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¿Por qué es una costumbre católica arraigada enterrar a los muertos?

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Ante la moda de la cremación –de raíces panteístas, naturalistas o nihilistas- el P. Álvaro Sánchez Rueda explica que enterrar a los muertos es una forma de afirmar nuestra fe en la “resurrección de la carne”. “La sepultura es un recordatorio de nuestro Catecismo y de nuestro Credo. Los cristianos sepultamos a los muertos porque creemos en que nuestro cuerpo habrá de resucitar en el Día del Juicio Final, cuando el Supremo Juez una nuestra alma a nuestro cuerpo glorioso.”

Javier Navascués

Poco a poco van desapareciendo de la sociedad las buenas costumbres católicas. Hoy en día está muy de moda la cremación, quemar el cuerpo del difunto y entregar las cenizas a la familia, que disponen de ellas a su antojo. Son depositadas en el salón de casa u otro lugar o se esparcen en un lugar muy querido por el difunto o en la naturaleza…

La Iglesia tradicionalmente fue contraria a la cremación. Actualmente la autoriza en casos muy concretos y señala que esta debe hacerse no por razones banales, sino que deben ser razones de peso, verdaderamente graves: por razones de tipo higiénico, económicas o sociales.

Y la misma Iglesia advierte contra la tendencia panteísta, naturalista o nihilista latente en la cremación y señala que no se pueden permitir actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de reencarnación, o como la liberación definitiva de la prisión del cuerpo. El P. Álvaro Sánchez Rueda, sacerdote, médico, y escritor profundiza en estas ideas.

¿Por qué es una costumbre católica arraigada enterrar a los muertos?

Porque es una forma de afirmar nuestra fe en la “resurrección de la carne”: nuestra fe católica afirma que, en el Día del Juicio Final, cuando venga Nuestro Señor Jesucristo en la gloria, “juzgará a vivos y muertos”, juzgará a toda la humanidad, a todos los hombres de todos los tiempos. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 997, dice así: “En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia, dará definitivamente a nuestro cuerpo la vida incorruptible, uniéndolo a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús”.

En el Día del Juicio Final, vendrá Cristo y unirá nuestra alma a nuestro cuerpo, que será glorioso si resucitamos para la vida eterna. Según las características del cuerpo resucitado de Jesús, podemos darnos una idea de cómo será ese cuerpo: similar al cuerpo terrenal, pero perfecto, joven –Santo Tomás dice que en el Cielo los bienaventurados tendrán la edad de Cristo, 33 años-, no sujeto ya más ni a la enfermedad, ni al dolor, ni a la muerte, resplandeciente de gloria, etc. Esto quiere decir que cada hombre comparecerá ante Él en aquello que nos constituye y caracteriza como seres humanos, es decir, nuestra composición y unidad substancial de cuerpo y alma. Aunque por el paso del tiempo se haya reducido a tierra, el cuerpo del cristiano será reconstituido por el Señor y le será unida su respectiva alma en ese día, el Día del Juicio Final.

Algunos resucitarán para el Cielo; otros, para la eterna condenación, pero tanto unos como otros, irán al Cielo o al Infierno, con sus respectivos cuerpos y almas. Gozará el cuerpo de la gloria del alma, si está en el cielo; sufrirá el cuerpo el dolor del fuego, si está en el Infierno. El enterrar a los muertos, forma parte de un acto de fe en esta parte de nuestro Credo: “Vendrá al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos (…) Creo en la resurrección de la carne”. La sepultura es un recordatorio de nuestro Catecismo y de nuestro Credo. Los cristianos sepultamos a los muertos porque creemos en que nuestro cuerpo habrá de resucitar en el Día del Juicio Final, cuando el Supremo Juez una nuestra alma a nuestro cuerpo glorioso. Eso, claro, en el caso de resucitar para la eterna bienaventuranza.

Podríamos mencionar brevemente otras razones para argumentar la no cremación: ese cuerpo recibió el Bautismo y estuvo unido al Santísimo Sacramento; el mandato bíblico de castigo por el pecado original “tú eres tierra y en tierra te convertirás” (cfr. Gn 3, 19). Otra razón es de orden psicológico: la sepultura favorece el duelo de los deudos y fortalece su esperanza en la vida eterna y por lo tanto su decisión de vivir en gracia para, por la misericordia de Dios, reencontrar en Cristo a los seres queridos. La sepultura en un camposanto ayuda además a realizar una obra de misericordia: “Rezar por vivos y difuntos”.

