se rodea de malos consejeros, pero los que rodean a Francisco a menudo confirman la fábula. ¿Tiene que rodearse de pastores rodeados a su vez por los escándalos y las sospechas?

3 comentarios en “De la santidad al perdón de los pecados
  1. Hay una culpa que se llama culpa in eligendo, al elegir un mal informador; hay otra por oír una sola voz en contra de tantas voces unánimes; hay otra que es la de no oir a las víctimas y, por último, hay otra, quizás la mayor, como es la de calumniar a las víctimas tildándolas de calumniadoras, y no una vez sino varias. Por todo ello Francisco debe asumir su plena responsabilidad en el caso Barros y hacer las maletas. Pero ya sabemos que lo culpables son siempre otros, especialmente los católicos rígidos. Balones fuera.

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