‘Dubia’ sobre los ‘dubia’

‘Dubia’ sobre los ‘dubia’

Cuando se cumple el primer año de los ‘Dubia’, las ‘dudas’ expresadas oficialmente por cuatro cardenales al Papa en torno a determinados puntos ambiguos de su exhortación ‘Amoris Laetitia’, yo quiero aprovechar este espacio para expresar mis propias ‘dudas’.

No son sobre la exhortación, cuyo alcance y significado no me siento ni de lejos capacitado para valorar con la debida precisión teológica, sino sobre por qué ha pasado este año de absoluto silencio.

Uno entiende que Su Santidad es un hombre ocupado; también, que no podría levantarse de la silla si tuviera que responder a todas las consultas que pueda plantearle una grey de más de mil millones de fieles en todo el mundo, y no se me escapa, por último, que prefiere la ortopraxis, el bien obrar, sobre la teoría. Como decía el periodista Thomas Reese en un reciente comentario, en el Juicio Final no se nos va a preguntar por el catecismo, sino si dimos de comer al hambriento, posada al peregrino y todas las demás obras de misericordia.

Pero sucede que entre esas obras de misericordia hay una, esencial, que Reese pasó por alto y que estropea un tanto su argumento: enseñar al que no sabe. Como señala uno de los cardenales supervivientes de los firmantes de las Dubia, el Papa tiene, como sucesor de Pedro, la grave obligación de «confirmar en la fe a sus hermanos», es decir, a todos los demás.

Por lo demás, no se trata de una consulta frívola enviada por un particular, sino una solicitud firmada por cuatro cardenales, hermanos en el episcopado, respetuosa con la costumbre y aún más con las formas.

Son, en fin, dudas legítimas, perplejidades comprensibles y que afectan a la raíz misma de nuestra fe, a la naturaleza de tres sacramentos y a la concepción misma del pecado. No se pide a Su Santidad que se adhiera a una interpretación concreta, sino que indique cuál es la correcta. ¿Por qué no se ha respondido a algo tan razonable, incluso con una respuesta que pueda dejar a muchos insatisfechos?

Incluso una demora inicial es comprensible. El Vaticano podía confiar en que la práctica pastoral, la aplicación inmediara de las exortación, diera respuesta cumplida a las ambigüedades, o que lo hicieran posteriores mensajes doctrinales de Su Santidad. Se podía pensar inicialmente, en fin, que el paso del tiempo fuera mitigando el desconcierto hasta hacerlo desaparecer.

Pero, como habrá advertido cualquiera que haya estado atento, el asunto no ha hecho otra cosa que crecer y enquistarse. Ante el inexplicado silencio de la Santa Sede han sido no pocos los comentaristas y ‘teólogos de cámara’ que han saltado a la palestra para criticar, no la exortación o sus ambigüedades, sino las propias dudas de los cardenales.

Teólogos, muchos de los cuales figuraron ‘en la oposición’, por así decir, de Juan Pablo II y Benedicto XVI, han ofrecido sus propias respuestas a los cardenales, no tanto en el sentido de aclarar los puntos oscuros como de reprocharles que pidan aclaración. Y no deja de ser un espectáculo curioso este de quienes pontificaban antaño ante los pontífices considerando una osadía ilícita plantear siquiera dudas sobre un escrito papal.

Tampoco la aplicación práctica de la exortación ofrece respuesta alguna, al contrario: como se ha dado libertad a los ordinarios para que la interpreten -ese famoso ‘discernimiento’ tan de moda-, el resultado ha sido el caos pastoral, aplicándose en algunas regiones de una forma completamente opuesta a la que se observa en otras.

De este modo, en la Iglesia católica nos encontramos con el paradójico resultado de que lo que es moralmente lícito si estás en una diócesis pasa a ser ilícito si te trasladas a otra.

La fútil espera, por otra parte, ha impelido a un grupo de cuarenta pensadores, filósofos y teólogos a enviar una nueva misiva a Su Santidad, una ‘correctio filialis’ o «corrección filial», que ya no se limita tanto a pedir aclaraciones como a señalar puntos de la exhortación que, tal como están redactados, parecen incurrir en errores teológicos graves.

A los cuarenta iniciales se sumaron pronto una docena más, y la respuesta fue la misma: silencio oficial y ataque coordinado por parte de los ‘sospechosos habituales’. Estos, en el caso de la ‘correctio filialis’, abusaron de dos falacias tan fáciles de refutar que resulta sorprendente verlas manejarlas: que entre los firmantes no hay «teólogos de primera fila» (una categoría que, al parecer, otorgan más los medios que las facultades) y que su número es insignificante. Dudo que ninguno de los dos les hubiera valido con los Doce Apóstoles, y no trato en absoluto de establecer una comparación.

También se evitó cuidadosamente ir al fondo de la cuestión y responder al argumento teológico, porque hacerlo hubiera sido defender una ‘moral situacionista’ que se da de bofetadas con la moral católica.

Pero lo verdaderamente interesante de la ‘correctio’ -y de todo el corolario de ataques- es que la confusión inicial se está transformando rápidamente en división, una situación siempre dramática en una Iglesia cuyo Fundador quería «una, como yo y el Padre somos uno».

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