De ahí la expresión cristiana sepultura, camposanto…

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En el caso del término “camposanto” se dice así, por un lado, porque es un lugar sagrado, es decir, al igual que los templos, los cementerios han sido consagrados, dedicados al culto de Dios, Ser Perfectísimo y Purísimo, por lo que no se pueden realizar en ellos actos que sean contrarios a la moral, o injuriosos, lo cual es considerado una profanación. Al ser un lugar consagrado, el camposanto tiene la función de favorecer el ejercicio de la piedad, del culto y de la religión, rechazando radicalmente todo lo que se oponga a la santidad del lugar. Por otro lado, podemos decir que el cementerio recibe el nombre de “camposanto” porque los cuerpos sepultados han recibido la gracia santificante por el Bautismo sacramental, lo cual los convirtió, en vida, en templos del Espíritu Santo. Obviamente, el Espíritu Santo no habita en un cuerpo sin vida, pero al haber sido este cuerpo, en vida, templo del Espíritu Santo, al lugar en donde reposa este cuerpo, se le llama “camposanto”.

Incluso el origen etimológico de cementerio es dormitorio…

Sabemos que la palabra “cementerio” se deriva del griego “koimetérion”, que significa “dormitorio”. Esto se debe a que, según la creencia cristiana, en el cementerio, los cuerpos dormían hasta el día de la resurrección. Favorece la analogía el hecho de que el estado de descanso fisiológico del cuerpo y del alma, el dormir, se asemeja, externamente al menos, con el estado de separación del cuerpo y del alma, es decir, la muerte. En ambos casos, en el que el hombre duerme y en el que el cadáver reposa sin vida, adoptan una idéntica posición, que es la posición horizontal que se adopta al dormir. De ahí, con toda seguridad, no solo el origen etimológico de “cementerio”, sino su correspondencia con la realidad. De hecho, una expresión que suele utilizarse para alguien que ha fallecido es la de “se durmió en la paz del Señor”, expresión que es recogida en la oración por los difuntos: “(…) y duermen ya el sueño de la paz”.

Estamos viviendo tiempos de apostasía, tiempos de abandono masivo, por parte de los católicos, de su propia fe. Cuando fallece un católico que apostató públicamente, es decir, que públicamente renunció a su fe, ¿puede la Iglesia negarles la sepultura en un cementerio católico?

Sí, se puede negar la sepultura en un cementerio católico, porque debido a su apostasía, el difunto murió, voluntariamente, fuera de la Iglesia. Sepultarlo en un cementerio católico sería un doble sinsentido: por un lado, contraría la fe católica sobre la que se fundamenta el cementerio católico; por otro lado, sería contradecir el explícito deseo del difunto, de apartarse de la fe católica. Puesto que el cementerio católico se funda en la fe católica, sería como una especie de desconsideración del deseo explícito de quien apostató de la fe y que manifestó, también explícitamente, el rechazo a un funeral religioso. Por respeto a quien públicamente se apartó de la Iglesia, se debe negarle la sepultura en un cementerio católico. Ahora bien, puede darse el caso de un bautizado católico que vivió siempre apartado de toda práctica religiosa, públicamente se comportó de modo inmoral, despreciando las leyes de la Iglesia. En todo caso, en casos dudosos, se recomienda que, de motu propio, no se niegue la sepultura eclesiástica a ninguno, aun cuando parezca indigno de ella: lo que debe hacerse es notificar el caso dudoso al obispo y obrar según su respuesta. En todo caso, si esta consulta no se puede realizar -por dificultad del lugar o por falta de tiempo-, el sacerdote no debe negar la sepultura eclesiástica, salvo el caso en que apareciese como cierto y evidente que el concederla sería contrario al derecho, es decir, que no se trate de un caso dudoso.

Estos casos están contemplados en el Derecho Canónico de 1981, en el Capítulo II, Canon 1184, que establece lo siguiente: “1. Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento: a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos; a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana; a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles”.

¿Y en el caso de alguien que no pertenece a la religión católica?

