La beata Ana Catalina Emmerick describe la dolorosa Pasión de Cristo que contempló en sus visiones. En su relato, Ana Catalina explica cómo los soldados prendieron a Jesús tras la traición de Judas y narra, asimismo, la conversión de Malco, criado del sumo sacerdote a quien Pedro cortó una oreja.
«La beata Ana Catalina Emmerick contempló la dolorosa pasión de nuestro Señor Jesucristo y la experimentó en su cuerpo. El hecho de que la hija de pobres campesinos, que buscó con empeño la cercanía de Dios, se convirtiera en la conocida «mística de Münster» es obra de la gracia divina. (…) Aún hoy transmite a todos el mensaje salvífico: Con las llagas de Cristo hemos sido curados.»
Estas fueron las palabras con las que San Juan Pablo II se refirió a Ana Catalina Emmerick durante la homilía de la misa de beatificación que se celebró en la Plaza de San Pedro en octubre de 2004. A lo largo de su vida, la mística alemana tuvo numerosas visiones y contempló la vida de Cristo, incluyendo su dolorosa Pasión. El libro Secretos de la Biblia recoge el relato que hace Ana Catalina Emmerick del prendimiento de Jesús y la conversión de Malco:
Hallándose Jesús con los tres apóstoles en el camino, entre Getsemaní y el Huerto de los Olivos, Judas y su gente aparecieron a veinte pasos de allí, a la entrada del camino; hubo una disputa entre ellos, porque Judas quería que los soldados se separasen de él para acercarse a Jesús como amigo, a fin de no aparecer en inteligencia con ellos; pero estos, parándolo, le dijeron: «No, camarada; no te escaparás hasta que tengamos al Galileo».
Viendo que los ocho apóstoles corrían al oír ruido llamaron a los cuatro alguaciles. Cuando Jesús y los tres apóstoles reconocieron a la luz de la antorcha a esta turba de gente armada, Pedro quería rechazarlos con la fuerza, y dijo: «Señor, los ocho están cerca de aquí; ataquemos a los alguaciles». Pero Jesús le dijo que se estuviera quieto y dio algunos pasos atrás.
Cuatro discípulos habían salido del huerto de Getsemaní, y preguntaban qué sucedía. Judas quiso entrar en conversación con ellos y contarles cualquier cosa; pero los soldados se lo impidieron. Estos cuatro discípulos eran Santiago el Menor, Felipe, Tomás y Natanael: este último era hijo del viejo Simeón, y algunos otros habían venido a Getsemaní con los ocho apóstoles, o enviados por los amigos de Jesucristo para saber noticias suyas, o excitados por la curiosidad. Los otros discípulos andaban errantes acá y allá, observando, y decididos a huir.
Jesús se acercó a la tropa, y dijo en voz alta e inteligible: «¿A quién buscáis?». Los jefes de los soldados respondieron: «A Jesús Nazareno ». «Yo soy», replicó Jesús. Apenas había pronunciado estas palabras, cuando cayeron en el suelo, como atacados de una apoplejía. Judas, que estaba todavía al lado de ellos, se sorprendió, y queriendo acercarse a Jesús, el Señor le tendió la mano, y le dijo: «Amigo mío, ¿qué has venido hacer aquí?». Y Judas, balbuceando, habló de un negocio que le habían encargado. Jesús le respondió en pocas palabras, cuya sustancia es esta: «¡Más te valdría no haber nacido!». No me acuerdo bien.
Mientras, los soldados se levantaron y se acercaron al Señor, esperando la señal del traidor, el beso que debía dar a Jesús. Pedro y los otros discípulos rodearon a Judas, y lo llamaron ladrón y traidor. Quiso persuadirlos con mentiras, pero no pudo, porque los soldados lo defendían contra los apóstoles, y por eso mismo atestiguaban contra él.
Jesús dijo por segunda vez: «¿A quién buscáis?». Ellos respondieron de nuevo: «A Jesús Nazareno». «Yo soy, ya os lo he dicho; soy Yo a quien buscáis. Dejad a estos». A estas palabras los soldados cayeron por segunda vez con contorsiones como de epilepsia, y Judas fue rodeado otra vez por los apóstoles, exasperados contra él. Jesús dijo a los soldados: «Levantaos». Se levantaron, en efecto, llenos de terror; pero como los apóstoles estrechaban a Judas, los soldados le libraron, y le mandaron con amenazas que les diera la señal convenida, pues tenían orden de prender a Aquel a quien besara. Entonces Judas vino a Jesús, y le dio un beso con estas palabras: «Maestro, yo te saludo». Jesús le dijo: «Judas, tú vendes al Hijo del Hombre con un beso».
Entonces los soldados rodearon a Jesús, y los alguaciles, que se habían acercado, le echaron mano. Judas quiso huir; pero los apóstoles lo detuvieron; y lanzándose sobre los soldados, gritaron: «Maestro, ¿desnudaremos la espada?». Pedro tomó la suya, pegó a Malco, criado del sumo sacerdote, que quería rechazar a los apóstoles, y le hirió en la oreja; este cayó en el suelo y el tumulto llegó entonces al colmo.
Los alguaciles habían tomado a Jesús para atarlo: los soldados lo rodeaban un poco más de lejos, y, entre ellos, Pedro había herido a Malco. Otros soldados estaban ocupados en rechazar a los discípulos que se acercaban, o en perseguir a los que huían. Cuatro discípulos se veían a lo lejos; los soldados no se habían repuesto del terror de su caída, y no se atrevían a alejarse por no disminuir la tropa que rodeaba a Jesús. Judas, que había huido después del beso traidor, fue detenido a poca distancia por algunos discípulos, que le llenaron de insultos; pero seis fariseos que llegaron en este momento lo libertaron, y los alguaciles se ocuparon en atar al Señor.
Tal era el estado de cosas cuando Pedro pegó a Malco, y Jesús le había dicho enseguida: «Pedro, mete tu espada en la vaina, pues el que a cuchillo mata a cuchillo muere: ¿crees tú que Yo no puedo pedir a mi Padre que me envíe más de doce legiones de ángeles? ¿No debo yo apurar el cáliz que mi Padre me ha dado a beber? ¿Cómo se cumpliría la Escritura si estas cosas no sucedieran?». Y añadió: «Dejadme curar a este hombre». Se acercó a Malco, tomó su oreja, oró y la curó.
Los soldados estaban a su alrededor con los alguaciles y los seis fariseos; estos le insultaban, diciendo a la turba: «Es un enviado del diablo; la oreja parecía cortada por sus hechicerías, y por sus mismos hechizos la ha curado». Entonces Jesús les dijo: «Habéis venido a prenderme como un asesino, con armas y palos; he enseñado todos los días en el templo, y no me habéis prendido; pero vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas, ha llegado». Mandaron que lo atasen, y lo insultaban diciéndole: «Tú no has podido vencernos con tus encantamientos». Jesús les dio una respuesta, de la que no me acuerdo bien, y los discípulos huyeron en todas direcciones.
Los alguaciles y los fariseos no cayeron a la vez que los soldados, y por consecuencia no se habían levantado. Así me fue revelado, porque estaban del todo entregados a Satanás, lo mismo que Judas, que tampoco se cayó, aunque estaba al lado de los soldados. Todos los que cayeron y se levantaron se convirtieron después y fueron cristianos. Estos soldados sólo habían rodeado a Jesús, pero no habían puesto las manos sobre Él. Malco se convirtió después de su cura, y en las horas siguientes sirvió de mensajero a María y a los otros amigos del Salvador.