En este caso, no tiene sentido que se lo sepulte en un cementerio católico. Además, no posee la condición necesaria para ser sepultado en el cementerio católico, que es el haber recibido, por lo menos, la gracia del bautismo sacramental, que lo convierte en hijo de Dios y que amerita, por lo tanto, el ser sepultado en el lugar reservado para los hijos de Dios.

¿Cuándo apareció la cremación como algo generalizado?

Primero, habría que distinguir de los casos históricos de grandes cataclismos, como el terremoto en San Juan, Argentina, cuando el Papa permite la cremación debido a la cantidad de cadáveres –se estima que hubo una totalidad aproximada de 5.000 personas fallecidas-, la falta de mano de obra para exhumarlos, el momento de tremenda consternación y la posibilidad de epidemias, etc.

Pero se esparce ideológicamente con la posibilidad técnica, fáctica, de poder realizarlo a gran escala. Sin embargo, hay un elemento facilitador o catalizador, que es, por un lado, la pérdida de la fe católica en la resurrección de los cuerpos –producto de la cultura gnóstica y materialista en la que vivimos-, pero también, por la asunción, por parte de los católicos –incluidos sacerdotes- de elementos gnósticos pertenecientes a las religiones orientales. En estas, no existe el concepto de la resurrección corporal, por lo que la sepultura es reemplazada por la cremación. Pero lo que es “lógico” en una religión humana y no revelada, es ilógico e irracional en una religión de origen divino y revelad por el Hombre-Dios Jesucristo, como la religión católica. Asumir la cremación forma parte de la apostasía generalizada que vivimos en nuestros días

Hoy en día está muy arraigada…

Sí, está muy arraigada, por los factores que hemos enunciado: pérdida de la fe, materialismo, gnosticismo del tipo de la Nueva Era –panteísmo evolucionista donde todos somos parte del Nirvana y la carne es mala-, a lo cual le podríamos agregar una creencia diluida por parte de muchos católicos que mantienen la fe, pero sin demasiada convicción.

¿Podría especificar algo más con relación a los factores que contribuyen al aumento de la práctica de la cremación?

Entre otros factores, se encuentra la ausencia de los novísimos en la prédica –serían los “perros mudos” de los que habla la Escritura-, la catequesis humanista y psicologista que deja de lado postrimerías y hace hincapié en las vivencias existencialistas del “aquí y ahora”. Otro factor es de orden económico: adquirir un terreno en el cementerio y construir un mausoleo con esculturas representando la muerte y la esperanza en el más allá se ha convertido en un lujo inaccesible para muchos, que ven en la cremación una “solución” rápida a este problema. Otro factor puede ser la ruptura de la familia tradicional, ruptura por la cual los individuos más ancianos quedan relegados y olvidados en asilos. En estos casos, la cremación es una consecuencia casi lógica del olvido de los más ancianos y del no-cumplimiento del Cuarto Mandamiento: “Honrarás padre y madre”.

Un factor muy importante es la pérdida de fe en la resurrección y en la resurrección de los cuerpos; la fe se diluye o se falsifica, adoptando elementos gnósticos propios de religiones orientales, como la reencarnación, o la disolución de la persona en el “nirvana-nada”. Si no vamos a resucitar con los cuerpos, o si vamos a diluirnos con la energía cósmica impersonal luego de esta vida terrena, entonces no tiene sentido el culto a los muertos y se hace más “lógica” la cremación del cadáver. Los cementerios, con sus tumbas y monumentos con ángeles e imágenes sagradas, nos recuerdan la existencia de la vida eterna. Contra esto, conspiran tanto la cremación, como la existencia de cementerios-jardines, en los que no hay imágenes que ayuden a elevar el alma y el pensamiento hacia la vida eterna.

Pero hay otro elemento perverso, en la cultura gnóstica perversa en la que vivimos, del signo opuesto a los cementerios-jardines y a la cremación, y es lo que se ha venido a llamar “narco-cultura”. Como parte de esta “narco-cultura”, los narcotraficantes erigen –con su dinero malhabido, para ellos mismos y sus familias o seres queridos, monumentos que son, en la práctica, modernas casas, que cuentan incluso hasta con refrigeradores, habitaciones, salas de estar, etc. Esto se debe a la pérdida de la fe católica en la resurrección de los cuerpos, pero también reflejan un hecho expresado sabiamente por Santa Teresa de Ávila: “El demonio hace creer, a los que viven en pecado mortal, que sus placeres (ilícitos) durarán para siempre”. Es decir, el demonio les hace creer que, en cierta manera, el lujo malhabido y el estilo de vida propio del narcotraficante, continuará en la otra vida, y es para eso que se construyen esto narco-mausoleos, que más parecen una casa, como dijimos, que un lugar en el que reposan los restos mortales de un ser humano. Esta narco-cultura recuerda también a la creencia egipcia sobre los muertos: al sepultarlos, les colocaban alimentos, en la convicción errónea de que el muerto habría de utilizarlos en el más allá.

¿Qué dice la Iglesia al respecto?

Debido a la popularización de prácticas como la cremación –las cuales, de no ser reglamentadas, atentan contra la fe-, la Congregación para la Doctrina de la Fe emitió un documento llamado “Instruccion Ad resurgendum cum Christo”, que reemplaza al del año 1963. En este documento, la Iglesia reafirma la preferencia de la sepultura y al mismo tiempo establece normas en relación a prácticas como la cremación. En el documento se advierte contra la tendencia “panteísta, naturalista o nihilista” (sic) latente en la cremación y que subyace a su fundamentación y es por eso que, para evitar que esta práctica termine minando la fe de los fieles en la resurrección, prohíbe que las cenizas se dispersen en cualquier manera, sean divididas entre familiares, o conservasen artículos como, por ejemplo, “piezas de joyería”.

Es decir, la Iglesia – autoriza la cremación, pero especifica que esta debe hacerse no por razones banales, sino que deben ser razones de peso, verdaderamente graves: (la cremación debe realizarse) por razones de tipo higiénico, económicas o sociales. Precisamente, para combatir errores derivados de las religiones orientales –como la reencarnación, por ejemplo-, en el documento se señala que no se pueden permitir “actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de reencarnación, o como la liberación definitiva de la “prisión” del cuerpo”. Solo cuando se verifiquen ciertos requisitos –razones higiénicas, económicas, sociales-, dice la Instrucción que “no hay ninguna razón doctrinal para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo”. Es decir, la omnipotencia de Dios no se limita por el hecho de que el cuerpo haya sido reducido a cenizas, puesto que igualmente reconstituirá los cuerpos al final de los tiempos.

Sin embargo, hay que decir que la Iglesia sigue prefiriendo la sepultura de los difuntos porque “favorece el recuerdo y la oración por los difuntos por parte de los familiares y de toda la comunidad cristiana, y la veneración de los mártires y santos”, como afirma el documento. Además de favorecer la deriva panteísta o nihilista de corte oriental, la cremación, es decir, la combustión acelerada y artificial del cuerpo no es, por definición, un proceso natural. Es algo producido artificialmente, por el avance técnico del hombre, pero que dificulta o hace imposible el acostumbramiento a la ausencia del ser querido y, en consecuencia, a la práctica de la fe, que nos hace vislumbrar un reencuentro posible con ese ser querido, después de nuestra propia muerte, y supuesto el caso que tanto nuestros seres queridos difuntos como nosotros, hayamos muerto en gracia.

¿Hay por tanto una clara influencia de creencias orientales en la cremación? ¿Es una práctica contraria a la fe?

Como ya veníamos diciendo, en católicos que acuden a la cremación, hay claramente una influencia –implícita o explícita- de las creencias orientales. En el documento que citamos se tiene en cuenta este aspecto y pone en guardia a los fieles contra una concepción errónea de la muerte. La cremación se convierte en una práctica contraria a la fe católica en la resurrección de los cuerpos cuando el difunto dispone “la cremación y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza por razones contrarias a la fe cristiana”. En ese caso, el documento establece que se deben “negar las exequias” (sic), puesto que la cremación se convierte en un instrumento de rechazo, desacuerdo y negación explícita de la fe católica. Ahora bien, si no se da esta condición de negación explícita, por parte del difunto, de la fe cristiana en la resurrección de los cuerpos, se pueden realizar las exequias, cuando la cremación ha debido realizarse por motivos verdaderamente graves, como los señalados en el documento: “razones de tipo higiénico, económicas o sociales”.

Si se cumplen los requisitos señalados por la Instrucción, ¿se pueden conservar las cenizas en los hogares? ¿O deben ser trasladadas a un cementerio? ¿Cuáles son las razones?

Ante todo, hay que recordar que el cementerio o camposanto, está destinado a los católicos, es decir, a los que recibieron la gracia de ser hijos adoptivos de Dios por el bautismo sacramental. Esto significa que el católico adquiere una nueva dimensión: ya no le pertenece “a la familia”, sino a Dios: es propiedad de Dios, a partir del bautismo: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” (cfr. 1 Cor 6, 19). En este sentido, el poseer las cenizas de un ser querido en la propia casa, a menos que se trate de alguna grave excepción –contemplada en la Instrucción-, significa no asimilar, hasta el fin, el hecho de que nuestro ser querido le pertenece más a Dios que a nosotros mismos, por así decirlo.

Otra razón que explica la negativa de la Iglesia a permitir que las cenizas permanezcan en casas particulares y no en cementerios, es el abuso que pueden sufrir –entre otros, el olvido por parte de nuevas generaciones-, o la deriva peligrosa hacia prácticas supersticiosas. Todo esto hace sumamente inconveniente que las cenizas estén en los hogares, siendo el cementerio el único lugar sagrado apto para su conservación. Por este motivo, el documento advierte acerca de la disposición de las cenizas en un cementerio: “(las cenizas del difunto) por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente”. Para la Iglesia, “la conservación de las cenizas en un lugar sagrado puede ayudar a reducir el riesgo de sustraer a los difuntos de la oración y el recuerdo de los familiares y de la comunidad cristiana”. Así, “se evita la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas”.

5 comentarios en “¿Por qué es una costumbre católica arraigada enterrar a los muertos?
  1. Pues no.

    Creo firmemente en la resurrección, pero he pedido que me incineren. Es muy lamentable ver como se desalojan los nichos en los cementerios, que en las ciudades son por diez años o así. ¿Y qué hacen con los restos? Pues a una fosa que cubren y al olvido, en el mejor de los casos.

    Pero yo pregunto ¿Si de S. Pedro quedan dos o tras huesos, que no se sabe seguro que sean de él, no es igual que se hubiera incinerado? ¿Acaso S. Pedro no va resucitar?

    Que cada uno elija la forma de terminar con su cuerpo porque eso de danzar los huesos por el cementerio me da mucho repelús.

  2. Totalmente de acuerdo con la inhumación: “Vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios, que es quien lo dió” (Ecclesiastés 12, 7). En la Presentación de la referida Instrucción dice el Padre Bonino : “La Iglesia nunca ha dejado de afirmar que efectivamente el cuerpo en el que vivimos y morimos, es el que resucitará en el último día” y llama al cuerpo: “nuestro humilde compañero para la eternidad”. Sin embargo, sólo va a ser posible escapar de la incineración si el entierro se produce en un cementerio propiedad de la Iglesia Católica, porque en muchos cementerios municipales, cuando finaliza la concesión de las Unidades de Enterramiento (en Madrid 99 años para sepulturas y 10 años para nichos) te incineran por decreto ley si la familia no acude a renovar el pago y vas a un cenicero común. Dice “20 minutos” en 2013 “Casi 3.000 muertos se sacan al año de los nichos porque la familia no paga la renovación”: El 69% no acude a pagar la renovación ( 929 €/nicho).

  3. Vanlop: Claro que también resucitan y en la Presentación de la Instrucción Ad resurgendum cum Christo, lo dice el Padre Bonino: “Por supuesto, sabemos que, incluso si la continuidad material se interrumpiera, como es el caso de la cremación, Dios es muy poderoso para reconstruir nuestro propio cuerpo a través de nuestra propia alma inmortal, que garantiza la continuidad de la identidad entre el momento de la muerte y la resurrección”. Pero dice también: “Para la fe cristiana el cuerpo no es toda la persona, pero es un parte integral esencial de su identidad. De hecho , el cuerpo es como el sacramento del alma que se manifiesta en él y por él. Como tal, el cuerpo participa en la dignidad inherente a la persona humana y al respeto que se le debe. Por eso, enterrar a los muertos ya es, en el Antiguo Testamento, una de las obras de misericordia con el prójimo”.

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